Imaginaos, tan solo por un momento, la silueta en contraluz de un pirata…

Estoy más que seguro que muchos de vosotros, especialmente los más mayores, visualizaran la silueta de Edward Teach, más conocido como Barbanegra, el terror del Caribe, o la de Bartholomew Roberts alias Black Bart, o incluso la del legendario corsario galés Henry Morgan, mientras los más jóvenes visualizaran inmediatamente la silueta del capitán Jack Sparrow de la película Piratas del Caribe.

Y si os digo que el verdadero "tatarabuelo ideal" de todos estos corsarios y bucaneros del siglo XVIII fue en realidad un capitán francés del siglo XVI, y que este capitán pirata era además un religioso, un fraile; ¿me tomaríais por loco? Pues esta es exactamente la historia que os voy a contar.

El capitán Mathurin de Romegas, francés de Gascuña, pertenecía desde hacía ya veinte años a la Orden Militar Religiosa de San Juan de Malta, que era algo así como los míticos caballeros templarios, pero del mar, y era un hombre de treinta y siete años alto, esbelto y fuerte, con el rostro curtido por el sol y adornado de una barba de varias semanas sin afeitar.

Romegas, quien tenía esa típica mirada de acero de quienes ya han visto muchas veces el infierno de la batalla desde dentro, y han luchado con uñas y dientes para salir vivos de él, se hizo muy conocido en su época por su gran audacia, y por llevar siempre sobre sus hombros un pequeño mono capuchino con la cara enmarcada de pelaje blanco y acostumbrado a hacer mil trastadas.

Y aquí es cuando los engranajes oxidados de la Historia Naval del Mediterráneo se pusieron, otra vez, en movimiento.

El gascón que se hizo a la mar

Su nombre completo, escrito como Dios manda en los registros oficiales de la Soberana Orden Hospitalaria de San Juan, era Mathurin d'Aux Lescaut de Romegas. Nació en 1528 en el suroeste de Francia, en el seno de la noble Casa de Armañac, ese mismo Armañac que da nombre al brandy más fino de Gascuña — el mismo que el Papa Urbano II, según se cuenta en uno de mis libros, tomaba para calentarse en las largas y frías noches de invierno, pero esa, queridos amigos, es otra historia.

Con dieciocho años, en diciembre de 1546, Mathurin tomó los votos y entró como caballero en la soberana orden militar y religiosa de San Juan de Malta. Habría podido elegir, como tantos otros nobles cadetes franceses, el camino tranquilo de la administración católica en tierra firme haciéndose, quizás, con una buena diócesis en Provenza, contar con sirvientes, comida abundante y buen vino, además de una cálida estufa para el invierno y un cura amigo con quien jugar al ajedrez bebiendo Armañac. Pero no, nuestro Mathurin no era de esos. Mathurin eligió la mar, los peligros y la aventura. Y no un mar cualquiera, sino el más caliente y sangriento de aquel siglo: el Mediterráneo de los corsarios moros y cristianos. Un lugar peligrosísimo donde el más mínimo descuido, como por ejemplo bajar la guardia y no vigilar el horizonte como es debido podía costarte la cabeza o la esclavitud. Pues, por aquel entonces, era facilísimo acabar encadenado de por vida a los remos de una galera musulmana, con un guardia armado gritándote, humillándote y fustigándote todos los días. Que así es como los de uno y otro bando, cristianos y musulmanes, se las gastaban en aquel tiempo lejano con los esclavos de la religión opuesta.

Resulta que la Orden de San Juan tenía en aquella época siete galeras corsarias fuertemente armadas que formaban un temible escuadrón de auténticos lobos de mar. Una escuadra naval que aparecía de repente en el horizonte, golpeaba mortalmente al enemigo, saqueaba sus barcos y desaparecía al más puro estilo U-Boot alemán de la IIª G.M. en el Atlántico. Todo contribuía a alimentar su imagen legendaria, incluso sus siete naves que iban pintadas de negro y oro, con las cruces rojas de ocho puntas cosidas en las velas blancas.

Mathurin se enroló en ellas como simple suboficial, y desde el primer día se reveló por lo que era: un gran cazador de piratas musulmanes. Un cazador con una paciencia infinita para dar, en la inmensidad del mar, con los barcos piratas marroquíes, argelinos, tunecinos y libios — los llamados piratas berberiscos — además de los libaneses, sirios y demás corsarios musulmanes del Levante mediterráneo (que así era como se llamaban los musulmanes habitantes de esas zonas en esa época) que infestaban aquellos mares secuestrando a hombres, mujeres y niños cristianos, para después venderlos como esclavos en los mercados de Estambul, Túnez, Trípoli y Argel.

Su carrera, como podréis intuir, fue meteórica.

Un mono en miniatura venido de las selvas del nuevo mundo

Y aquí es donde entra en escena el verdadero coprotagonista de este artículo, un diminuto mono capuchino americano cuya historia hemos intentado reconstruir basándonos en la lógica.

A mediados del siglo XVI las selvas de Centroamérica, recién descubiertas, todavía olían a nuevo y Hernán Cortés, el conquistador de México, llevaba apenas treinta años muerto cuando un capitán español — anónimo en las crónicas, si es que realmente existió — que solía hacer la ruta atlántica desde Sevilla hasta las nuevas colonias americanas, trajo consigo de vuelta a Europa un pequeño mono capuchino de cara blanca y mirada lista, originario de las selvas de lo que hoy llamamos Panamá, Costa Rica, El Salvador y Nicaragua.

No sabemos exactamente cómo se conocieron Mathurin y aquel hipotético capitán. Quizá compartieron mesa una noche jugando a las cartas en una taberna del puerto de Cádiz, o quizá fue en Mesina o Nápoles, o quizá en la propia Malta puesto que la isla también pertenecía al imperio español; esto nadie lo sabe. Lo que sí creemos saber es que ese capitán, en algún momento, le regaló el delicioso y tierno animalito a Romegas. Y que desde aquel día el mini mono, bautizado como François (y que menos), no se separó jamás de su capitán francés.

"Mathurin y su mono, juntos, eran realmente la imagen del pirata perfecto tal y como nosotros nos la imaginamos."

Pensadlo un momento, Mathurin de Romegas anticipó en más de cuatrocientos cincuenta años la típica imagen del pirata cinematográfico moderno. Mucho antes de que Robert Louis Stevenson escribiera La isla del tesoro; antes de que Errol Flynn empuñase el sable en sus películas en blanco y negro, y antes de que Johnny Depp se pusiera en la piel de Jack Sparrow para subirse a la Perla Negra, ya había en el Mediterráneo del siglo XVI un capitán pirata que entraba en combate con un mono subido al hombro y se ganaba el respeto de su tripulación con una mezcla altamente improbable de valor, elegancia francesa, fe católica y hostias de las que duelen repartidas al enemigo.

El animal lo acompañaba en todo: en las maniobras nocturnas, en las persecuciones, en los abordajes, en los consejos de guerra, en las cenas con el Gran Maestre.

¿Cómo coño no iban a ser una leyenda viva del siglo XVI ese puto francés y su simio travieso?

La tormenta del siglo

1554. Malta. El verano ya se había marchado dejando detrás de sí la buena mar, el calor y el buen tiempo; pero una noche de mediados de octubre, una noche en la que la mar estaba extrañamente plana como una sábana de plomo, bajó sobre la isla una calma extraña y sospechosa, la calma que todo marinero conoce, esa misma que casi siempre precede una gran tormenta. Romegas quien tenía entonces veintiséis años y era capitán de la galera Capitana, aquella fatídica noche se encontraba durmiendo con François a bordo de la nave cuando, de repente y sin ningún aviso previo, el cielo de Malta se tiñó de negro oscuro y la isla se convirtió en un infierno.

Malta · Otoño de 1554

Lo que cayó sobre la isla aquella noche fue, en palabras de los cronistas, "la tormenta del siglo": un huracán mediterráneo con vientos de doscientos kilómetros por hora acompañado de una lluvia torrencial y olas altísimas que, en cuestión de minutos, arrasó el poblado entero del Burgo hundiendo la mitad de las embarcaciones del puerto y volcando como cáscaras de nuez incluso a las galeras más grandes y pesadas de la Orden. Entre ellas, panza arriba y pillada por sorpresa, estaba la galera del capitán Romegas.

Cuando la nave se invirtió, las velas cayeron de la mesa y se apagaron y Mathurin y el mono quedaron así atrapados bajo cubierta sumidos en una oscuridad absoluta. Podemos fácilmente imaginar cuán dramático debió de ser ese momento para el francés, con el agua del mar subiéndoles hasta el cuello y pudiendo contar solo con una única burbuja de aire que había quedado atrapada contra la madera de lo que hasta hacía medio minuto había sido el pavimento del navío… y que ahora era el techo. Pues, para respirar, Mathurin y François tuvieron que flotar ambos boca arriba en posición del muerto, con el pecho pegado a la madera aspirando las últimas moléculas de aire que aún quedaban en el mundo.

Mathurin de Romegas y su mono capuchino François atrapados bajo el casco inundado de la galera Capitana, respirando la última burbuja de aire en la oscuridad
Bajo el casco de la Capitana, en la última burbuja de aire · Reconstrucción artística

Y allí estuvieron durante varias horas, sumergidos en el agua fría y negra, con el mono aterrorizado chillando sin parar. Mathurin sin embargo no perdió la cabeza. Él nunca la perdía. Sacó el puñal del cinto y empezó a golpear fuerte el casco con el mango: bum, bum, bum… una y otra vez. Como un náufrago que llamase a las puertas del cielo directamente desde la antesala del infierno.

Fuera, en la superficie, los equipos de rescate de la Orden ya recorrían el puerto buscando supervivientes. Entre ellos, dirigiendo a paisanos malteses, buzos y carpinteros, había un caballero francés de la Orden de San Juan ya bien entrado en años, de mirada fuerte pero serena y mandíbula cuadrada, llamado Jean Parisot de la Valette. Fray La Valette tenía por entonces cincuenta y cuatro años y todavía no era el Gran Maestre, pero ya era una de las voces más escuchadas y respetadas de la Orden.

Aquella noche fue precisamente él quien oyó los golpes procedentes de la Capitana. Mandó rápidamente a los carpinteros a perforar el casco con un hacha, y cuando la madera de la quilla finalmente cedió, lo primero que salió del mortal agujero no fue Mathurin; fue François chillando como un poseído.

Detrás del mono, empapado, escupiendo agua salada y con la sangre todavía cargada de adrenalina salió el capitán Romegas. La viva demostración de que en esta vida, el valor y la fortuna casi siempre van cogidos de la mano.

"El primero que salió corriendo y gritando del mortal agujero, fue precisamente François el mono."

La Valette se quedó mirándolo entre lo admirado y lo asombrado. Le tendió una manta, ropa seca para cambiarse y una bota de vino. En ese momento, sin necesidad de decir una sola palabra, se forjó entre esos dos una profunda amistad que iba a durar hasta la muerte.

Los dos franceses (y el mono)

Desde aquella noche del huracán de 1554, la relación entre Jean de la Valette y Mathurin de Romegas dejó de ser la de un caballero veterano y un joven oficial. Se convirtió en algo más parecido a una relación de padre e hijo. Y os doy un dato para que lo veáis claro: cuando estalló el Asedio de Malta de 1565, La Valette tenía sesenta y siete años y Romegas treinta y siete. Treinta años justos de diferencia. Como padre e hijo, exactamente.

La Valette no tenía hijos suyos legítimos — los caballeros de la Orden de San Juan, en teoría, al haber hecho todos el voto de castidad requerido por las reglas de la religión, no podían tenerlos — y Romegas había perdido a su padre biológico siendo aún muy joven. Por eso mismo la química que vino a crearse entre ellos era totalmente inevitable. El gascón de Armañac se convirtió en la mano derecha del Gran Maestre. En su consejero, su capitán de confianza y su amigo. Y fue precisamente Jean de la Valette, años más tarde siendo ya Gran Maestre, quien le confió a Mathurin el mando de las dos galeras propiedad exclusiva del Maestre, la Capitana y la Patrona, los dos mejores buques que poseía la Orden.

Fray Romegas, con esas dos galeras, más las otras cinco de la Orden puestas bajo el mando general del capitán fray Pierre de Jou, se convirtió en el mayor terror de los navíos comerciales del imperio otomano, atacados y saqueados sin piedad en las aguas del Mediterráneo del siglo XVI. Un terror que no tardaría en cruzar la línea roja del no retorno porque, obviamente, tirar así de la trenza al poderoso imperio turco-otomano del sultán Solimán I no les podía salir gratis a los de Malta. De hecho, estas (y muchas otras) acciones corsarias en daño de los turcos, acabarán con desencadenar ese gran asedio naval de 1565 que iba a definir el siglo y recordarse eternamente.

✦ ✠ ✦

La presa que cambió la Historia

4 de julio de 1564. Un año antes del gran asedio.

Las siete galeras de la Orden, después de un mes infructuoso pateándose el Mediterráneo central sin poder echar mano a un solo turco que mereciera la pena atacar, regresaban hacia Malta con las bodegas vacías y muchas caras de funeral a bordo. En palabras de un testigo presencial de los eventos: "estábamos todos sedientos de presa y hambrientos de botín, como perros persiguiendo una liebre". Y entonces, frente a las costas griegas entre las islas de Zante y Cefalonia, se cruzaron con unos mercaderes venecianos que les dieron la información del siglo:

Mercaderes: Caballeros, allí arriba, a unas cuantas millas rumbo al norte, navega lentamente la nave Sultana. Tres mil quinientas toneladas de carga valiosísima. Oro, plata, especias exóticas, seda y piedras preciosas… Es la nave de Kustir Aga, el eunuco jefe del harén de Solimán, el hombre (bueno, "hombre" por así decirlo dado que a este le faltan los huevos) que tiene en sus manos todas las concesiones comerciales del gran imperio otomano.

La Sultana, según informes secretos llegados en primavera desde Constantinopla (ciudad que ellos ahora llaman Estambul) llevaba a bordo un cargamento de más de ochocientos mil ducados de oro. Una verdadera fortuna con la que, en aquella época, te comprabas un reino entero con castillo, reses y bellas campesinas incluidas.

Romegas y Pierre de Jou no se lo pensaron dos veces. Desplegaron las velas de sus galeras y volaron sobre las calmas aguas del verano griego a más de veinte nudos durante todo aquel día y toda la noche. Al amanecer del 5 de julio, la Sultana estaba finalmente a tiro, defendida por veinte galeras turcas de escolta. Veinte. Romegas y los suyos solo tenían siete. La aritmética del valor, sin embargo, no se hace con meros cálculos numéricos: se hace con un par de cojones bien puestos. Y los caballeros de San Juan decidieron dar batalla.

El choque naval fue brutal y duró horas. Y cuando los humos del último cañonazo se disiparon, las siete galeras de la Orden habían capturado la nave de carga más rica del Mediterráneo. Y, además, habían apresado vivos a varios pashás importantes por los que pedir un rescate en oro a sus familias, entre ellos el Sanjaz-Bey (virrey) del Cairo y a una venerable anciana ya centenaria llamada Jansever, dama de compañía y nodriza de la mismísima princesa Mihrimah, hija predilecta del sultán Solimán y de su esposa Hürrem, una mujer polaca cuyo verdadero nombre era Alexandra Lesniewzka, y era apodada Roxelana, la sultana roja.

Cuando la noticia bomba llegó a Constantinopla, Solimán el Magnífico perdió los nervios y el eunuco jefe casi se suicida. Se reunió a toda prisa el "Diván", es decir el consejo supremo del sultán y se redactaron las órdenes de movilización general decretando la destrucción total de Malta en nombre de Alá. La excusa religiosa — la de defender el Islam contra los infieles cristianos — era, como siempre, una cortina de humo conveniente. La verdad cruda era ésta: el sultán turco-otomano, el hombre más poderoso del planeta, no podía permitir que un capitán francés de treinta y seis años, con un mono subido al hombro, y unos putos frailes marineros reconvertidos en corsarios se pasearan por sus mares secuestrando y saqueando sus barcos sin pagar consecuencias…

¡Y decidió atacar Malta!

✦ ✠ ✦

Y eso, amigos míos, es Historia. La historia con mayúscula que nunca os contaron, donde la realidad le da la mano a la ficción. Pues Mathurin, el mono, la furiosa tempestad que volcó su barco con él dentro, el sultán, su mujer polaca, el eunuco, la gran nave cargada de tesoros, el ataque de los siete buques cristianos a las veinte naves musulmanas y su victoria, son todos hechos históricos probados más allá de cualquier duda. Todo lo demás, podría sin duda haber ocurrido como os lo he contado, pero esto nunca lo sabremos.