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Las Cruzadas

Balduino IV: el rey leproso que derrotó a Saladino

Jerusalén, 1161–1185 · La vida más heroica del medievo

14 Mar 2026 · 12 min
Balduino IV: el rey leproso que derrotó a Saladino

Hay vidas que desafían cualquier categoría. La de Balduino IV de Jerusalén es una de ellas. Coronado a los trece años, leproso desde los nueve, ciego y paralítico al final, gobernó el reino más amenazado de la Cristiandad durante más de una década con una lucidez y un coraje que ninguno de sus contemporáneos sanos fue capaz de igualar. Y cuando murió, con apenas veinticuatro años, dejó el trono en manos de los únicos que podían perderlo todo — y lo perdieron.

La dinastía: cinco reyes llamados Balduino

Cuando Godofredo de Bouillon conquistó Jerusalén en julio de 1099 al frente de la Primera Cruzada, rechazó el título de rey de la Ciudad Santa — no quería llevar corona de oro donde Cristo había llevado corona de espinas. Fue su hermano Balduino de Boulogne quien, sin tales escrúpulos, se coronó Balduino I en el año 1100, fundando así la dinastía que gobernaría el Reino de Jerusalén durante casi un siglo.

Le siguieron Balduino II (1118–1131), primo del anterior y uno de los pilares del reino joven, que acogió a los primeros nueve caballeros de Hugues de Payens en el Templo y vio nacer la Orden Templaria bajo su reinado. Después vinieron Balduino III (1143–1163), que conquistó Ascalón a los fatimíes egipcios, y Balduino IV (1174–1185), el más extraordinario de todos. Cinco reyes con el mismo nombre. Una sola obsesión: mantener vivo el sueño imposible de un reino cristiano en el corazón del Islam.

Un niño, un diagnóstico, un destino

Balduino IV nació en 1161, hijo del rey Amalarico I y de Inés de Courtenay. Era un niño despierto, inteligente y físicamente dotado — su tutor, el historiador Guillermo de Tiro, lo describió como un alumno excepcionalmente brillante. Fue precisamente Guillermo quien descubrió, cuando Balduino tenía unos nueve años, que el niño no sentía dolor cuando se le pellizaba el brazo derecho. Los médicos no tardaron en confirmar el diagnóstico: lepra.

La enfermedad avanzaría inexorablemente. Primero el brazo derecho, luego ambas manos, después el rostro. Con el tiempo Balduino perdería la vista en un ojo, luego en el otro. En sus últimos años gobernó postrado en una litera, con el cuerpo envuelto en vendas, incapaz de montar a caballo. Y sin embargo, durante más de una década, fue el hombre que mantuvo en jaque al mayor líder militar del Islam medieval.

Montgisard, 1177: el milagro en el desierto

El 25 de noviembre de 1177, Saladino — el sultán ayubí que había reunificado Egipto y Siria y soñaba con reconquistar Jerusalén — avanzaba hacia el norte con un ejército de veinticinco mil hombres, convencido de que el reino cristiano estaba indefenso. Balduino IV tenía dieciséis años, el cuerpo ya marcado por la lepra, y contaba con menos de quinientos caballeros y unos pocos miles de infantería.

Lo que sucedió en la batalla de Montgisard es uno de los episodios más extraordinarios de las Guerras de las Cruzadas. El joven rey leproso, que apenas podía sostener las riendas con sus manos vendadas, lideró personalmente la carga. La vanguardia sarracena fue sorprendida y destruida. Saladino tuvo que huir a caballo dejando a sus muertos en el campo. Perdió más de ocho mil hombres. El reino de Jerusalén sobrevivió otro día.

Saladino, que era un hombre de honor además de un genio militar, reconoció públicamente la derrota. Y, según las crónicas, nunca olvidó al joven rey que lo había derrotado en el desierto con la mitad de sus fuerzas.

Gobernar con la muerte encima

Lo que hace verdaderamente único a Balduino IV no es solo la victoria de Montgisard. Es la capacidad de gobernar con plena lucidez un reino en permanente estado de guerra, rodeado de nobles en conflicto y cruzados recién llegados de Europa que no entendían nada de la política local — y todo ello mientras su cuerpo se desintegraba progresivamente.

Balduino era plenamente consciente de que no tendría hijos. La lepra y los tratamientos de la época hacían imposible el matrimonio y la descendencia. Sabía que moriría joven y que el reino necesitaba una solución de continuidad. Por eso puso toda su energía política en gestionar la sucesión — un problema que terminaría destruyendo lo que él había construido.

En 1180, en un momento de debilidad política, consintió el matrimonio de su hermana Sibila con un ambicioso noble francés recién llegado de ultramar: Guy de Lusignan. Sería la decisión más catastrófica de su reinado.

Sibila, Guy de Lusignan y el derrumbe

Sibila de Jerusalén era inteligente, bella y desgraciadamente enamorada de Guy de Lusignan — un hombre descrito por los cronistas contemporáneos con una uniformidad devastadora: apuesto, caballeroso en apariencia, y completamente inepto para el gobierno y la guerra. Los barones del reino lo despreciaban. Balduino mismo acabó reconociendo su error e intentó anular el matrimonio y apartar a Guy del poder, sin lograrlo del todo.

Balduino IV murió en la primavera de 1185, con veinticuatro años, ciego y consumido por la enfermedad. Había nombrado regente a su sobrino, el niño Balduino V, hijo de Sibila de un matrimonio anterior, bajo la tutela del conde Raimundo III de Trípoli. Pero Balduino V moriría apenas un año después, en 1186. Y entonces Sibila, viuda libre, tomó una decisión que cambiaría la historia: se coronó reina de Jerusalén, y acto seguido coronó ella misma a Guy de Lusignan como rey consorte. Los barones que se oponían a Guy no podían hacer nada: el reino era de Sibila, y Sibila quería a Guy.

Los Cuernos de Hattin: el fin del sueño

El 4 de julio de 1187, en las colinas volcánicas junto al lago de Tiberíades conocidas como los Cuernos de Hattin, Saladino destruyó el ejército cruzado en la batalla más decisiva de la historia del reino de Jerusalén. Guy de Lusignan había tomado una serie de decisiones militares tan erróneas que los historiadores modernos aún debaten si fueron fruto de la incompetencia o de la traición: marchó con todo el ejército por terreno árido en pleno verano, sin acceso al agua, directo a la trampa que Saladino le había tendido.

El Verdadero Fragmento de la Santa Cruz — la reliquia más sagrada del reino, llevada a batalla como símbolo de protección divina — fue capturado por los musulmanes. El Gran Maestre de los Templarios, Gerardo de Ridefort, fue hecho prisionero. Guy de Lusignan fue capturado y llevado ante Saladino, quien le ofreció agua y le concedió la vida. Ese mismo día, sin embargo, Saladino en persona había tomado su cimitarra y decapitado al noble francés Reinaldo de Chatillon — el señor de Kerak culpable de haber atacado una caravana mercante árabe y asesinado a la hermana del propio Saladino durante el saqueo. Era una deuda de sangre que el sultán llevaba años esperando saldar, y la batalla de Hattin se la puso en bandeja. Tres meses después, el 2 de octubre de 1187, Saladino entró en Jerusalén.

Lo que Balduino IV había defendido con su cuerpo destrozado durante más de una década — el equilibrio imposible, la negociación permanente, la resistencia calculada — se perdió en un solo día de verano por la vanidad y la incompetencia del hombre que su hermana había elegido como rey. La lección que la historia ofrece es cruel y directa: a veces, el hombre más enfermo de la sala es el único que tiene la cabeza clara.

✠ David S. Matrecano · Autor de «La Historia de las Ocho Cruzadas»
✠ Lectura recomendada ✠

La Sangre de Jerusalén — Vol. II

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✠ David S. Matrecano
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