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Heródoto

Candaules de Lidia: el primer pervertido documentado de la historia

Lidia · Siglo VII a.C. · El capricho erótico que cambió una dinastía

20 Abr 2026 · 15 min
Candaules, rey de Lidia, muestra a su esposa a escondidas — óleo de William Etty (1830, Tate Britain)

Hay pocas cosas tan democráticas como una perversión sexual: no distingue clases, ni épocas, ni geografías. Pero algunas tienen el dudoso honor de venir con partida de nacimiento, apellido y hasta dirección postal. El sadismo se lo debemos al marqués de Sade. El masoquismo, a Leopold von Sacher-Masoch. Y el candaulismo —esa peculiarísima afición por exhibir a la propia pareja desnuda para que otro la mire— se lo debemos, queridos amigos, a un tal Candaules, rey de Lidia, que allá por el año 680 antes de Cristo fue el primer fulano documentado de la historia en convertir el voyeurismo de terceros en política de palacio.

Al pobre, la jugada le salió tan regular que en el mismo lote perdió la corona, la dinastía, la cama y la garganta. Y todo por culpa de un capricho erótico y de una mujer pelirroja llamada Nyssia, que resultó ser bastante menos tonta, y bastante más peligrosa, de lo que él sospechaba.

Os cuento.

Bienvenidos a Sardes, año 680 a.C.

Para situarnos: la Lidia era un reino próspero, bien surtido de oro, incrustado en lo que hoy es la Turquía occidental. Su capital era Sardes, y su rey, Candaules, hijo de Mirso, era el último soberano de la dinastía de los Heráclides, es decir, de los presuntos descendientes del forzudo Hércules —sí, ese Hércules del que Disney hizo un dibujo animado—. Sus antepasados llevaban gobernando allí quinientos y pico de años por decreto del oráculo de Apolo, lo cual, en términos dinásticos, es una tranquilidad considerable.

Pues bien. Después de veintidós generaciones de reyes sensatos, sobrios y aplicados, la corona cayó en la cabeza de Candaules. Y con Candaules, como veremos, todo se fue al garete en cuestión de una sola noche.

El marido obsesionado y el amigo de confianza

El rey tenía un amigo íntimo y hombre de confianza, un exmilitar llamado Giges, hijo de Dáscilo, con el que compartía desde los asuntos de Estado hasta las confidencias más íntimas. Y, entre esas confidencias, había una que Candaules no se cansaba de repetir, domingo sí y domingo también: que su mujer, la reina Nyssia, era la criatura más espectacularmente hermosa que había pisado la Tierra.

Y, por lo que cuenta el maestro Heródoto —con quien tengo el honor de charlar en mis libros a través de los siglos, como si fuéramos dos colegas en un bar de Halicarnaso—, no mentía. Nyssia era una joven pelirroja, de pelo largo hasta la cintura, ojos verde esmeralda, piernas infinitas, piel de porcelana pecosa y una sensualidad tan magnética que, sólo con pasar cerca, volvía a los hombres tartamudos. Una de esas mujeres que, cuando entran en una sala, el oxígeno cambia de bando.

El problema es que Candaules, en lugar de conformarse con ser el tipo más afortunado del palacio —que lo era—, desarrolló una obsesión creciente: necesitaba que alguien más lo confirmara. Y no con palabras. Con los ojos.

El «capricho erótico» del rey

Un buen día, tras otro de sus habituales monólogos loando la belleza de su esposa, Candaules soltó delante del pobre Giges la frase que iba a cambiarle la vida a todos los personajes de esta historia:

«Veo, apreciado amigo Giges, que por más que te lo repito, tú no acabas de convencerte de cuán hermosa es mi mujer. Y como entre los hombres se da menos crédito a los oídos que a los ojos, esta misma noche yo haré de modo que ella, sin saberlo, se presente a tu vista con todas sus magníficas gracias al descubierto, completamente desnuda, tal y como un dios la hizo.»
— Candaules de Lidia, fundador involuntario del candaulismo

Giges, lógicamente, pegó un salto hacia atrás como si le hubieran pasado una brasa por la nuca. Que no, majestad; que una mujer, cuando se quita el vestido, se quita con él la decencia y el honor; que cada uno se quede con lo suyo y no ponga los ojos en lo ajeno; que por favor, por favor, no le obligara a semejante barbaridad.

Pero aquí, queridos lectores, la cosa tiene más miga de la que parece. Porque todo indica —y esto lo reconstruyo con mi maestro Heródoto en las páginas del libro, aplicando algo tan antiguo y tan moderno como el sentido común— que el bueno de Giges llevaba ya varios meses siendo amante de la reina. Es decir: cuando Candaules le propuso ir a espiarla desnuda, Giges no sólo no tenía ninguna curiosidad al respecto, sino que estaba acojonado perdido, convencido de que su rey le estaba tendiendo una trampa para descubrir quién se acostaba con su mujer.

Spoiler: no era una trampa. Era, simplemente, que Candaules estaba como una regadera.

La noche en que todo se jodió

Esa misma noche, el rey escondió a Giges detrás de la puerta del dormitorio real. El plan era simple: Nyssia entraría, se desvestiría ante el espejo de bronce, Giges la contemplaría en silencio el tiempo necesario para quedar deslumbrado, y luego, cuando ella le diera la espalda para meterse en la cama, Giges se escabulliría por donde había venido. Operativo impecable. Lo que los militares de hoy llamarían «limpio como una patena».

Y allí, alumbrada sólo por el tembloroso resplandor de unas velas de olíbano, fue apareciendo Nyssia Gymnaica —la reina desnuda, como la bautizaríamos después— mientras se soltaba el moño y empezaba a cepillarse ese río de pelo rojo fuego frente al espejo. Giges, al amparo de la puerta, con el corazón saliéndosele por la boca, la contemplaba embobado. Aunque —recordémoslo— no era la primera vez. Ni de lejos.

Por cierto —y esto lo añado como curiosidad para los lectores con alma de historiadores del arte—, la escena de aquella noche se ganó con los siglos un sitio en los museos. El pintor inglés William Etty la llevó al lienzo en 1830 con un óleo hoy colgado en la Tate Britain de Londres. Causó tal escándalo entre la crítica victoriana que hasta uno de sus defensores más encendidos, Alexander Gilchrist, tuvo que reconocer que era «casi el único caso en toda la obra del maestro de un tema francamente desagradable, por no decir objetable». Vamos: dos mil quinientos años después del crimen, Nyssia seguía incomodando a los ingleses. Hay belleza que no caduca nunca.

El problema es que los palacios de la Antigüedad, igual que las oficinas abiertas de hoy en día, estaban llenos de criadas, cortesanos y mirones profesionales; y es más que probable que alguna doncella fiel a la reina le hubiera avisado esa misma tarde de la movida rara que estaba tramando su marido. (O que ella misma, conocedora ya del turbio vicio del rey, se hubiese olido solita el asunto.) Porque, al terminar de vestirse… perdón, de desvestirse, y antes de dirigirse a la cama donde la esperaba su escandalosamente excitado esposo, Nyssia vio con el rabillo del ojo cómo Giges se escurría por la puerta.

Y no dijo nada. Ni un gesto. Ni un grito. Ni una ceja levantada.

Se metió en la cama, fingió normalidad absoluta, hasta bromeó con Candaules, hasta hizo el amor con él como si nada. Y esperó a que amaneciera.

La reina pelirroja y el ultimátum

Aquí es donde la historia deja de ser una anécdota de palacio erotómano y se convierte en tragedia griega con sabor a cuchillo.

A la mañana siguiente, antes incluso de que el rey se despertara, Nyssia mandó llamar a Giges con carácter de urgencia. El pobre hombre acudió sin sospechar nada —al fin y al cabo, ya hacía meses que la reina le citaba en privado por motivos, digamos, extraprofesionales—. Y nada más entrar en la sala, sin perderse en cortesías ni rodeos, ella le soltó a quemarropa:

«¡Lo sé todo, Giges! Aquí no hay más remedio. Hoy vas a escoger entre dos opciones, y a mí me da igual cuál elijas. O matas esta misma noche a mi marido, te apoderas del reino de los Lidios y, ya puesta, me tomas a mí como tu legítima esposa... o aquí mismo mueres tú, ahora mismo, para que no vuelvas a contemplar lo que no te es lícito ver: el cuerpo de tu reina desnuda.»
— Nyssia Gymnaica, reina de Lidia y negociadora implacable

Giges se quedó más tieso que una estatua de mármol. Intentó razonar, balbucear, suplicar, proponer una tercera opción, pactar, negociar horarios. Nada. Nyssia había decidido ya, y, como habrán adivinado ustedes, la reinita no estaba para medias tintas. Así que, aplicando el muy humano principio de que vale más matar que morir, Giges aceptó el encargo.

«Decidme pues, mi señora, ya que me obligáis a dar una muerte horrible e injusta a vuestro esposo, ¿cómo vamos a hacerlo?»

Y ella, riéndose de gusto —riéndose de gusto, subrayo— le contestó: «Pues lo haremos esta misma noche, en el mismo sitio en el que ese pervertido me prostituyó desnuda a tus ojos. Allí mismo, en nuestra cama nupcial, le sorprenderás dormido, le despertarás para que me vea durante unos segundos y acto seguido lo degollarás delante de mí.»

Vaya tela marinera con la reina pelirroja, amigos. Juro por los dioses del Olimpo que no me habría gustado tenerla por enemiga.

El regicidio en cámara lenta

Aquella noche, sobre las once, Candaules se retiró a sus aposentos agotado después de un duro día firmando sentencias de muerte, discutiendo con embajadores y resolviendo pleitos de tierras. Ni imaginaba que la última sentencia del día iba a ser la suya.

Una criada fiel, una de las infiltradas de Nyssia, comprobó que el rey ya estaba bien dormido, roncando como un camión diésel con la boca abierta. Entonces la reina y Giges subieron silenciosamente la escalera de los aposentos reales. Y en el camino, Nyssia sacó de su túnica una larga daga ceremonial de bronce reluciente, con el filo cubierto de jeroglíficos egipcios, y se la puso en la mano a su amante. Un arma bonita, fina, y —cosa importante— perfectamente afilada.

Lo escondió a Giges detrás de la misma puerta donde veinticuatro horas antes él había visto a su reina desnuda por orden de su marido. Simetría dramática pura. El mejor guion de HBO no lo habría hecho mejor.

Nyssia se acercó a la cama, comprobó milímetro a milímetro que Candaules dormía el sueño de los justos, se giró hacia la puerta, y, mirando a Giges, empezó tranquilamente a cepillarse el pelo. Esa era la señal. Giges saltó como un muelle, ágil como un gato, rodeó la cama, tapó la boca del rey con una mano mientras le sujetaba el cuello con la otra. Candaules, en su último segundo de vida consciente, rodeado de oscuridad, sólo tuvo tiempo de ver una cosa: los ojos verde esmeralda de su esposa brillando en las sombras, y su rostro perfectamente satisfecho. Y entonces, el filo broncíneo de la daga egipcia le abrió la garganta limpiamente, de izquierda a derecha.

Giges arrastró el cuerpo fuera de la cama para no ensuciar de sangre la que, a partir de aquella noche, sería su nueva alcoba. El rey ha muerto. Que viva el nuevo rey. Se acabó la dinastía de los Heráclides. Empezaba la de los Mermnadas.

Epílogo: oráculos corruptos y una venganza a plazos

Pero claro, los golpes de Estado de la Antigüedad tenían sus formalidades, y no bastaba con cortar cuellos en la intimidad: había que legitimar la cosa. Los nobles lidios, rabiosos, estuvieron a punto de levantarse en armas para vengar al difunto. Y habrían acabado con Giges en un santiamén, de no ser porque se acordó someter la decisión al oráculo de Delfos, que por aquellos tiempos era la Suprema Corte de Justicia del mundo conocido.

Y aquí entra en juego un detallito jugoso: Nyssia, que no era tonta ni la primera vez, había conservado la ubicación del tesoro personal de Candaules —pura información privilegiada, monopolio familiar—. Con esas arcas repletas de oro y plata, el flamante Giges fue capaz de convencer a los sacerdotes de Delfos con argumentos muy sólidos, muy pesados y muy brillantes. La Pitia, casualmente, emitió un oráculo favorable. Giges fue confirmado rey.

Eso sí, el oráculo —por no descontentar del todo a los partidarios de la vieja dinastía— añadió una cláusula de letra pequeña: los Heráclides serían vengados, pero no ahora. La venganza se cumpliría exactamente cinco generaciones después. Un vaticinio del que nadie hizo ni caso… hasta que, dos siglos más tarde, el último descendiente de Giges, un tal Creso, acabó perdiéndolo todo frente a Ciro de Persia. Pero esa, queridos lectores, es otra historia que ya os contaré en su momento.

Y así nació el candaulismo

Veintiséis siglos después de aquella noche sangrienta en Sardes, los manuales de psicología siguen usando la palabra candaulismo para describir la parafilia que consiste en excitarse sexualmente exhibiendo a la propia pareja desnuda —o en situaciones íntimas— ante la mirada de otros. Un honor lingüístico bastante dudoso, todo hay que decirlo, pero uno que Candaules se ganó a pulso. Con sangre. Con la suya, además.

Moraleja —si es que las historias de reyes mironas admiten moraleja—: hay caprichos que salen caros, hay mujeres que no perdonan, y hay amigos que, puestos a elegir entre matar o morir, eligen lo primero con sorprendente rapidez.

Y, sobre todo: cuando tu esposa es pelirroja y tiene los ojos verde esmeralda, no la enseñes a nadie. Confórmate con tu suerte. Cierra la puerta. Y duerme tranquilo.

Candaules no lo hizo. Y pagó el precio.

✠ David S. Matrecano · Autor de «Heródoto · Historias Reloaded 2.0»
✠ David S. Matrecano · Autor de «Heródoto · Historias Reloaded 2.0»
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✠ David S. Matrecano
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