Año 599 antes de Cristo. Las montañas del Tauro, en algún lugar del actual Kurdistán iraní. En una humilde cabaña de adobe sin ventanas vive una pareja de pastores que trabajan para el gran rey Astiages de Media. Él se llama Mitrídates, ella se llama Spakó.
Os explico el detalle clave que hay que tener en mente para entender toda esta historia, porque sin él no se entiende absolutamente nada: la palabra Spakó, en la lengua media de aquella época, significaba simultáneamente “perra” o “loba”. La misma palabra para los dos animales. Recordad este PEQUEÑO detalle, porque vuelve al final como un verdadero boomerang y lo cambia todo.
Pues, esta pobre mujer y su marido están a punto de verse involucrados en la historia más épica e increíble que jamás se haya contado, una historia muy similar a la leyenda de Rómulo y Remo, los fundadores de Roma. Pues, sin saberlo, la loba Spakó está a punto de salvarle la vida a un niño de la realeza recién nacido, el mismo que algunos años después será el fundador del Gran Imperio Persa: Ciro IIº el Grande. El hombre que conquistará Babilonia y toda la Mesopotamia, que en el 539 a.C. liberará a los judíos del cautiverio babilónico y cuyo inmenso imperio se extendía desde el Mediterráneo hasta la India. Un Imperio que durará más de doscientos años hasta que Alejandro Magno llegue de Macedonia, y lo conquiste todo…
Y todo eso, queridos lectores, gracias a la cabeza fría de una pastora analfabeta cuyo nombre precisamente significaba “Loba”.
Os cuento la historia porque es realmente “cojonuda”…
El sueño premonitorio de un rey cruel y paranoico
El abuelo de Ciro, Astiages, es el rey de Media y el hombre más importante de la región. Su única hija, una princesa preciosa, se llama Mandane y un día, (bueno, más bien, una noche), Astiages tiene un sueño de esos raros, pero raro, raro de cojones. Os lo cuento tal cual nos lo contó el maestro Heródoto de Halicarnaso hace dos mil quinientos años en sus nueve libros, sin endulzarlo ni censurarlo: Astiages soñó que su hija Mandane se agachaba en cuclillas de forma muy sensual, se levantaba la falda con una mirada cargada de erotismo, y se ponía a mear con tal abundancia que su pis llenaba primero toda la ciudad de Ecbatana, después toda la Media, y finalmente inundaba toda Asia ahogando su imperio entero en orina. Sí, habéis leído bien, un océano de pis. Que cosas tenían los antiguos, ¿eh?
A la mañana siguiente, asustadísimo, Astiages convocó a todos sus poderosos magos (que quizás fueran los antepasados de los mismos tíos que mil años más tarde irían a Belén con oro, incienso y mirra, a saber…), y les pidió que interpretasen el sueño. Estos hijos de buena madre, con perdón del lector, ni cortos ni perezosos le dijeron al rey lo que algunos de vosotros quizás ya imagináis: “Mi señor, su única hija y heredera, muy pronto engendrará a un hijo varón que destronará y matará a vuestra majestad quedándose con el imperio entero.”
Astiages, que era un tío ya mayorcito, bipolar, cruel, supersticioso y paranoico a más no poder, el prototipo ideal de un moderno manual de psiquiatría, decidió neutralizar la infausta profecía con una jugada tan astuta como cobarde. En lugar de casar a la princesa Mandane con un noble medio acorde a su altura dinástica, (lo cual sería tener un yerno peligroso a corte), la casó con un perfecto don nadie: un pequeño reyezuelo persa vasallo suyo llamado Cambises I, hombre de carácter pacífico y ambición moderada. La idea era que el nieto, viniendo de un padre persa de una casta claramente inferior, no tuviera ninguna legitimidad para amenazar el trono de Media.
Bien jugado, rey Astiages. Pero los dioses que moran allí arriba siempre se ríen de los mezquinos planes terrenales de los reyes crueles y paranoicos. Pasó entonces casi un año, y la bella Mandane finalmente se quedó embarazada en Persia. Y aquí es cuando la cosa se pone realmente cruda. Pues, Astiages tuvo un segundo sueño, si es posible incluso más perverso y edípico que el primero: del centro del cuerpo desnudo de su hija, justo desde la barriga, brotaba una inmensa e infinita parra de uva que crecía y crecía sin parar hasta que con su sombra cubría toda Asia dejando todo el imperio medio a oscuras. Esta vez los presuntos “magos”, (unos verdaderos “hijos de mil padres” como diría Tuco en “El bueno, el feo y el malo”), sin titubeos y sabiendo que su respuesta le costaría la vida a un bebé y quizás también a su madre, le dijeron lo evidente: “Majestad, ese niño que está a punto de nacer, vuestro único nieto, arrebatará vuestro reino.”
Astiages esta vez no se anduvo con tacto ni diplomacia. De hecho hizo venir a su hija a Ecbatana a toda prisa con una excusa relacionada con su seguridad, y le puso guardias armados día y noche siempre con la milonga de querer velar por su persona — aunque en realidad fuese para que no se fugara de vuelta a Persia.
Y cuando la pobre Mandane, totalmente a oscuras sobre el grave asunto relacionado con su peque, finalmente dio a luz a un precioso niño rosadito (al que, de acuerdo con su marido, llamó Ciro, como su abuelo paterno), el rey le quitó al neonato con la excusa de que había nacido muerto, y convocó a la única persona en quien confiaba para resolver esa clase de “asuntos delicados”: el visir Harpago.
Harpago, el visir que sabía hacer cuentas a diez años vista
Este hombre, dotado de gran visión estratégica de futuro y que sabía prever lo que pasaría a diez años vista, era el Gran Visir del rey, es decir una especie de primer ministro encargado de tratar los temas más turbios, sucios y más reservados de la corte.
Era pariente de Astiages — pues al parecer (no se sabe seguro) los dos hombres eran primos —, y Harpago le era extraordinariamente fiel a su rey. Era un hombre muy inteligente. Demasiado inteligente, de hecho. Esa visión de largo alcance le iba a costar muy cara, pero también, esa misma capacidad de prever el futuro le iba a permitir vengarse, algún tiempo después, de la peor manera imaginable. Pero no nos adelantemos.
El rey lo recibió a solas, le entregó al recién nacido envuelto en lujosos ropajes de seda y le dio una orden clara y directa:
“Llévatelo a tu casa y mátalo. Y si me desobedeces, os corto la cabeza a ti y a toda tu familia sin pensarlo.”
Harpago asintió. “Sí, mi señor. Si es vuestra voluntad que este niño, hijo de vuestra hija, muera, pues, así se hará.” Cogió al niño y se fue a su casa. Pero por el camino, el visir estaba ya echando cuentas en la cabeza, y esas cuentas le salían mal, muy mal.
Podemos fácilmente intuir lo que debió de pensar, y lo que debió decirle a la parienta una vez que ambos estuvieron a solas en la cocina de su casa:
“Joder, esposa mía, joder… mira tú en qué lío más gordo me ha metido el puto viejo. Fíjate tú qué putada más inmensa me obliga a hacerle a Mandane, ¡¡¡A MANDANE!!!, que es como una hija para mí. Además, hay que pensar que Astiages ya es muy viejo y no tiene hijos varones, sólo tiene a Mandane como descendencia. Y cuando él muera, que a ojo me parece a mí que no le quedará mucho, ¿quién coño crees que heredará el trono? Pues obviamente Mandane y su marido Cambises. Y si yo ahora les mato el bebé, el día que estos sean rey y reina nos mandarán a despellejar vivos y nos colgarán a mí, a ti y a nuestro hijo. No, no… tengo que pensar algo, y bien rápido.”
Así de cínico, así de calculador y así de listo, Harpago decidió que la mano que matase al niño (pues era imperativo que el infante muriese, o de allí a unos días se liaría la de Dios) tenía que ser la mano de un don nadie, alguien fuera de su familia. Él delegaría el infanticidio. Y si después pasaba algo, problema del don nadie.
Entran en escena Mitrídates y Spakó (la pastora que se llamaba Loba)
Harpago mandó a buscar urgentemente a uno de los pastores que cuidaban del ganado del rey en las montañas más altas y lejanas, aquellas cuyos bosques más llenos estaban de osos, linces, águilas, buitres y lobos. El lugar perfecto para dejar expuesto a un bebé y dejar que la naturaleza les hiciera el trabajo sucio.
El pastor seleccionado fue un tal Mitrídates, casado con esa mujer de nombre tan extraño, Spakó o “Loba”. La cual, dicho sea de paso, estaba embarazada ya casi a puntito de dar a luz.
Mitrídates llegó a Ecbatana muerto de miedo, pues un pastor convocado de urgencia por el Gran Visir del rey solo puede significar que vas a perder el ganado, o la cabeza. Y normalmente era casi siempre la cabeza la que rodaba en el polvo.
Una vez llegado a la gran mansión del visir, a Mitrídates lo metieron en una sala cerrada donde pudo escuchar cómo toda la familia estaba sumergida en llantos de dolor y lamentos de pena. Y fue justo allí donde Harpago, con los ojos mojados de lágrimas pero firme, le entregó al bebé ataviado con unas lujosas vestiduras y envuelto en mantas de seda, con la orden brutal y directa:
“Lleva a este niño a tu monte, déjalo expuesto al frío y a las fieras, y que muera lo antes posible. En dos semanas vendré yo personalmente allí arriba a comprobar el estado del cadáver. Si no lo encuentro, o has hecho con él cosa distinta a la que te estoy ordenando, te voy a torturar hasta que me pidas la muerte y le sacaré los ojos a tu esposa.”
Mitrídates cogió al bebé sin protestar y, cagado de miedo, se volvió a su pobre cabaña en el monte. Y aquí, queridos lectores, es cuando entra en escena la auténtica protagonista de toda esta historia.
El genial plan de Spakó
Cuando cuatro días después de haber salido, dos días para ir a la ciudad y dos para volver a sus montes, Mitrídates llegó de vuelta a la cabaña con el bebé real escondido en una canasta, se encontró con que su mujer también había dado a luz a un niño varón la noche anterior y que, por una de esas absurdas e inexplicables crueldades del destino, el niño de Spakó había nacido muerto. Ella lo había enterrado provisionalmente en una cajita de madera detrás de la cabaña, esperando la llegada de Mitrídates para darle una sepultura formal.
Spakó, de hecho, estaba todavía en la cama, deshecha por el parto, por haber tenido que cavar ella sola ese agujero y por el inmenso dolor de su pérdida, cuando Mitrídates entró en la choza con Ciro en brazos y le contó toda la historia. Que el bebé que traía consigo era, nada más y nada menos, que el príncipe Ciro, hijo de Mandane. Que el malvado rey Astiages lo había condenado a muerte. Que en quince días Harpago o sus enviados vendrían a comprobar personalmente el cadáver. Y que si no encontraban al bebé muerto, los siguientes cadáveres en aparecer por allí serían él y su mujer.
Y entonces a Spakó se le encendió la bombilla de la genialidad. Y le dijo:
“Marido mío, escúchame bien. Dices que los espías de Harpago vendrán a buscar el cadáver de un niño, ¿verdad? Pues un cadáver tendrán. Pero no será el de este bebé inocente. Será el del nuestro. Sacamos ahora mismo a nuestro hijo de su entierro, lo vestimos con estas sedas y ropas reales y lo dejamos expuesto en el monte como pretenden Astiages y Harpago. En quince días estará tan deteriorado y carcomido por los bichos que nadie podría decir si es realmente él o no. Y así, pues, misión cumplida desde el punto de vista del rey. Y nosotros, mientras tanto, criaremos a este niño como si fuese nuestro. Así nadie desobedecerá una orden directa del rey y nuestro hijo recibirá una sepultura digna de un príncipe en lugar de pudrirse en ese sucio agujero detrás de la cabaña.”
Esta de Spakó debió de ser una de las decisiones morales más tensas de toda la historia antigua. Una mujer que acaba de perder a su bebé propone usar el cadáver de su hijo para salvarle la vida al hijo de otra. No por dinero. No por gloria. Simplemente porque su instinto materno y su bondad le impiden dejar morir a un niño vivo cuando ya hay un niño muerto al que nada peor puede pasarle.
Mitrídates dijo “vale, mujer, es muy arriesgado pero estoy contigo, ¡hagámoslo!”. Y lo hicieron. Cuando los hombres de Harpago subieron al monte a las dos semanas, encontraron exactamente lo que buscaban: un bebé muerto vestido de seda real y devorado por las fieras. Lo cogieron y se volvieron a Ecbatana a dar el parte: misión cumplida, mi señor. El pequeño Ciro está muerto.
Y Ciro, mientras tanto, sereno y sin enterarse de nada, estaba mamando de los pechos de su nueva madre, la loba Spakó.
Diez años de pastoreo
Transcurren así diez largos años. Diez años en los que el futuro emperador del mundo conocido aprende a ordeñar vacas, cabras y ovejas, aprende a hacer queso, a labrar los campos y sembrarlos, así como también aprende a conocer los secretos más diminutos de la naturaleza salvaje que le rodea… Da igual que sea una vida durísima y que muy a menudo solo haya pan duro para comer: a Ciro (o mejor dicho, a Ari, que es como lo conocen en el pueblo), lo único que le importa es trepar por la montaña, nadar en el lago helado y jugar en el barro con los otros niños de la aldea.
Ari/Ciro crece sano, fuerte y muy despierto, con el carácter mandón típico del que tiene sangre real aunque no lo sepa. Y Spakó lo cría con amor sin contarle nunca la verdad.
Diez años de paz pastoril para el futuro conquistador del mundo. Pero Ahura Mazda, el más importante de los dioses persas, tiene un sentido del humor muy peculiar y nos prepara una sorpresa.
El juego que destapó una dinastía
Resulta pues que un día, cuando Ciro tenía más o menos diez años, pasó lo que tenía que pasar. Os cuento: una tarde de verano, todos los críos de la aldea estaban jugando en la calle imitando la estructura de la Corte Real con rey, reina, príncipes, caballeros, pajes, esclavos y demás y, por decisión unánime de sus propios compañeros, una vez más le toca a Ciro hacer de rey.
Y así Ciro, después de haber escogido como su reina a la chica más bella de la aldea, empieza a repartir roles administrativos con mucha autoridad: “Tú eres mi visir, tú mi guardia, tú mi inspector real y todos vosotros sois mis soldados.” De hecho, esa tarde Ciro construye una pequeña corte ficticia perfectamente articulada y que es igualita a la corte de su abuelo en Ecbatana.
Entre los niños, pero, hay uno muy pijo que es hijo de un noble muy importante que vivía en los alrededores, Artémbares, un amigo personal del rey Astiages. Pues este niño noble, muy picado porque Ciro ha cogido para sí (aunque solo ficticiamente) a la niña más bella, a la que él también había echado el ojo, desobedece reiteradamente una orden directa del rey Ciro — bueno, rey Ari. Y este, sin pensárselo dos veces, lo manda azotar en la espalda por insubordinación.
El pequeño noble se vuelve a casa humillado, llorando como una nenaza y con las marcas rojas de los latigazos en la espalda. El padre, Artémbares, nada más ver a su hijo hecho un Cristo se pone como una furia y, fuerte de su autoridad sobre el pueblo de la zona, baja inmediatamente a Ecbatana arrastrando consigo a Mitrídates y Ciro. Cuando dos días después llega al palacio real, se planta con su hijo herido delante de su amigo Astiages exigiendo justicia.
El viejo rey ve cómo ese niño ha sido flagelado por un súbdito inferior y ordena que sean inmediatamente admitidos en su presencia el niño pastor y su padre. Y cuando ve entrar a Ciro por la puerta, se queda totalmente petrificado y casi le da un infarto… El parecido con su hija Mandane y con él mismo es brutal. La frente, los ojos, la mandíbula, el porte, la manera de hablar y gesticular lo delatan… ese chaval es una Mandane en miniatura y es él mismo. Y la edad, joder, la edad: diez años. Justo los años en que teóricamente llevaba muerto su nieto. Todo coincide.
Astiages entonces despide a Artémbares y a su hijo con una excusa cualquiera, asegurando por su honor que el rey hará justicia y le impartirá a ese mini-vaquero insolente el castigo que toca, ordena a Ciro salir de la sala del trono, y se queda finalmente a solas con Mitrídates.
“Vaquero” — le dice mirándolo fijamente —, “dime ahora mismo de dónde ha salido este niño, porque este chaval no está hecho de la misma harina de tu costal. Y como me mientas, te mando despellejar, cegar y colgar.”
Y mientras dice esto, con la mirada ordena a los guardias acercarse. A Mitrídates, en menos de un nanosegundo, se le derrite el estómago y se le ensucia la túnica de marrón, y aterrorizado le suelta al rey toda la verdad. La orden directa de Harpago, el bebé real que llegó a sus manos, su hijo nacido muerto, el plan de su mujer, los diez años criándolo como suyo. Lo cuenta todo, suplicando perdón de rodillas y que por favor no lo descuarticen.
La cena de Harpago
Esa misma tarde, Astiages, que se ha quedado con su nieto Ciro y Mitrídates, convoca a Harpago a palacio. Y es aquí cuando viene la escena más espantosa de toda la historia, así que preparaos porque avisados estáis.
Harpago, que hacía ya diez años que pensaba que su delegación del crimen le había salido perfecta, llega contento al palacio sin sospechar nada en absoluto, así que cuando el rey lo recibe sonriente con el pastor Mitrídates y Ciro a su lado, se le cae el mundo encima. Sin embargo, Astiages le invita amablemente a entrar en la sala sin tener miedo. Le explica quién es el chaval y que lo sabe todo (bueno, y Harpago también lo sabía solo con ver a Mitrídates con ese mozo), y añade que no le guarda ningún rencor por su traición, y que por el contrario llevaba años corroído y arrepintiéndose de la grandísima putada hecha a su hija, y que ahora está agradecidísimo de que su nieto esté vivo.
“Es un milagro y vamos a celebrarlo todos juntos, Harpago. Haremos lo siguiente: tú ahora vete a casa a contarle la buena noticia a tu mujer, y de paso mándame a tu hijo a palacio para que le haga compañía a mi nieto, y esta noche ven tú también con tu esposa a cenar conmigo. A tu señora además hace muchos meses que no la veo y me encantaría saludarla.”
Harpago, aliviado, vuelve a su casa, habla con su mujer y manda de inmediato al palacio a su único hijo, un adolescente de trece años. Cuando el chico llega, Astiages ordena fríamente a su verdugo degollar al niño y a los cocineros preparar parte de sus carnes a la parrilla, otra parte hervidas, y que todo sea bien condimentado como un manjar. Y eso es exactamente lo que le sirven en el plato al visir durante el banquete.
Cuando Harpago termina de cenar, Astiages le pregunta si “ha comido bien” y este le dice que la comida estaba buenísima. El viejo demonio entonces manda destapar una canasta de mimbre que tiene justo al lado y le enseña su contenido a Harpago: dentro están los restos identificables del hijo, la cabeza, un brazo, los pies… “¿Reconoces el animal que te acabas de comer?” le pregunta sonriendo.
Harpago, conteniendo el horror y con una sangre fría sobrehumana, le responde firme: “Sí, mi señor, no solo lo reconozco, también añado que todo lo que decida o haga mi rey está bien hecho.” En ese momento se levanta y pide permiso para llevarse a casa los restos de la canasta para enterrarlos con el ritual y los honores debidos. Astiages, sonriente, se lo concede.
A partir de ahora, el visir Harpago, al igual que una araña en su tela, va a esperar pacientemente el momento oportuno para cobrarse su venganza sobre ese viejo monstruo.
Y aquí es cuando nace la leyenda de la loba
A la mañana siguiente Astiages, muy de pésimo humor y con ganas de que alguien (sus sacerdotes adivinos) pague el pato de un vaticinio tan erróneo, vuelve a consultar a los mismos magos de la primera vez sobre qué hacer con Ciro. Y estos, ya sea por pura incompetencia o por miedo a acabar colgados por el desmadre que su falsa profecía anterior había causado, le dicen lo siguiente: “Mi señor, nos resulta clarísimo que si el niño en cuestión ya ha ‘reinado’, aunque solo sea simbólicamente en sus juegos, eso significa que la profecía ya se ha cumplido. No tenéis nada que temer de él, dejadlo vivir…”
Astiages esta vez no se cree ni una sola palabra de esos sacerdotes embusteros y los manda a todos al patíbulo. A Ciro, por otra parte, lo manda de vuelta a Persia con sus padres, Mandane y Cambises.
Y aquí llega el momento clave. El que justifica el título de este artículo.
Cuando Ciro llega a Persia y se reencuentra por primera vez con sus padres biológicos, durante los meses siguientes, no para de hablarles de sus padres adoptivos, y muy especialmente les habla de su madre la Loba: “Spakó esto, Spakó aquello, Spakó me daba leche, Spakó me cantaba, Spakó me protegía.” Y es lógico: para ese niño de diez años catapultado en un palacio real con unos nuevos padres que todavía no conoce, la Loba es su madre, es la que lo amamantó y le salvó la vida.
Mandane y Cambises escuchan al chico hablando todo el día de “Spakó”, y se les enciende la bombilla del marketing real. Porque como ya os he explicado al principio del artículo, Spakó en lengua media significaba perra o loba. Es la misma palabra. Y un príncipe de sangre real llamando mamá a una Loba da para crear un cuento perfecto que legitime a un futuro rey y crear una leyenda.
Mandane y Cambises lanzan entonces la operación de propaganda más eficiente del mundo antiguo. Mandan correr la voz por todas las aldeas persas: “Nuestro hijo Ciro, fue amamantado por una loba sagrada en lo alto del bosque. Una loba divina. Por eso sobrevivió a la condena a muerte de su abuelo. Por eso es invencible. Por eso Ciro el Grande ha sido elegido por los dioses…”
La moraleja Matrecano
Las grandes civilizaciones siempre necesitan de un mito fundacional. Roma necesitó a Rómulo y Remo amamantados por una loba en las orillas del río Tíber. Persia necesitó que su rey más grande, Ciro II, fuera amamantado por una loba en el Tauro. Y los dos mitos, en realidad, son el mismo mito repetido a menos de dos siglos de distancia el uno del otro. Pues la leyenda de Rómulo y Remo se sitúa en el año 753 a.C., y los hechos de Ciro bebé sucedieron alrededor del 599 a.C. — apenas 150 años después. ¿Quién ha copiado a quién? A mis lectores dejo el veredicto final.
Brindo a tu salud, querida loba Spakó, a dondequiera que estés. Y gracias por salvarnos a Ciro…
Esta historia está contada en detalle en el primer libro de Heródoto, “Historias”, también conocido como “El Libro de la Musa Clío”. Yo la he reescrito y comentado en mi propia versión de las Historias Reloaded 2.0, donde Heródoto se sienta a una mesa con un escritor italiano del siglo XXI llamado David, y entre los dos van repasando, capítulo a capítulo, lo que ocurrió en realidad y lo que ha llegado distorsionado hasta nuestros días.
✠ David S. Matrecano