Fecha: 20 de agosto de 1097.
Ubicación: Las montañas del Tauro, cerca de las actuales Konya y Kayseri, en Turquía central.
Un famoso duque europeo que muy pronto se convertirá en el primer Rey de Jerusalén (de facto, aunque no de jure), uno de los máximos comandantes de la primera cruzada, está tirado en el suelo, sangrando a chorros por la espalda, con una fiera de cuatrocientos cincuenta kilos erguida encima de él y a punto de rematarlo. Todo parece acabado. Y sin embargo ese día, contra todo pronóstico, el duque le gana la partida a la muerte y se salva… Pero el verdadero protagonista involuntario de esta historia, queridos lectores, no es nuestro duque, al menos no del todo. Ni tampoco lo es el oso que intentó matarlo. El verdadero héroe es un hombre que lleva puesto un delantal manchado y una cuchilla de barbero, un hombre al que llamaremos ficticiamente Wim van Amsterdam porque desconocemos su nombre real…
Os cuento la tremenda movida de aquel lejano día.
Imaginaos, tan solo por un momento, al noble Godofredo de Bouillon, duque de Brabante y de la Baja Lorena, el mismo fuertísimo gigantón belga que, por una apuesta con dos emires árabes, sería capaz de decapitar a dos camellos adultos de un solo sablazo, y que dos años más tarde se convertiría en rey, tirado en el polvo de una cuenca rocosa del monte Erciyes. El duque está solo, malherido, sin escudo, con la lanza partida en dos, la cota de malla destrozada y un inmenso oso pardo levantado sobre las patas traseras gruñendo y avanzando con la intención de hacerle pedazos.
Y ahora, si me seguís, muy despacito vamos a dar un pequeño paso atrás. Porque la historia es real, y para entenderla bien hay que contarla desde el principio.
Konya, Turquía, 20 de agosto de 1097: el aburrimiento es el padre de todos los males
El gran ejército cruzado venido de Europa para reconquistar Jerusalén lleva semanas acampado en las afueras de la antigua Iconio, la actual Konya, sudando y maldiciendo bajo un implacable sol anatólico que raja las piedras. Los Cruzados acaban de vencer su primera gran batalla en Dorilea y la piel todavía les escuece en las cicatrices, pero allí en Konya, varados en pleno verano anatólico, los jefes, los grandes señores del ejército cristiano, están muy aburridos. Y todos sabemos que cuando un noble medieval se aburría, pasaba lo de siempre: que se iba de cacería.
Alguien, al parecer un guía armenio con demasiadas ganas de agradar a los nuevos señores europeos, les ha comentado que en aquellas montañas vecinas habitan osos, jabalíes, ciervos, faisanes, perdices, codornices y pavos silvestres. Y añade un detalle final y fatal: “Y hay además un oso, una bestia gigante y diabólica que ya ha matado a decenas de personas, y del que todavía nadie ha conseguido la piel”. Con eso basta. Las palabras mágicas que encienden a los nobles ya han sido pronunciadas: cacería, oso gigante, bestia demoniaca y, sobre todo, “piel del oso”. Ese proverbial trofeo que, entre la nobleza europea, vale más que cualquier reliquia de santos.
Se organiza, así, una cacería monumental: un pequeño ejército de cazadores, escuderos, soldados, sirvientes y una treintena de grandes perros de caza sale de Konya esa misma madrugada del 20 de agosto con rumbo a la cadena montañosa del Tauro. Al frente de la comitiva va Godofredo con sus hermanos, Balduino y Eustaquio de Boulogne, les sigue el conde Hugo de Vermandois, hermano menor del rey de Francia, el viejo conde provenzal Raimundo de Saint Gilles y los más jóvenes condes Roberto de Normandia, Roberto de Flandes y Esteban de Blois junto con el príncipe italiano Bohemundo de Tarento, su sobrino Tancredo y una nutrida pandilla de aristócratas deseosos de medir su hombría contra los zarpazos de ese satán peludo.
El Grizzly del Tauro
A media tarde, los perros finalmente lo encuentran. El Belcebú osuno está dormitando tranquilo a la sombra de unos árboles frondosos digiriendo un almuerzo copioso de miel y frutos del bosque. Cuando los veintinueve canes cruzados lo rodean ladrando como posesos, el animal se pone en pie. Y es ahora cuando los cazadores flamencos, franceses, italianos y alemanes que han visto osos toda su vida en los bosques de Europa central se quedan con la boca abierta. “Este bicho debe de ser alto dos metros y medio y pesar al menos cuatrocientos cincuenta kilos, Señoría”, le murmura un sirviente atemorizado a Godofredo. Y no exagera.
Técnicamente es un oso pardo europeo, un Ursus arctos arctos, pero por tamaño, masa, furia y envergadura se parece más a un Grizzly de las Montañas Rocosas de Norteamérica. Un bicho prehistórico. Una máquina de guerra peluda.
El oso, rodeado, intenta primero una débil defensa. Luego intenta huir, pero al ver que no le dejan escapar, embiste a hombres y perros. De dos zarpazos limpios, casi quirúrgicos, mata a dos de los perros y abre una brecha entre la jauría emprendiendo una carrera desesperada hacia el norte, hacia las laderas más altas, buscando probablemente su guarida. Todos corren detrás suyo.
El mortal duelo entre el hombre y la bestia…
Godofredo, que es un experto jinete y uno de los mejores cazadores de los bosques de la Baja Lorena, reconoce ese terreno desconocido como si fuera el suyo y lee el movimiento del animal cogiendo un atajo que los otros no ven. De hecho, en cosa de pocos minutos se planta, él solo, en una pequeña cuenca rodeada de laderas escarpadas donde el oso se ha metido, acorralado, frente a la boca oscura de una gruta; su guarida.
El duque se acerca con su caballo empuñando la larga jabalina extendida y sudando a chorros, estamos en pleno mes de agosto y aunque vaya muy ligero, pues tan solo lleva una túnica y una cota de malla metálica en el pecho, acompañada por un largo escudo con el blasón de su casa y una lanza. Y ninguna protección en la espalda. Ese detalle, tenedlo bien presente. Esa espalda desnuda es todo lo que va a importar dentro de treinta segundos. Godofredo empieza a pinchar al animal con la punta de la lanza, hostigándolo, esperando a que los demás lleguen para rematarlo entre todos. El oso ruge, se alza sobre las patas traseras y avanza hacia el caballo de Godofredo batiendo el aire con las zarpas. El caballo de Godofredo, un enorme y pesado caballo de guerra Frison negro como la noche, un animal que supuestamente está entrenado para no entrar en pánico durante las batallas, esta vez entra en pánico. Pega un salto hacia adelante y descabalga al duque. Godofredo cae. El escudo se le escapa de la mano y rueda por el suelo.
El duque se levanta más rápido que un gato — él es un guerrero, no un novicio asustado — y vuelve a pinchar al oso con la lanza gritando a grito pelado para que lo oigan los demás. Pero el animal, con un único golpe de zarpa, le parte la lanza en dos. El asta sale volando. Godofredo saca el puñal.
¿Un puñal contra cuatrocientos cincuenta kilos de rabia, músculo y colmillos? Ya nos podemos imaginar cómo va a acabar todo esto.
El duque de Lorena retrocede, tropieza. Y ese tropiezo es lo que lo condena a una muerte casi segura. El oso aprovecha y le mete un zarpazo frontal que impacta de lleno sobre la cota de malla del pecho y la destroza. El golpe es tan brutal que le saca el aire de los pulmones y lo hace girar como una muñeca de trapo ciento ochenta grados, colocándolo así de espaldas al animal. Y es allí donde llega el segundo terrible zarpazo, en la espalda desprotegida — sin armadura, sin nada, solo la tela de una túnica de lino y la piel humana. Las garras del demonio peludo le abren en la espalda una brecha larga, profunda, que en cuestión de segundos empieza a manar sangre a borbotones. Godofredo cae de rodillas. El oso se aproxima para acabar el trabajo con su proverbial “abrazo” mortal.
Y es justo entonces cuando, desde el borde del bosque, llegan una treintena de flechas silbando como un enjambre de abejas. Arcos, ballestas. El oso, alcanzado y acribillado por todas partes, emite un último temible rugido y cae muerto hacia atrás.
Los cazadores llegan corriendo y cargan inmediatamente al duque semi inconsciente en una camilla improvisada. Y aquí, queridos lectores, es donde termina la primera parte de esta historia y empieza la que de verdad me interesa contaros.
Entra en escena el doctor Wim van Amsterdam
A Godofredo lo bajan lo más rápido que pueden tumbado en esa camilla improvisada hecha de madera, cuerda y cuero hasta el campamento cruzado de Konya, desmayado, medio muerto y perdiendo ríos de sangre por toda la calzada. Una vez en Konya lo entregan en las hábiles manos de un tal Wim van Amsterdam, el médico oficial del contingente de Flandes.
Ahora bien. Uno hoy en día, al leer la palabra “médico”, se imagina a un profesional con título universitario, bata blanca y estetoscopio. Nada más lejos. En el año 1097, y especialmente dentro de un ejército en plena campaña militar, el médico era también barbero, cirujano, y muchas veces, dentista y traumatólogo. Eran oficios que se acumulaban en la misma persona porque todos esos oficios compartían herramientas en común como cuchillas y navajas y porque los barberos solían ver en su oficio todo tipo de dolencias y acumulaban una gran experiencia empírica. Pues en la Edad Media, y también en los siglos siguientes, quien te afeitaba por la mañana, te sacaba una muela al mediodía, te recomponía una fractura a media tarde y te cosía una herida de flecha por la noche, era exactamente la misma persona. Lo uno o lo otro, según pidiera el día o el momento.
Y no, no me lo estoy inventando. Durante siglos, los barberos-cirujanos fueron los verdaderos y únicos médicos del campo de batalla. En Inglaterra, por ejemplo, tuvieron una corporación propia hasta 1745. Y en algunos pueblos europeos, hasta bien entrado el siglo XIX, uno se iba a afeitar y salía con un diente menos.
Pues bien, el señor Wim van Amsterdam — este personaje que en mis novelas medievales aparece con su delantal manchado y su cuchilla de afeitar en mano cuando más se le necesita — resulta ser el verdadero protagonista aquella tarde del veinte de agosto.
Cuando le entregan el cuerpo casi sin vida del duque, el doctor Wim despliega un protocolo médico asombroso para la época…
Primero: el lavado
Corta la tela desgarrada de la túnica de Godofredo y lava la herida con abundante vinagre. Vinagre, es decir, ácido acético, un potente antiséptico natural que hoy cualquier facultad de medicina reconocería como válido sin pestañear.
Segundo: el ungüento
Aplica sobre la brecha de la espalda un ungüento de su propia invención, hecho de tres ingredientes: miel, polvo de corteza de sauce llorón y resina de pino. La miel es uno de los antibacterianos naturales más potentes conocidos por el ser humano desde hace milenios: absorbe agua, deshidrata las bacterias y libera peróxido de hidrógeno de forma lenta. La corteza de sauce llorón, por su parte, contiene salicina, que el metabolismo humano convierte en ácido salicílico, que es la molécula activa de la aspirina. Un analgésico, antipirético y antiinflamatorio fabricado por Bayer por primera vez en 1897 con el nombre comercial de Aspirin. Ochocientos años después de que el doctor medieval Wim le espolvoreara corteza de sauce en la espalda al futuro rey de Jerusalén. La resina de pino, por su parte, es un potente sellador anaeróbico antimicrobiano con propiedades cicatrizantes documentadas que se sigue usando en productos farmacéuticos.
Tercero: las vendas
Y remata todo el trabajo con unas vendas de lino previamente hervidas. Hervidas. Es decir, esterilizadas.
El señor Wim van Amsterdam, sin saber nada de gérmenes, sin microscopio, sin conocimientos de bacteriología, estaba haciendo las tres cosas correctas: antiséptico, antibiótico tópico, material estéril. Por puro empirismo, por tradición transmitida de maestro a aprendiz, por haber visto y probado sobre el terreno lo que funcionaba y lo que no en miles de heridas anteriores.
Godofredo de Bouillon se recupera y en menos de dos semanas vuelve a caminar. De hecho, el treinta y uno de agosto de 1097, apenas once días después del ataque, se pone de nuevo al frente de su tropa y el ejército cruzado reanuda su larga marcha hacia Jerusalén. De no haber sido por Wim, la historia de la Primera Cruzada habría sido muy distinta. No habría habido un rey Godofredo en Jerusalén dos años después, probablemente tampoco habría habido ningún Reino Latino en Tierra Santa y el mapa del Mediterráneo oriental del siglo XII sería irreconocible.
Años después, en mi cuarta novela sobre las Cruzadas, El Amanecer de los Templarios, el hermano cínico de Godofredo, el conde Balduino de Boulogne, le tira esta historia a la cara en una discusión fraternal. La cita como prueba de que el dinero, la logística y los buenos médicos valen más que el coraje épico. “Si ese día no llegan nuestros arqueros”, le dice, “tú estarías muerto. Y si en el campamento no llega a estar el doctor Wim van Amsterdam, el que te cosió la espalda como si fueras un jersey, la infección te habría matado.”
Godofredo calla. Porque Balduino tiene razón.
— David S. Matrecano, 25 de abril de 2026
Antes de cerrar del todo, urge hacer una pequeña confesión, porque si ahora alguno de vosotros, movido por la curiosidad, coge una crónica real de la Primera Cruzada y se pone a buscar el nombre de Wim van Amsterdam, buscará en vano. Y lo mismo le pasará si buscara a su colega y amigo del otro lado del frente, el médico árabe Rashid al-Merwan, que aparece en otros momentos importantes de mi saga. Ambos son, lo confieso, personajes de mi invención. No existieron. Nadie los cita. No los van a encontrar en Alberto de Aquisgrán, en Fulquerio de Chartres ni en Guillermo de Tiro. Sin embargo, el ataque del oso a Godofredo es rigurosamente histórico. Está en todas las crónicas medievales de la Primera Cruzada; pues, en algún momento de aquel verano de 1097, durante la marcha del ejército cruzado por Anatolia, Godofredo de Bouillon fue atacado por un oso en una cacería y resultó gravemente herido, siendo salvado en el último instante por los suyos y por la intervención de un anónimo barbero/médico/cirujano y dentista con los mismos remedios caseros cargados de experiencia y buen sentido a los que hoy en día llamaríamos “los remedios de la abuela”.
Si esta historia te ha gustado, la encontrarás narrada con muchísimo más detalle — los personajes, los diálogos, las batallas y la vida cotidiana del campamento cruzado — en mi segunda novela de la saga sobre las Cruzadas, La Sangre de Jerusalén · Parte 1, disponible en Amazon en seis idiomas: EN, DE, FR, IT, ES y PT/BR. El señor Wim van Amsterdam vuelve a aparecer, por cierto, en otros momentos críticos de la serie. Él no lo sabe, pero es uno de mis personajes favoritos.