Estad atentos queridos lectores porque, hoy, os voy a presentar a un tipo que, comparado con él, vosotros sois las personas más afortunadas del planeta; aunque hoy os haya tocado madrugar para ir a un trabajo que no os gusta, se os haya pinchado una rueda del coche, vuestro primo Pepe haya sido arrestado por un tema de drogas y esa vieja arpía de vuestra suegra os haga la vida imposible un día sí, y el otro también... Hoy hablamos de Adrasto el Frigio, hijo del rey Midas (sí, el mismo Midas que todo lo que tocaba lo transformaba en oro, ese mismo) y nieto del mitológico rey Gordias (sí, el del famoso nudo gordiano imposible de deshacer y que cortó Alejandro Magno con un solo golpe de espada algunos siglos después). O sea, un chico rico, un personaje de sangre real, de familia muy acomodada y muy alta cuna… y, sin embargo, también el ser humano más triste, oscuro, pesimista, gafe y desgraciado que jamás haya pisado la faz de la tierra.
Su historia nos la cuenta el bueno de Heródoto en el primer libro de sus Historias, justo en medio del relato sobre el poderoso rey Creso de Lidia, el hombre más rico del mundo antiguo. Y os adelanto que es una de esas historias que empiezan dándote la risa y terminan poniéndote un nudo en la garganta. Porque la vida, amigos míos, es exactamente esto, una tragicomedia. Vamos al lío.
Un huésped con un currículum de pesadilla
La cosa empieza un buen día, allá por el año 550 antes de Cristo, cuando se presenta en el palacio real de Sardes, capital de Lidia, un joven extranjero pidiendo asilo y la sagrada protección del rey Creso. El joven en cuestión se llama Adrasto, y viene con una historia detrás que ya te avisa por dónde van los tiros.
Resulta que unos pocos días antes, sin querer y por puro accidente, el chico había matado a su propio hermano, el heredero al trono de Frigia. Un homicidio totalmente involuntario y una desgracia, una de esas cosas horribles que a veces pasan en la vida de cualquiera. Y, sin embargo, como consecuencia última de esa muerte, su padre lo había desterrado y echado de casa a patadas, dejándolo sin un duro, sin familia, sin herencia y sin patria, condenado a vagar por el mundo como alma en pena. Cualquiera de nosotros pensaría que la reacción del rey Midas fue una reacción desproporcionada, porque, qué coño, una tragedia involuntaria que sin querer hace daño a un ser querido nos puede pasar a todos, ¿no? Pues no, queridos amigos míos, no… Por los motivos que más adelante veremos, la paciencia del viejo rey ya había llegado al límite más extremo de tolerancia y quería a toda costa que su hijo se alejase unos cuantos millones de kilómetros de su reino… Y, a ser posible, que desapareciese para siempre.
Creso, que era un hombre generoso y que además conocía y apreciaba a la familia real de Frigia, lo acoge con los brazos abiertos como a un hijo más y le dice, más o menos esto: «Tranquilo, muchacho, yo no sé exactamente los motivos por los que tu padre ha sido tan duro contigo, ni quiero saberlos, pero aquí en mi casa no te faltará de nada. Yo te purifico y absuelvo de tu crimen involuntario según los antiguos ritos sagrados, te perdono la culpa y te quedas aquí en palacio como un huésped de honor.» Y así, Adrasto se instala en Sardes como invitado especial del rey, alojado en la zona de los huéspedes ilustres, comiendo caliente todos los días y viviendo como un verdadero señor.
Hasta aquí, parece una bonita historia de redención, ¿verdad? El desgraciado que la vida ha castigado duramente encuentra una segunda oportunidad. Pues no, amigos, porque este Adrasto no era un desgraciado cualquiera, Adrasto era un gafe, pero no uno normal sino EL GAFE SUPREMO del siglo V antes de Cristo, un imán absoluto para atraer a su alrededor toda clase de desgracias. Y los gafes de verdad, los de categoría olímpica como era este, no tienen redención posible.
Cómo se labró en Sardes la merecida fama de cenizo: la increíble anécdota del caballo árabe
Para que entendáis hasta qué punto este hombre atraía la mala suerte, solo os digo que, si Adrasto pasaba delante de la rueda de un molino, a los pocos minutos esta se atascaba sin posibilidad de arreglo, si cruzaba por un puente de piedra recién construido, al rato el puente se derrumbaba, y si era de madera pues, más de lo mismo, se incendiaba. Si un día te lo cruzabas por la calle y te decía «joder hombre, hoy tienes muy buen aspecto», puedes estar seguro de que esa misma noche te entraba una infección grave de cojones, acompañada por una fiebre de muerte… Si entraba en tu comercio y comentaba que eras un «hombre afortunado» y que «tenías mucha clientela», pues, a partir de ese día tu negocio ya estaba sentenciado y se iba a pique, y tú te ibas a la quiebra… Por no hablar de aquel día (soleado) en que, estando él presente en una boda, un relámpago venido no se sabe desde dónde, golpeó la mesa principal matando solo a los novios… Pues marido y mujer recién casados se quedaron allí sentados, con la copa del brindis en manos, churrascados como pollos asados.
Déjame contarte la anécdota más jugosa que circulaba por todo Sardes y que un personaje llamado Arístides el ateniense, hijo de ricos mercaderes griegos del aceite de oliva, contaba a quien quisiera escucharle. Es oro puro.
Resulta que un viernes cualquiera, en la subasta semanal de caballos que se celebraba en la plaza mayor de Sardes, Arístides ateniense le había echado el ojo a un semental negro de pura raza árabe: un animal descomunal y nunca visto antes, magnífico, con el pelo reluciente, que vendían unos mercaderes fenicios. Arístides no era el único interesado, claro. La puja subió como la espuma a golpes de billetera entre los muchos asistentes hasta que, en la recta final, quedaron solo él y un comerciante libanés de Sidón, un tal Belshazzar el Oscuro, que comerciaba con maderas de cedro y que en realidad solo era libanés de adopción, pues era originario de Babilonia.
Tras una guerra de pujas encarnizada, Arístides se llevó el caballo por la friolera de doscientas relucientes monedas de oro. Una verdadera fortuna para esa época. El ateniense estaba feliz, henchido de orgullo, paseando a su nuevo y carísimo corcel por la plaza central como si fuera un pavo real.
Y entonces apareció Adrasto…
El gafe, con su cara triste de costumbre, se acercó al magnífico animal y, lleno de envidia, le dijo a Arístides algo así como: «¡Qué envidia me das, hombre! Más quisiera yo tener un caballo así… pero yo no soy rico como tú…», y le dio unas caricias al hocico del caballo. Caricias inocentes, sí, pero mortales.
Os dejo que sea el propio Arístides quien os cuente lo que pasó después, tal como lo narraba él, todavía hirviendo de rabia, ante el joven príncipe Atis y un grupo de amigos cazadores:
«Creedme chicos, cuando el maldito gafe se fue por su camino, yo monté en mi nuevo caballo y puse rumbo a casa. Pues os juro que no había hecho ni veinte metros cuando el caballo se tropezó con algo, algún objeto totalmente invisible para el ojo humano, y se metió de lleno en una zanja profunda que estaba semioculta por unas ramas y hojas caídas, rompiéndose la pata anterior derecha. ¡¡¡Crac!!! La pata rota por completo y un caballo de carreras que había costado la friolera de 200 monedas de oro, listo para ser sacrificado ni diez minutos después de haberlo comprado... Si vuelvo a ver a esa mala sombra de Adrasto, os juro que lo mato con mis propias manos. Ese hombre no puede ni debe vivir aquí ni un minuto más o algún día, como mínimo, se va a incendiar la ciudad o se desata una epidemia de peste que nos mata a todos…»
Imaginaos la escena. Un animal de doscientas monedas de oro, comprado hacía literalmente diez minutos, reventado en el suelo entre relinchos de dolor. Arístides desconsolado a su lado, sin más remedio que sacrificarlo clavándole una estaca en el cerebro para acabar con su sufrimiento. Resultado: un caballo magnífico muerto, doscientas monedas de oro tiradas a la basura, los fenicios contando su dinerito en su cara mientras se partían el culo de la risa y, por si esto fuera poco, cuando llegó a casa, su padre casi lo mata a puñaladas amenazando con echarlo y desheredarlo al enterarse de la gran fortuna perdida. De no ser por la madre y las hermanas que se interpusieron, Arístides ateniense no lo cuenta.
Y la conclusión que sacó el bueno de Arístides fue tan contundente como lógica: menos de diez minutos después de que ese hijo de la gran puta de Adrasto acariciase el caballo, el animal estaba muerto. Ahí lo dejo. Vosotros mismos sacad vuestras conclusiones.
Esta era la reputación del personaje. En Sardes todos lo evitaban como a la peste. Cuando lo veían venir por la calle con su cara larga, su ropa negra y su mochilita de tela de saco (también negra), la gente cambiaba de acera, hacía cuernos con los dedos, tocaba madera, se echaba sal sobre las espaldas, se frotaba los huevos o escupía al suelo para conjurar la mala suerte. Adrasto era, sin discusión posible, el gafe oficial Nr. 1 del reino de Lidia.
El sueño profético del Rey Creso: una punta de hierro
Y aquí es donde la comedia empieza a virar hacia la tragedia. Porque resulta que el rey Creso tenía un hijo al que adoraba: el joven príncipe Atis, el heredero al trono, guapo, fuerte, valiente y muy querido por el pueblo y con toda una vida por delante. (Creso tenía otro hijo, pero aquel era sordomudo y con una discapacidad intelectual, así que, en lo que a la sucesión se refería, era como si no lo tuviera.)
Pues bien, una noche Creso tuvo un sueño espantoso, de esos que te dejan el corazón en un puño: soñó que su amado Atis moría traspasado por una punta de hierro. Una visión tan vívida y aterradora que el rey se la tomó completamente en serio. En esa época, sueños, visiones y pesadillas eran tenidos muy en cuenta, tal y como hemos visto en el anterior artículo del Blog sobre el gran rey Ciro II de Persia.
Movido por el pánico de perder a su heredero, Creso entró en modo padre sobreprotector nivel dios. Primero le aceleró la boda del chaval con la joven más guapa de toda Lidia, y lo hizo para mantenerlo bien entretenido con esa magnífica hembra y, de paso, asegurar la descendencia dinástica por si acaso. Después de esto, le prohibió terminantemente ir a la guerra, ir de caza, o participar en cualquier deporte o actividad donde hubiera de por medio objetos metálicos puntiagudos. Vamos, lo metió en una burbuja de seguridad como si el chaval fuera de cristal.
El diabólico jabalí venido del infierno
Y como la vida, muy a menudo, es una cabrona con un sentido del humor muy retorcido, justo en esos días apareció un gran problema que requería precisamente eso que Creso quería evitar a toda costa: una gran cacería.
En la región Lidia de Misia, a unos 350 kilómetros al norte de Sardes, había aparecido un jabalí monstruoso. Y no era un jabalí normal, era una bestia descomunal, un demonio lanudo que parecía salido directamente de las puertas del infierno. Un monstruo que arrasaba campos y destrozaba cosechas y —lo más grave— el demonio porcuno ya había matado a varios aldeanos, incluyendo algunos niños. Los misios, desesperados, enviaron mensajeros a su rey Creso suplicándole que mandara al príncipe Atis (conocido por ser un excelente cazador), junto con los mejores expertos del arte venatorio y muchos perros para acabar con la fiera.
Creso, lógicamente, dijo que ni de coña iba a mandar a su hijo. Les ofreció a todos sus mejores cazadores, sus mejores perros, caballos, armas y todo lo que los misios quisieran… pero a Atis, NO. El príncipe se quedaba en casa, bien guardadito.
Pero Atis, que era joven, valiente y orgulloso, se enteró del veto y se plantó ante su padre. Y le soltó un razonamiento la mar de lógico: «Padre, en los últimos meses me has estado prohibiendo toda clase de actividades que son las más típicas de un hombre, pero no me consta que hayas descubierto en mí ninguna cobardía, miedo al enemigo o afeminamiento. Si ahora tú me prohíbes participar de esta cacería, ¿con qué cara podré yo esta noche mirar a mi esposa? ¿Y no pensará ella que está casada con un medio hombre sin huevos?»
Creso entonces, bien que lo quisiese o no, se vio obligado a contarle al príncipe su hijo los detalles de ese sueño horrible que venía teniendo desde hacía un tiempo… Atis escuchó a su padre y le respondió lo siguiente: «Padre, me parece que vuestro sueño habla claramente de que yo seré atravesado por una PUNTA DE HIERRO. ¿Y qué tiene de hierro un jabalí? ¿Sus colmillos? ¿Sus pezuñas? ¡Vamos a cazar una bestia, no a luchar contra hombres armados! No hay ninguna punta de hierro que temer en la cacería de un animal.»
El argumento, hay que reconocerlo, era impecable. Creso, aunque seguía con el alma encogida y mil fantasmas negros revoloteándole por la cabeza, no supo qué responder y acabó cediendo. Le dio permiso para ir a la dichosa cacería. Pero, por si las moscas, tomó una precaución adicional… que resultaría ser, oh ironía cruel del destino, exactamente la peor decisión posible.
«Protege a mi hijo a costa de tu propia vida»
¿Y a quién creéis que llamó Creso para encargarle la misión sagrada de proteger a su hijo amadísimo y único heredero durante la peligrosa cacería? Exacto. No sabemos bien por qué lo hizo, pero llamó a Adrasto EL GAFE.
Sí, el rey Creso, sin caer en la cuenta de la barbaridad cósmica que estaba a punto de cometer, mandó llamar al único hombre del mundo que gafaba los caballos con solo mirarlos, al cenizo más temido de todo el reino, y le confió la vida de su hijo. Le dijo, conmovido: «Adrasto, amigo mío, me debes el perdón de tu crimen y la hospitalidad que te he brindado en mi casa. Ahora te pido por favor que custodies a mi hijo Atis en esta cacería. ¡Protégelo a costa de tu propia vida!»
Y el pobre Adrasto, que era un buen hombre por dentro pese a su negra fama, se echó a llorar. Le respondió, tartamudeando, que él jamás se habría atrevido a pedir participar en una expedición con los jóvenes más nobles y afortunados de la ciudad, consciente como era de la oscura nube que lo perseguía. Pero que, dado todo lo que el rey había hecho por él, no podía negarse. Y juró solemnemente que devolvería a Atis sano y salvo a casa.
Y aquí, amigos míos, es cuando uno quiere meterse dentro de las páginas del libro, agarrar a Creso de la solapa y gritarle: «Pero hombre de Dios, ¿qué coño estás haciendo? ¡Que le estás encargando la vida de tu único hijo AL GAFE SUPREMO DEL REINO! ¿En qué cabeza cabe?» Pero claro, el destino ya estaba escrito. Y contra el destino, nada se puede hacer, ¡Nada!
La cacería: cuando el destino se tropieza con algo invisible
La expedición partió de Sardes la madrugada siguiente: ciento veinte hombres, los mejores perros de caza, una patrulla de la Guardia Real y, naturalmente, el príncipe Atis al mando, flanqueado por sus dos mejores amigos, Arístides el ateniense (el del caballo) y Deioces el lidio. Y en algún rincón apartado en el fondo de la caravana, con su cara triste y su mochila negra, venía el gafe Adrasto.
Tras llegar a Misia y localizar a la bestia, los cazadores colocados en un amplio círculo, fueron cerrando el cerco entre la espesa vegetación de hierbas altísimas que impedían a los grupos que avanzaban de verse entre sí. Y quiso el destino adverso — o más probablemente el malvado diseño de algún dios — que Atis y Adrasto fueran avanzando hacia el centro el uno hacia el otro, en posiciones opuestas y sin saberlo, separados solo por esas malditas hierbas traidoras.
De repente, el jabalí, al verse acorralado, soltó un terrible gruñido de terror y saltó de su escondite como un relámpago. Todos los cazadores, en plena tensión eufórica, descargaron a la vez una lluvia de flechas, lanzas, piedras y palos hacia el centro de la diana y contra la fiera, (hubo hasta uno que le tiró el yelmo y una sandalia, y otro que le lanzó el escudo.) Y en todo el medio de aquella confusión espantosa, con el cielo surcado de proyectiles, se cumplió la infausta profecía.
Porque del mismo modo que aquel caballo árabe se había tropezado con algo invisible, también Adrasto, mientras corría hacia adelante en el momento exacto de lanzar su jabalina contra el mega cerdo selvático, tropezó con un objeto totalmente invisible para ojos humanos. El dardo salió disparado, totalmente desviado de su trayectoria original, describió un gran arco en el aire y fue a clavarse directamente en el corazón del príncipe Atis. Muerto en el acto. Atravesado por una punta de hierro. Exactamente como profetizado en el sueño de su padre.
El jabalí del infierno también murió aquel día, acribillado a flechazos. Pero se llevó consigo al inframundo al joven y amado príncipe heredero. Joder, qué de vueltas da la puta vida, ¿eh?
El dolor de Creso y el final del gafe
La noticia llegó a Sardes al galope tendido a través de un mensajero, y lo hizo mucho antes de que llegaran los cazadores. Cuando se la comunicaron a Creso, el rey se derrumbó: la culpa se le cayó encima como un yunque de hierro al darse cuenta de que el asesino de su hijo había sido precisamente el hombre cuyo crimen él había perdonado y purificado. Intentó tirarse por una ventana (lo frenaron los guardias), intentó cortarse el pescuezo con una daga (lo frenó su hermana Ariénis), y se pasó horas y horas subiendo y bajando por el gran salón como un león enjaulado, maldiciendo e insultando al mismísimo Zeus, a quien culpaba de toda su desgracia.
Al día siguiente llegaron los cazadores con el cadáver de Atis metido en una carreta. Y detrás, cabizbajo y aniquilado, venía también Adrasto. El gafe se arrodilló ante Creso y le suplicó que por favor lo matara allí mismo, sobre el mismo cuerpo del muchacho y con la misma lanza con la que sin querer lo había asesinado. Gritaba, entre lágrimas, que un hombre tan desgraciado como él no merecía ni debía seguir vivo ni un minuto más. Y más después de haber matado primero a su propio hermano y luego al hijo de su benefactor (y, añado yo, a decenas de otros inocentes que Heródoto no nos cuenta, pero que están allí, caballo negro incluido).
Pero Creso, aun destrozado por el dolor, se compadeció una vez más de él. Y le dijo unas palabras que son de una grandeza moral conmovedora:
«Ya tengo, Adrasto, amigo mío, toda la venganza que pudiera desear en tu evidente arrepentimiento y en el hecho de ofrecerte a morir por mi mano. Pero, desgraciado Adrasto, quiero que sepas que la culpa no es tuya, sino del destino, y quizá sobre todo de esa deidad llamada Zeus que me anunció en sueños hace muchos meses lo que iba a suceder.»
Creso celebró un funeral de Estado por su hijo, con todas las autoridades de Lidia y los reyes vecinos, vinieron incluidos los padres del propio Adrasto. Y el gafe, ahora amenazado de muerte por los amigos de Atis (Arístides ateniense el primero), observó toda la ceremonia fúnebre oculto detrás de una lápida del cementerio, a una prudente distancia. Pero cuando cayó la noche y el sepulcro de Atis quedó por fin silencioso y solitario, Adrasto, considerándose a sí mismo el hombre más gafe, más desafortunado y desdichado de toda la tierra, se degolló con sus propias manos sobre la lápida de Atis.
La moraleja del gafe
¿Y qué nos enseña la historia de Adrasto, más allá de la sonrisa que nos arranca el caballo o la maceta que le cae encima a una abuela desde un tercer piso? Pues una de las grandes lecciones del pensamiento griego antiguo: que por mucho que un hombre se esfuerce, por muchas precauciones que tome (Creso hizo TODO lo posible por proteger a su hijo), el destino de un hombre, cuando está escrito, se cumple. Y a veces se cumple precisamente A TRAVÉS de las medidas que tomamos para evitarlo. Creso quiso proteger a Atis encargándoselo a Adrasto… y Adrasto lo mató.
Es la misma idea que recorre toda la tragedia griega, de Edipo a Creso: la Hybris, el destino, la impotencia y la nulidad del hombre frente a los dioses. Solo que Heródoto, maestro del relato, y este humilde autor italiano que ha escrito este artículo, nos la envuelven en una historia tan humana, tan llena de detalles cotidianos —el caballo en la subasta, la envidia, las caricias mortales, la mochilita de saco negra— que te ríes y te emocionas casi en el mismo párrafo.
Yo, al modernizarla para ti y contártela con mi estilo, no he tenido que inventarme nada: el gafe, el jabalí del infierno, la lanza desviada, el suicidio de Adrasto sobre la tumba de Atis… todo esto está en el libro original de Heródoto. Lo único que he puesto yo de mi cosecha es una nueva forma de contártelo, el cariño con el que te lo cuento y alguna que otra palabrota bien colocada. Que para eso estamos, para amenizar la Gran Historia Antigua.
Si os ha gustado esta historia, en mi libro «El Libro de la Musa Clío», primer volumen de la saga «Heródoto: Historias Reloaded 2.0», encontraréis esta historia y muchísimas más: el rey Creso con su fabulosa riqueza, la sabiduría del griego Solón, los oráculos tramposos de Delfos, el ascenso al poder del Gran Rey Ciro II de Persia, la reina Tomiris que lo decapitó, el milagro de Arión y el delfín… Un festival casi infinito de historia antigua contada como nunca te la contaron en el cole, ni en el insti, ni en la uni.
Fuentes: Heródoto de Halicarnaso, Historias, Libro I, capítulos 34 a 45 (relato completo de Adrasto, el sueño de Creso, la cacería del jabalí de Misia y la muerte de Atis); Bartolomé Pou (siglo XVIII), traducción canónica del griego al español. Todos los hechos narrados están documentados por Heródoto. Los nombres de personajes secundarios (Arístides el ateniense, Deioces, Belshazzar el Oscuro) y el diálogo vívido proceden de la recreación literaria del autor en «El Libro de la Musa Clío»; el núcleo es estrictamente herodoteo. Los comentarios humorísticos son voz literaria personal.
✠ David S. Matrecano