Atentos queridos lectores, agarraos fuerte que aquí se viene un bombazo histórico de esos que lo cambian todo.
Todos conocemos, cuanto menos resumidamente, la historia de la guerra de Troya en la versión que ha llegado hasta nosotros en la Ilíada de Homero, ¿verdad? Pues, según ese relato, la bellísima reina Helena, esposa del rey espartano Menelao (un pibón de mujer considerada en la época como una especie de semidiosa), se enamora a primera vista del joven príncipe troyano Paris y se fuga con él sin pensárselo. El fogoso maromo turco (Troya está ubicada en la costa occidental de la actual Turquía) se la lleva a su ciudad en plan luna de miel romántica y para presentarle a sus padres, Príamo y Hécuba, sin pensar mínimamente que esa acción tan traicionera, necia y estúpida, provocaría en los griegos un cabreo monumental… Pues dicho y hecho, los helenos, furiosos por la gravísima ofensa recibida por uno de los suyos, en cosa de pocas semanas reúnen una poderosa armada en una coalición de varias ciudades e islas de Grecia, y se lanzan a sitiar Troya durante diez largos años desplegando a sus mejores y más famosos guerreros: el divino Brad Pitt… ehhh digo, Aquiles, el astuto Ulises y los hermanos Agamenón rey de Micenas y Menelao rey de Esparta, así como también al gigantesco Áyax el Grande, Diomedes, Patroclo y el sabio soberano Néstor de Pilos.
Los griegos, de hecho, para vengar la afrenta de la sustracción de una de sus reinas, no se andan con chiquitas y van a la guerra con la friolera de mil naves, todas negras, repletas de soldados hoplitas armados hasta los dientes… Hasta que finalmente, como todos sabemos, gracias al famoso truco del caballo de madera ideado por Ulises, toman la ciudad y recuperan a Helena, devolviéndola sana y salva a su legítimo esposo. Fin de la peli. Aplausos, lágrimas, standing ovation y todos a casa. Os suena, ¿verdad?
Pues bien amigos míos, poneos cómodos porque esa historia tan trágica, pero al mismo tiempo tan bonita y romántica que nos lleva contando el poeta ciego Homero desde hace tres mil años, podría ser una mentira con la M mayúscula. O peor todavía: ser una versión maquillada y vendida al público como una de esas telenovelas turcas, nunca mejor dicho, para tapar lo que realmente fue la guerra de Troya: una colosal operación de ataque y saqueo planificada de antemano a sangre fría.
Y quien viene a desmontarnos el cuento, no es ningún seudohistoriador moderno con un podcast de divulgación en internet, no señor; quien nos lo cuenta es nada menos que el mismísimo Heródoto de Halicarnaso, más conocido como «el Padre de la Historia», y que vivió en Grecia allá por el siglo V antes de Cristo.
Y nos lo cuenta porque a su vez, a él, se lo contaron en Egipto unos señores muy importantes de esa época, unos sacerdotes maquillados y rapados que, al parecer, tenían más información de primera mano que Homero a la hora de saber qué coño había pasado allí mil años antes.
Vamos directos al lío.
Heródoto pone los pies en Menfis (y se queda en shock)
Corre el año 450 antes de Cristo, más o menos, y nuestro querido historiador griego está dándose el viaje de su vida (dos largos años) por el Antiguo Egipto. Recorre todo el Nilo de norte a sur, visita pirámides, templos y palacios, mide obeliscos, calcula el perímetro y la altura de las pirámides más grandes y conocidas, interroga a todo sacerdote o personaje importante que se le pone delante, prueba comidas raras (y seguro que él también se intoxica al menos un par de veces, pues todos los turistas se intoxican en Egipto y deben correr al baño agarrándose las tripas…), y va apuntando todo lo que ve y lo que le cuentan en su libreta de viajero curioso.
En cierto momento del viaje, llega a la ciudad de Menfis, la capital política y administrativa del Egipto faraónico de aquellos siglos, y se va a visitar un pequeño templo bastante curioso situado dentro de un complejo sagrado mucho más grande, un complejo religioso construido unos setecientos años antes de la visita de Heródoto y dedicado a un faraón al que los griegos de esa época llamaban Proteo y que, casi con total seguridad, era ni más ni menos que el gran faraón Ramsés II… (o quizás, pero menos probable, puede que fuera Ramsés III, pues las cronologías exactas bailan bastante, y Heródoto, a menudo y de forma totalmente involuntaria, suele liarla parda con las fechas).
Y aquí es donde a nuestro hombre se le cae la mandíbula al suelo por la sorpresa.
Resulta que ese pequeño templo escondido dentro del complejo principal está dedicado a una diosa extranjera que los egipcios llaman «Afrodita la huésped» o también «Afrodita la peregrina». Y atención al dato porque es importantísimo: no existe en TODA la tierra de los faraones otro templo dedicado a Afrodita, ni a ninguna otra diosa extranjera, que lleve ese nombre griego y ese apodo en concreto. Es único en su género. Existe solo este. Y solo aquí.
Heródoto, picadísimo por la curiosidad y oliéndose que detrás de ese apodo griego tenía que haber algo más jugoso, se va corriendo a interrogar a los sacerdotes suplicándoles que por favor le cuenten la historia de ese apodo tan extraño, y de quién es esa bonita estatua femenina que preside la entrada del templo.
Y entonces los sacerdotes egipcios, después de hacerse un poco (o más bien bastante) de rogar, le sueltan la bomba atómica en toda la cara.
«Mira amigo griego, te lo voy a contar porque me caes bien…»
Eso es, más o menos y parafraseando, lo que le dice el gran sacerdote a un Heródoto que ya no sabe ni dónde meterse de la emoción.
La estatua, le explican, en realidad no representa a la diosa Afrodita propiamente dicha. Representa a una mujer mortal de carne y hueso que fue muy importante en la historia del Egipto de las dinastías XIX y XX, la de los faraones Ramésidas; tanto que uno de estos faraones, supuestamente el susodicho Proteo/Ramsés II, la divinizó construyéndole este templo y poniéndola a la altura de sus diosas Isis, Bastet, Hathor y de la mismísima Afrodita griega.
¿Y quién era esa mujer extranjera tan guapa como para merecerse un templo? Pues al parecer, según ese cura calvo de ojos maquillados, la guapetona no era otra que…
Helena. La esposa del rey Menelao de Esparta. Hija semidivina de Tíndaro. La mujer que supuestamente se fugó con Paris siendo la causante de la guerra de Troya. Esa misma…
Pues ese sacerdote veterano y tan bien informado insistía en que la bella Helena de Troya estuvo viviendo un tiempo en Egipto. Concretamente en Menfis, en el palacio de ese faraón, durante toda la maldita guerra de Troya. O sea que mientras Aquiles y Héctor se estaban dando de hostias delante de las murallas para vengar la muerte de Patroclo, a 2.000 kilómetros de distancia Helena estaba bebiendo vino egipcio y cerveza de cebada, dándose baños en las orillas del Nilo y tratada como una verdadera reina por el gran faraón. Lo cual lo cambia absolutamente todo.
Los ingredientes de esta telenovela: fuga de amor disfrazada de secuestro, reina infiel y el robo de un tesoro
Vamos a rebobinar la película desde el principio para entenderla bien.
Según le cuentan a Heródoto los sacerdotes de Menfis (y os recuerdo que estos egipcios ya tenían archivos escritos sobre piedra, papiro y bronce desde hacía ya tres mil años) las cosas pasaron así:
Allá por el siglo XII antes de Cristo (la guerra de Troya efectivamente se fecha hacia el año 1184 a.C., aunque todavía hay debate), el príncipe Paris de Troya y su hermano mayor Héctor estaban de visita diplomática oficial en la corte espartana del rey Menelao. Como se hacía en aquel entonces entre reinos amigos, Menelao les ofreció hospedaje, comida, vino, fiestas, chicas y todo el rollo VIP típico de la realeza en lo que por aquel entonces se llamaba «el sagrado vínculo de hospitalidad», una cosa muy seria que no se podía traicionar ni mancillar bajo ningún concepto. Hasta aquí, todo guay.
Pero resulta que Paris (que era muy guapo, pero tenía la astucia de una sardina y el cerebro de una anchoa) le echó el ojo a la única mujer de la ciudad considerada intocable, la esposa del rey, la joven y bellísima reina Helena. Y ella, casada con un Menelao bastante mayor y aburrido, también le echó el ojo al joven y musculoso príncipe troyano que le hacía ojitos sin parar.
Y aquí es donde Heródoto pega el primer puñetazo en la mesa contra la versión oficial de Homero. Porque Homero, en la Ilíada, nos vende la moto de que Paris secuestró a Helena y se la llevó a Troya por la fuerza. Que la pobre mujer fue una víctima inocente del fogoso troyano y que los dos hermanos bárbaros, Paris y Héctor (que así es como los griegos llamaban a cualquier no griego), la subieron al barco a la fuerza…
Y Heródoto, agarrándose la barriga de la risa, nos dice claramente: nahhh, eso es imposible… ni de coña las cosas fueron así, amigos… Aquí no hubo ningún secuestro ni polla en vinagre. Lo que hubo fue una clásica fuga de amor, condimentada con una pasión arrolladora y una buena dosis de sexo salvaje, y para más INRI, sazonada con el robo de buena parte del tesoro real de Esparta. Robo perpetrado por esa misma esposa infiel y (que quede entre nosotros) un poco zorra, que aprovechó la ausencia de su marido para meterse en la cama con otro, robarle y fugarse. Pues resulta que el cornud… ehhh digo, Menelao, en esos días estaba asistiendo al funeral de su abuelo en una isla lejana, cuando su santa esposa decidió limpiar las arcas reales y largarse con su nuevo amigo turco a la otra orilla del Mar Egeo, que así es como los griegos llamaban y todavía llaman al Mar Mediterráneo en su zona.
Vamos, que la recién formada pareja se piró cargada de oro, plata y joyas, y por si esto fuera poco, se llevaron también algunas sirvientas espartanas fieles a la reina para que estas les hicieran la cama allí en Troya. La fuga del siglo, en toda regla.
Pero, y aquí viene el giro inesperado del guion, el Mediterráneo en esa zona es traicionero y una tormenta cojonuda, seguramente enviada por los dioses, les desvió de rumbo. En lugar de llegar a Troya, el barco de los amantes acabó arrastrado por los vientos a las costas del norte de Egipto. Y ahí es donde se les acabó la fiesta.
El faraón Proteo se cabrea, y con mucha razón…
Cuando Paris y Helena desembarcan en Egipto, lo hacen muy probablemente cerca del puerto de Canopo, en la zona del delta del Nilo, y los oficiales reales del faraón detectan inmediatamente a esos extranjeros (en Egipto no entraba ni salía nadie sin que la administración central lo supiera; pues especialmente en el norte, por temor a una nueva invasión hitita, tenían un sistema de control fronterizo bastante eficaz para la época) y se los llevan bajo arresto a la corte real de Menfis para que se entrevisten directamente con el faraón.
Y aquí, Proteo (Ramsés II o III, pero vamos a seguir llamándole Proteo por respeto al texto de Heródoto) interroga personalmente y por separado a la bella mujer griega y al joven príncipe Paris. El hermano de Paris, Héctor, que como sabemos viajaba con ellos, no es nombrado en ningún momento en la historia contada por los sacerdotes, así que suponemos que logró fugarse de los policías fronterizos egipcios el día de la captura.
Ramsés escucha primero el relato de Helena, la cual obviamente, al verse perdida y cubierta de vergüenza, rompe a llorar como una Magdalena y entre sollozos, muy astutamente, le echa toda la culpa al turco. «Divina Majestad», le dice Helena a Proteo, «seguro que esos dos troyanos hijos de puta me habrán drogado o hechizado o hipnotizado para que me fuera con ellos, porque si no esto no se explica de ninguna manera… Coño, que yo soy la reina de Esparta y no me iba con ellos ni loca». Ramsés, muy sensible a los encantos de esa griega preciosa y sumida en un valle de lágrimas, se enternece, la cree, y abrazándola le dice que no se preocupe de nada, que lo peor de su «secuestro» ya ha pasado, que ella se quedará en Egipto como su huésped hasta que su marido venga a buscarla y que todo irá bien en su palacio.
Al mismo tiempo, pero, se pone de muy mala leche contra el chico, y cuando Paris entra en la sala para contar su versión de los hechos, entiende de inmediato que ella ya lo ha vendido sin piedad al mejor postor. Aterrorizado, «don cerebro de sardina» confiesa todo: que se ha fugado con la mujer de un rey extranjero amigo y aliado político suyo, y que lo ha hecho después de haber sido recibido como huésped de honor en su propia casa. Y que, de paso, se ha llevado una parte sustancial de las arcas reales espartanas.
Proteo monta en cólera y gritando le suelta a Paris lo siguiente:
«Mira, pedazo de imbécil, si no respetase a rajatabla la sagrada ley de hospitalidad que me obliga a no derramar la sangre de un huésped en mi propia casa, te mandaría matar ahora mismo en esta sala del trono y de la forma más cruel posible. Tú no eres un hombre, tú eres un mierda, una vergüenza para tu pueblo, para tu padre el rey Príamo que además es amigo mío, y eres una desgracia para todo el orden divino. Lo que has hecho con Menelao es de las peores traiciones que un hombre pueda cometer en esta vida.»
Acto seguido, el faraón ordena que se le confisquen sus bienes y todo el tesoro robado, y manda echarlo a patadas del palacio con la orden explícita de desaparecer de Egipto en menos de 48 horas. En caso contrario, si dentro de dos días Paris es pillado todavía en el país de la doble corona, será decapitado.
La pregunta del millón: ¿cuánto tardó Menelao en saber la verdad?
Hagamos dos cálculos, queridos lectores, porque esto del timing es muy importante.
En el siglo XII antes de Cristo, los griegos eran unos navegantes formidables, los egipcios y los fenicios también. Cruzar el Mediterráneo rumbo al sur, desde las costas del Peloponeso hasta el delta del Nilo, con un buen barco y vientos favorables no era ningún paseo dominical, pero tampoco era el fin del mundo: se tardaba de media entre dos y tres semanas contando las paradas técnicas necesarias en las islas intermedias (Citera, Creta, Rodas, Chipre). Y con el viaje de vuelta, se tardaba más o menos lo mismo.
O sea que prestad atención a esta simple operación matemática:
- Semana 1 a 3: Paris y Helena se fugan, los pilla la tormenta y acaban en Egipto.
- Semana 3 a 4: el faraón captura a los fugitivos, los interroga, se queda con Helena, confisca el tesoro y expulsa a Paris.
- Semana 5 a 6: Ramsés/Proteo despacha emisarios a Esparta con la noticia oficial: «Amigo Menelao, tu mujer y tu oro están aquí conmigo en Menfis esperándote. Ven cuando quieras. Mi casa es tu casa.»
- Semana 6 a 8: la embajada egipcia navega hasta Esparta y entrega el mensaje a Menelao.
Echando unas cuentas, así a lo bruto, como máximo dos meses después de la fuga el rey Menelao ya tenía conocimiento de dónde estaban exactamente su esposa y su oro, y sabía que estaban bajo la protección de un soberano muy conocido y poderosísimo.
O sea que la idea, vendida durante casi tres mil años por Homero y sus discípulos, de que Menelao se pasó diez años de su vida sitiando Troya creyendo que su mujer estaba allí, era una solemne milonga monumental y deliberada.
Entonces… ¿por qué carajo los griegos fueron a atacar Troya?
Pues por una razón muy sencilla y humana: dinero.
Vamos a contextualizar. En el momento de la fuga de Helena, Menelao, su hermano Agamenón (rey supremo de Micenas y el más poderoso de todos los reyes griegos) y prácticamente todos los reyezuelos del Egeo, es posible que llevasen ya años soñando con una expedición militar de envergadura colosal contra Troya. ¿Por qué Troya? Pues porque Troya era en ese momento la ciudad más bella y rica del Mediterráneo oriental. Estaba estratégicamente situada en el estrecho de los Dardanelos, controlaba todo el comercio marítimo entre el mar Egeo y el mar Negro, y cobraba peajes carísimos a cada barco mercante que pasaba por allí. Troya, en una palabra, era una mina de oro andante. Una especie de Dubái de la Edad del Bronce, vamos.
Y los griegos llevaban tiempo mirando esa mina de oro con ojos golosos. Lo único que les faltaba para decidirse era un pretexto. Un casus belli. Una excusa moralmente presentable para invadir y saquear una ciudad amiga y aliada con la que técnicamente no tenían ninguna disputa abierta.
Y entonces, mira tú por dónde, Paris va y se fuga con la mujer de un rey griego y con su tesoro. ¡Bingo! Casus belli servido en bandeja de plata. Honor mancillado, hospitalidad violada, mujer robada, oro saqueado. Pretexto perfecto para movilizar a todos los reinos griegos en una coalición sagrada de venganza.
Así que cuando dos meses más tarde llegan los emisarios egipcios a Esparta con el mensaje de Proteo, Menelao y Agamenón ya tenían toda la maquinaria de preparación militar arrancada, los aliados convocados, las naves siendo construidas, los hoplitas ya reclutados y, sobre todo, el futuro botín troyano ya contado y dividido de antemano entre los jefes de la expedición.
¿Iban ahora estos a decir: «pues vale chicos, mil disculpas a todos, parece que la chica está sana y salva en Egipto, podéis guardar las naves recién construidas, despachar a los soldados y perder el dinero invertido en armas, porque la cosa se cancela»? Pues claro que no. Ni de coña.
Lo que hicieron Menelao y Agamenón fue (y esto es solo una hipótesis razonable mía formulada a partir de los datos de Heródoto) ocultar la noticia, pagar a los emisarios egipcios para que se callaran la boca, tranquilizar a Proteo con la promesa de pasar a recoger a Helena «cuando hayamos arreglado un asuntillo pendiente con los troyanos», y seguir adelante con la guerra que tenían programada. La excusa oficial vendida al pueblo griego y a la posteridad fue: «vamos a recuperar a nuestra reina raptada por los traidores troyanos». La razón real: el botín.
Por cierto, atentos a un detalle revelador que el propio Heródoto deja caer: cuando los griegos llegan a Troya y plantan el sitio, los troyanos les dicen, una vez tras otra, que Helena NO está en Troya, que nunca llegó, que saben que está en Egipto y que se vayan a Menfis a buscarla, joder.
Pero los griegos hacen oídos sordos. No es que no lo sepan: es que ya lo saben perfectamente pero no les conviene admitirlo en público. Necesitan mantener viva la ficción de la mujer raptada para justificar ese ataque. Si en algún momento confirmaran abiertamente que Helena nunca estuvo en Troya, toda la legitimidad moral de la guerra se vendría abajo.
Es la lección política más vieja del mundo, amigos míos: cuando un imperio ha decidido invadir a otro por ansias de dinero, ningún hecho de la realidad le va a hacer cambiar de planes. Os recuerda algo, ¿verdad? Pues claro que sí, todas las guerras libradas por la humanidad han funcionado siempre así. Desde la más remota Edad del Bronce hasta hoy mismo…
Entonces… ¿quién de los dos tiene razón, Homero o Heródoto?
Y aquí llegamos a la pregunta del millón.
¿A quién de los dos creemos? ¿Al célebre poeta griego ciego que escribió la versión oficial dos o tres siglos después de los hechos, sirviendo de altavoz a la narrativa heroica que más convenía a la aristocracia griega? ¿O al grandísimo historiador que viajó personalmente hasta Egipto tomando nota de todo, y que se entrevistó con los sacerdotes del templo que custodiaban los archivos secretos del Antiguo Imperio?
Heródoto, en su libro, se posiciona claramente y nos da varios argumentos a favor de la versión egipcia:
- El templo de «Afrodita la huésped» de Menfis, en la época de Heródoto, existía físicamente y era único en todo Egipto. Y sus sacerdotes lo explicaban contando precisamente la historia de la venida de la reina Helena de Esparta. Si la historia fuera falsa, ¿de dónde salió ese templo?
- La aritmética básica del Mediterráneo: con 2-3 semanas de navegación entre Grecia y Egipto, era materialmente imposible que Menelao tardara diez años en saber dónde estaba su mujer. Si no fue a buscarla, fue solo porque no quería ir.
- La lógica histórica de los diez años de asedio inútil. Ningún pueblo del mundo aguanta una década de guerra por proteger a una mujer extranjera desconocida y encima adúltera. Si los troyanos hubieran tenido de verdad a Helena, la habrían devuelto en cuestión de meses. Si no la devolvieron es porque no la tenían, y los griegos lo sabían.
- Los archivos egipcios son mucho más fiables que la tradición oral griega. Egipto en el siglo XII a.C. llevaba ya más de dos mil años escribiendo cosas en piedra y papiro. Y cuando Homero escribió la Ilíada, los griegos vivían todavía en una época de tradición oral, donde cada juglar añadía su propio adorno a la historia.
Pues yo me quedo con la versión de Heródoto, aunque leer la Ilíada de Homero siempre me ha fascinado y encantado. Y vosotros, después de leer todo esto, podréis decidir libremente qué versión os convence más.
Amigos míos, en este blog y en mis libros vendemos verdad histórica. Por incómoda que sea. Y vendemos también, por supuesto, una buena dosis de humor mordaz para que la cosa se trague con gusto.
Si os ha gustado este pequeño viaje a Menfis siguiendo los pasos de Heródoto, podéis encontrar muchísimo más en mi libro «El Libro de la Musa Euterpe», segundo volumen de la saga «Heródoto: Historias Reloaded 2.0». Allí veréis no solo la historia completa de Helena de Troya en Egipto, sino también la Cenicienta original (la hetera Rodopis), la hija del faraón Keops prostituida por su padre, el canal de Necao II (el primer Suez con 2.500 años de adelanto), el hebreo José apodado «el Rey de los Sueños», los dos ladrones más astutos de la historia en la corte de Ramsés III, el faraón Ferón curado de su ceguera con la orina de una mujer fiel, y la cronología real de las treinta dinastías que reinaron sobre el Nilo durante tres milenios.
Heródoto te lo cuenta. Yo te lo modernizo, te lo aclaro y te lo amplío con los descubrimientos arqueológicos más recientes. Y de paso, te hago reír a carcajadas.
Fuentes: Heródoto, Historias, Libro II (caps. CXII-CXX); traducción canónica de Bartolomé Pou (s. XVIII); Nicolas Grimal, Histoire de l'Égypte Ancienne (Fayard, 1998); Homero, Ilíada y Odisea para contraste. Todos los hechos narrados están documentados por Heródoto. La hipótesis sobre los motivos económicos de la guerra es una interpretación moderna del autor a partir de los datos cronológicos del propio Heródoto. Los comentarios humorísticos son voz literaria personal.
✠ David S. Matrecano