Julio César fue, según la fama, el mayor mujeriego de su época: sedujo a media aristocracia romana, a reinas extranjeras (Cleopatra incluida) y a más esposas ajenas de las que nadie pudo contar. Y sin embargo, sobre aquel semental imparable pesó toda su vida un único e imborrable cotilleo sexual, uno solo, pero tan pegajoso que ni el dueño del mundo logró quitárselo de encima jamás: el rumor de que, siendo un jovenzuelo sin blanca, había sido el amante (y, lo escandaloso para un romano, la parte pasiva) de un rey oriental forrado de oro. Acompañadme, queridos lectores, al chisme más famoso, más cantado y más corrosivo de toda la Antigüedad. Y al final os daré mi propia y maliciosa teoría sobre el asunto.
El único borrón del semental de Roma
Conviene empezar dejando clara la reputación sexual de César, porque hace el chisme aún más sabroso. César era célebre por lo contrario de lo que el rumor insinuaba: era un mujeriego compulsivo, un seductor incansable de damas casadas. Sus propios soldados, en sus coplas de cuartel, bromeaban con que había que esconder a las esposas cuando él llegaba a la ciudad. O sea, que de «poca cosa con las mujeres», nada de nada: el hombre era un huracán.
Y precisamente por eso resulta tan llamativo que, en medio de semejante hoja de servicios heterosexual, hubiera UNA historia, y solo una, que apuntaba en otra dirección. El historiador Suetonio, que recopiló todos los trapos sucios de los emperadores, la calificó como la única mancha que empañó la reputación viril de César. Una sola mancha en toda una vida de conquistas de alcoba. Pero qué mancha, queridos lectores. Qué mancha.
La misión en Bitinia (y la sospechosa querencia)
Retrocedamos al año 80 antes de Cristo, más o menos. César era entonces un jovencito de unos veinte años, patricio de buena familia pero sin apenas dinero (recordad este detalle, que luego nos hará falta), y estaba dando sus primeros pasos en la carrera militar y política. Un superior lo envió en misión diplomática a la corte de Nicomedes IV, rey de Bitinia, un próspero reino del noroeste de Asia Menor, en la actual Turquía, asomado al mar Negro. El encargo: gestionar el envío de una flota.
Hasta aquí, todo normal. El problema es lo que vino después. Porque el joven César se quedó en la corte de Nicomedes una temporada larguísima, mucho más de lo que cualquier gestión de barcos podía justificar. Y, por si fuera poco, al poco tiempo se las arregló para VOLVER a Bitinia con una excusa peregrina (cobrar un dinero que supuestamente le debían a un cliente suyo). Dos estancias prolongadas en la corte de un rey, siendo un veinteañero guapo y sin un duro. Las malas lenguas, que en Roma nunca descansaban, echaron humo. Y ya no pararon nunca.
El cotilleo que no se borró jamás
El rumor se extendió como la pólvora: que el joven César había sido el amante del rey Nicomedes. Y, una vez prendida, aquella etiqueta lo persiguió durante el resto de su vida con una tenacidad asombrosa. No fue un chisme de un día: fue un sambenito de cuarenta años, que sus enemigos políticos le restregaron por la cara una y otra vez en cada ocasión propicia.
Suetonio recopila un auténtico florilegio de pullas. Sus rivales lo llamaban «la reina de Bitinia». El político Bíbulo, su gran enemigo, lo bautizó así en edictos oficiales. Otro contemporáneo, Curión, soltó sobre él una de las frases más demoledoras de la historia de los insultos: dijo que César era «el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos». Toma ya. Hubo poemas satíricos, chistes en el Senado, comentarios mordaces del propio Cicerón. César lo negó siempre, indignado, jurando y perjurando que era falso. Pero cuanto más lo negaba, más se reían todos. En Roma, ya se sabe, la calumnia que hace gracia es inmortal.
La copla que le cantaban sus propios soldados
Y aquí llega el momento estelar, el detalle que convierte este chisme en leyenda. Porque el cachondeo no venía solo de sus enemigos: venía hasta de los suyos. Existía en Roma una tradición curiosísima: el día en que un general celebraba un triunfo (el gran desfile de la victoria por las calles de Roma), sus propios soldados tenían licencia para cantarle coplas burlonas y procaces a su jefe, a modo de pulla y, supersticiosamente, para conjurar la mala suerte de tanta gloria.
Pues bien, cuando César celebró su triunfo tras conquistar la Galia, sus legionarios, marchando tras él, le cantaron a pleno pulmón y a la cara una coplilla que ha pasado a la historia. Decía, en latín:
«Gallias Caesar subegit, Nicomedes Caesarem.»
Que se traduce como: «César sometió a las Galias; Nicomedes sometió a César». Y aquí está la genialidad guarra del asunto, intraducible del todo: el verbo latino «subigere» significa a la vez «someter, conquistar» (en plan militar) y «montar» (en plan, ejem, carnal). De modo que la copla decía dos cosas a la vez: que así como César había conquistado militarmente la Galia, el rey Nicomedes lo había «conquistado» a él en la cama, y adivinad en qué papel. Sus propios soldados victoriosos, en el día más glorioso de su vida, cantándole al jefe que un rey oriental se lo había montado. Si eso no es amor de tropa, que venga Júpiter y lo vea.
La clave romana: el problema no era con quién, sino cómo
Aquí hace falta una explicación importante para entender de verdad el escándalo, porque si no, no se capta. A un romano de la época, el sexo entre hombres no le escandalizaba demasiado en sí mismo. Lo que para un varón romano de la élite era una vergüenza intolerable, una mancha humillante en su dignidad, era ser la parte PASIVA, la receptora, en la relación. Eso se consideraba propio de mujeres, de esclavos o de prostitutos: indigno de un hombre libre, y no digamos de un futuro líder de Roma.
Por eso el veneno de la copla estaba en el «subegit»: no le cantaban que César hubiera tenido un lío con un hombre sin más, le cantaban que había hecho de mujer, que había sido el «sometido», el montado. Ese, y no otro, era el dardo que le clavaban. Atacaban su virilidad, su dignidad de macho romano, el cimiento mismo de su autoridad. Por eso le dolía tanto y por eso sus enemigos no soltaban la presa: era el único flanco por el que aquel hombre invencible sangraba.
Mi hipótesis maliciosa (y aviso: esto ya es cosecha mía)
Y ahora, queridos lectores, permitidme una conjetura personal, porque aquí dejo el terreno firme de lo documentado y entro en el de la especulación maliciosa, que conste. Llevo años dándole vueltas a un detalle que casi nadie subraya: de TODA la larguísima y agitadísima vida sexual de Julio César, esta es la ÚNICA historia con un hombre. Una sola, y de juventud. ¿No es curioso?
Y entonces se me ocurre una pregunta perversa. Recordad cómo era el César de aquel momento: un joven patricio ambicioso hasta la médula, con planes enormes… y sin un denario en el bolsillo. Un aristócrata arruinado con sueños de grandeza carísimos. Y enfrente, ¿quién? Un rey, Nicomedes, dueño de uno de los reinos más ricos de Asia Menor, nadando en oro. (No era, como a veces se confunde, descendiente del legendario Creso de Lidia, ese sí el rey más rico de la Antigüedad del que os hablé en otro sitio; Nicomedes reinaba en la vecina Bitinia. Pero de pasta, andaba igual de sobrado.)
Así que mi sospecha, malpensada del todo, es esta: ¿y si el jovencísimo César, listo como el hambre y con más ambición que recursos, simplemente hizo un cálculo? ¿Y si aquello, más que una gran historia de amor o que la calumnia que él juraba, fue una inversión estratégica de un chaval sin medios que supo arrimarse al árbol que más oro daba? El primer braguetazo documentado de la historia, por así decirlo. Que conste que esto es pura especulación mía, una maldad de novelista; las fuentes solo recogen el rumor, no el motivo. Pero conociendo al personaje —ese animal político capaz de cualquier cálculo con tal de subir—, a mí no me extrañaría nada. César nunca hizo nada gratis.
El chisme inmortal
Sea como fuere (amor, calumnia, cálculo interesado o vete tú a saber), lo cierto es que el affaire de Nicomedes acompañó a César hasta la tumba y más allá, convertido en la historia «gay» más famosa del mundo antiguo. Lo asombroso es la honestidad despiadada de las fuentes romanas, que no le perdonaban ni una al hombre más poderoso del mundo, y la libertad con que sus propios soldados se cachondeaban del jefe en su cara. Roma podía adorar a César, pero no pensaba dejar de reírse de él.
Y nos deja una lección sobre el poder y la reputación que no caduca: que ni el hombre más invencible de su tiempo, el que sometió a la Galia y cruzó el Rubicón, pudo someter jamás a un buen cotilleo. La Galia se rindió a César; el rumor de Nicomedes, nunca. Hay batallas que ni los césares ganan.
Por cierto, ese mundo de reyes orientales nadando en oro, el de la fabulosa riqueza de Creso y de Lidia que rozó de lejos esta historia, lo conté a fondo en mi libro «El Libro de la Musa Clío». Si os fascinan los reyes ricos hasta lo obsceno y las intrigas de Asia Menor, allí os espera. Historia como nunca te la contaron, también la más picante.