Esta es una de las mejores historias de toda la Antigüedad, y lo asombroso es que casi nadie la conoce. Trata de un veinteañero engreído, brillante y peligrosamente seguro de sí mismo, que cae prisionero de unos piratas, se pasa el cautiverio tratándolos como si fueran sus criados, les promete partiéndose de risa que los va a crucificar a todos, y luego, ya libre, los persigue por el Mediterráneo y cumple su promesa con una frialdad que pone los pelos de punta. Ah, y el veinteañero se llamaba Julio César. Sí, ese Julio César. Acompañadme, queridos lectores, a conocer al futuro amo de Roma cuando todavía era un crío con muchísimos humos.
Un joven con ínfulas rumbo a Rodas
Corría aproximadamente el año 75 antes de Cristo. Julio César era entonces un joven de unos veinticinco años, todavía muy lejos de ser el conquistador de las Galias y el dueño de Roma. Pertenecía a una familia patricia venida a menos, tenía ambiciones políticas enormes y, sobre todo, una autoestima del tamaño de un acueducto. Como todo joven romano de buena cuna que se preciara, viajaba a Oriente para perfeccionar el arte de la oratoria, fundamental para triunfar en la política romana.
Su destino era la isla de Rodas, donde quería estudiar con un famoso maestro de retórica. Así que se embarcó y puso rumbo por el mar Egeo. Lo que el joven César no esperaba es que aquel mar estaba infestado de una plaga temible: los piratas cilicios, llamados así porque procedían de Cilicia, en la costa de la actual Turquía. Aquellos piratas eran el azote del Mediterráneo, asaltaban barcos, saqueaban costas y secuestraban a viajeros adinerados para pedir rescate. Y un patricio romano viajando con séquito era un bocado de lujo.
El secuestro y el rescate más insólito
Cerca de la pequeña isla de Farmacusa, los piratas abordaron el barco y capturaron a César. Para ellos, un cliente perfecto: joven, rico, de familia importante. Calcularon su valor y le exigieron un rescate de veinte talentos, una suma considerable. Y aquí ocurre el primer detalle delicioso de esta historia, el que define el carácter del personaje.
Porque César, en lugar de aterrorizarse o aliviarse, se ofendió. ¿Solo veinte talentos? ¿Por él? Soltó una carcajada y les dijo a sus captores que no tenían ni idea de a quién habían capturado, que él valía muchísimo más, y que pidieran al menos cincuenta talentos. Lo habéis leído bien: el secuestrado regañó a los secuestradores por pedir poco dinero, y les exigió que subieran su propio rescate. Los piratas, atónitos, aceptaron encantados (más dinero para ellos). César mandó a sus acompañantes a las ciudades cercanas a reunir la fortuna, y se quedó él como rehén, casi solo, entre la banda de forajidos. Empezaban treinta y ocho días de cautiverio de lo más peculiar.
El cautivo que mandaba sobre sus captores
Lo que pasó durante aquellas casi seis semanas es para enmarcarlo. Porque César no se comportó ni un solo día como un prisionero asustado. Se comportó como si los piratas fueran su escolta personal y él, el jefe. Participaba en sus juegos y ejercicios físicos como si fuera uno más, pero dando órdenes. Cuando quería dormir y los piratas hacían ruido, les mandaba callar, y ellos, desconcertados, obedecían.
Pero el mejor detalle es el literario. César, que se las daba de gran orador y poeta, escribía poemas y discursos durante su cautiverio y luego se los leía en voz alta a los piratas, esperando admiración. Y cuando aquellos rudos forajidos no aplaudían sus versos con el entusiasmo que él consideraba merecido, César los insultaba a la cara, llamándolos analfabetos y bárbaros incultos incapaces de apreciar el genio. Imaginad la escena: un secuestrado llamando ignorantes a sus secuestradores armados hasta los dientes por no valorar su poesía. Aquel chico tenía un par de cosas muy bien puestas.
La promesa que sonaba a broma
Y entre todas aquellas excentricidades, César tenía una costumbre que repetía una y otra vez, siempre con una sonrisa de oreja a oreja. Les advertía, riéndose, de lo que pensaba hacer con ellos en cuanto recuperara la libertad.
Se lo soltaba a la cara, divertidísimo, sin el menor disimulo, algo así como:
«Reíd ahora, amigos míos, disfrutad. Porque en cuanto sea libre, volveré a por vosotros, os capturaré a todos y os crucificaré sin excepción.»
Los piratas se desternillaban. Para ellos era el colmo de la gracia: el muchacho engreído al que habían tomado cariño (porque, hay que decirlo, César les caía bien, era divertido y campechano) bromeaba con su numerito de las crucifixiones. Lo veían como la fanfarronada simpática de un crío con demasiada labia. Se habían hecho casi amigos, al fin y al cabo. ¿Cómo iba a hablar en serio? Pobres ilusos. No habían entendido absolutamente nada. Cuando César sonreía y prometía crucificarte, no estaba bromeando: te estaba informando.
Libre, y con la agenda muy clara
Por fin llegaron los cincuenta talentos del rescate, reunidos en la ciudad de Mileto. Los piratas cobraron, cumplieron su parte y soltaron a César sano y salvo en tierra firme. Para ellos, negocio redondo y caso cerrado. Adiós al simpático muchacho de los versos y las amenazas graciosas. A otra cosa.
Pero César, nada más pisar tierra, no perdió ni un segundo. No fue a celebrarlo, ni a seguir su viaje a Rodas, ni a dar gracias por estar vivo. Fue directo al puerto de Mileto, reunió a toda prisa unos cuantos barcos y unos hombres armados por su cuenta y riesgo (no tenía ningún cargo oficial que se lo permitiera, pero a él eso nunca le importó demasiado), y se lanzó al mar tras sus antiguos captores. La agenda del día tenía un solo punto, y no era precisamente perdonar.
La caza
Y aquí los piratas cometieron su último error: seguían tan tranquilos, fondeados todavía cerca de la misma isla de Farmacusa, repartiéndose el botín, sin imaginar lo que se les venía encima. ¿Por qué iban a huir? El asunto estaba zanjado, habían cobrado, todo en paz.
César cayó sobre ellos por sorpresa. Capturó a la mayoría de la banda sin grandes problemas, recuperó además sus cincuenta talentos (el muy listo se llevó de vuelta hasta el dinero del rescate) y se apoderó del resto de su botín como premio. Aquellos hombres que pocos días antes se reían de las bromas del muchacho ahora eran sus prisioneros, encadenados, empezando a sospechar, demasiado tarde, que quizá las «bromas» no habían sido tan broma. César los llevó a tierra y los encerró en una prisión de la ciudad de Pérgamo, a la espera de hacer lo que siempre les había prometido.
El gobernador que dudó y el César que no
Aquí surgió un obstáculo burocrático muy romano. La potestad de juzgar y castigar a aquellos criminales correspondía oficialmente al gobernador romano de la provincia de Asia, un tal Junio. Así que César acudió a él para que ordenara la ejecución de los piratas. Pero el gobernador empezó a dar largas y a mostrarse remolón. ¿La razón? Le había echado el ojo al botín y a los prisioneros: pensaba que podía sacar un buen dinero vendiéndolos como esclavos en lugar de ejecutarlos. La codicia, ya sabéis, lo enturbia todo.
César no era hombre de esperar a que un funcionario indeciso se decidiera mientras calculaba beneficios. Perdió la paciencia. Así que hizo lo que mejor se le daba: tomar la iniciativa por su cuenta, sin pedir permiso. Volvió a Pérgamo, donde tenía encerrados a los piratas, y se dispuso a cumplir personalmente la promesa que tantas veces les había hecho entre risas. Si la justicia oficial dudaba, la justicia de César no.
La promesa cumplida (con un toque de «piedad»)
César ordenó crucificar a todos los piratas. A todos. Exactamente como les había anunciado una y otra vez durante su cautiverio, mientras ellos se partían de risa creyéndolo una chanza. La fanfarronada simpática del muchacho de los versos resultó ser, palabra por palabra, una sentencia de muerte anticipada. Quien avisa no es traidor.
Pero la historia tiene un último detalle, y es el que la convierte en una pequeña obra maestra sobre el carácter de este hombre. Resulta que César, en el fondo, les guardaba cierto aprecio: durante el cautiverio lo habían tratado bastante bien, sin maltratarlo. Así que tuvo con ellos un gesto de «clemencia», un detalle de gratitud. La crucifixión era un castigo atroz y lentísimo: el condenado podía tardar días en morir, agonizando entre tormentos. Pues bien, César ordenó que, antes de clavarlos en la cruz, les cortaran el cuello. Una muerte rápida y limpia, para ahorrarles el sufrimiento prolongado. Ese fue su agradecimiento por el buen trato recibido: degollarlos primero para que no sufrieran en la cruz.
Detente un momento a saborear la lección, querido lector. Para Julio César, aquello era un gesto compasivo, casi tierno. «Os voy a crucificar, sí, porque lo prometí y porque sois piratas; pero como me caísteis bien, os mato rápido antes para que no os duela.» Si eso era su versión de la piedad, ya os podéis imaginar cómo gastaba la crueldad.
El retrato de un hombre peligroso
Esta anécdota, que nos cuentan historiadores antiguos como Plutarco y Suetonio, es mucho más que una curiosidad divertida. Es un retrato psicológico perfecto del hombre que décadas después conquistaría las Galias, cruzaría el Rubicón y se haría dueño del mundo romano. Ya estaba todo ahí, en aquel veinteañero secuestrado: la seguridad absoluta en sí mismo, el carisma que le ganaba hasta el afecto de sus enemigos, el desprecio por las normas y las jerarquías cuando le estorbaban, la capacidad de actuar por su cuenta saltándose a la autoridad, y esa frialdad implacable que le permitía sonreír a un hombre y planear su muerte al mismo tiempo.
Los piratas cometieron el error de juzgar a César por su simpatía. Vieron a un muchacho encantador y bromista, y no se dieron cuenta de que detrás de aquella sonrisa había una voluntad de hierro que no conocía el farol. Es una de las grandes lecciones de la historia: cuidado con los hombres que te amenazan riéndose, porque a veces los que más sonríen son los que menos bromean.
El Mediterráneo de los piratas, los corsarios y las venganzas servidas sobre las olas es un escenario que me apasiona, y al que dediqué de lleno mi libro «Malta 1565», donde corsarios temibles como Dragut surcan ese mismo mar siglos después. Si os fascina ese mundo de mar, audacia y sangre, lo encontraréis en sus páginas. Historia como nunca te la contaron.