Hay episodios de la historia que conviene mirar de frente, por dolorosos que sean, porque olvidarlos sería una segunda injusticia con las víctimas. Este es uno de ellos. En la primavera y el verano de 1096, antes incluso de que el grueso de la Primera Cruzada se pusiera en marcha hacia Jerusalén, bandas de cruzados arrasaron las prósperas comunidades judías del valle del Rin, en la actual Alemania, en una de las matanzas más atroces que había conocido Europa hasta entonces. El nombre que quedó ligado para siempre a aquel horror fue el de un noble alemán: el conde Emicho. Acompañadme, queridos lectores, a uno de los capítulos más negros del arranque de las Cruzadas, narrado en mi novela «La Cruzada de Pedro el Ermitaño».
Una lógica perversa
Cuando el papa Urbano II llamó a la cruzada en 1095, su mensaje era claro: marchar a Oriente, a miles de kilómetros, para combatir a los musulmanes y liberar Tierra Santa. Pero en el camino, en algunas mentes envenenadas por el fanatismo, la codicia y el odio, surgió un razonamiento monstruoso que las crónicas de la época nos transmitieron.
El argumento, en boca de aquellos cruzados, venía a ser este, y conviene reproducirlo para entender la magnitud del crimen y condenarlo sin paliativos:
«¿Por qué ir a combatir a los enemigos de Cristo al fin del mundo, cuando aquí, entre nosotros, viven quienes lo mataron? Empecemos la obra de Dios por casa.»
Era una justificación abominable, sin el menor fundamento ni en la doctrina cristiana oficial ni en la moral más elemental. Pero sirvió de coartada a lo que en realidad era una mezcla de fanatismo religioso, de codicia (las comunidades judías eran prósperas y había mucho que robar) y de pura violencia de masas. Bajo esa excusa, las bandas se lanzaron sobre los judíos de las ciudades del Rin.
El conde Emicho, el rostro del horror
El más siniestro de aquellos cabecillas fue el conde Emicho de Flonheim-Leiningen, un noble renano que reunió bajo su mando a una hueste numerosa y la condujo de ciudad en ciudad sembrando la muerte. Las crónicas, tanto cristianas como las estremecedoras crónicas hebreas que dejaron testimonio del desastre, lo señalan como el principal responsable de las peores matanzas.
Emicho y los suyos recorrieron las grandes ciudades del valle del Rin, donde florecían comunidades judías antiguas y cultas: Espira, Worms, Maguncia, Colonia. En cada una de ellas se repitió, con variantes, el mismo patrón de horror: el asalto a los barrios judíos, el saqueo, y la matanza de hombres, mujeres y niños que se negaban a renunciar a su fe y a convertirse por la fuerza. Maguncia, en concreto, fue escenario de una de las masacres más espantosas, con la aniquilación de buena parte de su comunidad judía, una de las más importantes de Europa.
El balance fue devastador. Miles de judíos fueron asesinados en aquellas semanas de 1096 a lo largo del Rin. Comunidades enteras, con siglos de historia, fueron borradas del mapa. Por su escala y su saña, aquellas matanzas figuran entre los peores estallidos de violencia antijudía que había visto Europa, y dejaron una herida profundísima en la memoria del pueblo judío.
Los otros verdugos: Gottschalk y Folcmaro
Emicho no actuó solo. Otras bandas, lideradas por figuras igualmente fanáticas, se sumaron al horror. Las crónicas señalan a un monje alemán llamado Gottschalk, que reunió su propia hueste y dejó un reguero de violencia, y a un sacerdote llamado Folcmaro (Volkmar), que condujo a otro grupo hacia el este, hasta Bohemia, atacando comunidades judías a su paso.
Que entre los cabecillas hubiera un conde, un monje y un sacerdote dice mucho de cómo el fanatismo puede corromper todos los estamentos de una sociedad. No eran solo soldados o bandidos: había hombres de Iglesia, que deberían haber predicado la caridad, encabezando matanzas. El veneno del odio no entendía de hábitos ni de títulos.
Los que intentaron salvarlos
En medio de tanta oscuridad, es de justicia recordar también a quienes intentaron detener la barbarie, porque su existencia demuestra que el horror no era inevitable y que siempre cabe la decencia. La jerarquía oficial de la Iglesia no había ordenado ni aprobado aquellas matanzas; al contrario, varios obispos trataron de proteger a los judíos de sus ciudades, jugándose en ello su autoridad e incluso su seguridad.
En mi novela narro la figura del obispo Adalberto, al que llamo «un ángel en medio del infierno» por sus esfuerzos por amparar a los perseguidos. Varios prelados abrieron las puertas de sus palacios para dar refugio a los judíos que huían de las turbas, y algunos lograron salvar a parte de ellos. Otros, sin embargo, fracasaron: en Maguncia, pese a los intentos de protección, las multitudes enfurecidas asaltaron incluso el recinto del arzobispo Ruthard, una figura ambigua cuyo papel (entre la caridad y la sospecha de codicia por los bienes judíos) aún hoy se discute. La protección episcopal, allí donde se intentó, a menudo no bastó frente a la furia de las masas.
El martirio de las comunidades
Las crónicas hebreas que sobrevivieron al desastre dejaron un testimonio desgarrador de aquellos días. Ante la disyuntiva atroz que les imponían los atacantes —la conversión forzada al cristianismo o la muerte—, muchos miembros de las comunidades judías eligieron morir antes que renunciar a su fe. Hubo escenas de un dramatismo insoportable, de familias enteras que prefirieron perecer fieles a sus creencias antes que ser bautizadas por la fuerza.
Aquel sacrificio quedó grabado en la memoria del judaísmo como uno de sus episodios de martirio más dolorosos. No corresponde a un artículo de divulgación recrearse en los detalles más terribles; basta con decir que lo que ocurrió en el Rin en 1096 fue una tragedia humana de primer orden, y que las víctimas merecen ser recordadas con respeto y con dolor, no reducidas a una nota al pie en la épica de las Cruzadas.
La caída de Emicho
¿Qué fue del conde Emicho? Su historia tuvo un final que sus contemporáneos no dudaron en interpretar como un castigo. Tras las matanzas del Rin, Emicho condujo a su hueste hacia el este, con la intención de seguir la ruta hacia Tierra Santa atravesando Hungría. Pero el rey de Hungría, Colomán, alarmado por la violencia y el desorden de aquella turba, le negó el paso por su reino.
Emicho intentó forzar la entrada y puso sitio a una plaza fronteriza húngara, cerca de Moson. Y allí, su ejército indisciplinado fue derrotado y dispersado por los húngaros. La hueste que había sembrado el terror entre indefensos se deshizo al enfrentarse a soldados de verdad. Emicho regresó a sus tierras en la deshonra, sin haber pisado siquiera Tierra Santa. Muchos cronistas de la época, tanto cristianos como judíos, vieron en aquella derrota humillante la mano de la justicia divina castigando al culpable de tantos crímenes. El hombre que había justificado sus matanzas invocando la voluntad de Dios fue, según sus propios contemporáneos, abandonado por ese mismo Dios en cuyo nombre había asesinado.
Por qué hay que recordarlo
Las matanzas de Renania de 1096 son un episodio que durante mucho tiempo quedó en la sombra de la gran épica de las Cruzadas, esa narrativa de caballeros y gestas heroicas. Pero forman parte indisoluble de la historia, y silenciarlas sería faltar a la verdad y a la memoria de las víctimas. Los historiadores las consideran hoy uno de los primeros grandes capítulos de la violencia antisemita a gran escala en la Europa medieval, un precedente siniestro de persecuciones que, por desgracia, se repetirían en los siglos siguientes con consecuencias cada vez más catastróficas.
Conviene recordar también que aquellos crímenes no representaban la doctrina oficial de la Iglesia, que hubo cristianos —obispos, vecinos— que arriesgaron mucho por proteger a sus conciudadanos judíos, y que el principal responsable acabó derrotado y deshonrado. Pero nada de eso devuelve la vida a los miles de inocentes asesinados, ni borra la mancha de lo ocurrido.
Yo elegí narrar estos hechos en «La Cruzada de Pedro el Ermitaño», con el respeto y la crudeza que merecen, porque creo que la novela histórica también sirve para esto: para no dejar que el tiempo borre lo que nunca debió suceder, y para que el nombre de las víctimas pese, en la memoria, más que el de sus verdugos. Si queréis conocer esta historia y todo el complejo y trágico arranque de la Primera Cruzada, lo encontraréis en mi libro. Historia como nunca te la contaron, también en sus páginas más oscuras.