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Las Cruzadas

Viernes 13 de octubre de 1307: el día en que Francia destruyó a los Templarios

Viernes 13 de octubre de 1307 · El día que acabó con una leyenda

1 Dic 2025 · 14 min
Sargentos del rey de Francia irrumpen de madrugada en una encomienda templaria el 13 de octubre de 1307 y sacan de sus camas a los caballeros en camisón

Viernes 13 de octubre de 1307, seis de la mañana. El rey de Francia Felipe IV ordena a sus gendarmes una especie de «blitz antiterrorista»: el arresto inmediato y simultáneo de todos los caballeros templarios del reino. Gran Maestre incluido. Sin ninguna excepción por enfermedad, rango, ancianidad o méritos militares. La destrucción de la Orden del Temple en Europa acababa de empezar, y en los siete años siguientes se haría irreversible. Acompañadme a explorar las profundidades de este artículo y os lo cuento todo.

Al amanecer de aquel viernes 13, los agentes del rey irrumpieron simultáneamente en todas las encomiendas, palacios, casas particulares, granjas y fincas de los templarios del reino. La operación se había preparado en el mayor secreto durante semanas, quizás meses, con miles de órdenes selladas con cera y el anillo del rey, destinadas a los comandantes de todos los cuarteles militares y de policía, y que no podían abrirse hasta la víspera del 13. Cuando aquellos sellos de cera roja se rompieron al unísono a las seis de la mañana, en muy pocas horas centenares —por no decir millares— de Caballeros Templarios fueron sacados de sus camas y arrestados bajo acusaciones gravísimas y totalmente falsas. Algunas, tan absurdas que rozaban el ridículo, fabricadas por el secretario personal del rey expresamente para destruirlos. La orden más poderosa de la Cristiandad, que había sobrevivido a dos siglos de guerra en Tierra Santa, fue aniquilada en un solo día. Y no por la espada sarracena, sino por papel y pluma. Por la conspiración de dos hombres —bueno, tres, pero del tercero hablaremos más adelante—: Felipe IV el Hermoso, rey de Francia, y Clemente V, el número 195 en la lista oficial de los papas de la Iglesia católica, y francés él también. Os adelanto el veredicto, que para eso llevo años conviviendo con estos personajes: no fue un proceso. Fue un atraco a mano armada, un vulgar robo.

Felipe el Hermoso: el rey que debía demasiado

Para entender la destrucción del Temple hay que entender primero a su verdugo, y os aviso de que el personaje pone la piel de gallina.

Felipe IV de Francia, llamado el Hermoso, era efectivamente un hombre alto y de gran belleza física, pero de mirada tan fría e inquietante que le habían apodado «bella estatua con ojos de pez». Sí, de pez muerto. Ahí se acababan sus virtudes amables. Frío hasta lo inhumano, calculador, de una ambición sin fondo, Felipe fue un rey absolutista dos siglos antes de que la palabra se inventara para Luis XIV, aquel al que la tradición atribuye el L'État c'est moi, el Estado soy yo. Felipe también quería un Estado totalmente centralizado, obediente y rico, y consideraba obstáculo todo lo que se interpusiera: fuera un papa, un banquero, un militar ambicioso o una orden religiosa con dos siglos de historia gloriosa a sus espaldas.

Y Felipe tenía un problema muy concreto: estaba endeudado hasta las cejas. ¿Con quién? Pues precisamente con los Templarios.

Porque el Temple, allá por 1307, ya no era aquella hermandad de nueve pobres caballeros que iban dos sobre un solo caballo, fundada por Hugues de Payens doscientos años antes. Había evolucionado hasta convertirse en el primero y más sofisticado banco de Europa. Custodiaba fortunas, emitía lo que hoy llamaríamos cartas o letras de crédito —depositabas tu dinero en París, recibías una de esas cartas llena de cera y sellos oficiales que lo atestiguaba, y lo retirabas, descontando la comisión de los templarios por el gran favor que te hacían, en San Juan de Acre, sin cargar ni una sola moneda por caminos infestados de bandidos y asesinos—, prestaba a príncipes y reyes, a mercaderes, obispos y papas, y gestionaba una red financiera capilar que iba de Lisboa a Jerusalén. Sería un poco la Goldman Sachs o el JP Morgan de la época medieval, con su propia red de cajeros automáticos, por así decirlo. El propio tesoro real de Francia —bueno, lo poco que quedaba, porque el rey se lo había fundido casi todo— se guardaba en la torre del Temple de París. Leedlo otra vez: el mismísimo rey de Francia guardaba su dinero en la caja fuerte del banco de los Templarios.

Interior de la tesorería del Temple de París: arcones, libros de cuentas, balanza y letras de crédito colgadas
La tesorería del Temple: arcones, balanzas, libros de cuentas y letras de crédito colgando de sus cordones. El primer banco internacional de Europa, dos siglos antes de los Médici.

Y les debía sumas astronómicas por sus guerras contra Inglaterra y Flandes.

Aquí es donde el asunto se vuelve transparente. Felipe no quería robar el banco: quería quemarlo con los banqueros dentro y quedarse con el edificio y con la caja. Eliminando físicamente al Temple cancelaba su deuda de un plumazo, confiscaba un patrimonio inmenso de castillos, tierras y encomiendas fáciles de vender a peso de oro, y de paso borraba del mapa un poder autónomo que no le respondía a él, sino al papa. Un Estado dentro de su Estado. Para un hombre como Felipe, eso era sencillamente intolerable.

Y no era la primera vez que lo hacía, ojo. En 1306 —un año antes; fijaos en el ensayo general— había arrestado a todos los judíos de Francia en un solo día, expulsándolos y confiscando sus bienes. Había devaluado la moneda tantas veces que el pueblo de París se le amotinó. Y en 1303 sus hombres habían llegado a asaltar al mismísimo papa Bonifacio VIII en su residencia de Anagni, en el Lacio, en un ultraje del que el anciano pontífice murió al mes. El hombre que dirigió aquella operación fue su ministro más astuto, turbio y siniestro, un demonio venido a hacer el mal directamente del infierno y que aquí en la tierra, ya en su forma humana, se hacía llamar Guillaume de Nogaret. Retened el nombre, porque este grandísimo hijo de mala madre —al que yo, si me lo permitís, preferiría llamar directamente HDLGP · FdP · SoB · Huso—, primo hermano del mismísimo Satanás, va a volver. Ah, sí, ya lo creo que va a volver, amigos míos…

Clemente V: el papa de bolsillo

Para ejecutar un plan de esta magnitud, Felipe necesitaba al papa. El Temple dependía directamente de Roma: ningún rey tenía jurisdicción sobre la orden. Sin el papa, no había operación legal posible.

Y Felipe tuvo la fortuna —o la habilidad, que con él nunca se sabe— de contar con el papa perfecto. Clemente V, nacido en Gascuña, en el sur de Francia, era un hombre de salud frágil y de voluntad todavía más frágil. Elegido con el apoyo decisivo de la corona francesa, jamás llegó a pisar Roma: instaló la corte pontificia en Aviñón, a las puertas del reino de Francia, rodeado por todas partes de influencia gala. La historia lo recuerda como el primer papa del «cautiverio de Aviñón». Y hay que admitir que «pobre papa cautivo de Aviñón» es una frase muy evocadora, pero la más exacta sería «pelele, marioneta sin alma y papa de bolsillo».

Clemente no solo consintió la persecución de los Templarios sin protegerlos. La avaló, la legitimó y la extendió con una bula a toda la Cristiandad. Fue él quien convocó el Concilio de Vienne, donde el 22 de marzo de 1312 la orden fue oficialmente suprimida mediante la bula Vox in excelso. Y atención al detalle jurídico, porque es de una desvergüenza exquisita: la bula no condena a los Templarios. Reconoce que las acusaciones no se habían probado, y suprime la orden igualmente «por el bien de la paz de la Iglesia». Traducido del latín curial al castellano llano: porque el rey de Francia lo exigía.

Las acusaciones: un traje asfixiante cosido a medida

Hablemos de las acusaciones, porque son una obra maestra del cinismo.

A los Templarios se les acusó de renegar de Cristo en sus rituales secretos de ingreso, de escupir y mear sobre la cruz, de adorar a un ídolo demoníaco llamado Bafomet, de besos obscenos en partes prohibidas y de practicar la sodomía institucionalizada como acto de iniciación en la orden. Fijaos en el diseño: no se les acusó de robo ni de corrupción financiera, que habría exigido libros de cuentas y pruebas. Se les acusó exactamente del tipo de crimen que en la Edad Media no necesitaba pruebas: el crimen secreto, nocturno, ritual, imposible de presenciar —y más aún cuando no había cámaras ni teléfonos móviles— y por tanto imposible de refutar. Si lo negabas, es que el demonio te ayudaba a mentir de forma convincente para salvarte. Si lo confesabas, bajo torturas indecibles, eras culpable y debías morir. La trampa no tenía salida, y no la tenía a propósito.

Las confesiones se arrancaron con tortura, aplicada con un celo que hacía la resistencia físicamente imposible. Y el aparato que la aplicó en Francia no respondía al papa, sino al rey: al frente de todo estaba el secretario Guillaume de Nogaret —os dije que el nombre volvería—, el mismo hombre que había ido a Anagni a amenazar y abofetear a Bonifacio VIII en su propio palacio, el famoso ultraje de Anagni. El guardasellos de Felipe, su hombre para los trabajos sucios, ahora al mando del proceso inquisitorial más grande de la historia de Francia. Y podía hacerlo, porque Nogaret, en su día, había sido profesor de jurisprudencia en la Universidad de Montpellier.

Casi todos confesaron. Casi todos se retractaron después, en cuanto los soltaron de las cuerdas del potro y de los demás instrumentos de tortura. Y aquí el sistema mostró su colmillo más afilado: retractarse de una confesión te convertía en «relapso», reincidente en la herejía. Y el relapso iba a la hoguera sin más trámite y aún más rápido. En mayo de 1310, cincuenta y cuatro templarios que habían tenido el coraje de retractarse en bloque fueron quemados vivos en las afueras de París en un solo día. Su delito real: haber dicho la verdad dos veces.

El pergamino de Chinon: la prueba que durmió siete siglos

Y ahora dejad que os cuente el giro final e inesperado de esta historia, porque es de los que me reconcilian con el oficio de historiador.

En 2001, la paleógrafa italiana Barbara Frale encontró en el Archivo Secreto Vaticano —hoy Archivo Apostólico Vaticano— un documento traspapelado y perdido durante siglos: el llamado pergamino de Chinon, fechado en agosto de 1308. En él consta que los enviados personales de Clemente V interrogaron en la fortaleza de Chinon al último Gran Maestre templario, Jacques de Molay, y a la cúpula del Temple allí detenida… y los absolvieron de la acusación de herejía, readmitiéndolos a los sacramentos.

Leedlo despacio, porque no tiene desperdicio: el papa sabía que no eran herejes. Lo puso por escrito. Y cuatro años después suprimió la orden de todos modos, y dos años más tarde dejó que quemaran a los mismos hombres que sus enviados habían absuelto. Hay traiciones que no necesitan adjetivos.

El pergamino de Chinon de 1308 desplegado sobre una mesa de archivo, con sus sellos pendientes de cera roja y las manos enguantadas de un archivero
El pergamino de Chinon, agosto de 1308: la absolución que el Vaticano guardó siete siglos en un cajón mientras la Orden ardía.

La hoguera y la maldición

El final llegó el 18 de marzo de 1314, en la Île de la Cité, en pleno corazón de París, justo frente a la catedral de Notre-Dame.

Jacques de Molay, último Gran Maestre del Temple, y Geoffroy de Charney, preceptor de Normandía, fueron sacados ante el pueblo para ratificar públicamente sus confesiones a cambio de cadena perpetua. Molay tenía más de setenta años y llevaba siete pudriéndose en las cárceles del rey. Y en ese momento, con la libertad al alcance de una frase, el anciano hizo lo último que nadie esperaba: alzó la voz y proclamó ante la multitud que la orden era inocente, que las confesiones habían sido arrancadas con tormento, y que su único crimen era haber mentido bajo tortura. Charney lo secundó.

Relapsos los dos, esa misma tarde ardieron en la hoguera. Se cuenta que Molay pidió morir de cara a Notre-Dame, con las manos libres para rezar.

Jacques de Molay arde en la hoguera de la Île de la Cité frente a las torres de Notre-Dame de París, la noche del 18 de marzo de 1314
18 de marzo de 1314: Jacques de Molay arde frente a Notre-Dame. Pidió morir de cara a la catedral y con las manos libres para rezar.

Y aquí nace la leyenda que todos conocéis: desde las llamas, Molay habría emplazado al rey y al papa a comparecer ante el tribunal de Dios antes de un año. Clemente V murió en abril de 1314, un mes después. Felipe IV murió en noviembre, a los cuarenta y seis años, tras un accidente de caza. Y en los catorce años siguientes murieron uno tras otro los tres hijos de Felipe sin dejar heredero varón, extinguiendo la dinastía de los Capetos directos que reinaba en Francia desde hacía más de tres siglos. Los franceses los llaman les rois maudits, los reyes malditos, y con ese título escribió Maurice Druon la saga que inspiró, entre otras cosas, Juego de Tronos.

¿Creo yo en la maldición de los Templarios y en el viernes 13? ¿Sí? ¿No? Quizás… Creo en las coincidencias que escriben mejor que los novelistas. Pero entended que, con ese material, la superstición del viernes 13 como día aciago tenga aquí su origen más citado. Hay fechas que se ganan su mala fama a pulso.

¿Traición o conspiración de Estado?

La respuesta que la historia ofrece, siete siglos después, es de una claridad incómoda: fue una conspiración de Estado. No existe evidencia seria de herejía ni de crímenes templarios, y desde 2001 sabemos, con el pergamino de Chinon de la doctora Frale, que ni el propio papa creía en ella. Hubo un rey devorado por las deudas y la ambición, un papa demasiado débil para decir que no, y una maquinaria judicial puesta al servicio del poder político con una eficacia que todavía asusta.

El viernes 13 de octubre de 1307 no se destapó la corrupción de una orden. Se perpetró una de las mayores injusticias institucionales de la Edad Media, y encima salió gratis: nadie pagó jamás por ella.

En El Amanecer de los Templarios, el cuarto libro de mi saga sobre las Cruzadas, narro el nacimiento luminoso de esta orden: los nueve caballeros, el idealismo, la Jerusalén recién conquistada. Pero quien conoce el final no puede evitar leer aquellos comienzos con un nudo en la garganta. Esa sombra que se cierne sobre el horizonte, la fragilidad de lo que Hugues de Payens fundó con tanto sacrificio, es parte esencial de la atmósfera de la saga. Porque las grandes instituciones no solo nacen: también mueren. Y a veces las mata, un viernes cualquiera, la firma de un rey.

Fuentes y referencias

En este artículo NO hay ficción

Todo está en las actas: las detenciones simultáneas del viernes 13 de octubre de 1307 por orden de Felipe IV, los interrogatorios, la supresión de la Orden en el Concilio de Vienne por la bula Vox in excelso de 1312 y la hoguera de Jacques de Molay en 1314. Los originales se conservan en el Archivo Apostólico Vaticano y el relato de la redada lo dejó escrito Geoffroi de París. Las confesiones se arrancaron con tormento, y eso no lo dice este artículo: lo dijeron los propios templarios en cuanto los sacaron del potro, cuando casi todos se retractaron — y cincuenta y cuatro de ellos ardieron por ello en 1310. El pergamino de Chinon, hallado en el archivo vaticano y publicado en 2001, documenta que los enviados de Clemente V absolvieron de herejía a la cúpula del Temple en 1308. El ultraje de Anagni de 1303, con la bofetada al papa incluida, lo dirigió Guillaume de Nogaret. En cuanto al motivo, ningún documento lleva escrito «lo hice por dinero»; pero el rey debía al Temple una fortuna, se quedó con sus bienes, y quien dirigió el proceso fue su guardasellos, el mismo que años antes había ido a Anagni a por el papa. Las conclusiones y los juicios del narrador pertenecen a la voz literaria personal del autor, David S. Matrecano.

Preguntas frecuentes

¿Por qué se destruyó la Orden del Temple?

Sobre todo por dinero y poder: Felipe IV de Francia, endeudado con los templarios, los acusó de herejía para apoderarse de sus bienes.

¿Cuándo fueron arrestados los templarios?

El viernes 13 de octubre de 1307, en una redada simultánea por toda Francia.

¿Qué papel jugó el papa?

Clemente V, papa francés bajo presión de Felipe IV, disolvió oficialmente la Orden en 1312.

¿Qué fue de Jacques de Molay?

El último Gran Maestre fue quemado en la hoguera en 1314, proclamando la inocencia de la Orden hasta el final.

¿Fueron culpables los templarios?

Las confesiones se obtuvieron bajo tortura; hoy la mayoría de historiadores las considera falsas y el proceso, un montaje político.

✠ Lectura recomendada ✠

El Amanecer de los Templarios

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David S. Matrecano
✠ David S. Matrecano ✠
Ibiza, marzo de 2026

Escritor italiano afincado en Ibiza. Autor de las sagas Las Ocho Cruzadas, Heródoto · Historias Reloaded y Roma Stupor Mundi.

DM
Per Aspera, Ad Astra.
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