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Caballeros Templarios

Hugues de Payens: el hombre que fundó la Orden Templaria

Jerusalén, circa 1119 · El origen de una leyenda

14 Mar 2026 · 15 min
Hugues de Payens: el hombre que fundó la Orden Templaria

Hacia el año 1119, en Jerusalén recién conquistada, nueve caballeros se presentaron ante el rey Balduino II con una propuesta insólita: querían vivir como monjes, hacer votos de pobreza, castidad y obediencia... y al mismo tiempo seguir portando espada. Lo que nació de aquella audiencia fue la orden religiosa más poderosa, misteriosa y duradera de la historia occidental. Y el hombre que la concibió se llamaba Hugues de Payens.

Un caballero de Champaña en Tierra Santa

Sabemos sorprendentemente poco sobre los primeros años de Hugues de Payens. Nació hacia 1070 en la región de Champaña, en el nordeste de Francia, en el seno de una familia de pequeña nobleza. Era primo del Conde de Champaña — que se llamaba Hugues también, Hugues I de Champaña —, uno de los señores feudales más poderosos de la época. Los dos Hugues compartían no solo el nombre, sino una amistad profunda y una misma inquietud espiritual que los llevaría, juntos, a Tierra Santa. En 1104, primos y amigos, emprendieron juntos el viaje a Jerusalén por primera vez, tal como narro en El Amanecer de los Templarios. Fue ese primer contacto con la realidad de Ultramar — la violencia de las rutas de peregrinación, la fragilidad del recién conquistado Reino de Jerusalén — lo que plantó en Hugues de Payens la semilla de lo que más tarde se convertiría en el Temple.

A todo esto hay que añadir un dato que la historia suele pasar por alto: Hugues de Payens era viudo y tenía una hija. El hombre que fundaría la orden monástico-militar más célebre del mundo había conocido de primera mano la vida familiar, la pérdida, y la soledad que la sigue. No era un joven idealista que huía del mundo. Era un hombre maduro, marcado por la experiencia, que eligió conscientemente consagrarse a algo más grande que sí mismo.

Lo que sí sabemos es que hacia 1115 ya se movía en los círculos más cercanos al poder en el Reino de Jerusalén. Y que tenía una idea que maduraba desde hacía tiempo: la de crear una institución que combinara la disciplina monástica con la capacidad militar. Un monje-soldado. Un guerrero de Dios.

Los nueve caballeros y el rey

La fundación del Temple es una historia de audacia calculada. Hugues convocó a ocho compañeros de confianza — entre ellos su cuñado Godofredo de Saint-Omer — y se presentaron ante Balduino II con una misión oficial: proteger las rutas de peregrinación entre el puerto de Jaffa y la Ciudad Santa. Los peregrinos que llegaban a Tierra Santa morían por decenas en los caminos infestados de bandidos sarracenos. La propuesta era razonable. El rey la aceptó.

Balduino II les cedió una ala del palacio real situado sobre la Explanada del Templo, donde se creía que había estado el establo del rey Salomón. De ahí el nombre que adoptaron: Pauperes commilitones Christi Templique Salomonici — los Pobres Compañeros de Cristo y del Templo de Salomón. Los Templarios.

El misterio que envuelve aquellos primeros nueve años — desde la fundación hasta el Concilio de Troyes en 1129, donde la orden recibió su regla oficial — alimentó siglos de especulación. ¿Qué buscaban realmente bajo el Templo? ¿Qué encontraron? La historiografía seria no puede responder estas preguntas porque las fuentes no lo permiten. Pero precisamente esa oscuridad es la que convierte a Hugues y sus compañeros en personajes que resisten el paso del tiempo.

Bernardo de Claraval y la legitimidad

El golpe maestro de Hugues fue político y espiritual al mismo tiempo — y también, según se cuenta, un asunto de familia. Bernardo de Claraval, el futuro San Bernardo, habría sido tío de Hugues por parte materna. Si esta tradición es cierta, el hombre que convenció a Europa de apoyar al Temple no era un aliado externo: era sangre de la misma sangre. Convencer a Bernardo de Claraval, el monje más influyente de Europa, para que pusiera su autoridad intelectual al servicio de la nueva orden fue, en todo caso, el movimiento decisivo. Bernardo no solo respaldó a los Templarios — les escribió el tratado De laude novae militiae, «En alabanza de la nueva caballería», en el que justificaba teológicamente la paradoja del monje-soldado: quien muere en batalla muere mártir; quien mata al infiel no comete homicidio sino «malicidio», destrucción del mal.

Con el respaldo de Bernardo, Hugues asistió al Concilio de Troyes en 1129. Allí la orden recibió su regla oficial, inspirada en la del Císter. Y allí, también, Hugues fue designado formalmente como el primer Gran Maestre de la Orden del Temple. Tenía alrededor de 60 años.

El hombre detrás de la leyenda

En El Amanecer de los Templarios, el cuarto libro de mi saga sobre las Cruzadas, intenté dar vida a este hombre esquivo. No al mito — al hombre. Un caballero que envejecía, que había visto la violencia de Tierra Santa desde dentro durante décadas, y que había concebido algo absolutamente nuevo: una institución que pudiera sostener la presencia cristiana en Oriente no solo mediante la fuerza bruta, sino mediante la disciplina, la organización y la solidaridad fraterna.

Porque el Temple de Hugues no era la institución financiera y política en la que se convertiría un siglo después. Era, en su origen, algo más austero y más íntimo: nueve hombres que habían elegido vivir al límite de la contradicción, entre la espada y la cruz, entre el mundo y el claustro. La contradicción no los destruyó. Los definió.

Hugues de Payens murió en 1136, probablemente en Tierra Santa. No vivió para ver el esplendor, ni la caída, de lo que había fundado. Pero dejó algo que ningún poder podría borrar fácilmente: una idea. La idea de que la fe y la espada no son incompatibles. La idea de que la pobreza y el poder pueden coexistir. La idea de que nueve hombres, con la determinación suficiente, pueden cambiar el curso de la historia.

✠ David S. Matrecano · Autor de «El Amanecer de los Templarios»
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✠ David S. Matrecano
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