🏠 Inicio 📚 Libros 📜 Blog ▶ Videos ✍️ Bio ✉ Contacto
Las Cruzadas

Hugues de Payens: el hombre que fundó la Orden Templaria

Jerusalén, circa 1119 · El origen de una leyenda

14 Mar 2026 · 15 min
Hugues de Payens: el hombre que fundó la Orden Templaria

Hacia el año 1119, en una Jerusalén que llevaba apenas dos décadas en manos cristianas, nueve caballeros pidieron audiencia al rey Balduino II y le plantearon la propuesta más extraña que un monarca medieval hubiera escuchado jamás: querían hacerse monjes —pobreza, castidad, obediencia, la vida entera entregada a Dios— y al mismo tiempo conservar la espada. Y usarla. Cualquier consejero sensato les habría enseñado la puerta. Balduino dijo que sí. Lo que salió de aquella audiencia fue la orden religiosa más poderosa, más rica y más misteriosa de la historia de Occidente. Y el hombre que la concibió se llamaba Hugues de Payens. Vamos a conocerlo, porque os adelanto una cosa: el hombre es bastante mejor que el mito.

Un caballero de Champaña

Nació hacia 1070 en la región de Champaña, en el nordeste de Francia, en el seno de una familia de pequeña nobleza. Pequeña nobleza significa exactamente lo que suena: un castillo modesto, unas tierras que daban para vivir sin lujos, y un apellido que no abría ninguna puerta importante.

Pero Hugues tenía algo que valía más que un título: tenía un primo. Y no un primo cualquiera. Hugues I, conde de Champaña, uno de los señores feudales más poderosos de Europa, un hombre que en la práctica manejaba más recursos que muchos reyes. Los dos Hugues compartían el nombre, la sangre y —esto es lo decisivo— una misma inquietud espiritual que no encajaba del todo en la vida que les había tocado.

En 1104, primos y amigos, emprendieron juntos el viaje a Jerusalén. Y aquí conviene detenerse, porque ese viaje lo cambió todo.

Lo que Hugues vio en Tierra Santa no fue la Ciudad Santa de los sermones. Fue un reino recién conquistado que se sostenía con alfileres, rodeado de enemigos musulmanes por tres costados, y unos caminos de peregrinación que eran directamente trampas mortales. Los peregrinos desembarcaban en Jaffa llenos de fe y morían a decenas en los sesenta kilómetros que separaban el puerto de Jerusalén, degollados por bandas que conocían cada barranco del camino. Habían cruzado medio mundo para rezar ante el Santo Sepulcro y los mataban a un día de distancia de la meta.

Un caballero solitario se detiene en el camino de Jaffa a Jerusalén, entre las pertenencias abandonadas de peregrinos atacados, mientras una caravana avanza a lo lejos
Hugues de Payens se detiene entre las pertenencias de peregrinos degollados — el camino de Jaffa a Jerusalén, en 1104, era una trampa mortal a cada paso

Aquello se le quedó grabado. La semilla de todo lo que vino después se plantó en esos caminos.

Y hay un dato más, uno que la historia suele pasar por alto y que a mí me parece la clave del personaje: Hugues de Payens era viudo y tenía una hija. Fijaos en lo que eso significa. El fundador de la orden monástico-militar más célebre del mundo no era un joven exaltado que huía de la vida sin haberla probado. Era un hombre maduro que había conocido el matrimonio, la paternidad, la pérdida y la soledad que viene detrás. Cuando eligió consagrarse a algo más grande que él mismo, sabía perfectamente a qué estaba renunciando. Esa elección, hecha con los ojos abiertos, vale diez veces más que cualquier fervor juvenil.

Nueve hombres para todos los caminos de Tierra Santa

La fundación del Temple es una historia de audacia calculada, y me explico.

Hacia 1119, Hugues reunió a ocho compañeros de confianza —entre ellos su cuñado Godofredo de Saint-Omer— y se presentó ante Balduino II con una misión concreta: proteger las rutas de peregrinación entre Jaffa y la Ciudad Santa.

Hugues de Payens y ocho compañeros con armadura se presentan de rodillas ante el rey Balduino II de Jerusalén, sentado en el trono en una sala iluminada por rayos de luz
Hugues de Payens y sus ocho compañeros ante Balduino II — nueve hombres pidiendo permiso para vigilar todos los caminos de un reino en guerra

Pongamos esto en perspectiva, porque si no, no se aprecia el descaro. Nueve hombres. Para vigilar todos los caminos de un reino en guerra. Es como si hoy nueve voluntarios se ofrecieran a garantizar la seguridad de todas las carreteras de un país entero. Cualquiera se habría reído. Balduino no se rió: aceptó. En parte porque la necesidad era desesperada, y en parte porque aquellos nueve no eran aventureros de paso, sino veteranos con años de Ultramar a las espaldas y padrinos muy serios en Europa.

El rey les cedió un ala de su propio palacio, levantado sobre la Explanada del Templo, justo donde la tradición situaba los establos del rey Salomón. Aquel «palacio» no era otro que la mezquita de al-Aqsa, requisada por los cruzados tras la conquista de Jerusalén en 1099 — que no debe confundirse con la cercana Cúpula de la Roca, la de la célebre cúpula dorada erigida sobre las ruinas del Templo de Salomón (957 a.C.), que quedó en cambio en manos de los canónigos agustinos. Y de ahí tomaron el nombre con el que pasarían a la historia: Pauperes commilitones Christi Templique Salomonici — los Pobres Compañeros de Cristo y del Templo de Salomón. Los Templarios.

Hugues de Payens y sus caballeros a caballo escoltan una fila de peregrinos por un estrecho paso de montaña en el camino a Jerusalén
Los Templarios escoltan una fila de peregrinos por un paso de montaña — la misión original que dio origen a la Orden

Lo de «pobres» no era retórica. Su primer sello los representaba como dos caballeros montados en un solo caballo, porque al principio no les alcanzaba ni para una montura por cabeza. Recordad esa imagen, porque dentro de un siglo esos mismos «pobres compañeros» serán los banqueros de Europa y le prestarán dinero a los reyes. La historia tiene este sentido del humor.

Diez años de silencio

Los nueve caballeros templarios estudian un mapa a la luz de antorchas en una sala desnuda de la Explanada del Templo, de noche, con Jerusalén visible por la ventana
Los nueve caballeros, de noche, sobre la Explanada del Templo — diez años de los que las crónicas apenas dicen una palabra

Y ahora viene la parte que ha hecho correr más tinta que todas las demás juntas.

Entre la fundación, hacia 1119, y el Concilio de Troyes de 1129, donde la orden recibió su regla oficial, median diez años de los que no sabemos prácticamente nada. Nueve caballeros instalados sobre la Explanada del Templo, en el lugar más cargado de historia sagrada del planeta, y las crónicas apenas los mencionan. ¿Qué hacían? ¿Patrullaban caminos, como habían prometido? ¿Excavaban bajo el Templo, como sostiene la leyenda? ¿Y buscando qué? ¿El Arca de la Alianza? ¿El Santo Grial? ¿Documentos que la Iglesia preferiría no ver a la luz?

Voy a seros honesto, porque en esta casa no engañamos a nadie: la historiografía seria no puede responder ninguna de esas preguntas. Las fuentes no dan para más. Quien os venda certezas sobre lo que los Templarios encontraron bajo el Templo os está vendiendo una novela, no historia.

Pero fijaos en lo que sí puede decirse: ese silencio de diez años es el combustible que mantiene viva la leyenda templaria nueve siglos después. Cada novela de misterio, cada película de tesoros ocultos, cada teoría sobre sociedades secretas que habéis leído o visto —de Indiana Jones a Dan Brown— bebe de ese agujero negro documental. Los Templarios son inmortales precisamente por lo que no sabemos de ellos. Hay pocas ironías más hermosas en toda la Edad Media.

El tío Bernardo, o cómo se fabrica una legitimidad

El golpe maestro de Hugues no se dio en Tierra Santa, sino en Europa. Y fue político, espiritual y —según una tradición muy persistente— un asunto de familia.

Bernardo de Claraval, el futuro San Bernardo, habría sido tío de Hugues por parte materna. Si esa tradición es cierta, el hombre que convenció a Europa entera de apoyar al Temple no era un aliado externo: era sangre de su sangre.

Y aquí toca otra pausa de perspectiva, porque el nombre de Bernardo de Claraval hoy no le dice nada a casi nadie y en su época lo era todo. Hablamos del monje más influyente del continente. Un hombre que reñía a papas por carta y los papas le pedían disculpas. Un predicador capaz de vaciar ciudades enteras de jóvenes, porque todos se marchaban detrás de él al monasterio. Si Bernardo bendecía algo, ese algo existía. Si lo condenaba, estaba muerto.

Bernardo no se limitó a respaldar a los Templarios. Les escribió un tratado, De laude novae militiae —«En alabanza de la nueva caballería»—, en el que resolvía teológicamente la paradoja imposible del monje-soldado. ¿Cómo puede un hombre de Dios matar? Respuesta de Bernardo: quien muere en esta lucha, muere mártir; y quien mata al enemigo de la fe no comete homicidio, sino malicidio — no mata a un hombre, destruye el mal.

Deteneos un segundo en esa palabra, porque es una obra de ingeniería. Con un juego de conceptos, Bernardo desmontó el mayor obstáculo que la nueva orden tenía por delante y convirtió una contradicción escandalosa en un ideal admirable. Llamadlo teología o llamadlo genio del marketing: en el siglo XII eran con frecuencia la misma cosa.

Troyes, 1129: el sello

Con el respaldo de Bernardo en la mano, Hugues cruzó el mar y se presentó en el Concilio de Troyes, en enero de 1129. De allí salió todo lo que faltaba: la regla oficial de la orden, inspirada en la del Císter, y la designación formal de Hugues de Payens como primer Gran Maestre del Temple.

Hugues de Payens arrodillado recibe la Regla oficial de la Orden en el Concilio de Troyes de 1129, ante obispos y monjes, entre ellos Bernardo de Claraval
Hugues de Payens recibe la Regla oficial en el Concilio de Troyes, 1129 — el sello que convirtió a nueve hombres en una institución

Tenía alrededor de sesenta años. En el siglo XII, sesenta años no era una edad: era una hazaña. La mayoría de sus contemporáneos llevaba décadas bajo tierra. Hugues empezó la obra de su vida a una edad en la que casi todos los hombres de su tiempo ya habían terminado la suya. Que nadie os diga nunca que es tarde.

Y no se quedó quieto. Los años siguientes los pasó recorriendo Francia, Inglaterra, Escocia y Flandes en una gira de reclutamiento y recaudación que hoy llamaríamos, sin exagerar, una campaña internacional de lanzamiento. Donaciones de tierras, castillos, rentas y caballos empezaron a llover de toda la cristiandad. Nobles de primera fila pedían vestir el hábito. En pocos años, aquellos nueve pobres que compartían caballo se habían convertido en la institución de moda de Europa.

El hombre detrás de la leyenda

En El Amanecer de los Templarios, el cuarto libro de mi saga sobre las Cruzadas, intenté devolverle la vida a este hombre esquivo. No al mito de las mil teorías: al hombre. Un caballero que envejecía, que había visto la violencia de Tierra Santa desde dentro durante décadas, y que concibió algo absolutamente nuevo: una institución capaz de sostener la presencia cristiana en Oriente no a golpe de heroísmos sueltos, sino mediante disciplina, organización y solidaridad fraterna. Lo que Hugues inventó no fue un cuerpo de élite. Fue una idea de permanencia.

Porque el Temple de Hugues no era todavía la potencia financiera y política en la que se convertiría un siglo después. Era algo más austero y más íntimo: un puñado de hombres que habían elegido vivir en el filo de una contradicción, entre la espada y la cruz, entre el mundo y el claustro. La contradicción no los destruyó. Los definió.

Hugues de Payens murió en 1136, probablemente en Tierra Santa, en su cama y con las botas puestas, que era la mejor muerte a la que un templario podía aspirar sin martirio de por medio. No vivió para ver el esplendor de lo que había fundado. Tampoco —y esto fue una misericordia— vivió para ver la hoguera en la que todo terminaría en 1314, una historia que os cuento en otro artículo de este blog y que todavía hoy revuelve el estómago.

Dejó algo que ningún rey y ningún papa pudieron confiscar jamás: una idea. La idea de que la fe y la espada no son incompatibles. La idea de que la pobreza y el poder pueden convivir bajo el mismo techo. Y la idea, sobre todo, de que nueve hombres con la determinación suficiente pueden cambiar el curso de la historia.

Lo consiguieron. Para bien, para mal y para leyenda.

Preguntas frecuentes

¿Quién fue Hugues de Payens?

Un caballero de Champaña que, hacia 1119 en Jerusalén, fundó y fue el primer Gran Maestre de la Orden del Temple.

¿Cuándo se fundó la Orden Templaria?

Hacia 1119, cuando nueve caballeros se juramentaron para proteger a los peregrinos en Tierra Santa.

¿Por qué se llamaron «templarios»?

Porque el rey Balduino II les cedió un ala del antiguo Templo de Salomón como sede.

¿Cómo se legitimó la Orden?

Gracias al apoyo de Bernardo de Claraval, que redactó su regla y la convirtió en la milicia más poderosa de la Cristiandad.

¿Es cierto que Hugues de Payens era viudo y tenía una hija?

Sí. Antes de fundar la Orden, había estado casado y tenía una hija en Francia — un dato que la historia suele pasar por alto, y que revela que no era un joven exaltado, sino un hombre maduro que sabía exactamente a qué renunciaba.

¿Qué ocurrió durante los diez años de silencio del Temple (1119-1129)?

Las crónicas apenas dicen nada. La historiografía seria no puede confirmar si patrullaban caminos, excavaban bajo el Templo o hacían otra cosa — ese silencio documental es precisamente lo que ha alimentado durante nueve siglos la leyenda templaria.

¿Qué relación tenía Bernardo de Claraval con Hugues de Payens?

Según una tradición persistente, era su tío materno. Bernardo escribió el tratado De laude novae militiae, que justificó teológicamente la existencia del monje-soldado y fue decisivo para la legitimación de la Orden en el Concilio de Troyes.

Fuentes y referencias

En este artículo NO hay ficción

Todo está documentado: la fundación de la Orden hacia 1119 por Hugues de Payens, Godofredo de Saint-Omer y un puñado de caballeros, la cesión por Balduino II del ala del palacio levantada sobre la explanada del Templo —de donde les vino el nombre, pauperes commilitones Christi Templique Salomonici—, la aprobación oficial en el Concilio de Troyes de 1129 y la Regla redactada con la mano de Bernardo de Claraval detrás. Lo recogen Guillermo de Tiro, las actas conciliares y la propia Regla latina. Que nueve hombres se propusieran proteger los caminos de Tierra Santa suena a leyenda piadosa, y sin embargo así empezó la primera banca internacional de Europa: los documentos están ahí, y son aburridamente concretos. Los comentarios del narrador pertenecen a la voz literaria personal del autor, David S. Matrecano.

✠ Lectura recomendada ✠

El Amanecer de los Templarios

Ver en Amazon
David S. Matrecano
✠ David S. Matrecano ✠
Ibiza, marzo de 2026

Escritor italiano afincado en Ibiza. Autor de las sagas Las Ocho Cruzadas, Heródoto · Historias Reloaded y Roma Stupor Mundi.

DM
Per Aspera, Ad Astra.
Compartir
✦ ✦ ✦

¿Te ha gustado este artículo?

¡Gracias por tu voto!

¿Quieres decirme algo? Tu comentario llega directamente a mí.

Tus datos solo se usan para responderte y, si lo aceptas, enviarte novedades. Política de privacidad.