Hace veinticinco siglos, un griego de Halicarnaso decidió que iba a recorrer el mundo conocido de punta a punta, hablar con todo el que se cruzara, apuntar cuanto viera, oyera o le contaran, y después escribirlo. Todo. Sin filtro. Lo que salió de ahí fue el primer libro de Historia de la humanidad… y también, según sus enemigos, la mayor colección de trolas jamás reunida en un solo volumen. Vamos a averiguar quién tenía razón, y os adelanto que la respuesta no os va a gustar del todo.
Un niño que huye para salvar la vida
Año 484 antes de Cristo. Halicarnaso, una colonia doria en la costa de la actual Turquía que llevaba más de un siglo bajo bota persa. Allí nace, de Liques y Drio, un crío llamado Heródoto.
De su infancia sabemos poco y sospechamos mucho: que era listo, que preguntaba demasiado y que tenía esa inquietud incómoda de los que no se conforman con «porque siempre ha sido así». Nadie en aquella ciudad podía imaginar que ese niño terminaría inventando un oficio.
Su vida de adulto no empieza con una vocación, sino con un susto. Su primo Paniasis —poeta, hombre respetado— es ejecutado por traición por orden de Ligdamis II, el tirano local, marioneta de los persas. Y a Heródoto le toca hacer las maletas a toda prisa y huir a la isla de Samos para no acabar igual.
Fijaos en la ironía, queridos lectores, porque es de las buenas: la mayor obra de la Antigüedad nace de una huida. Si aquel tirano no hubiera matado a su primo, Heródoto probablemente habría vivido y muerto en Halicarnaso siendo un ciudadano acomodado, aburrido y absolutamente anónimo. En lugar de eso, el destino le dio una patada en el trasero y le puso el mundo entero por delante.
El viajero más grande de la Antigüedad
Y vaya si lo aprovechó.
Con el dinero de una familia acomodada detrás, Heródoto emprendió un periplo que ningún griego de su tiempo había soñado siquiera. Grecia continental entera. Las islas del Egeo. El sur de Italia. Los Balcanes. El mar Negro. Turquía, Siria, Líbano, Israel. Egipto de norte a sur, remontando el Nilo. Libia. Y toda Persia: el Irán y el Irak de hoy.
Pongamos esto en perspectiva, porque si no la cifra no dice nada. Estamos hablando del siglo V antes de Cristo. Sin brújula, sin mapas fiables, sin embajadas, sin seguro de viaje y sin nadie a quien reclamar si te asaltaban en un camino de Anatolia. Viajar entonces significaba semanas de barco a merced del viento, caravanas, mulas, y la certeza razonable de que podías no volver. Heródoto lo hizo durante décadas y por gusto.
En Atenas, que era el Nueva York de la época, se movió en el mejor ambiente posible: frecuentó a Pericles, al escultor Fidias y al poeta Sófocles. Imaginaos la mesa. Imaginaos las conversaciones.
Y hacia el año 430, ya instalado en la colonia italiana de Turi, en Calabria, se sentó a escribir. De ahí salieron los nueve libros de las Historias, cada uno bautizado con el nombre de una musa: Clío, Euterpe, Talía, Melpómene, Terpsícore, Erató, Polimnia, Urania y Calíope. Murió hacia el 425 sin sospechar que aquello iba a seguir leyéndose veinticinco siglos después.
El padre de la Historia… y el padre de las mentiras
Aquí viene la pregunta incómoda, la que da título a este artículo y lleva dos mil años sin resolverse del todo.
El título de Padre de la Historia, con hache mayúscula, se lo colgó nada menos que Cicerón. Y con toda la razón: Heródoto fue el primero en convertir la investigación del pasado en una disciplina con método. Antes de él solo había mitos, epopeyas y propaganda de reyes. Él quiso saber otra cosa: qué pasó de verdad, cómo y por qué. La palabra griega que usó, historíai, significaba literalmente «investigaciones». Fue él quien le dio el sentido que hoy tiene.
El problema es que a los cuatro siglos apareció Plutarco y le llamó, sin anestesia, «padre de las mentiras».
Y hay que reconocer que munición tenía. Heródoto escribe tan tranquilo sobre serpientes voladoras en Arabia. Sobre hormigas del tamaño de un zorro que excavan oro en la arena de Persia. Sobre pueblos de un solo ojo. Mezcla lo que vio con lo que le contaron, y lo que le contaron con lo que sospechaba que iba a resultar interesante.
Así que permitidme, queridos lectores, que le pregunte directamente. En mis libros de la saga de Heródoto tengo la costumbre de discutir con él, y no voy a perderla aquí:
«Maestro, con todo el respeto del mundo: hormigas gigantes que sacan oro. ¿En serio?»
«En serio me lo contaron, David. Y yo escribo lo que me cuentan y lo que veo, y distingo siempre una cosa de la otra. Si los sacerdotes de Menfis me juran que el cocodrilo llora al devorar a su presa, yo lo anoto y digo quién me lo ha dicho. Mis lectores decidirán. ¿O prefieres que os oculte la mitad del mundo porque no la he tocado con mis manos?»
Y ahí, francamente, me deja sin respuesta. Porque tiene razón en lo esencial: Heródoto no miente, cita. Casi siempre dice de dónde ha sacado cada cosa, y más de una vez añade que él no se lo cree pero que lo apunta igualmente porque le parece digno de contarse. Eso no es un mentiroso: eso es un periodista dos mil quinientos años antes de que existiera la palabra.
Y otra cosa, para los que se ríen deprisa: la arqueología lleva un siglo dándole la razón en asuntos que se le negaron durante mil años. Costumbres egipcias que se tomaban por invención suya y resultaron ciertas. Detalles de la logística del ejército persa que cuadran. Incluso las famosas hormigas gigantes tienen hoy una explicación razonable: marmotas del Himalaya que remueven tierra aurífera y que en persa se llamaban con una palabra parecida a «hormiga de montaña». No mintió. Tradujo mal.
Clío: cuando la Historia todavía era una venganza
El primer libro, el de la musa Clío, arranca de una manera que ningún historiador moderno se atrevería a firmar: contando raptos de mujeres.
El secuestro de la princesa Ío de Argos por marineros fenicios. El de Europa desde Tiro. El de Medea desde la Cólquida. Y finalmente el de Helena de Esparta, que desató Troya. Para Heródoto, la guerra de Troya y las Guerras Médicas no son dos historias: son capítulos del mismo libro inacabado, una cuenta que Oriente y Occidente llevan siglos pasándose el uno al otro.
Pero el gran protagonista de Clío es Creso, el rey de Lidia, el hombre más rico del mundo conocido —de ahí lo de «rico como Creso»—. Y su conversación con el sabio ateniense Solón sobre qué es ser feliz es, sin exagerar, uno de los diez mejores pasajes de toda la literatura antigua. Creso le enseña sus tesoros y espera que Solón le diga que es el hombre más afortunado de la tierra. Solón le contesta que a nadie se le puede llamar feliz antes de ver cómo termina. Creso lo despide por impertinente. Años después, atado a una pira y a punto de arder por orden de Ciro, se acuerda del ateniense y pronuncia su nombre en voz alta.
Luego llega Ciro el Grande, el fundador del Imperio Persa, criado por pastores porque su abuelo Astiages había ordenado matarlo al nacer tras un sueño premonitorio. Y con él, la escena más espantosa del libro: la venganza de Astiages contra Harpago, el general que desobedeció aquella orden. Lo invita a un banquete. Le sirve un plato exquisito. Harpago come y elogia. Y entonces el rey manda traer una fuente tapada y le enseña la cabeza y las manos de su propio hijo, para que entienda qué acaba de cenar.
Heródoto cuenta eso sin adjetivos, sin sermón, sin una sola línea de indignación. Y por eso funciona.
Porque aquí está la clave que se le escapa a sus críticos: Heródoto no es un cronista, es un narrador. Sabe cuándo bajar el ritmo. Sabe cuándo meter el detalle que te eriza la piel. Y sabe, sobre todo, cuándo callarse y dejar que el lector saque solo sus conclusiones. Eso no se aprende: eso se tiene.
Euterpe: dos mil quinientos años de turismo en Egipto
El segundo libro, la musa Euterpe, es directamente un tratado sobre el Antiguo Egipto. Y sigue siendo, veinticinco siglos después, uno de los documentos más valiosos que tenemos sobre aquel mundo, por una razón muy simple: él estuvo allí.
Remontó el Nilo. Entró en los templos. Habló con los sacerdotes. Se quedó mirando cómo embalsamaban, tomó nota de los animales sagrados —el cocodrilo, el ibis, el gato, la cobra— y preguntó por los faraones a todo el que se dejó preguntar.
Ahora bien, sus guías egipcios tenían un talento notable para contarle lo que el turista quería oír. De ahí salen algunas joyas:
Que el faraón Keops, para pagar la Gran Pirámide, prostituyó a su propia hija; y que ella, de paso, le pidió a cada cliente un bloque de piedra para construirse la suya. Que el faraón Psamético I mandó criar a dos recién nacidos sin que nadie les dirigiera la palabra, para averiguar cuál era el idioma original de la humanidad —el primer experimento lingüístico de la Historia, y también el más cruel—. Y que Helena de Troya nunca llegó a Troya: que una tormenta la varó en Egipto con Paris, que allí se quedó los diez años de guerra, y que los griegos asediaron una ciudad entera para recuperar a una mujer que no estaba dentro.
Esa última, si os fijáis, es demoledora. Heródoto está insinuando que la epopeya fundacional de su propio pueblo pudo ser un malentendido colosal. Y lo cuenta con una cara de póquer envidiable.
En mi adaptación, Heródoto · Historias Reloaded 2.0, he corregido, ampliado y puesto en contexto todos estos episodios con lo que sabemos hoy, discutiendo con el Maestro en esos intercambios que salpican el texto y que, según me escriben muchos lectores, son lo que más les divierte del libro. Yo también lo paso bien. Él, sospecho, se defendería mejor de lo que me gustaría.
Por qué sigue siendo imprescindible
Volvamos a la pregunta del título, que ya toca.
¿Padre de la Historia o padre de las mentiras? La respuesta honesta es incómoda: las dos cosas a la vez. Y es precisamente por eso por lo que sigue siendo insustituible.
Pensadlo. Un historiador que solo anota lo verificable produce un registro: fechas, nombres, cifras. Útil, riguroso y muerto. Heródoto hace otra cosa. Mezcla el dato con el rumor, la observación con la leyenda, lo que vio con lo que le juraron que era verdad. Y lo que sale de esa mezcla es algo que ningún registro puede fabricar: una imagen viva de un mundo que ya no existe. No solo qué pasó, sino qué pensaba la gente, qué temía, de qué se reía y qué historias se contaba a sí misma.
Y sin él nos faltaría media Antigüedad.
Sin Heródoto no sabríamos nada de Candaules, el rey pervertido que perdió el trono y la vida por empeñarse en enseñarle su mujer desnuda a su guardaespaldas. No conoceríamos las costumbres zoroastrianas de los persas. No tendríamos una descripción de primera mano del Egipto faraónico del siglo V. No sabríamos que un solo espartano, un tal Lacrines, se plantó ante Ciro el Grande —el hombre más poderoso del planeta— para decirle a la cara que no se le ocurriera tocar una sola ciudad griega.
Y hay más, aunque duela admitirlo: cada vez que veis 300, o Troya, o Prince of Persia, o incluso el Hércules de Disney, estáis viendo a Heródoto. Toda esa iconografía viene de él. Hollywood lleva un siglo saqueando a un griego que murió hace veinticuatro.
Así que sí: exageró, se dejó engañar y apuntó cosas imposibles. Pero fue el primero en preguntar «¿y esto por qué pasó?» en lugar de conformarse con «esto lo quisieron los dioses». Y ese salto —de la mitología a la investigación— es probablemente el más importante que ha dado nunca la cabeza humana.
Todo lo demás, incluidas las hormigas gigantes, se le perdona.
Fuentes y referencias
- Heródoto, Historias, Libros I–IX (s. V a.C.).
- Cicerón, De legibus, I, 5 — origen del título "padre de la Historia".
En este artículo NO hay ficción
Todo está documentado, empezando por sus propios libros. Heródoto de Halicarnaso escribió en el siglo V a.C. las nueve Historias, viajó para recoger testimonios sobre el terreno y Cicerón lo llamó «padre de la Historia» en De legibus. También es cierto lo otro: ya en la Antigüedad lo llamaron «padre de las mentiras», y algunas de sus páginas —las hormigas gigantes que sacan oro de la arena, los pueblos de un solo ojo— no resisten un examen. Pero la arqueología lleva un siglo dándole la razón en cosas que se le negaron durante mil años, desde las costumbres egipcias hasta la logística del ejército persa. Este artículo separa lo uno de lo otro. Las ironías del narrador pertenecen a la voz literaria personal del autor, David S. Matrecano.

