El día más amargo del asedio
Si la semana pasada os contaba la historia de Patricio, el perro romano cuyo dueño lloró su muerte hace dos mil años, hoy os toca leer la otra cara de la moneda. Aquella en la que ese mismo amor antiguo y luminoso por los perros choca contra la cosa más oscura que ha inventado el ser humano: la guerra. Y, como veréis, la guerra es despiadada con todos, también con los que jamás han hecho daño a nadie.
Os llevo, queridos lectores, a la isla de Malta del año 1565, cercada por una flota turca enorme bajo el mando del sultán Solimán el Magnífico, con cuarenta mil soldados ocupando la isla y el objetivo de borrar del mapa a los caballeros cristianos de la Orden de San Juan. La isla resiste atrincherada en el Burgo y los fuertes de Sant'Angelo, San Miguel y Sant'Elmo, bajo el mando del gran Maestre Jean Parisot de la Valette, un veterano francés de carácter durísimo. Las provisiones empiezan a escasear, los cañonazos turcos arrancan la muralla pedazo a pedazo, y los centinelas no duermen.
Y, en medio de ese infierno, el 28 de mayo de 1565, La Valette se vio obligado a dar una de las órdenes más amargas de todo el asedio. Una orden que ninguno de los soldados del Burgo olvidaría jamás. Y de esa orden, y muy especialmente de un perrito blanco que tenía nombre, propietarios y un trozo de carne reservado para el último momento, va este artículo.
Una orden imposible
La situación se había vuelto insostenible. Los perros del Burgo, que habían sido durante años los compañeros de los malteses y los soldados (guardianes en los puestos, cazadores de las ratas y conejos silvestres que infestaban la fortaleza, juguete de los niños), se habían convertido de pronto en un doble problema mortal.
El primer problema era el hambre. La comida almacenada en la ciudad sitiada apenas alcanzaba para los seres humanos, y cada bocado que se le daba a un perro era un bocado que dejaba de tener un soldado herido o un niño. El segundo problema era todavía peor: los ladridos. De noche, los perros del Burgo no paraban de ladrar a las sombras turcas que se movían bajo las murallas, y aquellos ladridos continuos enloquecían a los centinelas. Los soldados de guardia ya no eran capaces de distinguir el ruido relevante (el de una zapa enemiga cavando un túnel, el de unos pasos avanzando hacia la base de la muralla) del ruido perruno. Aquello no se podía consentir más, porque cada noche así era una invitación a que los turcos abriesen una brecha y nadie lo oyera.
Así que La Valette, muy a su pesar, dio la orden. Que se matasen TODOS los perros del Burgo, de Sant'Angelo, de San Miguel y de Sant'Elmo. Sin excepciones. Sin distinciones de raza, de edad ni de dueño. Bichon malteses, braccos italianos, canes corsos, podencos ibicencos, pastores alemanes, y por supuesto los callejeros mestizos: todos al matadero. Por hambre y por silencio.
Cuando los soldados de la compañía del cronista Francisco Balbi recibieron aquella orden, todos se miraron unos a otros y nadie dijo una sola palabra. Porque cada compañía de infantería del Burgo, casi sin excepción, tenía a su propio perrito adoptado como mascota colectiva. Y la compañía de Balbi tenía a Nuvola Bianca.
Nuvola Bianca
Nuvola Bianca, que en italiano significa «nube blanca», era un perrito pequeño, blanco entero, de pelaje larguísimo y suave. Lo habían recogido todavía cachorro, abandonado en alguna calle de Birgu cuando el asedio aún no había empezado, y entre los hombres de la compañía lo habían criado a base de sobras, caricias y juegos. Era un perrito cariñoso, curioso, hiperactivo y absolutamente incapaz de hacerle daño a nadie. Le habían puesto el nombre Balbi en persona, porque aquel diminuto fardo blanco le recordaba mucho al bichon boloñés típico de su región de origen.
Nuvola se había encariñado especialmente con Balbi, el más mayor del grupo. Le seguía a todas partes, le esperaba dormido en el catre cuando el viejo arcabucero estaba de guardia en la muralla, y por las noches, cuando Balbi volvía agotado de las trincheras, era el primero en saltar a recibirle meneando la cola con tal frenesí que parecía que se le iba a desprender del cuerpo.
Pues bien, a ese perrito había que matarlo. A ese, y no a otro. Por culpa de los cañones turcos que aplastaban la isla, por culpa del hambre que se cernía sobre todos, por culpa de un sultán muy lejano que había decidido borrarles del mapa. Aquel cachorro inocente, que jamás había salido siquiera del Burgo, era ahora una víctima más de aquellos invasores que les sitiaban.
Cuando llegó el momento de cumplir la orden, ninguno, y digo absolutamente ninguno de los hombres de la compañía quería ser el responsable de hacerlo. Mientras lo discutían entre ellos, sin atreverse a decidir nada en voz alta, Nuvola Bianca andaba a sus pies meneando la cola, jugueteando con el cordón de una bota, ladrando alegre como cada mañana, ajeno por completo a lo que se cocía sobre su cabeza.
Los cinco rifles y el último trozo de carne
Y entonces uno de ellos, no sabemos quién, tuvo una idea. Una idea cruel y a la vez piadosa, una de esas que solo se le ocurren a los hombres que han estado mucho tiempo en una guerra. Propuso lo siguiente: que cinco de ellos formasen un pelotón de ejecución. Y que de los cinco rifles que iban a usar, solo uno se cargase con bala de plomo. Los otros cuatro, únicamente con pólvora. De este modo, al disparar todos a la vez, ninguno de los cinco tiradores sabría jamás cuál de ellos había sido el que había matado a Nuvola. Cada uno podría pensar, para el resto de sus días, que su disparo había sido uno de los cuatro inocuos, y que el plomo asesino había salido del rifle del compañero de al lado. Una piedad turbia, retorcida, pero la única piedad posible en aquella situación.
Aceptaron todos. Cinco arcabuceros se ofrecieron voluntarios, y Balbi se incluyó entre ellos por ser el más mayor del grupo y el que mayor vínculo tenía con el animal: pensó, con razón, que él no podía librarse de cargar con aquello sobre la conciencia. Tres compañeros de fuera del pelotón se llevaron los cinco rifles a una habitación apartada, cargaron cuatro con pólvora sola y uno con pólvora y bala, los mezclaron sin mirar y los devolvieron a los cinco tiradores. Nadie sabía qué rifle llevaba la bala. Ni siquiera los que los habían cargado, porque habían ido eligiendo al azar cuál cargaba con qué.
Entonces tomaron a Nuvola en brazos y se lo llevaron a lo alto de la muralla. Llevaban un trozo de carne reservado especialmente, una porción que cualquiera de aquellos hombres se habría comido entero en aquellos días de hambre, pero que habían apartado para el perrito. Llegados al sitio escogido, le tiraron el trozo de carne al suelo para que comiese. Nuvola Bianca, sin enterarse de nada, se abalanzó feliz sobre aquel manjar inesperado.
Los cinco hombres se pusieron en posición de tiro. Apuntaron a la cabecita del animal. Y, justo en el momento en que Nuvola Bianca levantó el hocico para mirarlos, feliz y despreocupado, con la última mirada confiada que un perro puede dar a sus amos, los cinco rifles dispararon a la vez.
Murió en el acto, sin sufrir.
Las víctimas que la historia no suele contar
Balbi escribió esta escena en su crónica del asedio años después, todavía con el pulso temblándole sobre el papel. Y, al final del párrafo, dejó una frase que es seguramente la única manera honesta de cerrar una historia como esta:
«Y nosotros queremos pensar que ahora esa pobre alma inocente, blanca como la nieve, está en el cielo alegrando y alborotando todo el Paraíso con su simpatía y sus ladridos.»
Aquel mismo día se mataron todos los perros del Burgo. Cada compañía tuvo su propio Nuvola Bianca, cada hombre tuvo su propia bala que pensar que no era la suya. Y al caer la noche, el Burgo de Malta quedó por primera vez en silencio. Los centinelas pudieron por fin oír las zapas turcas cavando bajo las murallas. La fortaleza ganó esa noche unas horas de seguridad. Y unas familias de soldados perdieron, en una sola tarde, a unos cuantos compañeros mudos a los que habían querido como a hijos.
Cuando hablamos de los grandes asedios de la Historia, solemos quedarnos con las cifras: tantos muertos en el bando atacante, tantos muertos en el bando defensor, tantas brechas en la muralla, tantos cañones desplegados. Pero los asedios, queridos lectores, no matan solo soldados. Matan también niños, ancianos, mujeres, mulas, caballos, gatos. Y matan, por supuesto, a perros como Nuvola Bianca. Bichos que jamás habían visto a un turco, que no entendían ni una palabra de religión ni de imperio, y que se fueron de este mundo con un trozo de carne en la boca y una mirada confiada hacia los hombres que más les habían querido.
Os contaba la semana pasada cómo, hace dos mil años, un romano anónimo lloró a su perro Patricio y mandó grabar en mármol que esperaba reunirse con él en el cielo. Pues bien: si aquel cielo del romano existe de verdad, yo me lo imagino lleno también de un perrito blanco como la nieve que correteó alguna vez por los muros de Malta. Y a su lado, esperándole, deben de andar todos sus hermanos peludos del Burgo, ladrando felices a quienquiera que entre por la puerta.
Que en paz descansen, Nuvola Bianca y todos los suyos.