El Mediterráneo no fue un lago de paz. Desde la conquista árabe de Egipto en el siglo VII hasta la batalla de Lepanto en 1571, las orillas norte y sur del Mare Nostrum se enfrentaron en una guerra de nueve siglos que tuvo su climax en una isla diminuta: Malta. Allí, entre mayo y septiembre de 1565, se libró uno de los asedios más extraordinarios de toda la historia militar.
La isla la defendía la Orden Soberana y Militar de los Caballeros Hospitalarios de San Juan, los antiguos protectores de los peregrinos a Tierra Santa, expulsados de Rodas por Solimán el Magnífico en 1522 y refugiados desde 1530 en este pedazo de roca caliza en medio del Mediterráneo. Eran setecientos caballeros de toda la nobleza europea, apoyados por unos ocho mil milicianos malteses y tropas españolas. El comandante: Jean Parisot de la Valette, un viejo guerrero francés de setenta años que había sobrevivido a la pérdida de Rodas y no estaba dispuesto a vivir una segunda derrota.
El atacante: el ejército y la flota más poderosos del siglo XVI. Solimán el Magnífico, en el cenit de su poder, había decidido aniquilar a los Hospitalarios para dejar el camino libre a la conquista de Sicilia, Italia del sur y, eventualmente, Roma. Envió 40.000 soldados —jenízaros, sipahis, corsarios berberiscos del Norte de África al mando de Dragut— y 200 naves de guerra. El mando supremo lo compartían el viejo y veterano Mustafá Pachá y el joven y arrogante Piali Pachá, almirante de la flota.
Lo que siguió fue un asedio de casi cuatro meses que se cobró 25.000 vidas otomanas y unas 7.000 cristianas. El Castillo San Telmo cayó tras un mes de bombardeo continuo, pero arrastró consigo al genial corsario Dragut y dejó a los otomanos exhaustos antes incluso de empezar el asalto principal. Birgu y Senglea, las dos penínsulas fortificadas donde resistía La Valette, soportaron asaltos diarios durante todo el verano. La isla entera ardió. La sangre cristiana y musulmana corrió por igual.
El 7 de septiembre, después de meses de retraso por las indecisiones del virrey español, la flota del Gran Socorro al mando de don García de Toledo desembarcó por fin en Malta con 9.000 soldados frescos. Los otomanos, agotados, hambrientos y diezmados, intentaron un último asalto desesperado y fueron aplastados. El 8 de septiembre la armada turca se retiró. Solimán juró volver. No tuvo tiempo: murió año siguiente. Malta había salvado Europa. Y el día 8 de septiembre se celebra todavía hoy como fiesta nacional maltesa.