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Heródoto · Antigua Grecia

Las mascotas en la Antigüedad: 25 siglos amando a nuestros perros y gatos

Si creéis que el amor por el perro de casa es un invento moderno, venid conmigo a Egipto, Grecia y Roma. Un epitafio romano de hace dos mil años podría haberlo escrito esta misma mañana cualquiera de nosotros · Antigüedad mediterránea

30 may 2026 · 9 min
Un patricio romano arrodillado acaricia con ternura a su perro tendido sobre una lápida de mármol en el atrio soleado de su casa

Un cachorro y una lápida de mármol

Imaginad a un hombre con toga romana en el patio interior de su casa, llorando como un crío mientras coloca dentro de una tumba a un perro pequeño. Acaba de perder al que para él era el mejor amigo del mundo. Y retened bien este detalle: lo que estoy describiendo no es una escena de hoy. Está pasando hace dos mil años, en la Roma del emperador Augusto. Y, sin embargo, podríais ser perfectamente vosotros un sábado por la mañana enterrando a vuestro perro en el jardín.

Porque eso es lo que voy a intentar demostraros aquí: esta cosa que nos pasa a los occidentales con nuestras mascotas, esta locura tierna que nos hace hablarles como si fueran niños, dormir con ellos y derramar lágrimas el día que se nos van, no es ningún invento moderno. Es algo viejísimo. Y para verlo claro, démonos una vuelta por el Mediterráneo de hace veinticinco siglos.

Egipto, el paraíso donde los gatos eran dioses

Primera parada obligatoria: el antiguo Egipto, civilización que llevó el amor por los animales domésticos a un extremo que hoy nos parece de chiste, pero que era tremendamente serio para ellos. Los gatos estaban consagrados a la diosa Bastet, una divinidad con cabeza de gata; y matar a un gato, aunque fuera por accidente, podía costarte la vida. Literalmente.

La mejor escena del Egipto antiguo nos la cuenta Heródoto en sus Historias. Cuando en una casa egipcia se desataba un incendio, ¿sabéis qué hacían los habitantes? No corrían a apagar el fuego. Se colocaban en fila formando un cordón humano alrededor de las llamas, no para apagarlas, sino para impedir que el gato de la casa, asustado, se metiese en ellas. Imaginaos: la casa ardiendo, los muebles convertidos en cenizas, y veinte egipcios formando un cordón sanitario solo para que el minino no se inmole. La casa entera se les podía caer; lo importante era salvar al gato.

Y cuando una mascota egipcia se moría de causas naturales, no os imagináis el numerito que se montaba la familia. Si era un gato, todos los habitantes de la casa, hombres, mujeres y niños, se rapaban las cejas a navaja en señal de luto. Si era un perro, el luto era todavía mayor: se rapaban la cabeza entera y todo el cuerpo. Después se le tributaban al pobre bicho los más honrosos funerales, se le momificaba con todo el ritual, y en el caso de los gatos se le llevaba en peregrinación a la ciudad de Bubastis, que tenía un cementerio especial solo para ellos. Sí, habéis leído bien: cementerios para gatos, hace tres mil años. Los perros, consagrados al gran dios Anubis, tenían los suyos propios en cada ciudad.

Cementerios de mascotas, en el Egipto faraónico. Comparado con esto, lo nuestro de hoy es casi austero.

Egipcios formando un cordón humano alrededor de una casa en llamas para impedir que el gato sagrado se arroje al fuego
El cordón humano egipcio, dispuesto a dejar arder la casa con tal de salvar al gato

Grecia: Heródoto y un perro llamado Lélape

Saltamos ahora a la Grecia clásica. Y aquí me gustaría compartiros una pequeña confesión que el propio Heródoto deja caer en sus Historias, una de esas frases sueltas que valen oro.

Resulta que el Padre de la Historia, ese sabio venerable al que todos imaginamos como un anciano respetable de barba blanca, era antes que nada un crío de Halicarnaso que había crecido en la granja de sus padres rodeado de perros pastores y guardianes. Y entre todos ellos, había uno muy especial al que adoraba más que a nada en el mundo: un animal noble, esbelto, fuerte e inteligente, al que había puesto un nombre precioso, Lélape, que en griego significa «viento de tormenta», igual que el mítico perro que poseía el mismísimo Zeus.

Y ahí va la confesión. Heródoto, ya viejo, ya escribiendo sus Historias, confiesa abiertamente lo siguiente: si de niño le hubieran obligado a elegir entre salvar la vida de su hermano carnal Theo o la de su perro Lélape, no lo habría dudado ni un segundo, habría elegido a Lélape. Mil veces. El Padre de la Historia, el hombre que sentó las bases de todo lo que vino después, prefería a su perro antes que a su propio hermano. Pues yo, francamente, no le culpo: cualquiera que haya tenido un perro de la infancia entiende perfectamente de qué está hablando Heródoto.

El joven Heródoto corre feliz por una pradera de Halicarnaso junto a su perro Lélape, con el mar Egeo al fondo
El niño Heródoto y Lélape, «viento de tormenta», en las colinas de Halicarnaso

Roma: el epitafio de Patricio

Y llegamos por fin a Roma, donde nos espera la joya de la corona. Porque entre todos los testimonios que la Antigüedad nos ha legado, no hay ninguno comparable al epitafio que un romano anónimo, en la época del emperador Augusto, mandó grabar sobre la lápida de mármol de su perro, un animalito al que había llamado Patricio. Os juro que es una de las cosas más hermosas que he leído jamás:

«Patricio, pequeño mío, hoy te he llevado en mis brazos con ojos cargados de lágrimas y dolor al lugar de tu descanso eterno; del mismo modo que, hace ahora quince años, en circunstancias mucho más felices, te llevé a nuestra casa cuando no eras más que un cachorro. Pero ahora, dulce Patricio, ya no me darás mil besos, ni serás capaz de echarte afectuosamente alrededor de mi cuello. Eras un buen perro, el mejor del mundo para mí, y es con enorme pena que hoy he puesto para ti esta tumba y esta lápida de mármol; y cuando yo también muera, tú y yo nos reuniremos para siempre en el cielo.»

Y sigue:

«Te acostumbraste fácilmente a vivir con un humano gracias a tus modos simpáticos y a tu mirada inteligente. ¡Ay, qué magnífico animal doméstico eras, y qué gran amigo hemos perdido! Tú, dulce Patricio, tenías la costumbre de unirte a nosotros en la mesa y pedirnos dulcemente comida en nuestro regazo, estabas acostumbrado a lamer con tu lengua la copa de agua que mis manos sostenían para ti, y por las noches acogías con una gran fiesta el regreso a casa de tu cansado amo, con ladridos de felicidad y los alegres meneos de tu cola. Descansa en paz, maravilloso amigo mío.»

Cerrad un momento los ojos y pensad en este hombre. No sabemos su nombre, no sabemos qué hacía, ni dónde vivía exactamente. No sabemos absolutamente nada de él, excepto una cosa, la única que le interesaba a él dejar grabada para la eternidad: que tenía un perro al que llamaba Patricio, que ese perro vivió quince años a su lado, que le besaba la cara y le recibía meneando la cola, y que cuando se le murió, este hombre, criado en una sociedad dura y militar, lloró sin pudor y mandó grabar en mármol que esperaba reunirse con él en el cielo. Y todo esto hace dos mil años.

Veinticinco siglos después, los mismos felpudos peludos

Así que ya lo veis. Los egipcios rapándose la cabeza por la muerte del perro de la casa. Heródoto eligiendo a Lélape antes que a su hermano carnal. El amo de Patricio prometiéndole reencontrarse con él en el cielo. Tres civilizaciones distintas, separadas entre sí por siglos y por miles de kilómetros de Mediterráneo, y exactamente el mismo amor, el mismo dolor, las mismas lágrimas.

Porque el amor por los perros y los gatos no es, como algunos pretenden, una sentimentalería moderna de gente urbana sin hijos. No, amigos, no. Es algo muchísimo más antiguo y profundo: una de las relaciones más viejas que tenemos los humanos con el resto del mundo vivo.

Os lo digo yo, que en mi casa de Ibiza, mientras escribo estas líneas, tengo a mi propio Patricio particular roncando a mis pies. Se llama Igor. Llegó a casa hace ya unos años, cuando mi hijo Jordan era todavía un niño pequeño, y desde el primer día se convirtió en una pieza más de la familia. Cuando Igor un día ya no esté, yo también lloraré sin pudor, como lloró aquel romano anónimo hace dos mil años por su Patricio. Porque para los que de verdad amamos a los perros, no hay diferencia ninguna entre un siglo y el otro. Patricio, Lélape e Igor son, en el fondo, el mismo perro: el que llega a casa siendo un cachorro, te quiere de un modo que ningún humano sabe querer, y al que un día tienes que decir adiós con el corazón partido en dos.

Y eso, queridos lectores, es la cosa más hermosa que la Historia tiene que enseñarnos.

✠ Lectura recomendada ✠

El Libro de la Musa Euterpe

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✠ David S. Matrecano
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