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Heródoto

Masagetas y nasamones: el sexo libre que horrorizó a Grecia

Heródoto cuenta que entre los masagetas bastaba colgar la aljaba de flechas en la puerta del carro de una mujer para tener relaciones con ella, sin pedir permiso a nadie. Los nasamones, en el desierto de Libia, iban todavía más lejos: la noche de bodas, la novia debía pasar por todos los invitados, uno a uno, antes de que el matrimonio se diera por consumado.

10 ago 2026 · 9 min
La reina Tomiris cabalga al frente de la caballería masageta al atardecer en la estepa

Heródoto dedica buena parte del Libro I —el mismo que reescribí en El Libro de la Musa Clío— a un pueblo que derrotó y mató al mismísimo Ciro el Grande de Persia: los masagetas de la reina Tomiris. Y de paso, casi sin darle importancia, deja caer una costumbre sexual que a los griegos debió de parecerles de otro planeta. Cientos de kilómetros al sur, en el desierto de Libia, otro pueblo, los nasamones, practicaba algo parecido, y añadía un detalle en la noche de bodas que todavía hoy resulta difícil de imaginar.

El carcaj en la puerta del carro

Una aljaba de flechas cuelga del carro de una mujer masageta junto al mar Caspio
Colgar la aljaba en el carro era la única señal necesaria: nadie podía impedirlo.

Heródoto lo cuenta sin adornos: cada hombre masageta tenía una esposa, pero las esposas eran, en la práctica, de todos. Cuando un hombre deseaba a una mujer, colgaba su aljaba —el carcaj de las flechas— delante del carro donde ella vivía, y yacía con ella sin que nadie se lo impidiera ni lo juzgara. No hacía falta pedir permiso, ni cortejar, ni negociar: el carcaj colgado en la entrada era la única señal necesaria. Heródoto insiste en un matiz que a él, griego, le parecía importante aclarar: esto no era una costumbre escita, como se decía en Grecia, sino específicamente masageta.

El bastón de los nasamones

Un hombre nasamón se acerca a una tienda del desierto de Libia con un bastón clavado ante la entrada
En el desierto de Libia, un bastón ante la tienda cumplía la misma función que la aljaba.

Mil kilómetros al oeste, en la actual Libia, los nasamones tenían una variante casi calcada. Cada hombre tenía muchas esposas, cuenta Heródoto, y el trato con ellas era en común, casi igual que entre los masagetas: se colocaba un bastón frente a la puerta de la tienda, y así se tenían las relaciones. La señal cambia —un bastón en vez de un carcaj—, pero el mecanismo es idéntico: un objeto colocado en la entrada bastaba para reclamar intimidad sin necesidad de una sola palabra.

La noche que ningún novio olvidaba

Una pareja nasamona rodeada de invitados junto al fuego en la noche de bodas
La noche de bodas nasamona: la novia debía pasar por todos los invitados antes del amanecer.

Pero los nasamones añadían algo que ni siquiera los masagetas practicaban: en la primera boda de un hombre, la noche tenía una regla muy particular. La novia debía yacer, una por una, con todos los invitados a la fiesta. Cada uno de ellos, tras acostarse con ella, le entregaba un regalo —lo que hubiera llevado de su propia casa. Solo después de pasar por todos los presentes, la noche terminaba y el matrimonio, para Heródoto, quedaba consumado de verdad.

¿Por qué lo cuenta así Heródoto?

A diferencia del ritual de la diosa Mylitta en Babilonia, aquí no hay una gran polémica académica sobre si ocurrió: los historiadores modernos consideran plausible que ambos pueblos, nómadas de las estepas y del desierto, tuvieran en efecto estructuras de matrimonio comunal muy distintas de las griegas, algo bien documentado etnográficamente en otras sociedades pastoriles de la historia. Lo que sí conviene tener presente es el objetivo narrativo de Heródoto: cuanto más lejos de Grecia y más nómada es un pueblo, más extremas resultan sus costumbres en su relato, el mismo mecanismo de exageración que ya vimos en la Babilonia que inventó la prostitución sagrada. Masagetas y nasamones cierran, además, con otro detalle que a los griegos les parecía tan escandaloso como el sexo libre: los masagetas, cuenta Heródoto en el mismo capítulo, mataban y se comían a sus ancianos cuando llegaban a una edad muy avanzada, y lo consideraban la mejor muerte posible, mientras que morir de enfermedad se lamentaba como una desgracia.

Por qué merece la pena leerlo igual

Porque estos dos pueblos, sin templo, sin ley escrita, sin ceremonia religiosa de por medio, organizaban el sexo y el matrimonio de una manera que ni siquiera necesitaba palabras: un objeto en la puerta bastaba. Y porque el contraste que buscaba Heródoto —el griego que valoraba el matrimonio monógamo como pilar de la civilización— frente a estos pueblos que él consideraba bárbaros, es exactamente el mismo contraste que sigue usando cualquiera, hoy, para definir qué cultura es «civilizada» y cuál no. Los masagetas, por cierto, acabaron con la vida del hombre que había conquistado medio mundo conocido. A Ciro el Grande de Persia no le sirvió de nada su inmenso y poderoso ejército frente a la reina Tomiris, pues, ella fue quien le decapitó sin piedad. Pero esa es otra historia. Os la cuento entera en El Libro de la Musa Clío y en mi artículo del blog sobre Ciro el Grande y Spakó, la loba que lo amamantó.

Fuentes y referencias

En este artículo NO hay ficción

El relato reproduce fielmente Heródoto I.216: la aljaba colgada frente al carro, la ausencia de restricción social y la aclaración expresa de que esta costumbre era masageta y no escita. Reproduce igualmente Heródoto IV.172 sobre los nasamones: el bastón frente a la tienda, la poligamia habitual y la noche de bodas con los invitados. Todo esto está en el texto griego, no es invención mía. La lectura sobre el objetivo narrativo de Heródoto —el contraste entre civilización griega y barbarie nómada— es una interpretación historiográfica extendida entre los especialistas, no una certeza absoluta sobre su intención real. La voz literaria es de David S. Matrecano.

Preguntas frecuentes

¿Qué costumbre sexual tenían los masagetas según Heródoto?

Cada hombre colgaba su aljaba de flechas frente al carro de la mujer que deseaba, y podía tener relaciones con ella sin pedir permiso a nadie. Heródoto aclara que era una costumbre masageta, no escita.

¿Qué pasaba en la noche de bodas de los nasamones?

La novia debía acostarse, uno por uno, con todos los invitados a la boda. Cada uno le entregaba un regalo, y solo cuando terminaba con el último, el matrimonio se consideraba consumado.

¿Es históricamente cierto que existieron estas costumbres?

A diferencia de la prostitución sagrada de Babilonia, aquí no hay gran debate: los historiadores consideran plausible que estos pueblos nómadas tuvieran estructuras de matrimonio comunal, algo documentado en otras sociedades pastoriles.

¿Quién era la reina Tomiris y qué relación tiene con esta historia?

Tomiris era la reina de los masagetas que derrotó y mató a Ciro el Grande de Persia, el conquistador más poderoso de su tiempo, después de que este invadiera las tierras masagetas.

¿Qué otra costumbre extrema practicaban los masagetas?

Según Heródoto, mataban y se comían a sus ancianos cuando alcanzaban una edad muy avanzada, y lo consideraban la mejor muerte posible; morir de enfermedad, en cambio, se lamentaba como una desgracia.

¿En qué libro de las Historias de Heródoto aparecen estos pueblos?

Los masagetas aparecen en el Libro I (Clío), capítulos 215-216. Los nasamones aparecen en el Libro IV (Melpómene), capítulo 172.

✠ Lectura recomendada ✠

El Libro de la Musa Clío

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David S. Matrecano
✠ David S. Matrecano ✠
Ibiza, agosto de 2026

Escritor italiano afincado en Ibiza. Autor de las sagas Las Ocho Cruzadas, Heródoto · Historias Reloaded y Roma Stupor Mundi.

DM
Per Aspera, Ad Astra.
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