Heródoto dedica buena parte del Libro I —el mismo que reescribí en El Libro de la Musa Clío— a un pueblo que derrotó y mató al mismísimo Ciro el Grande de Persia: los masagetas de la reina Tomiris. Y de paso, casi sin darle importancia, deja caer una costumbre sexual que a los griegos debió de parecerles de otro planeta. Cientos de kilómetros al sur, en el desierto de Libia, otro pueblo, los nasamones, practicaba algo parecido, y añadía un detalle en la noche de bodas que todavía hoy resulta difícil de imaginar.
El carcaj en la puerta del carro

Heródoto lo cuenta sin adornos: cada hombre masageta tenía una esposa, pero las esposas eran, en la práctica, de todos. Cuando un hombre deseaba a una mujer, colgaba su aljaba —el carcaj de las flechas— delante del carro donde ella vivía, y yacía con ella sin que nadie se lo impidiera ni lo juzgara. No hacía falta pedir permiso, ni cortejar, ni negociar: el carcaj colgado en la entrada era la única señal necesaria. Heródoto insiste en un matiz que a él, griego, le parecía importante aclarar: esto no era una costumbre escita, como se decía en Grecia, sino específicamente masageta.
El bastón de los nasamones

Mil kilómetros al oeste, en la actual Libia, los nasamones tenían una variante casi calcada. Cada hombre tenía muchas esposas, cuenta Heródoto, y el trato con ellas era en común, casi igual que entre los masagetas: se colocaba un bastón frente a la puerta de la tienda, y así se tenían las relaciones. La señal cambia —un bastón en vez de un carcaj—, pero el mecanismo es idéntico: un objeto colocado en la entrada bastaba para reclamar intimidad sin necesidad de una sola palabra.
La noche que ningún novio olvidaba

Pero los nasamones añadían algo que ni siquiera los masagetas practicaban: en la primera boda de un hombre, la noche tenía una regla muy particular. La novia debía yacer, una por una, con todos los invitados a la fiesta. Cada uno de ellos, tras acostarse con ella, le entregaba un regalo —lo que hubiera llevado de su propia casa. Solo después de pasar por todos los presentes, la noche terminaba y el matrimonio, para Heródoto, quedaba consumado de verdad.
¿Por qué lo cuenta así Heródoto?
A diferencia del ritual de la diosa Mylitta en Babilonia, aquí no hay una gran polémica académica sobre si ocurrió: los historiadores modernos consideran plausible que ambos pueblos, nómadas de las estepas y del desierto, tuvieran en efecto estructuras de matrimonio comunal muy distintas de las griegas, algo bien documentado etnográficamente en otras sociedades pastoriles de la historia. Lo que sí conviene tener presente es el objetivo narrativo de Heródoto: cuanto más lejos de Grecia y más nómada es un pueblo, más extremas resultan sus costumbres en su relato, el mismo mecanismo de exageración que ya vimos en la Babilonia que inventó la prostitución sagrada. Masagetas y nasamones cierran, además, con otro detalle que a los griegos les parecía tan escandaloso como el sexo libre: los masagetas, cuenta Heródoto en el mismo capítulo, mataban y se comían a sus ancianos cuando llegaban a una edad muy avanzada, y lo consideraban la mejor muerte posible, mientras que morir de enfermedad se lamentaba como una desgracia.
Por qué merece la pena leerlo igual
Porque estos dos pueblos, sin templo, sin ley escrita, sin ceremonia religiosa de por medio, organizaban el sexo y el matrimonio de una manera que ni siquiera necesitaba palabras: un objeto en la puerta bastaba. Y porque el contraste que buscaba Heródoto —el griego que valoraba el matrimonio monógamo como pilar de la civilización— frente a estos pueblos que él consideraba bárbaros, es exactamente el mismo contraste que sigue usando cualquiera, hoy, para definir qué cultura es «civilizada» y cuál no. Los masagetas, por cierto, acabaron con la vida del hombre que había conquistado medio mundo conocido. A Ciro el Grande de Persia no le sirvió de nada su inmenso y poderoso ejército frente a la reina Tomiris, pues, ella fue quien le decapitó sin piedad. Pero esa es otra historia. Os la cuento entera en El Libro de la Musa Clío y en mi artículo del blog sobre Ciro el Grande y Spakó, la loba que lo amamantó.
Fuentes y referencias
- Heródoto, Historias, Libro I (Clío), 215-216 — costumbres y matrimonio de los masagetas.
- Heródoto, Historias, Libro IV (Melpómene), 172 — costumbres y noche de bodas de los nasamones.
- Encyclopaedia Iranica, entrada «Massagetae» — contexto etnográfico e histórico del pueblo.
En este artículo NO hay ficción
El relato reproduce fielmente Heródoto I.216: la aljaba colgada frente al carro, la ausencia de restricción social y la aclaración expresa de que esta costumbre era masageta y no escita. Reproduce igualmente Heródoto IV.172 sobre los nasamones: el bastón frente a la tienda, la poligamia habitual y la noche de bodas con los invitados. Todo esto está en el texto griego, no es invención mía. La lectura sobre el objetivo narrativo de Heródoto —el contraste entre civilización griega y barbarie nómada— es una interpretación historiográfica extendida entre los especialistas, no una certeza absoluta sobre su intención real. La voz literaria es de David S. Matrecano.

