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Heródoto

La prostitución sagrada de Babilonia según Heródoto

Toda mujer nacida en Babilonia debía sentarse, al menos una vez en la vida, en el templo de la diosa del amor Mylitta y entregarse carnalmente al primer extraño que le arrojara una moneda en el regazo. Daba igual quién fuera el hombre y qué moneda le tirase. De oro, de plata o de cobre. Las mujeres más bellas y deseadas cumplían ese extraño ritual en un día. Las feas o las que padecían alguna minusvalía o tara mental, tardaban hasta cuatro años.

9 ago 2026 · 13 min
Mujeres esperando ante la Puerta de Istar en Babilonia por la noche, custodiadas por soldados

De todas las costumbres extranjeras que Heródoto anotó en sus Historias —y anotó cientos, algunas incluso delirantes—, solo de una dijo abiertamente que era la más vergonzosa. No lo dijo de los masagetas que se comían a sus ancianos, ni de los escitas que se fumaban el cáñamo en tiendas cerradas, ni de los egipcios que amasaban la harina con los pies y el barro con las manos. Lo dijo de Babilonia, la ciudad más rica del mundo conocido. Y os aviso desde ya, queridos lectores, de que al final de este artículo tendremos que hablar de si aquello ocurrió realmente, porque hay una discusión académica de siglo y medio detrás.

La ley

Lo cuenta Heródoto en el capítulo 199 de mi libro, El Libro de la Musa Clío – Vol. I, el que dedica a las costumbres babilonias, y lo abre con una frase que no admite lectura ambigua: esta es, dice, la más vergonzosa de sus leyes.

Toda mujer nacida en el país estaba obligada, una vez en la vida, a sentarse en el recinto del templo de la diosa que él llama Afrodita y los babilonios Mylitta, y a entregarse allí sin discutir al primer hombre extraño que les echara una moneda.

Las mujeres, al parecer, acudían al templo con una cinta trenzada ceñida a la cabeza. Se sentaban en el recinto sagrado, y había tanta afluencia de "público" masculino que se formaban pasillos acordonados y vigilados por guardias por los que circulaban los hombres que iban eligiendo mujer entre las cientos de candidatas.

El precio, que no era el precio

Un hombre arroja una moneda a una mujer sentada en el templo sagrado de Babilonia
Un hombre lanza una moneda: a partir de ese gesto, la mujer no podía negarse.

El procedimiento tenía una regla que a mí me parece la clave de todo el asunto.

Un hombre se acercaba, arrojaba una moneda —generalmente de plata— en el regazo de la mujer elegida y pronunciaba una fórmula mágico-sagrada: invoco por ti y sobre ti a la diosa Mylitta. Y a partir de ese instante ella no podía negarse. Ni rechazar al hombre, ni discutir la cantidad, ni esperar a ver si venía otro más joven, guapo y mejor.

Y aquí está el detalle: la cuantía pagada por los hombres que acudían al templo deseosos de hacer el amor con una de las candidatas, era irrelevante. Podía ser una o más monedas de oro puro super valiosas, si la persona en cuestión era rica y quería quedar bien con la diosa Mylitta, con los sacerdotes y con los testigos presenciales, pues cuanto más alta la oferta, más alto el estatus social y el prestigio del oferente a ojos del pueblo, o podía ser una monedilla de cobre ridícula y casi sin valor; daba exactamente igual, porque el dinero quedaba entregado a las arcas del templo y consagrado a la diosa. No era un pago: era una ofrenda que pasaba por las manos de la mujer que se vendía y acababa en el templo.

Cumplido el trámite y satisfecha la deuda con la diosa, la mujer volvía a su casa con su familia, y a partir de entonces —dice Heródoto— no había regalo o soborno, por cuantioso e importante que fuera, con el que se la pudiera conseguir carnalmente.

La crueldad del sistema

Una mujer sentada sola en las escalinatas de un templo babilonio, esperando
Algunas mujeres esperaban en el templo tres o cuatro años hasta que alguien las eligiera.

Y ahora viene el párrafo por el que este pasaje se recuerda, y que revela que Heródoto entendió perfectamente lo que estaba describiendo.

Las mujeres de buena cuna, las jóvenes, altas y hermosas —escribe— cumplían rápido (en menos de 24 horas) y se marchaban muy pronto a casa. Las feas, las mutiladas o las que tuvieran alguna deformidad o tara mental tipo síndrome de Down o similares, se quedaban allí durante mucho, mucho tiempo, incapaces de cumplir la ley porque, Dios, que injusta es la vida a veces, nadie las elegía ni pagaba por ellas. Incluso porque en la antigüedad se consideraba que quienes portaban dichas taras, habían sido malditos por los dioses. Algunas féminas, de hecho, esperaban allí tres y hasta cuatro años hasta que caía por allí algún extranjero cachondo, con taras físicas o mentales similares y totalmente ajeno a esas creencias, el cual finalmente las liberaba pagando por un poco de sexo con ellas.

Detengámonos ahí un momento, porque conviene entender lo que significa esa frase. No estamos hablando de un rito incómodo. Estamos hablando de mujeres sentadas durante años en el recinto de un templo, a la vista de toda la ciudad, esperando a que un desconocido las considerase suficientemente atractivas o apetecibles para poder regresar a su casa. La humillación no era el acto sexual en sí: la humillación en ese caso era la espera pública delante de todo el mundo.

Heródoto añade que una costumbre parecida existía en algunos lugares de Chipre, y pasa al capítulo siguiente sin más comentario.

La otra ley: cuando Babilonia sí sabía casar a sus mujeres

Un heraldo presenta a un grupo de jóvenes babilonias en una subasta matrimonial pública
La subasta anual de novias: la costumbre que Heródoto llamó «la más sabia» de Babilonia.

Heródoto no gasta toda su indignación en Mylitta. Tres capítulos antes, en el 196, describe otra costumbre babilonia, y esta, dice él mismo textualmente, es la más sabia de todas las que conoce, comparable solo a una que —según le contaron— practicaban los Enetos de Iliria.

Una vez al año, en cada aldea del reino, reunían a todas las jóvenes casaderas en un mismo lugar, rodeadas por un círculo de hombres. Un pregonero las iba sacando una a una, empezando siempre por la más hermosa, y la subastaba al mejor postor. Vendida la primera, sacaba a la segunda en belleza, y así sucesivamente hasta agotar a las guapas. Los ricos pujaban y competían entre ellos, con una verdadera fiebre muy similar a la ludopatía, por las más atractivas, y todo el dinero recaudado no se quedaba en el bolsillo del pregonero: financiaba a las últimas de la fila.

Porque cuando llegaba el turno de las feas, de las tullidas, de las que nadie habría elegido ni gratis, el sistema se daba la vuelta por entero: en vez de vender, el pregonero preguntaba quién se conformaba con menos dinero por casarse con ellas, y las adjudicaba a quien pidiera menos dinero por ellas. El oro de las bonitas se convertía en la dote de las feas. Al final del día, insiste Heródoto, no quedaba ni una sola soltera en el pueblo.

Y aquí llega el detalle que a mí, sinceramente, me deja más tocado que la propia subasta: Heródoto añade que, para cuando él escribe esto, la costumbre ya no existía. Babilonia había caído ante los persas, la ciudad se había empobrecido, y aquel sistema —imperfecto, sí, pero que garantizaba dote hasta a la última fea del pueblo— se sustituyó sin más por la miseria desnuda: los padres sin recursos, dice, prostituían directamente a sus hijas para sobrevivir. La subasta ordenada murió con la conquista. Lo que quedó fue, según él, algo bastante más parecido a lo que cuenta después en el capítulo 199.

A diferencia de Mylitta, esta subasta apenas genera debate entre los asiriólogos: nadie ha encontrado la tablilla que la confirme letra por letra, pero tampoco hay el mismo desierto documental que rodea al templo de la diosa, y el mecanismo —dotar a las feas con el dinero de las guapas— encaja con lo que sí sabemos de las prácticas matrimoniales mesopotámicas. Lo que no genera ninguna duda es la lectura que se puede hacer hoy: en apenas cuatro capítulos, del 196 al 199, Heródoto retrata a la misma ciudad pasando de organizar la boda de su última fea a entregar a todas sus mujeres, guapas y feas por igual, al primero que llegara con una simple moneda.

Y ahora la parte incómoda: ¿todo esto existió de verdad?

Toca la especialidad de la casa, y hoy toca fuerte.

Durante dos mil años esto se aceptó como verdad absoluta. Y desde finales del siglo XX, una parte importante de la asiriología lo pone seriamente en duda, con argumentos que hay que tomarse en serio.

El principal es demoledor por lo sencillo: no hay ni una sola fuente mesopotámica que lo mencione. Y de Mesopotamia conservamos decenas de miles de tablillas de arcilla inscriptas con contratos, recibos, códigos legales, cartas privadas, inventarios de templo, litigios por herencias, matrimonios. Una obligación religiosa universal que afectase a la totalidad de las mujeres del país habría dejado un rastro administrativo en alguna parte. Pero, no lo hay.

El segundo argumento es de contexto. Heródoto escribe sobre Babilonia probablemente sin haberla visitado —hay una discusión abierta sobre si él personalmente llegó a pisarla—, y sobre todo escribe para un público griego que consumía con avidez las rarezas de los bárbaros, que así es como llamaban los griegos a todos los no griegos. El pasaje encaja sospechosamente bien en un patrón que se repite en su obra: cuanto más rica y poderosa es una ciudad extranjera, más depravada resulta su costumbre secreta.

Y el tercero: los templos mesopotámicos sí tenían personal religioso femenino, con categorías bien documentadas, las sacerdotisas —naditu, qadishtu, entu— cuyas funciones eran rituales, económicas y a veces de altísimo estatus social. Es perfectamente posible que Heródoto o su informante vieran algo real, que lo entendieran mal y lo generalizaran a todas las mujeres del país.

Frente a esto, quienes lo defienden señalan que Estrabón repite la noticia siglos después y que la ausencia de pruebas no es prueba de ausencia de hechos. Es un argumento honesto y plausible, pero débil: Estrabón cuatrocientos años después, en el siglo I a. C. pudo estar copiando a Heródoto, que es lo que hacía media Antigüedad y todavía hace toda la modernidad. Este humilde escritor incluido.

Mi posición, ya que este artículo lleva mi firma: creo que Heródoto anotó de buena fe algo que le contaron sus fuentes locales, que ese algo tenía o pudo tener una base real en el personal sagrado femenino de los templos que, quizás, en algunos días del año, tuviera relaciones sexuales de tipo ritual para satisfacer a la diosa Mylitta, y que en el viaje del dato desde una boca babilonia hasta un rollo de papel pergamino en Grecia, eso se convirtió en una ley universal que probablemente nunca existió. Del resto, basta con ver los inmensos celos que los hombres medio orientales en general tienen por sus mujeres hoy en día, para que resulte difícil creer que en aquel entonces, en Babilonia, que está ubicada en Iraq, las concedieran a un don nadie cualquiera que pasaba por allí a cambio de una monedita de cobre sin ningún valor. Es exactamente el mismo mecanismo del "esos espartanos me han dicho", "mi amigo Abibaal el libanés ha escuchado", "mis primos me contaron" —lo que le hizo fundir a Heródoto dos faraones distintos en un solo Sesostris y que puede haber originado esta historia.

O puede ser todo verdad al cien por cien como la mayoría de cosas que el Maestro nos ha contado, pero alguien, después de la conquista persa o islámica de esos lugares, quiso destruir toda la documentación visual o escrita correspondiente porque la consideraba demasiado escandalosa y avergonzante. Quién sabe.

Por qué merece la pena leerlo igual

Podríais preguntarme para qué contar entonces una costumbre que posiblemente no existió. Y la respuesta es la misma que doy siempre.

Porque el pasaje sí es un documento histórico, solo que de otra cosa. No documenta lo que hacían las babilonias. Documenta lo que un griego culto del siglo V a.C. estaba dispuesto a creer sobre las mujeres de la ciudad más rica del mundo. Documenta que la fórmula «cuanto más rica y opulenta la ciudad, más corrompidas sus mujeres» ya funcionaba hace veinticinco siglos, exactamente igual que hoy.

Y documenta algo más, que a mí me desarma: que Heródoto, en medio de todo eso, se fijó en las que esperaban cuatro años. Nadie le obligaba a incluir ese detalle. No hacía falta para el escándalo. Lo puso porque lo vio, o porque se lo contaron, y porque era el tipo de hombre que se fijaba en quién se quedaba sentado cuando los demás ya se habían ido a casa.

Ese es el Heródoto que traduje y reescribí entero en El Libro de la Musa Clío: el que cuenta el escándalo, sí, pero también el que se queda mirando a quien nadie mira.

Fuentes y referencias

En este artículo NO hay ficción

El relato reproduce fielmente Heródoto I.199: la obligación única en la vida, la cinta en la cabeza, los pasillos acordonados, la moneda arrojada al regazo —convencionalmente traducida como «de plata», aunque el propio Heródoto solo precisa que el metal era indiferente—, la fórmula de invocación a Mylitta, la imposibilidad de rechazar al primero que pagara, la consagración del dinero a la diosa y las mujeres que aguardaban tres o cuatro años. La calificación de «la más vergonzosa de sus leyes» es literalmente suya, no mía. Ahora bien: la existencia real de esta costumbre está seriamente cuestionada por la asiriología moderna, y la síntesis de esa discusión que ofrezco aquí es el estado actual del debate, no una certeza. Mi conclusión personal —que hubo un malentendido a partir del personal sagrado femenino de los templos— es una hipótesis razonada del autor, no un hecho establecido. Reproduce igualmente Heródoto I.196: el pregonero, la subasta empezando por la más hermosa, la dote pagada con el oro de las bellas para casar a las feas, y la propia afirmación de Heródoto de que esta costumbre —la que él llama la más sabia— ya no existía en su época, sustituida por la prostitución de las hijas tras la violenta y destructiva conquista persa de la ciudad. La voz literaria es de David S. Matrecano.

✠ Lectura recomendada ✠

El Libro de la Musa Clío

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David S. Matrecano
✠ David S. Matrecano ✠
Ibiza, agosto de 2026

Escritor italiano afincado en Ibiza. Autor de las sagas Las Ocho Cruzadas, Heródoto · Historias Reloaded y Roma Stupor Mundi.

DM
Per Aspera, Ad Astra.
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