Cuando documenté las páginas de «Malta 1565» dedicadas a la defensa del fuerte San Miguel, tuve que investigar a fondo a su comandante, fray Pietro del Monte: noble italiano, veterano ya del asedio de Rodas de 1522, y sobrino del Papa Julio III. Una nota al margen de mis apuntes sobre su tío Papa, me hizo saltar del sillón y se me convirtió en una madriguera de vicio y perversión de la que salí varias horas después: aquel Papa según cuenta la historia verdadera documentada por muchas fuentes, tuvo otro llamémoslo ahemm, ahemm, «sobrino», bastante menos honorable que fray Pietro.
Aquel otro se llamaba Inocencio, y su meteórico ascenso desde las calles de Piacenza, donde era un pobre mendigo analfabeta de unos doce años de edad, hasta la cúpula más alta del Colegio Cardenalicio, sigue siendo, casi quinientos años después, uno de los episodios más comentados, picantes e incómodos— de toda la larga historia del papado y de sus doscientos sesenta y seis jefes.

Un pobre mendigo en las calles de Piacenza
Hacia 1544, un adolescente sin apellido conocido y de nombre incierto, malvivía merodeando por Piacenza. Hijo de una mendiga y de un padre desconocido, entró, no se sabe bien cómo, como criado —«valero», una mezcla de lacayo y chico para todo— en la casa del noble señor Baldovino Ciocchi del Monte, gobernador de la ciudad. El muchacho llamó pronto la morbosa atención (un tanto indebida para un hombre de 57 años) del hermano de Baldovino, el cardenal Giovanni Maria Ciocchi del Monte, quien se enamoró del chaval, lo quiso todo para sí y, una vez lo tuvo en su casa, es decir en el palacio cardenalicio, lo puso a cargo de algo tan trivial y claramente ficticio como es el cuidado de su mono de compañía. Un simio muy pequeñito de la especie Capuchina, el mismo tipo de monito que siempre tenía sobre sus hombros el famoso comandante corsario de la Orden de San Juan, fray Mathurin Lescaut de Romegas.

Además de conseguirle a su amado el título, puramente decorativo pero bien remunerado, de preboste de la catedral de Arezzo, en la Toscana. En Roma, algunos años después, cuando ya el ex mendigo analfabeto Inocencio había sido nombrado cardenal, todavía lo llamarían por eso «il Cardinale della Scimmia»: el cardenal del mono.
De guardián del mono a cardenal a los pocos meses
En febrero de 1550, por colmo de fortuna para el joven Inocencio, su sugar daddy, el cardenal Ciocchi del Monte fue elegido Papa y tomó el nombre de Julio III. Antes de que acabara el año, Julio, ya había hecho cardenal a su protegido. El muchacho —cuya edad real nunca estuvo clara; aunque las crónicas de la época lo sitúan entre los trece y los dieciséis años— pasó a llamarse Inocencio. Dos años después, ante las vibrantes y rabiosas protestas del Colegio Cardenalicio por su corta edad, su total ineptitud en los asuntos de Estado, su ignorancia y su origen ilegítimo, Julio III resolvió el problema a su manera: no lo echó ni destituyó, simplemente ordenó que su hermano Baldovino lo adoptara formalmente y decretó, sin más trámite y sin una sola prueba, que el chico había nacido en 1532. Un año de nacimiento inventado por decreto papal, solo para cerrar una discusión incómoda y poder decir que tenía los dieciocho ya cumplidos y podía ser cardenal.

A partir de ahí, Inocencio se instaló en las inmediaciones de los aposentos del Papa en el Vaticano y Julio III lo cubrió de honores: comendatario de las abadías de Saint-Michel du Tréport en Normandía y de San Zenón en Verona, además de San Sabas, Grottaferrata y Frascati. Y, sobre todo, el título de Cardenal Sobrino, que lo convertía —al menos sobre el papel— en el responsable de toda la correspondencia pontificia. Por cierto, la palabra «nepotismo», que es cuando alguien aprovecha su poder para favorecer descaradamente y hacer ascender a un familiar suyo en detrimento de gente más capaz, viene precisamente de aquí.
Sin embargo, como el muchacho solo recientemente había aprendido (mal) a leer y escribir y era manifiestamente incapaz de ejercer ese cargo diplomático, Julio III llegó a inventar un puesto nuevo a su medida, el de «secretario íntimo» -definición perfecta para esa situación-, un cargo que con el tiempo se transformaría en la actual Secretaría de Estado vaticana: pues, mira tú como la oficina más poderosa de la actual Curia romana nació, en parte, de la necesidad de disimular que el novio del Papa no sabía ni gestionar un despacho diplomático que consistía, básicamente, en leer, cribar y responder a las muchas cartas que le llegaban al Papa.
El escándalo que corrió por media Europa
Nada de todo esto pasó desapercibido en las cortes europeas, desde Madrid a París, pasando por Londres, Viena y Venecia. El embajador veneciano Matteo Dandolo, por ejemplo, escribió a su gobierno que el Papa se llevaba el chico a su alcoba y a su propia cama como si este fuera su hijo o su nieto. El monje agustino Onofrio Panvinio, cronista de la época, describió a Julio III como un hombre entregado en exceso al vicio y a los placeres de una vida de lujo, así como a su libido descontrolada y desenfrenada.
Por Roma corría el chiste cruel de que el joven Inocencio había sido nombrado cardenal por saber cuidar muy bien de todas las "exigencias" de un mono, y el poeta francés Joachim du Bellay, testigo directo de los hechos desde su residencia romana, dejó constancia en versos de su propio asombro, asco y disgusto ante semejante escándalo que minaba la sacralidad y credibilidad del Vaticano ante los ojos de los católicos de toda Europa. Cardenales tan distintos entre sí como el inglés Reginald Pole y Gian Pietro Carafa —el futuro papa Paulo IV, azote de herejes— coincidieron en advertir formalmente y personalmente a Julio III de que aquello era un abuso escandaloso e intolerable del poder papal. El Papa hizo oídos sordos.
Después de Julio III: un cardenal desbocado
La protección de Julio III murió con él, en 1555. Sin el Papa para cubrirlo, Inocencio se convirtió en un gran problema para sus sucesores. En 1559, viajando hacia el cónclave que habría de elegir a Pío IV, asesinó a puñaladas a un padre y un hijo en Nocera Umbra por, según se dijo, haber hablado mal de él. Lo cual en mi humilde opinión y traducido en cristiano, significa que esos dos hombres pudieron decirle en toda la cara esa palabra tan fea que todos nos imaginamos, pero que no podemos aquí decir en voz alta. Aquella que en español empieza por M., en inglés por F., en francés por P., en italiano por R, en alemán por S., y en portugués por B.
A razón de este doble asesinato, el cardenal-mendigo se pasó una buena temporada preso en el castillo de Sant'Angelo y fue luego confinado en la abadía de Montecassino, hasta que la intervención del Duque florentino Cosme I de Médici le consiguió la libertad a cambio de pagar una multa de 100.000 escudos y un destierro voluntario a Tívoli. En 1567, Inocencio volvió a los tribunales, esta vez acusado de violar a dos mujeres cerca de Siena; sobrevivió y salió airoso también de esa acusación, aunque con un nuevo destierro, primero a Montecassino y después en el norte de Italia, en Bérgamo. Murió en Roma en 1577, enterrado a las pocas horas bajo una losa de piedra sin nombre, en la capilla familiar de los Ciocchi del Monte: nadie quiso siquiera rezar por él.
El otro sobrino: el que sí llevó con honor el hábito y enalteció su fe
Y aquí es donde la historia real vuelve a cruzarse con mi obra «Malta 1565». Porque los Ciocchi del Monte tuvieron, además del tristemente célebre Inocencio, un pariente más que hizo del apellido algo realmente digno de recordar: ese hombre fue fray Pietro del Monte, sobrino (este verdadero, no adoptado) de Julio III, veterano de la gran batalla de Rodas de 1522 contra los musulmanes otomanos y comandante del fuerte San Miguel durante el Gran Asedio islámico de 1565, y que tres años después llegaría a ser el 50º Gran Maestre de la Orden de San Juan.

Dos sobrinos, dos destinos: El uno enterrado -o mejor dicho escondido- sin nombre ni una sola oración, el otro enterrado con todos los honores en el magnífico pavimento de mármol de la concatedral de San Juan de Malta, envuelto en el manto magistral de la orden hospitalaria más antigua de la cristiandad. La historia, cuando se la deja hablar con la verdad, sin rodeos y sin las medias tintas del politically correct que tanto van de moda hoy en día, rara vez necesita que nadie la adorne.
Fuentes y referencias
- Francis A. Burkle-Young y Michael Leopoldo Doerrer, The Life of Cardinal Innocenzo del Monte: A Scandal in Scarlet (Edwin Mellen Press, 1997) — la biografía académica de referencia sobre Inocencio del Monte.
- Salvador Miranda, The Cardinals of the Holy Roman Church — Biographical Dictionary, «Consistory of May 30, 1550» (Florida International University).
- P. Messina, «Del Monte, Innocenzo», Dizionario Biografico degli Italiani, vol. 38 (Istituto della Enciclopedia Italiana, Roma, 1990).
- David S. Matrecano, Malta 1565 — El Gran Asedio de Malta (disposición táctica de Senglea y el fuerte San Miguel, mando de fray Pietro del Monte).
En este artículo no hay ninguna ficción
Todo lo relatado aquí — El adolescente mendigo, el enamoramiento del Papa Julio III, la adopción del chico por parte de un hermano del Papa, la concesión del cardenalato a un chaval adolescente utilizando por ello una edad ficticia decretada por el propio Papa, los apodos populares y los motes despectivos por su orientación sexual, el doble asesinato de Nocera Umbra, las acusaciones de violación, los varios destierros— está todo documentado en fuentes primarias de la época y en toda la biografía académica citada arriba. No hay en este artículo ni una sola licencia novelesca: la realidad, en este caso, ya superaba con creces la ficción y no necesitaba ninguna ayuda añadida.
Ibiza, agosto de 2026

