Imaginad a un hombre barbudo de setenta y un años, una edad a la que en el siglo XVI era casi inconcebible mandar un ejército, dirigiendo personalmente la defensa de una isla diminuta ubicada en todo el medio del Mediterráneo, contra el ejército más poderoso del planeta. Sin pedir cuartel, sin demandar tregua y sin pensar ni por un solo minuto en rendirse, con su espada en mano hasta el final. Ese hombre fue Jean Parisot de la Valette, francés de Quercy y Gran Maestre de la Orden de San Juan de Malta, y su gesta en el Gran Asedio de 1565 es una de las historias de liderazgo y coraje más impresionantes de toda la historia europea. Coged mi mano y acompañadme a conocer al abuelo de hierro cuyo apellido da hoy el nombre a la bonita Capital de Malta: La Valeta.
Una vida entera de guerras

Cuando estalló el Gran Asedio de Malta en 1565, Jean de la Valette no era ningún novato. Era un viejo veterano curtido en décadas de lucha contra el poder musulmán otomano que asolaba Europa y la piratería mora berberisca que aterrorizaba el Mediterráneo. Caballero de la Orden Militar de San Juan del Hospital de Malta (los famosos Caballeros Hospitalarios) desde joven, había dedicado su vida entera a la orden y a la guerra contra los mayores y más temibles enemigos de la cristiandad, los musulmanes. En especial los turcos del Gran Imperio Otomano, comandados entonces por el sultán Solimán I el Magnífico.
Su experiencia incluía un episodio durísimo que marca para siempre el carácter de un hombre: en 1541 había sido capturado en combate por el pirata Dragut Reis y había pasado alrededor de un año como esclavo en las galeras otomanas, encadenado a un remo. Conocía, por tanto, en su propia carne, lo que estaba en juego y a qué clase de despiadado enemigo se enfrentaba. Aquel cautiverio no lo quebró: lo endureció. Cuando fue elegido Gran Maestre de la Orden, ya era una leyenda viviente, respetado y temido a partes iguales.
Alarma: El enemigo llega a las puertas

En 1565, el sultán Solimán el Magnífico, el monarca más poderoso del mundo, decidió arrancar de cuajo la espina que suponían los Hospitalarios. Desde su base en Malta, los caballeros de la Orden de San Juan y sus siete galeras corsarias, -la Capitana, la Patrona y la Corona, junto con la Sant’Iago, la San Gabriel, la San Rafael y la San Juan-, tres de las cuales al mando del famoso y afortunado comandante cristiano Mathurin de Romegas (el que siempre llevaba un mini mono capuchino subido al hombro) hostigaban sin descanso las rutas marítimas turco-otomanas atacando y saqueando sus barcos más valiosos para darles a los musulmanes un poco de su misma medicina piratesca. La gota que colmó el vaso llegó en 1564, cuando Romegas capturó la mismísima Sultana, un riquísimo galeón turco en cuyas bodegas no solo viajaba un tesoro fabuloso, sino también varios pashás, gobernadores y hasta amigos personales del propio Solimán. Semejante humillación fue lo que hizo estallar definitivamente al sultán. Solimán envió contra la pequeña isla una armada y un ejército colosales: casi doscientas naves y decenas de miles de soldados, incluidos los temibles soldados jenízaros, la infantería de élite del Imperio y compuesta en su mayoría por ex niños cristianos raptados en sus correrías por pueblos y ciudades europeas y reconvertidos en soldados de élite y a la fe musulmana.
Y aquí una de esas paradojas que solo la Historia se atreve a firmar. Ya en vida, según cuenta el propio cronista Balbi, quien más presionaba a Solimán para arrasar Malta —una espina que llevaba años clavada— era su esposa Roxelana, la «sultana roja»: la mujer más poderosa que jamás pisó el harén otomano, que había entrado allí siendo una esclava cristiana capturada de niña en las tierras rutenas de la Corona polaca, y cuyo nombre de pila, según la tradición, era Aleksandra Lisowska. Se dice que al morir, en 1558, dejó incluso un enorme patrimonio destinado a financiar la empresa. Y su hija Mihrimah recogió el testigo: fue ella quien en 1565 instó a su padre a lanzar la conquista de la isla, llegando a ofrecerse a costear 400 naves de su propio bolsillo. Es decir: el empeño en aniquilar el último gran bastión cristiano del Mediterráneo brotó, madre e hija, de la sangre de una cristiana esclavizada. La Historia, ya se sabe, tiene un sentido del humor muy retorcido.
Frente a aquella fuerza descomunal, La Valette disponía de un puñado ridículo de defensores: unos pocos cientos de caballeros de la Orden y unos pocos miles de soldados españoles, italianos, ingleses, alemanes y civiles malteses. La desproporción era abrumadora, casi cómica. Algo así como 50 soldados musulmanes por cada 1 cristiano… Cualquier observador racional habría dicho que Malta ya estaba jodida y bien follada de antemano. Pero La Valette no era ningún observador racional: era un hombre de Fe dispuesto a morir antes que rendirse, y supo contagiar esa Fe en Dios y esa fría potente determinación a todos los que lo rodeaban.
El líder que siempre daba ejemplo

La grandeza de La Valette como líder no estuvo solo en su estrategia, que fue excelente, sino sobre todo en su ejemplo personal. No era un general que dirigía a los hombres desde la retaguardia segura. A sus setenta y pico años, La Valette estuvo siempre en la primera línea, recorriendo las murallas, consolando a los heridos y animando a los defensores, y en los momentos más críticos, empuñando él mismo la espada y el escudo y combatiendo cuerpo a cuerpo junto a sus hombres.
Las crónicas cuentan que, durante uno de los ataques más desesperados, cuando una posición clave estaba a punto de caer y los hombres flaqueaban, el propio abuelo de hierro tomó una pica y se lanzó en medio del combate en lo más reñido de la lucha y rodeado de tropas islámicas, resultando incluso herido en una pierna. Su presencia en el peligro, su negativa absoluta a ponerse a salvo en la fortaleza del Castel Sant’Angelo, electrizaba a los defensores. ¿Cómo iban a rendirse o a huir unos hombres que veían a su jefe septuagenario combatiendo en primera fila? El ejemplo de La Valette ya de por si valía como mil arengas y todas las palabras, sobraban.
Soldados, ¡¡¡Ni un solo paso atrás!!!

La férrea voluntad de La Valette se puso a prueba en el episodio más doloroso del asedio: la defensa del fuerte de San Telmo. Aquel fuerte ya estaba condenado por causa del abrumador número de enemigos y cañones que golpeaban el fuerte día tras día, y todos lo sabían, pero su resistencia era vital para ganar tiempo y acabar las obras defensivas del Burgo y de San Miguel. La Valette tomó la durísima decisión de sacrificar a su guarnición, exigiéndoles que resistieran hasta el último hombre para así sangrar y desgastar al enemigo. Cuando los defensores de San Telmo, conscientes de que iban a morir, pidieron ser evacuados, La Valette se negó: debían resistir, les explicó, por su Fe y por el bien general, y para salvar las vidas de sus familiares y amigos. Y resistieron, vaya si resistieron, hasta caer todos.
Aquella frialdad estratégica, terrible pero necesaria, salvó a Malta: San Telmo resistió las embestidas turcas mucho más de lo previsto, 31 días, y costó al enemigo un tiempo precioso y unas bajas altísimas del orden de 8000/10.000 hombres. Y entre esos miles de cadáveres otomanos hubo uno que a La Valette debió de saberle a gloria: el mismísimo Dragut Reis —el corsario que casi veinticinco años atrás lo había encadenado al remo de una galera— cayó reventado por la metralla al pie de las mismas murallas de San Telmo que se había empeñado en asaltar. El destino, cuando quiere, cierra sus círculos con una puntería perfecta. La Valette demostró que un buen líder a veces debe tomar decisiones desgarradoras por el bien del conjunto. Como cuando se vio obligado a sacrificar a todos los perros de la ciudad, cuyos ladridos continuos confundían y exasperaban a los vigías de guardia sobre las murallas. Y respondió a la guerra psicológica del enemigo con una dureza implacable, midiéndose en crueldad cuando hizo falta para no mostrar jamás debilidad.
¡¿El enemigo turco decapitó y descuartizó a decenas de los suyos y colgó los restos sobre cruces de madera que después tiró al mar?! Él respondió decapitando a todos sus prisioneros turcos y disparando después sus cabezas con los cañones al campo enemigo…
El hombre que probablemente cambió la historia de Europa

Contra todo pronóstico, Malta resistió. Tras casi cuatro meses de asedio infernal, diezmados por las bajas, las enfermedades y la llegada (por fin) de un ejército de socorro español desde Sicilia, los otomanos se retiraron derrotados. La pequeña isla y su anciano Gran Maestre habían detenido a la mayor potencia naval y militar de esa época. Fue una victoria con resonancia en toda Europa, que respiró aliviada al ver frenado el avance otomano en el Mediterráneo occidental.
En honor a su gesta, la nueva ciudad fortificada que se construyó en la isla tras el asedio recibió su nombre: La Valeta, hoy capital de Malta. Pocos hombres tienen el honor de dar nombre a una capital, y menos aún por una hazaña tan merecida. Jean de la Valette murió pocos años después, en 1568, dejando tras de sí una de las reputaciones militares más sólidas de toda la historia.
La figura de La Valette encarna como pocas el valor, el liderazgo y la determinación absoluta. Un anciano que, cuando el mundo entero daba por perdida su causa, decidió que con la ayuda de Dios, él, no se rendiría jamás y con su ejemplo arrastró a un puñado de hombres a lograr lo imposible. Si os ha fascinado, la gesta completa del Gran Asedio de Malta de 1565, con La Valette y todos sus protagonistas, la tenéis en mi libro «Malta 1565». Historia como nunca te la contaron.
Per Aspera, Ad Astra.
✠ David S. Matrecano
Ibiza, 14 de julio de 2026
Fuentes y referencias
- Francesco Balbi da Correggio, La verdadera relación de todo lo que el año de 1565 ha sucedido en la isla de Malta (1567), crónica de un testigo presencial del asedio.
- Contexto histórico: Orden de San Juan del Hospital, Gran Asedio de Malta (1565), Solimán el Magnífico, defensa de San Telmo, fundación de La Valeta.
En este artículo NO hay ficción
Los hechos —la trayectoria de La Valette, su cautiverio en galeras otomanas, su elección como Gran Maestre, la desproporción de fuerzas en el asedio de 1565, su liderazgo presencial en la primera línea, la durísima decisión sobre San Telmo, la victoria final y la fundación de la ciudad de La Valeta que lleva su nombre— están documentados en la crónica de Francesco Balbi da Correggio, testigo presencial, y en la historiografía general del Gran Asedio. Los comentarios y apreciaciones del narrador son parte de la voz artística y literaria personal del autor David S. Matrecano. La novela «Malta 1565» del autor es ficción histórica basada en estos hechos reales; este artículo se atiene a lo documentado.
