En una época de fanatismo religioso, crueldad y masacres perpetradas por ambos bandos, cristianos y musulmanes, surgió una figura inmensa que dejó asombrados a amigos y enemigos por igual: el Sultán Salah al-Din, más conocido en Europa como Saladino. El gran sultán que unificó (por un breve periodo) el mundo musulmán y reconquistó Jerusalén arrancándola por la fuerza de las manos cristianas. Y, sin embargo, ese hombre «del otro bando» por así decirlo, (me refiero al bando enemigo, no al bando gay), pasó a la historia, incluso en la memoria europea, como un modelo de caballerosidad, generosidad y honor. Tan grande fue su prestigio que los propios cristianos medievales, sus enemigos mortales, lo convirtieron en leyenda y lo admiraron. Acompañadme, queridos amigos, a conocer al adversario más noble y temido de toda la historia de las Cruzadas.
El ascenso al poder de un kurdo brillante
Saladino —cuyo nombre completo, para los amigos, era Salah al-Din Yusuf ibn Ayyub— nació hacia 1137 en Tikrit, en la actual Irak, y era de origen kurdo. Conviene subrayarlo, porque este detalle resulta delicioso: el héroe que el mundo árabe convertiría en símbolo eterno de su causa no era árabe. Era un kurdo, un extranjero y forastero, un hombre que no tenía sangre real, no descendía directamente del profeta Mahoma (como afirmaban entonces, y todavía afirman la mitad de reyes y gobernantes árabes), ni tenía derecho dinástico alguno para mandar sobre nadie. Todo lo que llegó a ser se lo ganó a pulso.
Y vaya si se lo ganó. Sirvió primero a otros señores, musulmanes como él, ascendió a la sombra de su tío Shirkuh, y cuando la fortuna lo depositó casi por accidente en el poder de Egipto, hizo lo que siempre hacen los hombres verdaderamente peligrosos: quedárselo y no devolverlo. Fundó allí su propia dinastía, los ayubíes, y desde el país del Nilo emprendió una tarea que, a cualquier otro, conociendo las feroces divisiones y los odios ancestrales que desde siempre dividen a chiíes y sunníes y a todo el mundo árabe en general, le habría parecido una locura: unificar el mundo musulmán bajo una sola bandera, la suya.
Porque ese es el detalle que películas y libros muy a menudo suelen olvidar, queridos amigos. El islam de Oriente Próximo no era en aquel siglo XII un bloque único, monolítico y temible, sino un mosaico de pequeños reinos rivales que se odiaban entre sí con un entusiasmo digno de la mejor causa, y que llevaban décadas demasiado ocupados apuñalándose por la espalda los unos a los otros como para preocuparse demasiado de esos cruzados cristianos francos instalados en Tierra Santa desde el 15 de julio de 1099. Saladino, con la paciencia y la meticulosidad de un relojero, y una mezcla calculada de guerra y diplomacia, fue cosiendo ese gran mosaico en un único gran tapiz en el que cabían los países y regiones que hoy en día conocemos como Egipto, Siria, Líbano, Israel, Jordania, Palestina y gran parte de Mesopotamia, región donde él mismo había nacido. Y cuando por fin tuvo un solo poderoso ejército bajo una sola mano, la suya, miró hacia Jerusalén. Los cruzados, que durante ochenta y ocho años habían prosperado precisamente gracias a aquella desunión entre moros, estaban a punto de descubrir lo que significaba tener enfrente, por primera vez, a un enemigo fuerte, unido y determinado.
Los Cuernos de Hattin: la trampa perfecta
La ocasión, o como se suele decir, el Casus Belli, se la sirvieron los propios cristianos en una bandeja de plata por causa de las malvadas acciones de un señor cruzado de nombre Reinaldo de Châtillon, (acuérdense bien de este nombre porque ese noble, francés, era el hijoputa más malvado y traicionero de la época); un auténtico demonio que llevaba años, desde su base en el castillo de Al Kerak en Jordania, atacando y saqueando impunemente con violencia brutal las caravanas de mercaderes y peregrinos musulmanes. Y todo esto lo hacía estando en vigor una tregua oficial entre los reinos cristianos y musulmanes. Incluso había tenido la osadía de lanzar una flota por el mar Rojo para amenazar las ciudades santas árabes de La Meca y Medina. Era, digámoslo abiertamente y sin rodeos, un tío avaricioso sin ningún honor, muy proclive a buscar la ruina suya y de los demás con sus propias manos.
De hecho, según se cuenta, Saladino, después de que Reinaldo secuestrara y matara a su hermana en uno de esos ataques traicioneros, había jurado por las barbas del «Brufeta» y por Alá decapitarlo con sus propias manos. Y Saladino no era hombre que jurase sobre esas dos divinidades en balde.
En julio de 1187 reunió un ejército imponente y maniobró para forzar la batalla en el terreno que él eligiera, no el enemigo. El rey de Jerusalén en ese momento, Guido (Guy) de Lusignan, una marioneta de hombre cuya principal cualificación para subirse a ese trono había sido la de casarse bien con la hermana del difunto rey leproso Balduino IV, cometió entonces un error estratégico gravísimo que los historiadores aún debaten si fue fruto de su total incompetencia militar o de pura mala suerte, (spoiler: lo primero). Resulta que el muy imbécil de Guido sacó a todo el ejército cristiano de sus sólidas posiciones de Séforis —donde tenían agua en abundancia— y lo lanzó a marchar a través de una meseta árida y abrasada por el sol, imagínate tú el puto calor que debía hacer en pleno julio allí en Palestina, para socorrer la sitiada ciudad de Tiberíades. No era una marcha larga —apenas una jornada, unos veinticinco kilómetros—, pero cada uno de esos kilómetros era de puro secarral sin una sola fuente de agua; y así cayó de pleno en el error mortal que Saladino quería.
Lo que siguió fue una obra maestra de crueldad estratégica. Bajo el implacable sol de julio, sin una sola fuente de agua disponible en el camino, los caballeros cristianos avanzaron envueltos en sus pesadas armaduras plateadas convertidas en hornos Bosch de convección hacia una sed que se convirtió en tortura. Los jinetes de Saladino, frescos e hidratados, los hostigaron sin descanso, les cortaron toda retirada por la retaguardia y, por si la sed y el cansancio fueran poca cosa, también prendieron fuego a la maleza seca para que el humo los ahogara y cegara. Al amanecer del 4 de julio, agotados, deshidratados y medio asfixiados, los cruzados divisaron a lo lejos las frescas aguas del lago de Tiberíades —pero no pudieron alcanzarlas. Junto a dos colinas llamadas los Cuernos de Hattin, el ejército del Reino de Jerusalén, atacado con fuerza por los jinetes arqueros y la infantería musulmana, se deshizo como un terrón de azúcar echado en agua hirviendo.
Fue una catástrofe total y sin paliativos. El ejército entero fue aniquilado. La Vera Cruz, es decir, la cruz de madera en la que (supuestamente) había sido crucificado Cristo 1187 años antes, la reliquia más sagrada de toda la cristiandad que los caballeros de Jerusalén llevaban al combate como talismán de protección divina, cayó ese día en manos musulmanas y se perdió para siempre, siendo echada, probablemente, en alguna chimenea del campamento militar árabe para preparar el cuscús con cordero de la cena.
El rey Guido y su hermano Amalarico, Reinaldo de Châtillon, el gran maestre de la Orden Templaria, Gerard de Ridefort, el marqués italiano Guillermo V de Montferrato y la flor y nata de la nobleza cruzada europea fueron hechos prisioneros. En un solo día abrasador, todo lo que ochenta y ocho años de cruzada habían construido en esas tierras quedó a merced de un solo hombre. La Tierra Santa estaba, de pronto, prácticamente indefensa.
La copa de agua helada aromatizada con esencia de rosas
Y aquí, amigos lectores, conviene detenerse, porque lo que ocurrió después en la tienda de Saladino tras la batalla es una de esas escenas que parecen escritas por un guionista de cine o un novelista, (les habla uno, así que sé de lo que hablo), y que, sin embargo, las crónicas musulmanas y cristianas confirman.
Trajeron ante el sultán a los dos cautivos principales: el tontorrón del rey Guido de Lusignan y el malvado Reinaldo de Châtillon, el saqueador de caravanas, el hombre al que Saladino había jurado matar. El rey Guido, demacrado por la sed, fue recibido con gran cortesía; de hecho, Saladino le tendió una copa de agua helada aromatizada con agua de rosas —el gesto sagrado de la hospitalidad, que entre los pueblos del desierto equivale a una garantía de vida. Guido bebió y, agradecido, le pasó la copa a Reinaldo.
Saladino observó la escena y dijo, con la calma de quien ya lo tiene todo pensado, que él no le había ofrecido de beber a Reinaldo. Una frase aparentemente menor, y sin embargo letal: porque si el vaso de agua no salía de su mano, el sagrado deber de la hospitalidad no aplicaba ni protegía a ese sucio saqueador de Reinaldo. Acto seguido le recordó, una por una, sus traiciones y fechorías: las caravanas asaltadas en tiempo de paz, las treguas rotas, la expedición contra las ciudades santas. Le ofreció, según algunas crónicas a las que yo personalmente no doy mucho crédito, la conversión al Islam y con ella la vida. Pero Reinaldo, que de todo se le podrá acusar menos que de cobarde, le respondió con un desprecio altanero. Saladino entonces se levantó, ordenó a sus guardias que lo pusieran de rodillas y lo mató allí mismo de un único sablazo de su cimitarra, cumpliendo así su juramento. A Guido, en cambio, lo perdonó, y pronunció la famosa frase que resume toda su grandeza: un rey no mata a otro rey. Reinaldo había recibido la muerte por ser un carnicero despiadado; Guido conservó la vida por monarca. Hasta en la ejecución de un enemigo, Saladino dejó constancia de un código moral.
La reconquista islámica de Jerusalén (sin masacre)
Tras Hattin, las ciudades cristianas de la región fueron cayendo una tras otra como fichas de dominó, y en octubre de 1187 llegó el premio supremo: Jerusalén. Casi noventa años después de que los cruzados la tomaran el 15 de julio de 1099 —con aquella matanza espantosa en la que, según los cronistas, la sangre corría por las calles hasta la altura de los tobillos—, la Ciudad Santa volvía a manos musulmanas. Todo el mundo, en ambos bandos, se esperaba una tremenda venganza. La ley de la guerra de la época la habría permitido y la memoria de la gran matanza de musulmanes de 1099 casi la exigía… Pero no la hubo. Y ahí está, en ese «no quiero que corra más sangre de civiles inocentes», la medida y la catadura moral del hombre Saladino.
Es más, el último defensor cristiano de la ciudad, Balián de Ibelín, advirtió a Saladino de que si no se les ofrecía un trato digno y la posibilidad de alejarse incólumes hacia el mar, los cruzados destruirían todos los lugares santos del islam que hay en Jerusalén, y que matarían a todos sus propios prisioneros árabes antes de caer. Saladino, que podía haber respondido con un asalto a sangre y fuego, prefirió negociar. Acordó una rendición y un rescate moderado por cada habitante, y luego —esto es lo que dejó atónita a la Europa cristiana— fue flexible con quien no podía pagar. Liberó a numerosos pobres sin cobrarles nada; se cuenta que él y su hermano al-Adil pagaron de su propio bolsillo el rescate de cientos de cautivos para que pudieran marcharse libres. Permitió a los cristianos abandonar la ciudad con sus bienes, garantizó después el acceso de los peregrinos a los lugares sagrados, y no derramó la sangre que tan fácilmente podría haber derramado. El conquistador se comportó mejor que los que un siglo antes habían rezado sobre los cadáveres. La ironía no se le escapó a nadie entonces, y no debería escapársenos ahora.
El duelo con el famoso Ricardo Corazón de León, el rey inglés protagonista del cuento de Robin Hood
La caída de Jerusalén sacudió a Europa como un terremoto y desencadenó la Tercera Cruzada, que trajo a Oriente a los monarcas más poderosos del continente. Entre ellos, el más célebre de todos: Ricardo Corazón de León, rey de Inglaterra, guerrero formidable y, hay que decirlo, vecino bastante incómodo. Y así se produjo uno de los duelos más legendarios de la historia: Saladino contra Ricardo, el caballero del islam contra el león de Occidente.
Se enfrentaron en el campo con una dureza tremenda —que nadie se engañe: aquello era una guerra, no un torneo de buenos modales— y, sin embargo, entre los dos enemigos nació un respeto mutuo que ha pasado a la leyenda. Las crónicas recogen anécdotas que, ciertas o adornadas, dicen mucho de la fama que ambos labraron. Que cuando el caballo de Ricardo cayó en combate, Saladino le envió dos cabalgaduras preciosas de regalo, porque no le parecía digno que un rey luchara a pie. Que cuando Ricardo enfermó de fiebres, el sultán le mandó fruta fresca y nieve de las montañas para refrescarlo, e incluso a su propio médico personal. Hubo negociaciones, propuestas de matrimonio entre sus familias para sellar la paz, mensajes corteses cruzados entre asalto y asalto. Dos hombres que se habrían matado sin pestañear en el campo y que, fuera de él, se trataban con una caballerosidad que fascinó —y desconcertó— a la Europa medieval.
Al final, ninguno de los dos pudo derrotar del todo al otro, y en 1192 firmaron una tregua sensata: los cristianos conservaban una franja de la costa, Jerusalén permanecía en manos musulmanas, y se garantizaba el acceso de los peregrinos, rigurosamente desarmados, a la Ciudad Santa. Ricardo se marchó sin haber recuperado Jerusalén; Saladino se quedó con ella, pero exhausto. Una paz de ajedrecistas que han comprendido, a la vez, que ninguno le dará al otro el jaque mate.
La leyenda del enemigo noble
Saladino murió en Damasco en 1193, pocos meses después de aquella tregua. Y aquí llega el último detalle, el que remata la leyenda: se cuenta que apenas dejó dinero suficiente para pagar su propio funeral, porque lo había repartido casi todo en limosnas, regalos y rescates. El hombre que había sido dueño de Egipto, Siria y Jerusalén —uno de los más poderosos de la tierra— murió prácticamente pobre. Hay quien acumula imperios; él acumuló gestos.
Pero lo verdaderamente asombroso no es cómo murió, sino cómo lo recordó su enemigo. En lugar de demonizarlo, como cabría esperar del adversario mortal del cristianismo, la Europa medieval hizo justo lo contrario: lo convirtió en modelo de virtud caballeresca. Apareció en poemas y leyendas, se le inventaron ancestros cristianos y hasta una ascendencia caballeresca imaginaria, y Dante, nada menos, lo colocó en su Divina Comedia no entre los condenados, sino en el Limbo, en compañía honrosa de los grandes espíritus virtuosos de la Antigüedad. Siglos después, Walter Scott lo haría protagonista admirado de El talismán, y Lessing lo convertiría en símbolo de la tolerancia en Natán el Sabio. Pocos enemigos en la historia han sido tan amados por aquellos a quienes derrotaron.
Y esa, queridos lectores, es la lección que Saladino nos deja, preciosa y rara como pocas: que incluso en medio del odio religioso y de la guerra más cruel, la nobleza, la generosidad y el honor pueden brillar; y que el respeto verdadero no se conquista con la propaganda, sino con los actos. Un enemigo que se hizo querer hasta por sus enemigos. No es poca cosa. No es poca cosa en absoluto.
Si desde siempre os ha fascinado el mundo de las Cruzadas de Oriente, con sus grandes figuras cristianas y musulmanas, lo encontraréis completo en mi saga de las Ocho Cruzadas. La Gran Historia de Occidente contada como nunca jamás te la contaron.
Per Aspera, Ad Astra.
Ibiza, 16 de junio de 2026