El 29 de abril de 1536, las naves corsarias musulmanas del pirata turco Jaireddin Barbarroja cayeron en masa sobre un pequeño pueblo de pescadores de la costa italiana de Calabria llamado Le Castella; pueblo que todavía existe hoy en día con el mismo nombre y está ubicado en la provincia de Crotone. Entre la gente que secuestraron, además de su presa habitual, mujeres jóvenes y bellas que venderían como esclavas sexuales en Estambul, Argel, Túnez o El Cairo, también había un muchacho de diecisiete años, hijo de un marinero pobre. Un chico normal y del montón que estaba a punto de entrar en convento para hacerse fraile.
Treinta y dos años después, aquel mismo chaval arrancado por la fuerza a su familia se convertiría en el rey de Argel. Y después de eso, en señor absoluto de Trípoli, y Túnez, y finalmente Gran Almirante de toda la flota turco-otomana; con tres mil esclavos a su nombre y una gran mezquita que también lleva su nombre, construida en Estambul por el mejor arquitecto del imperio. Ese chico se llamaba Giovanni Dionigi Galeni. Pero los turcos lo rebautizaron casi de inmediato como Uluch (o Uluç) Alí Fartax, y ahí hay dos palabras y dos historias. Uluch significa renegado, converso nuevo: el que ha cruzado la línea que separa el cristianismo del islam. Fartax, que es voz beréber y no turca, significa tiñoso, porque el chico padecía esa enfermedad fúngica del cuero cabelludo que probablemente contrajo por las condiciones higiénicas del cautiverio (todos nos imaginamos cómo de terribles debían de ser la suciedad y el trato, encadenados en aquellas naves galeras turcas). Los cristianos, y muy en especial los italianos, deformando su nombre turco, lo convirtieron en Uchalí u Occhiali, que en italiano significa gafas; hoy lo encontrarás escrito de muchas maneras según el libro o la enciclopedia que consultes: Uluj Alí, Uluç Ali, Uccialì o Euldj Ali. Y el mote con el que ha pasado a la literatura española se lo puso Miguel de Cervantes en persona, juntando las dos palabras en una sola frase: Alí el renegado tiñoso.
El pueblo, el padre y el cura que no fue
Giovanni nació en 1519 en Le Castella, una aldea de pescadores del golfo de Squillace, en Calabria, entonces territorio del reino de Nápoles y por tanto de la corona española. Su padre, Birno Galeni, era marinero. Su madre, Giuseppa "Pippa" de Cicco, campesina. En el sur de Italia, a los que se llaman Giuseppe o Giuseppa, se les suele poner el apodo Pippo o Pippa.
Y aquí está el primer detalle que cambia el color de toda la historia: el joven Giovanni Dionigi estaba a punto de entrar en un convento para hacerse fraile dominico. Su padre lo había destinado a la carrera eclesiástica para quitar de la casa un peso y una boca más que alimentar y garantizarle al chico un porvenir.
Pongámoslo en perspectiva, porque en la Calabria del siglo XVI, pobre y subdesarrollada, eso no era solo devoción: era estrategia familiar. Para el hijo de un pescador pobre, la Iglesia era el único ascensor social existente. Estudiar, aprender a leer y escribir y hablar en latín, salir finalmente del mar y escapar de la miseria.
Aquel plan duró hasta la mañana del 29 de abril de 1536, cuando aparecieron en el horizonte de Le Castella las galeras piratas de Jaireddin Barbarroja, el corsario musulmán más poderoso del Mediterráneo y almirante favorito del sultán turco Solimán el Magnífico, el hombre que en ese momento reinaba sobre el gran imperio otomano.
El muchacho fue capturado por Alí Ahmed, uno de los capitanes de Barbarroja. Y casi de inmediato, tras ser vendido a Jafer Reis, un capitán corsario propietario de varias galeras pirata, lo encadenaron a un remo por ser joven y bastante vigoroso. Sin embargo, este autor cree que pudo haber influido en que fuera vendido precisamente a Jafer Reis y no a otro pirata, porque este hombre, al parecer, también era un calabrés como Giovanni. Capturado años antes en Italia por los piratas musulmanes, se había convertido al islam para escapar de la esclavitud y con sus habilidades, había hecho una gran fortuna en Estambul, la ciudad antiguamente conocida como Constantinopla. Sea como sea, nuestro aspirante a fraile acaba encadenado al remo de una galera de Jafer.
Catorce años sentado en el banco de remadores
Y aquí es donde conviene detenerse, porque esta es la parte que ningún resumen tipo Wikipedia, ni otras publicaciones más prestigiosas, nunca cuentan bien. Ya sea por querer siempre ser equidistantes y politically correct a toda costa, o bien por temor a ofender y quedar mal con alguien contando la cruda verdad.
Pues, todas las pruebas históricas y los testimonios de la época apuntan a que un esclavo cristiano galeote caído en manos de los musulmanes —e igualmente un musulmán caído en manos cristianas— no era un simple preso. Era una pieza prescindible de la maquinaria bélica del imperio otomano. Un objeto que vivía encadenado a un banco de madera de tres o cuatro metros y comía lo poco que le echaban. De hecho, durante las campañas navales piratescas a lo largo y ancho del Mediterráneo, campañas que podían durar semanas o incluso meses, el cautivo dormía donde remaba y hacía sus necesidades ahí mismo donde estaba sentado. Y cuando ese sádico mal parido e hijoputa del cómitre —el capataz de los remeros— marcaba el ritmo de boga a golpe de gritos, tambor y látigo, el esclavo europeo remaba hasta que se desmayaba o moría.
Y todo esto sin mencionar el pequeño detalle de que esos hombres, encadenados juntos a un remo durante largos periodos de tiempo, se pasaban piojos, ladillas, hongos, viruela, peste bubónica, lepra, tifus, fiebres, neumonía, disentería y, cómo no, la tiña que padecía Giovanni, los unos a los otros.
Así las cosas, esos hombres que en verano se asaban y en invierno se congelaban, al final enfermaban y morían. Y si el barco se hundía por un ataque o una tempestad, pues doble mala suerte: el esclavo galeote se hundía con él porque iba encadenado y ningún turco otomano o pirata del norte de África se tomaba la molestia de liberarlos antes del hundimiento.
La esperanza de vida encadenado al banco de una galera se contaba en meses o incluso, a veces, en semanas.
Y sin embargo, el joven calabrés Giovanni Dionigi Galeni resistió catorce años.
Catorce, nos dice Miguel de Cervantes, y esa es la cifra oficial que ha pasado a la historia. Los historiadores modernos, y yo mismo, la rebajamos bastante porque la brillante carrera naval posterior de nuestro hombre, ya como hombre libre, nos obliga sí o sí a comprimir esa cuenta, y hay quien la deja en cuatro o cinco años, que es lo más natural y probable. Pero ninguno discute lo esencial: fueron años, en plural, no meses. Y aguantó hasta donde casi nadie aguantaba. Yo voy a usar la cifra que nos da Cervantes, porque es la que todos conocen y porque él mismo la oyó contar durante su cautiverio en Argel a gente que había conocido personalmente a este italiano.
Y Giovanni Dionigi no remó en cualquier galera, sino en la galera de su amo Jafer Reis, el mismo hombre que, tiempo después, con Giovanni ya libre, rico y famoso como capitán corsario, se convertiría en su suegro al casarse el joven exesclavo con su hija.
Pero en 1538, dos años después de su captura y siendo todavía un cautivo cristiano, participó en la batalla de Préveza —la gran victoria naval del pirata Barbarroja contra la Liga Santa, la que consolidó el dominio otomano del Mediterráneo durante al menos una generación. Es decir: aquel muchacho calabrés estuvo presente en una de las batallas navales más decisivas del siglo, encadenado a un remo y remando a favor del enemigo de su patria y de su fe, sin poder ver nada de lo que ocurría ahí arriba.
Ganaron los suyos. Los que lo tenían encadenado, quiero decir.
El bofetón que lo cambió todo
Y llegamos al momento que explica todo, y que conocemos por una fuente realmente extraordinaria, el Quijote del gran escritor español Miguel de Cervantes Saavedra.
Durante aquellos años de cautiverio, Giovanni se negó a convertirse al islam porque, qué diantres, él había estado a punto de ser cura en el seno de la fe católica, la fe de sus padres y de sus antepasados: no iba ahora a renegar de ella para hacerse musulmán. Aguantó de todo —el remo, el hambre, la sed, el látigo, los gritos, las torturas, las enfermedades, el sol y el hielo— siendo cristiano, cuando bastaba con pronunciar una sola frase, la Shahada, para dejar de serlo: «Ash-hadu an la ilaha illa Allah, wa ash-hadu anna Muhammadan rasulu Allah». En español: «Atestiguo que no hay más dios que Alá, y atestiguo que Mahoma es el mensajero de Alá». Porque el renegado cristiano que abrazaba el islam dejaba de ser carne de remo y su condición mejoraba notablemente y de golpe —pues, renegar de la fe cristiana era la puerta de salida más fácil y usada de todo el Mediterráneo.
Pero él se pasó todos esos años diciendo que no. Cuando en Italia decimos que los calabreses son fuertes, orgullosos y muy, muy tercos, exactamente a esto nos referimos.
Y un buen día pasó algo: un musulmán le partió la cara de una gran bofetada delante de todo el mundo. Eso fue todo lo que Giovanni necesitó para decidirse a dar el salto al otro lado de la barricada. Ni la tortura, ni el hambre, ni la desesperación pudieron doblegarlo. Pero esa humillación infligida por ese hombre en concreto y delante de todos, obró el milagro de hacerle cambiar de idea y convertirse para poder vengarse.

¿Dónde ocurrió exactamente todo aquello? No lo sabemos al 100%, pues, aquí la historia se bifurca en dos escenarios igual de plausibles. Os voy a contar los dos porque quiero que sea el lector el que decida. Aunque yo lo tengo bastante claro y tengo mi opinión formada desde hace años.
En el primer escenario, que para mí es el más probable por una mera cuestión de tiempos, la bofetada se la da un levente, es decir un marinero turco a bordo de la galera, con Giovanni todavía encadenado al banco de remadores. En el segundo, que supuestamente ocurre algunos años más tarde en tierra, la hostia la recibe en casa de su amo Jafer Reis, y quien se la pega no es un turco, sino otro italiano, un sirviente napolitano convertido al islam. Los dos escenarios funcionan y los dos acaban igual. Empecemos por el de a bordo.
Escenario primero: la escena que nadie, salvo Giovanni, presenció ni escribió
Aquí voy a hacer una cosa que a veces suelo hacer en este blog para facilitar la comprensión. Pues, todo lo que viene ahora es un diálogo que me he inventado. Es de ficción, pero no creo que vaya muy desencaminado en él.
Ningún cronista estaba sentado en aquel banco. Nadie tomó nota. Lo que tenemos son dos únicas frases de Cervantes y una hipótesis de su biógrafa moderna italiana. Pero yo conozco lo bastante bien las mecánicas punitivas de una galera, la durísima legislación islámica sobre esclavitud y la cabeza de un calabrés —pues, soy hijo de una siciliana y de un campano, regiones que están justo al lado de Calabria— como para no saber reconstruir lo que allí tuvo que pasar.
Poneos cómodos, sentaos en el quinto banco de estribor de esa galera y mirad lo que sucede en el cuarto banco de babor. El ambiente apesta a brea, a vómito, pis y excrementos, y a otra cosa aún peor, ¡apesta a muerte! dado que hay varios remeros ya fallecidos todavía atados entre los vivos. Es mediodía y hace un calor que abrasa cuando un levente, un marinero turco llamado Mehmet, caminando por el pasillo central tropieza, por pura torpeza suya, con las cadenas de un prisionero italiano encadenado en el extremo interior del cuarto banco de la izquierda. Prisionero al que el turco lleva días humillando y maltratando. Sabéis de qué hablo, ¿no?: de una de esas antipatías personales y de piel que no necesitan de causas reales o específicas para surgir. Giovanni simplemente le cae mal, y como él es turco, es el que tiene el látigo, la ley y la religión de su parte, se da el gusto de pegarle, gritarle y humillarlo a diario delante de todo el mundo con cualquier pretexto posible.
Así que después de tropezar, el turco le mete una gran bofetada en la cara a Giovanni delante de doscientos hombres y le grita en su lengua: "Orospu çocuğu gâvur! Zincirlerinin nereye düştüğüne dikkat et!" (¡Hijo de puta infiel! Vigila por dónde caen tus cadenas.) Y se va riendo.
Giovanni Dionigi, que a estas alturas no es ningún gigante —el remo no cría gigantes: cría hombres secos, todo tendón y fibra, con las manos convertidas en poderosos garfios—, ni siquiera se lleva la mano a la mejilla. Se queda quieto y callado, con las palmas todavía cerradas sobre el remo, mirando con odio asesino la espalda del maldito turco que se aleja.
—No vaddari accussí Giuanni. Abbassa l'uocchi —No lo mires así, Giovanni. Baja los ojos— susurró una voz siciliana procedente del banco de atrás—. Si dru sadicu di Memmet ti vidi, t'menti nten'mpicci —Si ese sádico de Mehmet te ve, te metes en un lío.
El que hablaba era un remero del banco de atrás. Un viejo de Mesina nacido Carmelo La Spada, que llevaba ya doce años bogando y once haciéndose llamar Hasán: pues este hombre se había convertido al islam un año después de su captura, y ahora remaba como buenaboya, es decir como hombre libre con contrato y salario.
—U sintisti acchistuu, Cammelu? —le dijo Giovanni—. Lu gran cunnudu e sbiru tuccu mi dissi figghi-i-buttana, e cu me madri nuddu se metti. Me madri travagghia a tera, non faci a buttana. (¿Le has oído a este, Carmelo? Ese gran cornudo y esbirro turco me ha llamado hijo de puta, y con mi madre nadie se mete. Mi madre trabaja la tierra, no hace de puta.)
—Giuannuzzu miu, tu t'á cammari... Chiddu è nu fetusu e figghiu-i-bona madri, però iddu è tuccu e mussummanu, e tu si sulu nu schiau cristianu... (Juanito mío, te tienes que calmar. Ese tío es un sucio hijo de puta apestoso, pero él es turco y musulmán, y tú solo eres un esclavo cristiano.)
—Cammelu, ascuta a'mmia: a stu gran figghi-i-sugaminchia, u'mmazzu. Tuu giuru. (Carmelo, escúchame bien: a este hijo de una soplapollas lo mato. Te lo juro.)
El viejo mesinés se rio nervioso y sin ganas. Las palabras que se estaban diciendo en aquella estiba eran muy graves y podían costar las vidas de ambos.
—Cettu, cettu, Giuanni, e comu no. (Claro, claro, Giovanni, cómo no.) Prima chi tu a chiddu u tocchi cu na sula manu, iddi, i tucchi, ti tagghiano i mani, i pedi, i ricchi e u nasu... (Antes de que tú a ese lo toques con una sola mano, ellos, los turcos, ya te habrán cortado manos, pies, orejas y nariz.) —añadió Carmelo.
Y siguió: Nu schiavu cristianu com'attia, mai e poi mai pote tuccari a nu mussummanu. Figghiu meu, tu u sai megghiu i mia chi è proibbidu. Ye na cosa inutili, è com'annari a'mmiscarici o' mari... (Un esclavo cristiano como tú jamás, jamás puede ponerle la mano encima a un musulmán. Hijo mío, tú lo sabes mejor que yo, que está prohibido: es una cosa inútil, es como ir a pegarle una paliza al mar.)
Giovanni y Carmelo siguieron hablando en su dialecto un buen rato más, pues siciliano y calabrés son idiomas casi idénticos e intercambiables. Os lo traduzco ya, porque lo que viene ahora es un hombre sabio explicándole a otro cómo funciona el mundo.
—Y ahora escúchame muchacho, que esto no te va a gustar —le dijo Carmelo—. Desde su punto de vista, y desde el punto de vista de la ley turca, ese hombre ni siquiera te ha ofendido. Para ofender a un hombre, primero hay que reconocerlo antes como hombre igual. Y tú aquí no lo eres: eres un objeto, un esclavo, una propiedad. Por eso te ha abofeteado y te ha apartado, como se apartaría a un perro o a una cuerda.
Giovanni siguió mirando el punto de la crujía por donde el otro había desaparecido.
—¿Entonces dices que no hay nada que hacer?
—Yo no he dicho eso. —Carmelo se inclinó hacia él—. He dicho que un cristiano no puede atacar a un musulmán. Pero hay una puerta, siempre la ha habido, y tú la conoces igual que yo porque te la han enseñado durante catorce años y durante catorce años tú has dicho que no.
—¡No lo digas y ni lo sueñes!
—No hace falta que yo lo diga en voz alta. Porque ya veo que lo estás pensando tú mismo. —El viejo bajó la voz—. Escúchame bien, que esto no te lo va a explicar el imán. Ahí fuera no eres un hombre: eres una cosa de otro. Una cosa no se venga, muchacho, se rompe y se sustituye. Pero un creyente sí. Un creyente puede exigir satisfacción a otro creyente. Puede mirarlo a los ojos. Puede pedirle cuentas.
—¿Y mi alma? ¿Y Dios Padre Omnipotente?
—¿Dios y tu alma dices? —Carmelo tardó un rato en contestar—. Tu alma lleva catorce años atada a un banco de madera, muchacho, y aquí abajo no han bajado ni Dios ni nadie, a buscarla. Yo también me hice la misma pregunta. Tenía tu edad. Y ¿sabes qué he aprendido en veinte años de remo? Que el mar no distingue una oración de otra. Que los que le rezan a Alá y los que le rezan a Jesús, sufren, sudan, bogan y mueren todos al mismo compás, y cuando la galera se va al fondo del mar, se van todos juntos, algunos encadenados, otros no.
Giovanni no respondió.
—Piénsalo esta noche —dijo el viejo—. Y si mañana sigues queriendo matarlo, no lo hagas siendo un esclavo. Hazlo siendo su igual. Es la única forma.
Aquella noche Giovanni Dionigi Galeni, hijo de Birno el marinero y de Pippa la campesina, natural de Le Castella, que había de ser sacerdote, no pegó ojo.
Y al amanecer pidió hablar con el capitán que también ejercía de imán del barco para recitar delante de él esa frase de la Shahada y comprometerse de por vida con Alá y Mahoma.
Renegó. No por miedo ni por conveniencia económica o convicción religiosa. Lo hizo solo para poder devolver el golpe al turco y matarlo, cosa esta que hizo el mismo día.
Fin de la escena inventada. Ahora volvemos a lo documentado —y al segundo escenario.
Escenario segundo: la casa de Jafer Pashá
La tradición italiana y la biografía moderna de la historiadora italiana Mirella Mafrici sitúan el episodio de la bofetada algo más tarde, cuando Galeni ya había pasado del remo al servicio doméstico en casa de su amo Jafer Pashá. Durante un altercado, dice esa versión, Giovanni mató de un solo puñetazo al hombre que lo había abofeteado. Y ese hombre no era un turco, era otro esclavo. Al parecer, un camarero napolitano.
El que ya había cruzado
Detengámonos aquí, porque este detalle lo cambia todo y merece que razonemos juntos.
Las fuentes dicen «esclavo napolitano» y no añaden nada más. Pero la lógica del episodio obliga a una sola y única conclusión: que aquel hombre tenía que estar ya convertido al islam.
Y el razonamiento es muy sencillo. Si el ofensor hubiera sido un cristiano cautivo como él, Giovanni no habría necesitado renegar de su fe para nada. Los esclavos, como todos bien podemos imaginar, se peleaban entre ellos a diario y eso era un mero asunto de disciplina doméstica en manos del amo, no de la ley religiosa. El mecanismo legal de que —«un cristiano jamás puede ponerle la mano encima a un musulmán, y menos aún matarle»— solo se activa y muerde si el otro era musulmán.
Y aquí conviene deshacer un error muy extendido: convertirse al islam, muchas veces no liberaba automáticamente al cautivo. En la práctica berberisca y otomana, el renegado mejoraba muchísimo su condición y tenía la libertad mucho más cerca, pero podía seguir años en servidumbre hasta saldar su deuda con el amo que por él había pagado dinero en el mercado de los esclavos. Por eso las fuentes pueden llamarlo «esclavo napolitano» sin que eso diga una sola palabra sobre su fe —exactamente igual que Cervantes llama «renegado veneciano» a Uluch Hasan Pashá, un italiano que llevaba ya media vida siendo musulmán y que fue gobernador y virrey de Argel años después que él.
Así que, este es el escenario, dos italianos del sur sumidos en el mismo infierno. Uno ya había cruzado la línea. El otro llevaba catorce años negándose a cruzarla. Y fue justo el que ya había cruzado la línea el que le pegó al que no.
Fijaos en el mecanismo, porque es viejo como el mundo y no ha cambiado nada: el converso, el recién llegado, siempre necesita demostrar constantemente a sus amos de qué lado está, y la forma más barata y visible de demostrarlo es ensañarse con odio con los que antes fueron los suyos. Y no con el enemigo.
No lo digo yo. Lo dice el propio Cervantes. Y no de oídas sino después de pasarse cinco años prisionero en Argel en manos del renegado veneciano Hasan Pashá, cuyo verdadero nombre era Andrés Celeste y en cuyas manos el escritor español cayó.
Miguel de Cervantes escribió que ese Beylerbey (virrey) veneciano era —parafraseando— el demonio más malvado, hijoputa, sádico y cruel que jamás se había visto sobre esta tierra.

La escuela de Dragut
Sea como sea, una vez libre —o al menos ya no siendo carne de remo—, Giovanni-Alí se hizo corsario. Hacia 1541 ya navegaba en la flota de Dragut Reis, el marino más temido del Mediterráneo, del que ya hablé en otro artículo de este blog.
Y aquí es donde las cuentas de Cervantes no cuadran, como os avisé más arriba: si como es seguro lo capturan en Calabria en 1536 y en 1541, cinco años después, ya está navegando como hombre libre con Dragut, los catorce años de remo que dice el Quijote no caben.
Su carrera siguió el camino clásico del corsario que sabe lo que hace: primero compró una participación en un bergantín que salía de Argel, después consiguió botín suficiente para ser dueño y capitán de su propia galera, y acabó teniendo fama de ser uno de los reis más audaces de toda la costa berberisca.
En 1565 apareció en Malta. Las crónicas del Gran Asedio —las mismas que manejo en Malta 1565 · El Gran Asedio de Malta— anotan su llegada el 27 de junio con cuatro buques corsarios y seiscientos combatientes leventes.

Y cuando su maestro Dragut murió por el impacto de un proyectil de su propia artillería, fue Uluch Alí quien recibió del sultán el virreinato de Trípoli en su lugar. Partió el 25 de julio con quince galeras, llevando dos cosas a bordo: el cadáver de Dragut, para enterrarlo en su ciudad, y la orden de los pashás de enviarles a Malta toda la pólvora y las municiones de Trípoli que Dragut, en vida, se había negado a entregarles.
De ahí, su ascenso es imparable. En 1568 es nombrado Beylerbey de Argel —es decir, virrey. En enero de 1570, se apoderó de Túnez, marchando por tierra con unos cinco mil hombres y expulsando al anterior rey Hamid.
En treinta y cuatro años había pasado de estar encadenado a un remo a gobernar toda la costa norte de África.
La Batalla de Lepanto: cómo salir airoso de una batalla perdida
El 7 de octubre de 1571, en el golfo de Patras, se libró la batalla naval más famosa del siglo XVI y la mayor derrota de la historia otomana.
Uluch Alí mandaba el ala izquierda de la flota del sultán, y fue la única en lograr volver a Constantinopla (Estambul). Enfrente tenía al genovés Gian Andrea Doria, sobrino nieto del gran almirante Andrea Doria, uno de los mejores marinos de la cristiandad.
Y mientras el centro otomano se desmoronaba y mataban a su comandante en jefe Alí Pashá —cuya cabeza acabó exhibida en una pica—, el calabrés hizo lo único que se podía hacer: mantuvo su escuadra unida.
Maniobró mejor que Doria. Rompió la línea cristiana. Y capturó la pieza más simbólica de todo el día: la nave Capitana de los Caballeros de Malta, con su gran estandarte. La misma Orden que seis años antes lo había rechazado en Malta.

Cuando la derrota fue evidente, él no se hundió con el resto ni se dejó apresar. Cortó el cable de remolque de la nave capitana maltesa que llevaba —renunciando así al trofeo material para salvar sus barcos— y sacó a su escuadra y sus hombres del desastre. Por el camino hacia Constantinopla fue recogiendo galeras dispersas y supervivientes.
Llegó a la capital del imperio con ochenta y siete naves.
Más de ciento treinta barcos otomanos habían sido capturados o hundidos aquel día. Él apareció ante el sultán Selim II no como un derrotado que huye, sino como el hombre que había salvado lo que quedaba de la flota. Y le entregó el gran estandarte de los Caballeros de Malta.
El sultán le concedió entonces el título honorífico de Kılıç —Espada—, y el 29 de octubre de 1571, veintidós días después de la mayor catástrofe naval de la historia otomana, lo nombró Kapudán Pashá: Gran Almirante de toda la flota del imperio.
A partir de ese momento, el hijo del pescador de Le Castella dejó de llamarse Uluch Alí (Alí el renegado) y se llamó definitivamente Kılıç Alí Pashá. Alí la Espada.
El milagro logístico
Lo que hizo después es, técnicamente, más impresionante que Lepanto.
En Europa se celebró durante meses que el poderío naval otomano estaba destruido para siempre. Se cantaron tedeums, se pintaron cuadros, se acuñaron medallas.
Kılıç Alí Pashá, sin embargo, se puso a trabajar. Y en menos de un año reconstruyó la flota entera.
No se limitó a copiar lo perdido: mejoró el diseño. Ordenó construir naves más pesadas inspiradas en las galeazas venecianas —las que habían destrozado a los otomanos en Lepanto—, artillería más potente para las galeras y armas de fuego para la infantería embarcada.

En junio de 1572, apenas ocho meses después del desastre, se hizo a la mar con doscientas cincuenta galeras y una nube de embarcaciones menores para buscar la revancha. Encontró a la flota cristiana fondeada en la Morea, en la península griega del Peloponeso, y trató de sacarla a mar abierto con acometidas rápidas y sucesivas. No lo consiguió: los cristianos, escarmentados al revés, fueron demasiado prudentes para dejarse envolver.
Pero el mensaje quedó claro. Lepanto no había cambiado casi nada. El imperio otomano seguía siendo dueño del Mediterráneo oriental, y en 1574 recuperó Túnez quitándosela a los españoles.
Kılıç Alí siguió siendo Gran Almirante hasta su muerte, el 21 de junio de 1587, en Estambul. Dieciséis años en el cargo.
La mezquita del exesclavo
Con el dinero, la influencia y el poder que tenía como Kapudán Pashá, encargó al mayor arquitecto otomano, Mimar Sinan, construir un gran complejo religioso en el barrio de Tophane, en Estambul.
La mezquita de Kılıç Alí Pashá todavía existe y se puede visitar. Sinan rellenó de rocas la costa contigua al estrecho para levantar allí, junto al mar, un conjunto que incluyera una escuela coránica o madrasa, un baño público con hammam y una gran fuente que se sigue admirando por su elegancia.
Y hay una tradición sobre su construcción que, verdadera o no, dice mucho sobre cómo se le recordaba: se cuenta que, habiendo sido él mismo cautivo, se ocupó de que los prisioneros que trabajaron en la obra fuesen siempre bien tratados con justicia y humanidad.
Giovanni está enterrado allí, en Tophane.
Pero lo que de verdad cierra esta historia no es la mezquita, es el hecho de que junto a ella mandó levantar una nueva aldea a la que puso por nombre La Nuova Calabria. La Nueva Calabria.
Y cuando murió, en junio de 1587, se lo dejó todo a sus esclavos.
Dicen que nunca volvió a Le Castella —salvo que sea cierta la leyenda que, siendo ya almirante, hizo un viaje clandestino a la costa calabresa con el único propósito de volver a abrazar a su madre. Que desembarcó de noche, sin ejército, sin banderas y sin corsarios. Solo para verla. Y que Pippa de Cicco, campesina, viuda de un marinero pobre, lo maldijo por las decisiones que había tomado y por haber abandonado la fe cristiana. No hay un solo documento que lo sostenga. Pero como tragedia es perfecta. Y es por eso por lo que en Calabria llevan cuatrocientos años contándola. En la plaza mayor de Le Castella hay un busto suyo, y en Isola di Capo Rizzuto (el municipio calabrés al que pertenece Le Castella) hay una plaza que lleva su nombre: Piazzetta Uccialì.

Su propio pueblo, al final, acabó reclamándolo como siempre se reclaman los hijos que, de un modo u otro, se han hecho importantes: poniéndoles una estatua.
Fuentes y referencias
- Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Primera parte, cap. XL —la Historia del Cautivo.
- Francesco Balbi da Correggio, La verdadera relación de todo lo que el año de 1565 ha sucedido en la isla de Malta (1568).
- Mirella Vera Mafrici, Uccialì. Dalla Croce alla Mezzaluna. Un grande ammiraglio ottomano nel Mediterraneo del Cinquecento (Rubbettino).
- Gustavo Valente, Vita di Occhialì (Ceschina, Milán, 1960).
- Fernand Braudel, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II.
- Svat Soucek, «'Uludj 'Ali», en The Encyclopaedia of Islam, Brill.
Per Aspera ad Astra
David S. Matrecano
Ibiza, agosto 2026

