Llevo muchos meses metido en esta historia, y cuanto más me documento sobre el tema, más me convenzo de que la que nos contaron en cine, pelis y libros no se parece casi en nada a la que ocurrió de verdad. De ahí sale este artículo, y de ahí saldrá también mi nuevo libro: Antonio y Cleopatra — Sexo · Sangre · Amor · Muerte, cuyo subtítulo secundario es: el gran amor que incendió un imperio. La portada que veis aquí al lado es mi favorita, con su guiño a Hollywood y a los ojos violeta de Elizabeth Taylor, la actriz más recordada en el papel de la reina egipcia en la película americana de 1963; pero la última palabra sobre la nueva portada no la tengo yo, la tenéis vosotros, lectores. Al final del artículo os explico cómo.

Todos tenemos grabada en la mente la escena: los dos amantes muertos, abrazados en la torre del mausoleo de ella en Alejandría, una cesta de higos, la serpiente cobra merodeando por ahí, el veneno compartido, las doncellas de rodillas llorando y ese gran amor que va más allá de la muerte. The End — Telón — Aplausos.
Pues no. No ocurrió así. Y la verdad verdadera, la del minuto a minuto, es infinitamente mejor que la ficción de Hollywood.
Primer mito a desmentir.
Entre la muerte de Marco Antonio, ocurrida en Alejandría el 1 de agosto del año 30 antes de Cristo, y la de Cleopatra, ocurrida en esa misma ciudad el 10 de agosto, pasaron nueve días. Nueve largos días en los que ella siguió viva, negociando, calculando, prisionera del hombre que acababa de destruirlos a los dos. Nueve días que Hollywood ha borrado del guion porque le estropeaban el final romántico, y que son, con diferencia, lo más extraordinario de toda la historia.
Y no es la primera vez que el cine comprime el tiempo hasta deformarlo a su antojo. Entre la toma de la Bastilla y la guillotina de Luis XVI y María Antonieta pasaron cuatro años, no una tarde. Vercingétorix se rindió en Alesia y se pasó seis años pudriéndose en un pozo bajo el Capitolio antes de que lo estrangularan. Una película dura dos horas: hay que juntar los acontecimientos y dar a entender que fueron consecutivos. Aunque no lo fueran.
Vamos a reconstruirlos juntos. Y de paso, a derribar otras mentiras sobre Antonio y Cleopatra que llevan dos mil años en pie.
Nueve días: lo que pasó de verdad en Alejandría
1 de agosto del año 30 antes de Cristo. Alejandría ha caído. Cleopatra se encierra en su mausoleo con sus tesoros y con las dos únicas personas en las que confía —sus doncellas Iras y Cármion— y hace correr el rumor de que ha muerto. No está claro si por táctica, por desesperación o por las dos cosas.

A Antonio le llega la noticia traída por uno de los eunucos de la corte y hace lo único que un general romano de su clase debe hacer ante la derrota: arrojarse sobre su propia espada y traspasarse el corazón. Lo hace. Y falla. Solo se agujerea las tripas. Un general con treinta años de campañas militares sobre sus hombros yerra el único golpe que no debería haber fallado jamás: se abre el vientre, sangra muchísimo, pero no muere. Y aquí es cuando otros dos sirvientes del mismo gremio del anterior le traen al general la noticia de que no, que ha sido todo un error, un trágico malentendido, y que ella todavía está viva…
Ahora, si me dejáis, me voy a permitir una licencia. Las fuentes nos cuentan con detalle todo lo que Antonio hizo aquel día, pero ninguna recoge lo que pensó o pudo decir. Así que me lo imagino yo, con un toque de humor macabro:
«Pero… me cago en la puta. ¿Qué coño acaban de decir estos dos mariconazos eunucos recién llegados? ¿Que Cleopatra está viva? Aquí habría que mandar a tomar por culo a todos los dioses de Roma, de Egipto y del planeta entero. Vaya cagada me han hecho cometer los dioses y ese otro afeminado que ha venido antes a traerme la fake news de su muerte. Me he abierto la barriga. ¡Como un gilipollas! Y ahora estoy sangrando como un cerdo en el matadero; todo para nada… Y mientras tanto ella, seguro que se está tomando el aperitivo de las seis en la terraza grande con Cármion e Iras. Seguro que se estarán bebiendo, para joderme, ese vinito dulce Zibibbo de Sicilia que tanto le gusta… Pero a Cleopatra yo la amo más que a mi propia vida, así que, de un modo u otro, voy a por ella.»
Y si no pensó precisamente esto, pues seguro que fue algo muy parecido.
Lo que viene después no es la escena romántica que nos ha pintado Hollywood. Los invasores romanos, ni nadie, pueden abrir las puertas del mausoleo —Cleopatra las ha atrancado por dentro y no piensa arriesgarse a que entren los soldados del futuro emperador Octavio por la puerta principal—, así que la única vía de entrada para Antonio, que mientras tanto ha llegado a rastras hasta el mausoleo, es la ventana. Le echan tres cuerdas. Los sirvientes egipcios lo atan como una salchicha y tiran de él tres mujeres menudas y solas: Cleopatra, Iras y Cármion.

Allí abajo cuelga, girando lentamente en el aire, un general romano de cincuenta y tres años, gordo y pesado como un buey, empapado en su propia sangre y ya incapaz de articular una sola frase coherente. Cleopatra y las doncellas tiran de la soga con las manos en carne viva; las tres se cuelgan de la cuerda con todo el peso de sus cuerpos, se tropiezan, resbalan, bufan, rebufan y vuelven a tirar. Plutarco recoge el veredicto de los testigos presenciales que miraban desde abajo y que dijeron: «que no se había visto en el mundo un espectáculo más triste, lamentable y digno de lástima como aquel». El hombre que se creía descendiente directo de Hércules terminó izado por una ventana como un fardo de mercancía.
Al final, las tres mujeres lo logran y lo tiran para adentro. La alegría, sin embargo, les dura más bien poco: Marco Antonio muere allí arriba, fundido en los brazos de ella, tan solo unos pocos minutos después.
Y entonces empieza lo que nadie cuenta. Cleopatra VII no lo sigue en la muerte. Bien por instinto de supervivencia, bien por cálculo político, bien por la secreta esperanza de camelarse también —después de Julio César y de Marco Antonio— a este tercer romano poderoso que es el joven Octavio, la reina decide seguir viva y negociar.
Octavio le manda a su oficial de más confianza, Proculeyo. Ella se niega a abrir y le habla a través de la puerta, pidiendo cosas imposibles y totalmente fuera de la realidad para una persona que ha perdido una guerra, como que le dejen el trono de Egipto para sus hijos. Al día siguiente, mientras el tribuno Lucio Galo, otro enviado, la entretiene negociando desde la puerta de abajo, Proculeyo y unos cuantos centuriones más apoyan una escalera en la fachada y entran por la misma ventana por la que habían izado a Antonio moribundo. Es una encerrona. Cuando una de sus doncellas grita «¡desdichada Cleopatra, te han cogido viva!», la reina lleva la mano al puñal que lleva en el cinto. El romano se le echa encima, la desarma y le sacude la ropa por si lleva algún veneno escondido.
Que quede claro, porque esto cambia el sentido de todo lo que viene después: Cleopatra no salió del mausoleo por voluntad propia, la sacaron a la fuerza. A partir de ese momento es una prisionera vigilada día y noche precisamente para que no se mate.
Y aun así aguanta más de una semana jugando su última partida de ajedrez político. Entierra a Antonio con todos los honores. Recibe a Octavio en persona y le entrega el inventario de todo su tesoro; y cuando su propio administrador la desmiente delante del romano sobre la cantidad real de oro y joyas que va a entregar —Cleopatra había guardado secretamente una cierta cantidad para ella—, la reina se le tira encima gritando y soltándole una buena cantidad de bofetadas en la cara. Un detalle que ya de por sí sabe a leyenda y que le ganó cierta admiración de Octavio, hombre por lo general muy frío, cínico y calculador.
Delante del futuro Octavio Augusto, Cleopatra despliega todo su arsenal de astucia y feminidad y, hablando en un latín perfecto, suplica por la vida de sus hijos —tres de los cuales, Alejandro Helios, Cleopatra Selene II y Tolomeo Filadelfo, son de Marco Antonio, y uno, el mayor, llamado Cesarión, es del mismísimo Julio César, tío de Octavio—. Hasta que entiende lo único que no puede soportar ni permitir que suceda: que Octavio solo la mantiene viva para exhibirla encadenada en su desfile triunfal por las calles de Roma.
Ese día Cleopatra decide morir. No por amor, sino por soberanía. Es el último gesto político de una reina que le arrebata al vencedor la joya principal de su triunfo. Nueve días después de Antonio, y no antes de haber agotado todas las cartas de la baraja.
El áspid, es decir la serpiente cobra, que Octavio te vendió
Segundo mito echado al suelo, y este es de los que duelen.
El médico griego Olimpo estaba allí y nos dejó un relato escrito, y en él no menciona ninguna serpiente. Estrabón, Plutarco y Dión Casio hablan de veneno, sí, pero en forma de algún ungüento, polvo, brebaje para beber o quizá un alfiler hueco cargado de toxina. Y la toxicología moderna remata la faena. La cobra egipcia mide entre metro y medio y dos metros y medio, algo imposible de esconder en un cesto de higos como cuenta la leyenda; su mordedura, además, es lenta e incierta, y no cuadra con matar deprisa a tres mujeres, porque ese día, con la reina, murieron también sus fieles doncellas Iras y Cármion.
Los investigadores modernos apuntan por tanto a un cóctel mortal de cicuta, acónito y opio. Y aquí está la clave que lo cierra todo: se sabe con certeza que Cleopatra en persona había estudiado los venenos durante muchos años, probándolos en hombres y mujeres condenados a muerte, buscando exactamente qué formulación mataba al condenado sin dolor ni convulsiones. Se le llegó a atribuir hasta un recetario de remedios y cosméticos que Galeno todavía citaba varios siglos después. La reina era una apasionada de la química y la física sin siquiera saberlo. Su muerte no fue, por tanto, un arrebato romántico: fue la última decisión de una de las mentes mejor formadas de su siglo, cuyo mundo se le había venido abajo para siempre.

¿De dónde sale entonces el áspid de la leyenda? Pues de Octavio. En su desfile triunfal, al no poder exhibir a la reina viva, exhibió una efigie de madera de Cleopatra, una estatua con la serpiente enroscada al brazo. Esa imagen de propaganda lleva dos milenios funcionando. Como escribió alguien, «la leyenda del áspid es demasiado buena para dejarla morir».
Iras y Cármion: las dos que pudieron salvarse y no quisieron
Y aquí hay que parar, porque en esta historia hay dos nombres de mujer que casi nadie recuerda y que se han ganado el derecho a no ser olvidadas: Iras y Cármion.
No eran esclavas anónimas. Eran las dos mujeres de más confianza y grandes amigas de la reina, sus peinadoras y camareras de cámara según las fuentes. Y su influencia en la corte era tan real y potente que la propaganda de Roma la usó como arma: los enemigos de Antonio se burlaban diciendo que el imperio de Oriente lo gobernaban «Iras, la peinadora, y Cármion, la camarera». Pretendían humillarlo. Lo que consiguieron fue dejar constancia de que aquellas dos mujeres tenían el oído de la reina más poderosa del mundo antiguo.
Fueron ellas las únicas a las que Cleopatra dejó entrar en el mausoleo. Fueron ellas las que, con las manos en carne viva, tiraron de las cuerdas para subir por la ventana el cuerpo enorme y agonizante de Marco Antonio. Y fueron ellas las que estuvieron a su lado durante los nueve días de negociación con Octavio y las que se tomaron el veneno junto a su reina.
Sea como sea, ninguna de las dos chicas estaba condenada. Octavio no las quería muertas: las quería vivas como testigo menor de un triunfo cuyo verdadero trofeo tenía que ser la reina. Ambas podían salir del mausoleo por su propio pie y seguir viviendo. Su señora se lo dijo: Salvaos. Pero ellas se quedaron.

Cuando Proculeyo, el enviado de Octavio, llegó corriendo y derribó la puerta de la habitación, se encontró con Cleopatra muerta en su lecho de oro, vestida de reina y con la diadema real puesta. Iras ya estaba muerta y yacía tirada a sus pies; mientras que Cármion, tambaleándose moribunda, estaba enderezando con sus últimas fuerzas la corona en la frente de su reina para que ninguna mano romana la encontrase mal peinada.
El romano, furioso por las explicaciones que tendrá que darle a Octavio sobre esas muertes tan inoportunas, grita: «Joder, ¿pero qué habéis hecho? ¿Te parece bonito todo esto, Cármion?».
Y ella, antes de desplomarse muerta sobre su reina, le contestó: «Sí, Proculeyo, muy bonito. Y muy propio de una gran reina descendiente de tantos reyes.»
Su arma secreta no era la belleza
Tercer mito sobre Cleopatra, el más incómodo de todos. Plutarco, que pudo hablar con gente que trató con quienes la conocieron en persona, lo dice sin anestesia: su belleza no era tan incomparable como para quitar el aliento. Las monedas que ella misma mandó acuñar muestran una nariz fuerte y un mentón marcado.
Entonces, ¿cómo rindió a sus pies a los dos hombres más poderosos del mundo? Pues con el cerebro, una sensualidad seguramente desbordada y la voz. Plutarco describe su voz como «un instrumento de muchas cuerdas»: hablaba tantas lenguas que negociaba sin intérprete con enviados etíopes, árabes, hebreos, medos y partos, y fue la primera reina de su dinastía, la dinastía griega tolemaica, en trescientos años que se molestó en aprender y hablar el egipcio, el idioma de su propio pueblo.
No era, aparentemente, una seductora de película al estilo Barbie-Girl, pero este humilde autor italiano, que mujeres ha conocido unas cuantas en su larga vida, sospecha que si una chica, de por sí no bellísima, atrae tanto a los hombres como la miel a las moscas, su arma más mortífera y sofisticada debe de estar escondida en alguna parte oscura al sur del ombligo.
Sea como sea, la reina Cleopatra VII Thea Filopátor era la mujer más inteligente del Mediterráneo y estaba sentada sobre el trono del país más rico del mundo. Eso, y no un simple escote, es lo que hacía temblar a Roma.
La alfombra persa que nunca existió y el pez salado del Ponto
Hay un montón de anécdotas en torno a la vida de Cleopatra, y una de ellas, quizás la más sabrosa, ocurrió en el año 48 antes de Cristo cuando, alejada del trono por su hermano menor y echada a patadas de su propio palacio, logró introducirse en los aposentos de Julio César, huésped de honor en ese mismo palacio que había sido el suyo.
La historia fue así: Cleopatra, expoliada del trono, exiliada de Alejandría y en peligro de muerte, necesita a toda costa entrar en su propio palacio —en ese momento ocupado por su hermano, el nuevo faraón Tolomeo XIII— sin que los guardias la degüellen por el camino. Quiere tener una conversación privada y secreta con Julio César para ver si puede ganárselo y aliarse con él contra su hermano. Egipto en ese momento era una provincia de Roma y César era su máximo responsable in situ.
Plutarco aquí es muy concreto y preciso: al parecer, su gran amigo siciliano Apolodoro la metió dentro de un saco de ropa de cama y se lo cargó al hombro como quien va y le entrega la colada recién hecha al mismísimo César. De ahí, de ese saco viejo, salió ella directamente a los pies de César: joven, alegre, despeinada, toda enrojecida por la emoción y riendo como una niña traviesa; veintiún años ella, cincuenta y dos él. Ya os podéis imaginar qué pasó esa noche en esa habitación, quién fue nombrada nueva reina de Egipto a la mañana siguiente y quién fue asesinado sin piedad pocos meses después. (Spoiler: el hermano pequeño, Tolomeo XIII).
La alfombra persa en la que supuestamente fue envuelta es un invento del cine americano, pero el glamur y la audacia son suyos. Así es toda su historia real.
Y ahora os cuento otra escena que ningún guionista de Hollywood se ha atrevido a rodar nunca. Esta nos la cuenta también el gran historiador Plutarco.
Estamos en la corte real de Alejandría, en los años más dorados de la pareja más bella, desregulada, viciosa y glamurosa del mundo. Antonio y Cleopatra salen de crucero por el Nilo con toda la corte y aprovechan la navegación para pescar. A Antonio, desde hace varios días, no le pica al anzuelo ni una sardina, mientras que ella no para de sacar peces del río. Y un general romano no soporta perder ni en eso: soborna entonces a unos buzos locales para que estos, al día siguiente, le enganchen peces vivos al anzuelo bajo el agua. Milagro: saca una pieza tras otra. Cleopatra lo ve, lo entiende todo y no dice nada… Al día siguiente organiza otra gran jornada de pesca, y cuando Antonio tira triunfalmente de su caña, convencido de sacar otro pez vivo, del anzuelo cuelga un pez tipo bacalao reseco y salado: un bacalao en salazón, comprado en el mercado.

Carcajada general. Mucha alegría. Y entonces ella le regala una de las frases más elegantes jamás dichas a un hombre humillado:
«General, déjanos la caña de pescar a nosotros, los reyezuelos de Faros y Alejandría; tu presa son ciudades, reinos y continentes, no peces.»
Convertir la burla en el mayor de los halagos: así era Cleopatra.
Los inimitables: la sociedad secreta que existió de verdad
Antonio y Cleopatra fundaron juntos un club. Real, con nombre griego: los Amimetobioi, «los de la vida inimitable». La regla era una sola: cada día, un exceso digno de contarse. Banquetes con ocho jabalíes asándose escalonados para que uno estuviera en su punto a la hora imprevisible en que la reina tuviera hambre. Salidas nocturnas de incógnito por Alejandría —él disfrazado de esclavo, ella de criada— borrachos y gastando bromas por todos los portales de la ciudad, mientras los alejandrinos, que los reconocían perfectamente, les seguían el juego. Para Roma esa era la máscara de la tragedia, la de cómo uno de sus mejores generales había caído tan bajo; para nosotros es la máscara de la alegría, de la comedia y del amor.
Y cuando la ruina llamó a la puerta, no disolvieron el club sin más. Lo refundaron con otro nombre, y ese segundo nombre pone la piel de gallina: los Synapothanoumenoi. «Los que morirán juntos.»
De la vida inimitable a la muerte compartida. Eso no lo mejora ni Shakespeare.
La escena que me rompió mientras escribía
Y os dejo la última, la más humana de todas, la que casi nadie conoce.
Cuando todo terminó —Antonio muerto, Cleopatra muerta, Cesarión ejecutado por orden de Octavio a los diecisiete años porque «dos Césares en Roma sobran»— quedaron tres niños huérfanos: los hijos pequeños de Antonio y Cleopatra. ¿Sabéis quién los recogió, los crió en su casa de Roma y los sacó adelante como a hijos propios? Pues fue Octavia la Menor, la esposa oficial de Marco Antonio y única hermana del emperador Octavio. La misma mujer a la que él abandonó por estar con Cleopatra.
Crió a los tres hijos de su rival junto con los suyos, sin distinción. Las fuentes antiguas, que no regalan nada, la llaman «un prodigio de mujer». Cuando escribí esa escena —Octavia peinando las trenzas de la hija de Cleopatra en un jardín de Roma y aconsejándola sobre su futuro matrimonio con el rey Juba II de Numidia— tuve que levantarme del escritorio y, con un nudo en la garganta, pensar en voz alta: Sic Transit Gloria Mundi.
El libro que viene en Navidades
Todo esto y mucho más —como la perla disuelta en vinagre, el asesinato y la lengua de Cicerón atravesada por el alfiler de oro de Fulvia, la barca de velas púrpura remontando el río de Tarso, los tres días de silencio de Antonio en la proa de un barco— es Antonio y Cleopatra — Sexo · Sangre · Amor · Muerte, el primer volumen de mi nueva serie Roma Stupor Mundi: la historia de Roma contada a través de sus dos mejores cronistas, Suetonio y Plutarco, con el rigor de las fuentes y el pulso de una novela.
Lo estoy escribiendo ahora mismo. Sale en Navidades de 2026, o quizás un poquito más adelante, en seis idiomas. Y aquí llega la invitación.
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Antonio y Cleopatra tuvieron su club secreto. Este libro también lo tiene.
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«Cada día, un exceso digno de contarse.» Esa era la regla de los inimitables. La mía es más modesta: cada capítulo, una historia que no te han contado.
Nos vemos dentro.
Fuentes y referencias
- Plutarco, Vida de Antonio (siglos I–II d. C.), fuente principal del asedio de Alejandría, del izado de Antonio al mausoleo, del episodio del pez salado, del saco de ropa de cama y de la última réplica de Cármion.
- Dión Casio, Historia romana, libros L–LI, para la captura de Cleopatra por Proculeyo y el desfile triunfal de Octavio en Roma.
- Estrabón, Geografía, XVII, testimonio casi contemporáneo sobre la muerte de la reina y las dos versiones que ya circulaban.
- Olimpo, médico de Cleopatra, citado por Plutarco: relato de un testigo presencial que no menciona ninguna serpiente.
- Suetonio, Vida de Augusto, para la ejecución de Cesarión y la conducta de Octavia con los huérfanos.
- Historiografía moderna sobre Cleopatra VII, su formación en farmacología y toxicología, y la crítica del episodio del áspid como imagen de propaganda augústea.
En este artículo NO hay ficción
Los hechos son los documentados. Marco Antonio se hirió a sí mismo con su espada tras el falso rumor de la muerte de Cleopatra, y fue izado con cuerdas hasta la ventana del mausoleo, donde murió: lo cuenta Plutarco. Cleopatra fue capturada viva por Proculeyo, que entró por esa misma ventana con una escalera, y murió nueve días después de Antonio, el 10 de agosto del 30 a. C., junto a Iras y Cármion. Las fechas, la negociación con Octavio, el proyecto de exhibirla en el triunfo, el saco de ropa de cama de Apolodoro, el pez salado del Ponto, los Amimetobioi y los Synapothanoumenoi, y la crianza de los huérfanos por Octavia están todos en las fuentes citadas arriba. Sobre la causa exacta de la muerte no hay testigo: las fuentes antiguas ya dudaban, y por eso este artículo razona con lo que sí sabemos —el silencio del médico Olimpo, la incompatibilidad de la cobra con tres muertes rápidas y la formación toxicológica de la reina— para concluir que el veneno es más probable que la serpiente. El único pasaje inventado está señalado como tal en el propio texto: el monólogo interior de Antonio herido, que ninguna fuente recoge y que aquí se ofrece abiertamente como licencia del autor. Los comentarios y apreciaciones del narrador son parte de la voz artística y literaria personal del autor David S. Matrecano.

