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Las Cruzadas

¿Envenenaron a Godofredo de Bouillon? El último almuerzo del primer rey de Jerusalén

Verano de 1100. El hombre que había conquistado Jerusalén, el primer soberano cristiano de la Ciudad Santa, se sienta a comer en un palacio junto al mar, en la costa de Palestina. Pocas horas después empieza a morir, entre fiebres altas y dolores atroces, y nadie sabrá nunca con certeza por qué. ¿Una enfermedad fulminante… o un veneno transparente, espolvoreado sobre su postre favorito por un sicario a sueldo de un arzobispo ambicioso? Acompañadme, queridos lectores, a reconstruir uno de los crímenes mejor disimulados de la Edad Media: el último almuerzo del rey Godofredo de Jerusalén.

15 jul 2026 · 12 min
El último almuerzo de Godofredo de Bouillon: un gran banquete junto al mar en la costa de Palestina, verano de 1100

El hombre que se negó a ser rey

Empecemos por el principio, que es como mejor se entienden estas cosas.

El 22 de julio de 1099, apenas una semana después de la sangrienta toma de Jerusalén, los jefes cruzados logran ponerse de acuerdo y eligen señor de la ciudad a Godofredo de Bouillon, duque de la Baja Lorena y señor de Bouillon. Pero Godofredo, hombre profundamente devoto, desde el minuto uno rechaza ceñir una corona de oro en el mismo lugar donde Jesucristo, mil cien años antes, había sido coronado con una corona de espinas y ajusticiado en la cruz por los romanos con complicidad, notoria, de las élites religiosas judías de aquella época. Y aquí viene la jugada semántica: en lugar de «rey», acepta gobernar la urbe con el título de Advocatus Sancti Sepulchri, «Abogado Defensor del Santo Sepulcro».

Una etiqueta piadosa, sí. Pero que no os engañe, porque en la práctica Godofredo manda con poderes casi absolutos. Es rey en todo menos en el nombre, y el truco solo sirve para que la tropa —ferozmente religiosa y convencida de que Jerusalén ha de ser gobernada por el papado— acepte que un guerrero laico, y no el Papa, se siente en ese trono santísimo.

El problema es que, a ojos de aquellos soldados, buena parte de la legitimidad de Godofredo, y de todos los demás nobles presentes, descansaba en las manos de la Iglesia. Y la Iglesia católica apostólica de Roma, en ese momento, tenía un nombre propio en Tierra Santa. Y era un nombre italiano.

Dagoberto de Pisa, el cuervo con mitra más retorcido que la torre de su ciudad

Dagoberto de Pisa, legado papal y patriarca de Jerusalén, exige ante la corte cruzada que la Ciudad Santa pase a manos de la Iglesia de Roma. Es decir, a las suyas.
Dagoberto de Pisa, legado papal y patriarca de Jerusalén, exige ante la corte cruzada que la Ciudad Santa pase a manos de la Iglesia de Roma. Es decir, a las suyas.

A finales del año 1099, por causa de la prematura muerte del anterior Legado Pontificio en las Cruzadas —el obispo guerrero Ademaro de Monteil, es decir, el embajador del papa y responsable religioso de toda la cruzada—, desembarca en el puerto de Jaffa el nuevo legado papal: el obispo Dagoberto de Pisa, enviado allí, se dijo, para hacer olvidar un turbio asunto: el robo de varios miles de monedas de plata destinadas a Roma, ocurrido bajo su escandaloso y corrupto mandato como legado papal ante el rey Alfonso VI de León, en España. (Historia que encontraréis en El Amanecer de los Templarios, capítulo 5.) Dagoberto llega así a Jerusalén investido de las más altas credenciales, pero con el nombre manchado por el epíteto de ladrón. Y no, el italiano no ha venido a rezar. Ha venido a mandar en nombre de Pascual II.

Paso a paso, el arzobispo le va arrancando concesiones cada vez más grandes a Godofredo: primero el control de Jaffa y su puerto, después el control de la Torre de David y la ciudadela de Jerusalén, y finalmente —agárrense— la pretensión de que toda Palestina sea transferida oficialmente al patriarcado. Es decir, a él. El sueño de Dagoberto es convertir Jerusalén en un feudo del Papa, con él de gobernador plenipotenciario. Es decir, virrey. Y como Su Santidad está a casi 5.000 kilómetros de allí, es viejuno y no se encuentra nada bien de salud, ni en mil años bajará hasta allí para estorbar sus planes.

La tensión entre el clero y los militares finalmente estalla el Domingo de Resurrección, el 1 de abril de 1100. Ante una iglesia del Santo Sepulcro abarrotada —y con los espías de El Cairo, Damasco, Bagdad y Constantinopla camuflados entre la multitud—, Godofredo sube al púlpito para ceder oficialmente la ciudad al Papa. Dagoberto se relame la miel que le gotea de los labios, por así decirlo. Pero el duque, ese viejo zorro de la política, despliega todos sus papeles con una lentitud exasperante, como si estuviera rodando una película a cámara lenta. Cuando los tiene delante, empieza a leer una lista interminable de nombres y títulos nobiliarios para sacar aún más de quicio al italiano y, cuando por fin pronuncia la palabra mágica —«DECLARO»— (con Dagoberto sumido en un clímax casi erótico, por así decirlo), suelta su obra maestra: sí, le cede Jerusalén a la Iglesia… pero solo lo hará el día de su muerte, o cuando hayan desaparecido todos los inmensos peligros que rodean la ciudad, es decir, los musulmanes. Traducción: nunca.

Un jarro de agua fría cae sobre la cabeza tonsurada de Dagoberto. Y es ahí, según la reconstrucción ficticia pero probable que yo defiendo en El Amanecer de los Templarios, donde al arzobispo italiano, digno antepasado de Nicolás Maquiavelo, se le enciende una idea muy oscura.

«En resumidas cuentas, si no lo he entendido mal, ese malnacido hijo de mil padres, ese cabronazo astuto de Godofredo tendría que morir de repente para que yo pueda heredar Jerusalén… Pero, espera un momento. ¿Morir, he dicho? ¿No hay por allí, en las altas montañas de Persia, una secta de sicarios llamados Asesinos que se dedica precisamente a este oficio a cambio de dinero? ¡Hmmm!»

Dagoberto se activa y, cuando decide actuar, no encarga solo una muerte. Encarga dos.

El primo fiel: el conde Guarnerio de Grez

Para entender el supuesto crimen (pues insisto, una vez más, en que todo este artículo va de hipótesis construidas sobre hechos reales) hace falta un segundo nombre, hoy casi olvidado: el conde Guarnerio de Grez-Doiceau —registrado también como Werner o Garnier de Gray—, mano derecha y primo de Godofredo por vía paterna, y uno de los soldados más valientes de toda la Primera Cruzada.

Este hombre lo había dado todo por la causa. Para financiar su participación en la expedición cruzada, allá por 1096, vendió a la Iglesia buena parte de sus fértiles tierras de la Valonia brabanzona a cambio de un pesadísimo cáliz de oro macizo valorado en unos veinte mil marcos de la época: casi cinco kilos de oro. Para que os hagáis una idea, hoy serían unos 650.000 dólares paseándose por el bolsillo de ese cruzado. Negoció el paso del ejército con el rey húngaro Coloman I, estuvo en la batalla de Nicea, en el asedio de Antioquía frente a Kerbogha… un currículum impecable.

Mi tesis, queridos lectores, es esta: Godofredo no fue el títere pío, ultrarreligioso y sin voluntad en manos de Dagoberto que en algún momento cierta parte de la historiografía nos ha querido vender. Y eso que era hijo de una Santa de las de verdad, la Santa Ida de Lorena. En público mostraba una cara condescendiente; pero en privado conspiraba con su primo Guarnerio para pararles los pies a «ces maudits Italiens», esos malditos italianos. Y su plan secreto era claro: llegado el momento, dejarle la corona a alguno de los suyos —como por ejemplo a su hermano Balduino, conde y señor de Edesa— y no a la entrometida Iglesia de Roma y a ese cura vicioso, borracho y follador de Dagoberto. Pues se decía que todo el escándalo de León se debía a la venganza de una amante suya española, guapísima y más caliente que una bomba termonuclear, que lo denunció por robo ante el rey Alfonso VI, el Bravo, haciendo que fuera llamado de urgencia de vuelta a Roma para defenderse de las acusaciones.

La flota veneciana y el viaje a la muerte

Junio de 1100. Al puerto de Jaffa llega por sorpresa una flota de guerra veneciana descomunal para la época: una veintena de barcos, con dromones erizados de sifones de fuego griego. Para Godofredo —que tras la jugarreta de Pascua ha perdido todo el apoyo de Dagoberto y de los pisanos, los únicos con naves de guerra disponibles en ese momento— la llegada de esa flota veneciana amiga es una bendición caída del cielo porque, no sé si lo sabéis, pero entre Pisa y Venecia la rivalidad por el control del comercio marítimo en el Mediterráneo era máxima. Lo que se dice tener suerte.

El duque, que en ese mismo momento está en campaña en Galilea junto al príncipe Tancredo de Altavilla, parte al galope hacia Jaffa con su séquito y su primo Guarnerio. Pero a medio camino, en la costa, el emir de Cesárea Marítima —ahora su vasallo y tributario— insiste de todas las maneras posibles en ofrecerle un gran banquete de honor. Godofredo, con prisa y a regañadientes, no puede negarse a semejante cortesía.

Y ahí, en esa parada protocolaria que no quería hacer, le esperaba la muerte. Disfrazada de hospitalidad.

El «moro sin cara»

Desde hacía dos meses, un humilde campesino árabe acompañaba al ejército del duque. Decía llamarse Mohamed; vendía fruta y verdura cargadas a lomos de su burro, tenía la sonrisa de un tonto y una cara tan del montón que resultaba imposible de memorizar: los cruzados lo habían apodado con sorna «el moro sin cara». Nadie sospechaba de él. Lo habían visto mil veces reírse con el propio Godofredo, que le compraba sus manzanas, y con Guarnerio, que le compraba peras.

Ese hombre miserable era, en realidad, Yusuf Abdel-Aziz: un envenenador profesional, sicario de la fanática secta de los Asesinos —los Hashshashin, los mismos que protagonizan otro de nuestros relatos—. Como una araña paciente, llevaba sesenta días tejiendo su tela y aprendiendo los gustos de sus dos presas. Sabía, por ejemplo, que Godofredo, hombre de gustos sencillos, adoraba como postre una simple manzana fresca rallada con una capa de miel y una loncha de queso tierno; y que Guarnerio se volvía loco por unas peras calientes rociadas de abundante canela.

Conocer esos pequeños detalles es lo que convierte a un asesino en un buen asesino.

El último almuerzo del rey

El «moro sin cara» espolvorea el arsénico sobre los postres como si fuera azúcar glas: un polvo blanco, insípido e inodoro, imposible de detectar.
El «moro sin cara» espolvorea el arsénico sobre los postres como si fuera azúcar glas: un polvo blanco, insípido e inodoro, imposible de detectar.

El 18 de junio de 1100, Cesárea está de fiesta. Más de doscientos cincuenta invitados se acomodan en el gran patio de armas del palacio edificado a orillas del mar, y hoy hasta el tiempo acompaña: todos son mecidos por una brisa marina deliciosa que ahuyenta el gran calor del mes de junio. Hay decenas de mesas redondas bajo sombrillas de lino, y una sola mesa rectangular, la del emir, donde se sientan Godofredo, su primo y sus comandantes, de cara al Mediterráneo turquesa.

El festín es una apoteosis de cocina que podríamos llamar «fusión» mucho antes de que se inventara esa palabra aplicada a la comida: hay tzatziki y pan caliente, ensaladas con dátiles y pistachos, sardinas a la brasa, arancini y mozzarellas in carrozza idénticas a las que aún hoy se hacen en Sicilia, una focaccia genovesa que es prácticamente una pizza medieval, hummus, baba ganoush, una moussaka libanesa-fenicia y unos rollos de pan finísimo que cualquiera, al verlos, juraría que son doner kebab turcos… Y en el gran asador, todo tipo de carnes asándose en una gran barbacoa de ladrillo colocada estratégicamente en el centro de la plaza para soltar sus deliciosos efluvios olorosos por todos los rincones del castillo. Que no hay nada mejor en el mundo que un buen chuletón y unas costillas a la barbacoa.

Y entonces, finalmente, llega la hora de los postres.

En las cocinas, entre el griterío histérico habitual de cualquier evento o catering —con cocineros buscando la canela, peleándose por el último bote de miel y jalea real, errores en los pedidos y dulces quemándose en el horno—, Mohamed el frutero ralla las manzanas del rey y saca del horno las peras del conde. Colgada del cuello, escondida dentro de su túnica árabe tradicional, lleva una botellita de plomo con un polvo blanco finísimo, sin sabor y sin olor: anhídrido arsenioso. Arsénico. El rey de los venenos.

Sin que nadie repare en él —pues todo el mundo piensa que Mohamed ha venido con los nobles francos y tiene permisos de sobra para estar ahí, en la cocina—, espolvorea cuidadosamente el mortal veneno sobre los dos platos y, encima, le pone una última capa de azúcar en polvo que disimula por completo su color. (Sí, ya sé que el azúcar no llegó a Europa desde las Américas hasta bien entrado el siglo XVI, pero, por favor, dejadme contar mi historia como me gusta a mí.) Después de eso, el «moro sin cara» llamó a un joven camarero, un chaval libanés de apenas catorce años que no sospechaba nada y que menos aún sabía que en aquella bandeja transportaba la muerte:

«Mira, chaval, estos platos son para el rey Godofredo y para el hombre que va a su derecha, el conde Guarnerio. Las manzanas, al rey; las peras, al conde. No te equivoques, o nos van a azotar el culo a los dos… Avisado estás.»

El joven, orgulloso de servir a semejantes dioses de la guerra, cumple con su encargo a la perfección; pero cuando se gira, orgulloso, para que el «moro sin cara» lo felicite… Yusuf Abdel-Aziz ya ha desaparecido sin dejar rastro. Horas después, ya de noche, un caballero elegantísimo, perfumado y afeitado, abandonó Cesárea sin prisas rumbo al este, hacia Persia. Nadie habría sido capaz de reconocer en él al sucio campesino de la fruta. Polimorfismo en estado puro.

Pero el destino, que es muy cabrón, ya había metido la manita en el asunto: con las barrigas llenas tras tanto banquete, ni Godofredo ni Guarnerio se terminaron sus postres. Los dejaron a medias. Y por eso —solo por eso— no cayeron fulminados allí mismo, sino que recibieron una dosis menor. Mortal, sí. Pero mucho más lenta.

Un mes de agonía

La misma noche, entre el 18 y el 19, ambos nobles empiezan a encontrarse mal. Muy mal. Godofredo se despierta con dolores gastrointestinales feroces, fiebre alta y sudores fríos. Guarnerio, que es de fibra más recia —o simplemente por haber tragado menos veneno—, confunde al principio los síntomas con la resaca del delicioso vinito libanés de la víspera.

Pero Godofredo, que ya ha visto envenenamientos, lo entiende enseguida. En la intimidad de su habitación, le confía a su primo lo que sospecha:

«Primo, es evidente que en ese puto almuerzo de hoy nos han envenenado a los dos, y creo saber muy bien quién es el instigador.»

Y aquí, según mi reconstrucción, ocurre lo más fascinante: en lugar de rendirse, los dos primos montan un contraataque. Godofredo le ordena a Guarnerio que, si él muere, tome de inmediato el control de la Ciudadela y la Torre de David con las tropas y no deje entrar a nadie —«ni siquiera al demonio»— hasta que llegue su hermano Balduino desde Edesa, donde es señor. Fingen una relativa mejoría para engañar mejor a Dagoberto, urden la manera de alejarlo con una excusa desde Jerusalén y dejan escondida en la urbe una brigada de sus hombres más fieles, toda gente del Brabante y de la Baja Lorena (actuales Bélgica y aledaños).

El arsénico en su organismo, mientras tanto, hace su trabajo sin prisa, pero sin pausa.

El 18 de julio de 1100, un miércoles, tras casi un mes de lucha, muere Godofredo de Bouillon, el primer señor cristiano de Jerusalén. Su primo Guarnerio, consumido y demacrado pero todavía en pie, cumple con su promesa: asegura la ciudad, mantiene a raya a los italianos y manda llamar urgentemente a Balduino. Y solo entonces, con todo bien atado, el 23 de julio, también él sucumbe al veneno.

Dos muertes. Dos primos. Cinco días de diferencia. Y un trono que, contra todos los planes de Dagoberto, acabó finalmente en manos del conde Balduino de Boulogne, que se coronaría como rey Balduino I de Jerusalén.

Casualidad, dirán algunos. Yo no estoy tan seguro.

¿Qué dicen las crónicas reales? La verdad detrás de la leyenda

Tras casi un mes de agonía, Godofredo de Bouillon muere en Jerusalén el 18 de julio de 1100. Su primo Guarnerio lo seguiría cinco días después.
Tras casi un mes de agonía, Godofredo de Bouillon muere en Jerusalén el 18 de julio de 1100. Su primo Guarnerio lo seguiría cinco días después.

Y ahora, porque este es un blog de Historia y no solo de buenas historias semificticias, toca separar el grano de la paja.

Lo documentado es esto: los cronistas Alberto de Aix y Ekkehard de Aura cuentan que Godofredo enfermó estando en Cesárea, en junio de 1100, y murió en Jerusalén el 18 de julio. Tiempo después corrió el rumor de que el emir de Cesárea lo había envenenado con una fruta —se llegó a hablar de una manzana emponzoñada—. Curiosamente, Guillermo de Tiro, el gran cronista del reino, ni siquiera menciona el envenenamiento. Y por el lado musulmán, el cronista Ibn al-Qalanisi ofrece una versión completamente distinta: que Godofredo cayó de un flechazo mientras asediaba Acre.

Lo que no sabemos seguro es la causa real de su muerte. La mayoría de los historiadores modernos —incluido el gran Steven Runciman— consideran el envenenamiento poco probable y se inclinan por una enfermedad infecciosa, quizá del tipo de la fiebre tifoidea que, en aquel verano y con la higiene deficiente en la que vivían, era una candidata de lo más razonable.

Y aquí entra mi mirada, la del autor: la posibilista, la ucrónica. Porque hay detalles que la versión oficial todavía deja sueltos. ¿Por qué murió Guarnerio de Grez prácticamente a la vez? ¿A quién beneficiaba la muerte del rey más que al hombre que llevaba meses peleando por quedarse Jerusalén? La motivación de Dagoberto era de manual; la oportunidad, perfecta; y el arsénico, transparente e insípido, era el arma soñada para un crimen que ningún forense del año 1100 podría demostrar.

Os debo, eso sí, una confesión de cocina: el supuesto sicario Mohamed/Yusuf Abdel-Aziz, los diálogos, la botellita de plomo con el veneno y el dedo acusador apuntando directamente a Dagoberto son una reconstrucción mía en una novela, El Amanecer de los Templarios, tejida sobre el esqueleto de lo posible.

Las crónicas de esa época no dan nombres. Pero la Historia, como siempre digo, muchas veces solo nos deja el cadáver y nos esconde al asesino. Y a nosotros nos toca la difícil tarea de reconstruir el crimen y descubrir al culpable.

La versión oficial nos dice que el primer rey de Jerusalén murió de fiebres. Puede que sea verdad. Pero a veces las fiebres tienen nombre y apellido… y se sirven de postre.

Per Aspera, Ad Astra.

✠ David S. Matrecano

Ibiza, 15 de julio de 2026

Preguntas frecuentes

¿Quién fue Godofredo de Bouillon?

El caballero franco, duque de la Baja Lorena, que fue uno de los líderes de la Primera Cruzada y, tras la toma de Jerusalén en 1099, su primer gobernante cristiano. Rechazó el título de rey y adoptó el de Advocatus Sancti Sepulchri, «Abogado Defensor del Santo Sepulcro». Murió en 1100.

¿Cómo murió Godofredo de Bouillon?

Enfermó en Cesárea en junio de 1100 y murió en Jerusalén el 18 de julio. La causa exacta se desconoce: la mayoría de los historiadores apuntan a una enfermedad infecciosa, quizá fiebre tifoidea, aunque ya en su época corrió el rumor de que había sido envenenado.

¿Fue envenenado Godofredo de Bouillon?

Es una hipótesis, no un hecho probado. Ya entonces se habló de un veneno del emir de Cesárea —incluso de una manzana emponzoñada—, pero cronistas como Guillermo de Tiro no lo mencionan e historiadores modernos como Steven Runciman lo consideran poco probable.

¿Por qué Godofredo rechazó ser rey de Jerusalén?

Por devoción: no quiso ceñir una corona de oro en el lugar donde Cristo llevó una de espinas. Gobernó con el título de Abogado Defensor del Santo Sepulcro, aunque en la práctica mandaba con poderes casi absolutos.

¿Quién sucedió a Godofredo de Bouillon?

Su hermano Balduino de Boulogne, conde de Edesa, coronado como Balduino I de Jerusalén el 25 de diciembre de 1100: el primero en aceptar formalmente el título de rey.

✠ Lectura recomendada ✠

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LA VERDAD DETRÁS DE LA HISTORIA

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✠ David S. Matrecano
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