Imaginad una organización ultrasecreta de sicarios empapados de fanatismo religioso, tan temidos que, con solo dejar a modo de advertencia una de sus dagas sobre la almohada de un rey dormido, al día siguiente conseguían doblegar por completo su voluntad y hacer que ese rey, cagado de miedo, hiciese todo lo que ellos mandaban. Una peligrosa secta de musulmanes chiíes, (de esos que también hoy en día siempre van de negro), cuyos miembros estaban tan entregados a su líder y tan colocados de hachís que se lanzaban a la muerte sin pestañear con tal de cumplir una misión. Hablamos de los Asesinos, los Hashshashin, la orden fundada en el año 1090 d. C. por Hassan el Sabbah, el legendario «Viejo de la Montaña», y que durante casi dos siglos sembró el terror entre todos los poderosos de Oriente Próximo, fueran estos líderes musulmanes o cruzados cristianos. En uno de mis cuatro libros sobre las cruzadas, El Amanecer de los Templarios, hago la hipótesis, para mí bastante razonable, de cómo el primer rey cristiano de Jerusalén, Godofredo de Bouillon y su primo, el conde Guarnerio de Grez, pudieron ser envenenados por uno de estos sicarios durante un almuerzo oficial ofrecido por el emir de Trípoli, en el Líbano.
Es un hecho que después de volver de ese viaje diplomático al emirato de Trípoli, ambos nobles francos empezaron a sentirse mal, y al poco murieron. Primero falleció el rey y después su primo quien, afortunadamente, apenas tuvo el tiempo material de mandar a llamar de urgencia a Jerusalén al hermano de Godofredo, Balduino de Boulogne, en ese momento señor del Condado de Edesa, para que éste viniese volando a coger el poder en la ciudad santa antes de que se les presentase a la puerta otro peligroso pretendiente, como por ejemplo el conde rival Raimundo de Saint Gilles. Acompañadme a conocer una de las organizaciones más fascinantes y temibles de la historia.
Una rama secreta del islam
Los Asesinos fueron una secta perteneciente a una rama minoritaria del islam chií, los nizaríes ismailíes. Surgieron a finales del siglo XI, en una época de gran fragmentación y conflicto en el mundo islámico. Su fundador, un hombre brillante y carismático, aunque ciertamente también cruel y sanguinario, llamado Hassan el Sabbah, comprendió algo genial: un grupo pequeño, sin ejército ni territorio extenso, no podía enfrentarse abiertamente a los grandes imperios que lo rodeaban. Pero podía hacerse temible de otra manera mucho más sutil, insidiosa y tremenda.
La estrategia de Hassan el Sabbah fue en cierto modo revolucionaria: en lugar de ejércitos, él emplearía el asesinato selectivo de figuras enemigas clave. ¿Para qué luchar contra todo un ejército, si para sembrar el caos y la derrota bastaba con eliminar al general o al príncipe que lo comandaba? Esta táctica de eliminar a líderes concretos para conseguir objetivos políticos, sembrando el terror entre los poderosos, hizo a los Asesinos enormemente influyentes pese a sus escasos números. Pues, todo el mundo los temía, tanto los líderes musulmanes, emires y sultanes, como los príncipes y reyes cristianos.
Las fortalezas construidas en la cima del mundo
Para sobrevivir rodeados de enemigos mucho más poderosos, los Asesinos se hicieron fuertes en una red de castillos y fortalezas construidos en lugares prácticamente inaccesibles, casi siempre en lo alto de las montañas más altas y escarpadas. La más famosa de estas fortalezas fue la de Alamut, en las montañas del macizo de Elburz, al norte de Persia, un nido de águilas – su nombre significa precisamente esto – casi imposible de conquistar, encaramado sobre un risco vertiginoso a 2163 metros de altitud.
Desde estas fortalezas inexpugnables, el líder de la secta (al que las fuentes cruzadas llamaron «el Viejo de la Montaña») dirigía las operaciones de sus agentes, que se infiltraban en las cortes y ciudades de sus enemigos. Las fortalezas eran a la vez refugio, centro de poder y símbolo: por mucho que un rey o un sultán quisiera acabar con ellos, alcanzarlos en sus cumbres era casi imposible y los caminos estrechos y abruptos que llevaban hasta ellas, eran terreno perfecto para montar trampas y emboscadas mortales para cualquier ejército que quisiese subir. Siempre si a esos hipotéticos soldados no los mataba antes el tremendo frío que hace allí arriba durante casi todo el año…
Agentes de la muerte que no le temían a la muerte

Lo que hacía verdaderamente terroríficos a los Asesinos era la entrega absoluta de sus agentes. Estos hombres, llamados fida'in («los que se sacrifican»), estaban dispuestos a morir para cumplir su misión en nombre de Alá todopoderoso, el profeta Mahoma o su líder espiritual. Pero, espera un momento, ¿de qué coño me suena todo esto? Ah sí, de que hoy en día, mil y pico de años después, los radicales islámicos del ISIS, Al-Qaeda, Estado Balsámico de Modena 🙂 o Boko Haram hacen exactamente lo mismo.
El modus operandi de la secta era el siguiente: se infiltraban pacientemente, a veces durante años simulando ser herreros, humildes pastores, cocineros, verduleros o camareros, ganándose así la confianza de su víctima y del entorno más cercano, (algunos llegaron incluso a casarse y montar familias con hijos para reforzar su tapadera), hasta que llegaba el momento de actuar. Y cuando lo hacían, golpeaban según dictaban las circunstancias, de la forma más impactante, visible y ruidosa posible, con fuego, dagas y espadas, o en el silencio más absoluto con potentes venenos.
Aunque, por lo general, los sicarios Asesinos solían matar a sus víctimas con una daga en público y a plena luz del día, por ejemplo, en una mezquita o iglesia abarrotada, un mercado o en plena corte, asegurándose de que todos lo vieran y captaran el mensaje. Y el mensaje era claro: nadie, ninguno de vosotros por muy poderoso que sea está a salvo, en ninguna parte. Y como sus sicarios no esperaban siquiera poder escapar del lugar del crimen ni salir vivos de él, no temían a la muerte y eran casi imposibles de detener. Esta combinación de fanatismo, paciencia y desprecio por la propia vida los convirtió en la pesadilla de todos los poderosos de la región.
La leyenda del paraíso (y el origen del nombre)

Sobre el porqué de esa entrega total surgió una leyenda famosísima, recogida más tarde por el famoso viajero veneciano Marco Polo cuando pasó por allí en su viaje a China, entre otros. Según esta historia, el Viejo de la Montaña habría drogado hasta las cejas a sus jóvenes seguidores con hachís y opio, unas drogas muy potentes, sobre todo la segunda, y muy comunes en esa zona del mundo, y los habría introducido, mientras estaban todavía medio dormidos por el colocón, en un jardín secreto y paradisíaco lleno de manjares, fuentes, jardines, lujo a tutiplén y bellas mujeres (las llamadas huríes) semi desnudas, haciéndoles creer que ese era el paraíso que les esperaba si cumplían. Luego los sacaba de allí, y les decía que solo volverían a aquel paraíso si morían cumpliendo sus órdenes. Así se aseguraba su obediencia ciega y su desprecio a la muerte. Igual que hoy, vaya.
De esa leyenda viene, supuestamente, el nombre. Se dice que la palabra «Hashshashin» derivaría de «hashish» (hachís), una de las drogas que se les habría suministrado. De «Hashshashin» pasó, a través de los cruzados que llevaron el término a Europa, a «assassin» en francés e inglés y «asesino-assassino» en español e italiano. Aunque el origen exacto de la palabra es todavía discutido por los lingüistas, lo cierto es que nuestra palabra para designar al que mata por encargo nace, precisamente, del nombre de esta secta. No está mal como legado lingüístico.
El terror de cruzados y sultanes (y su final)
Los Asesinos no distinguían de religiones a la hora de elegir blancos: mataron a numerosos príncipes y dignatarios musulmanes (sus rivales dentro del mismo islam) pero también a destacadas figuras cruzadas. Una de sus víctimas más célebres fue el marqués italiano Conrado del Montferrato, recién elegido rey de Jerusalén y apuñalado en plena calle en Tiro, en el actual Líbano, en 1192. Incluso el gran sultán Saladino sufrió varios atentados de los Asesinos y, según se cuenta, tras encontrar una daga y una nota amenazante junto a su cama, prefirió negociar un trato con ellos y pagarles una cierta cantidad de oro, antes que seguir enfrentándose a semejante enemigo invisible, omnipresente e inalcanzable.
El fin de los Asesinos llegó en el siglo XIII, y no de manos de los cruzados ni de los sultanes o emires locales, sino de una fuerza nueva, imparable y mucho más cruel que ellos, que arrasó todo el Oriente: los mongoles. Las hordas asesinas mongolas de Gengis Kan, Ogodei Kan, Guyuk Kan y Hulagu Kan que no se andaban con sutilezas, conquistaron y arrasaron una a una todas las fortalezas de los Asesinos, incluida la legendaria fortaleza de Alamut, hacia 1256.
La terrible secta que había aterrorizado a reyes y poderosos durante siglo y medio fue prácticamente exterminada por unos invasores asiáticos aún más feroces y despiadados que ellos.
Los Asesinos quedaron para siempre en el imaginario colectivo como el arquetipo de sociedad secreta letal: las fortalezas en las montañas, los agentes fanáticos, el líder venerable y misterioso, el golpe imposible de prever. Su leyenda ha inspirado novelas, películas y hasta videojuegos famosísimos como el célebre Assassin's Creed «The Ezio Collection» que tanto me gusta a mí.
Y todo esto, queridos lectores, partió de un puñado de hombres encaramados a unas montañas de Persia que descubrieron que el miedo, bien administrado, puede ser más poderoso que cualquier ejército. Si os ha fascinado, el turbulento mundo de las Cruzadas lo encontraréis completo en mi saga La Historia de las Ocho Cruzadas. La Historia con H mayúscula como nunca antes te la contaron.
Per Aspera, Ad Astra.
✠ David S. Matrecano
Ibiza, mayo 2026
Fuentes y referencias
- Crónicas y fuentes: relatos de los cruzados sobre el «Viejo de la Montaña»; Marco Polo (que recogió la leyenda del jardín-paraíso, considerada legendaria); Ali ibn al-Athir; Juvayni (historiador persa que describió la caída de Alamut ante los mongoles).
- Contexto: secta nizarí ismailí, Hassan el Sabbah, fortaleza de Alamut, los fida'i, asesinato de Conrado de Montferrato (1192), destrucción de la secta por los mongoles (Alamut, c. 1256). Etimología discutida de «asesino».
En este artículo NO hay ficción
Los hechos —la existencia de la secta nizarí ismailí de los Asesinos, su fundador Hassan el Sabbah, la estrategia del asesinato selectivo, las fortalezas de montaña como Alamut, los agentes fida'in, el asesinato de Conrado de Montferrato y la destrucción de la secta por los mongoles hacia 1256— son hechos históricos documentados. El artículo señala explícitamente que la leyenda del jardín-paraíso con mujeres desnudas (recogida por Marco Polo en su libro), así como el origen del nombre de la secta a partir del hachís, son materia legendaria (aunque la cosa sea muy probable), temas todavía muy discutidos por la comunidad histórica, y no hechos probados al 100%. Los comentarios y las apreciaciones del narrador son parte de la voz literaria y artística personal del autor de este artículo y de los libros que en él se mencionan, David S. Matrecano.
