Un hombre se levanta una mañana convencido de que Dios lo ha señalado. No con palabras sino con sueños apocalípticos y una marca sagrada bien visible en el cuerpo, una cicatriz o quemadura en forma de cruz en el pecho. Algo que él y quienes lo rodean interpretan como una prueba de que él es el elegido, como Keanu Reeves en Matrix. Su misión es limpiar y purificar Europa de sus enemigos antes de que llegue el fin de los tiempos, y el primer paso de esa purificación pasa por exterminar a todos los judíos que llevaban generaciones enteras viviendo puerta con puerta con sus vecinos cristianos europeos.
El hombre señalado por Dios y Cristo reúne una masa de miles de personas despiadadas dispuestas a matarlos en su nombre. Recorre ciudad tras ciudad en la misma zona de Alemania donde ha nacido y se ha criado, dejando miles de cadáveres de hombres, mujeres y niños a su paso. Y cuando por fin alguien con los huevos bien puestos le planta cara y le presenta batalla, el elegido huye de Matrix y se esconde en su castillo. Ese hombre se llamaba Emicho, conde de Flonheim y Leiningen, y actuó en plena Edad Media, en 1096. Ochocientos treinta y siete años después, otro hombre que hablaba el mismo idioma y había nacido en las cercanías de Emicho repitió casi el mismo guion, con la misma convicción de estar cumpliendo un destino providencial, la misma masa embriagada de racismo y violencia colectiva y, al final, la misma cobardía ante las terribles consecuencias de lo que había desatado. Ese otro hombre era austriaco y se llamaba Adolf Hitler.
Quién fue el conde Emicho de Renania
En mayo de 1096, algunos meses antes de que los cuarenta mil cruzados al mando de Pedro el Ermitaño siquiera abandonasen Colonia con destino a Tierra Santa y Jerusalén para dar inicio a la llamada Cruzada de los Pobres, un noble menor del Rin llamado Emicho von Flonheim-Leiningen reunió bajo su mando a varios miles de paisanos, pequeños nobles arruinados, soldados mercenarios y aventureros sin nada que perder, con la excusa de participar ellos también en las cruzadas contra los infieles musulmanes. Pero estos no iban camino de Jerusalén todavía. Antes de eso, decidieron ocuparse sistemáticamente de los «enemigos de Cristo» que tenían más cerca: las comunidades judías de Espira, Worms, Maguncia, Colonia, Praga y muchas otras.
Lo que siguió no fue un estallido de violencia espontánea, sino una campaña bien orquestada y organizada, ciudad a ciudad, durante semanas. Miles de judíos —hombres, mujeres, niños y familias enteras— fueron torturados y asesinados, ahorcados, pasados a cuchillo o quemados vivos en sus hogares, comercios y sinagogas. A causa de esto, muchos más se quitaron ellos mismos la vida junto con los suyos antes que aceptar el bautismo y la conversión forzosa al cristianismo que les era impuesta para salvar sus vidas, o antes de caer en manos de la turba. Los números reales de muertos son inciertos y varían mucho según la fuente, y la propia historiografía los trata como órdenes de magnitud antes que como cifras cerradas: hablamos, en cualquier caso, de miles de víctimas. Para buena parte de la historiografía moderna este fue el primer «pogromo» —palabra rusa que significa devastación o destrucción violenta de una comunidad— organizado y documentado a gran escala de la historia europea: el primer eslabón de una larga cadena de violencia antisemita que no se rompería hasta mediados del siglo XX y que parece estar de vuelta en el siglo XXI.
La señal y la misión sagrada que nadie le pidió

Lo que distingue al conde Emicho de un simple caudillo medieval violento es cómo se presentaba a sí mismo. Según recogen las crónicas de la época —la más citada es la de Alberto de Aquisgrán— Emicho llevaba, o decía llevar, una marca en forma de cruz en el cuerpo que interpretaba como una señal divina: la prueba de que había sido elegido para jugar un papel protagonista en el drama final de la historia humana, dentro de la tradición apocalíptica del «último emperador» que debía purificar el mundo antes de la Parusía, es decir el segundo regreso de Cristo sobre la tierra, la resurrección de todos los muertos (como en una apocalipsis zombi) y el Juicio Final —contrapuesto, siglos más tarde, a la Solución Final ideada por aquel otro señor venido ocho siglos después—.
Emicho no era un noble más buscando botín —aunque también hubo botín, y mucho, en forma de oro, plata, joyas, dinero y piedras preciosas, pues las comunidades hebreas, excluidas por ley de la tierra y de casi todos los gremios artesanos cristianos, se habían visto empujadas durante generaciones hacia el comercio y las finanzas —pues a los cristianos, por una interpretación de la Biblia, les estuvo prohibido ejercer de banqueros y prestamistas hasta bien entrado el Renacimiento—, y muchas prosperaron a pesar de todas aquellas prohibiciones que las hacían ciudadanos de segunda—. Ese diabólico conde era, a ojos de sus seguidores y probablemente a los suyos propios, el instrumento de un gran plan divino. Esa autopercepción es la que convierte una masacre local en algo mucho más peligroso: un movimiento que nace con vocación de eternidad y capaz de arrastrar a miles de personas corrientes a cometer atrocidades que, tomadas por separado, jamás habrían imaginado ni cometido.
El mecanismo detrás de la creación de una masa asesina

El famoso historiador Norman Cohn —judío, británico, y una de las figuras académicas más respetadas del siglo XX en el estudio de los movimientos místicos milenaristas— dedicó buena parte de su libro, The Pursuit of the Millennium (1957), precisamente a esto: a rastrear cómo las horribles masacres renanas de 1096 comparten una notable estructura psicológica y social con la de los grandes movimientos totalitarios del siglo XX, comunismo, nazismo y fascismo. Un líder que se cree —y logra que otros lo crean— ungido por una fuerza mística superior. Una masa que encuentra en la violencia colectiva una forma de éxtasis, pertenencia y venganza por ciertas envidias y frustraciones que surgían al ver el boyante bienestar de unos —como por ejemplo los judíos en la Alemania medieval o el zar y los nobles en la Rusia de la revolución comunista— comparado con la miseria de otros. Y una «purificación» que se presenta como el paso necesario antes de la llegada de un mundo nuevo, ya sea el Reino de Dios, la Unión Soviética o un Tercer Reich que se soñaba milenario.
Y no fue solo Emicho. En esas mismas diez o doce semanas, otro nombre que ya conocemos bien por este blog se unió a Emicho y se movió en la misma órbita de violencia: Thomas de Marle y Coucy, el noble al que le dedicamos un artículo en este mismo blog por haber servido de inspiración real del malvado personaje Ramsay Bolton de Juego de Tronos, y que participó del mismo clima de impunidad que hizo posible cometer todas estas barbaridades contra los hebreos. No fueron hechos aislados. Fueron todos síntomas de una misma enfermedad.
El paralelo incómodo pero real
Ochocientos treinta y siete años después, en la misma región cultural y lingüística de Europa —el ámbito germanoparlante, que se extiende del Rin al Danubio—, Adolf Hitler construyó su ascenso sobre una convicción muy parecida: que una fuerza superior, a la que él mismo llamaba una y otra vez «la Providencia», lo había elegido y protegido para cumplir una misión sagrada e histórica. Y no es una lectura forzada ni una ocurrencia de este escritor italiano: es un motivo real que recorre todos sus discursos, cada vez con más insistencia según pasaban los años, hasta convertirse en la justificación última de todo lo que vino después. Y más porque es sabido que el régimen nazi, de la mano de su número dos Heinrich Himmler —el ideador, por cierto, de la solución final del problema judío—, se apoyaba mucho en ciertas facetas místicas, ocultas y de mitología aria. Hasta el punto de que, según la leyenda popularizada por Indiana Jones, basada libremente en expediciones reales llevadas a cabo por la Ahnenerbe, una organización pseudocientífica fundada por el propio Himmler, llegaron a poner en marcha la búsqueda real del Santo Grial.
El mecanismo es el mismo que describe Cohn: la promesa de una purificación redentora, la masa que encuentra sentido y pertenencia en la violencia colectiva, y un enemigo —que es siempre el mismo, ochocientos años después— señalado como el obstáculo entre un mundo sucio, injusto y corrupto y su versión purificada donde todos son ricos y felices.
La misma cobardía, ochocientos años después

Y el paralelo no se detiene en la misión: llega hasta el final.
Cuando las tropas del rey Coloman I de Hungría interceptaron a las hordas de Emicho junto a la fortaleza fronteriza de Moson, en el actual oeste de Hungría, en junio de 1096, las aplastaron casi por completo. Emicho, por su parte, el hombre que se había proclamado nuevo emperador de Roma e instrumento del plan divino, no murió como un mártir ni al frente de los suyos: fue visto huir al galope tendido del campo de batalla nada más comenzar el asalto, como si hubiera visto un fantasma, un vampiro o algo así, abandonando a la masa de fanáticos cristianos que lo había seguido hasta allí. Algunos creen que, al ver el tamaño de las fuerzas de reserva húngaras que lo esperaban, se la hizo encima.
Ochocientos cuarenta y nueve años más tarde, en un búnker bajo un Berlín en ruinas, el hombre que durante doce años, de 1933 a 1945, se había creído elegido por la Providencia tampoco se entregó, ni dio la cara ante los millones de alemanes y europeos a quienes había arrastrado a la catástrofe y la muerte, ni afrontó el juicio por todo lo que había desatado. Se quitó la vida de un disparo en la sien, al parecer y según se dice, con su propia pistola Walther PPK.
Ninguno de los dos «elegidos del destino» murió, al final, como en el heroico y épico destino que ellos mismos predicaban. Ambos, cuando llegó el momento de pagar el precio de su propia misión, simplemente la abandonaron.
Por qué esta comparación importa
Conviene ser muy claros en un punto: esta comparación es solo de patrón e intención, no de magnitud. Una turba armada de espadas y escudos del siglo XI, por brutal que fuera, no es equiparable en escala, en organización ni en mecanismo a una maquinaria estatal industrial diseñada para el exterminio sistemático de un pueblo entero. El Holocausto no tiene equivalente histórico en su escala, y cualquier lectura de este artículo que buscara diluir esa diferencia estaría traicionando por completo su propósito.
Lo que sí comparten, y por eso merece la pena mirarlos juntos, es el patrón psicológico y retórico que hace posible que gente corriente participe en la aniquilación de sus vecinos: la autoproclamación de una misión sagrada, la masa que encuentra en la violencia colectiva un sentido de pertenencia, y un enemigo señalado de antemano como el obstáculo a eliminar antes de que llegue el mundo prometido. Reconocer ese patrón —en el Rin de 1096 tanto como en Europa central ochocientos años después— es quizá la única vacuna real contra que alguien vuelva a repetirlo bajo otra bandera y en otro siglo.
Fuentes y referencias
- Alberto de Aquisgrán, Historia Ierosolimitana — crónica principal sobre los pogromos renanos de 1096
- Norman Cohn, The Pursuit of the Millennium (1957) — referencia académica sobre la estructura psicosocial de los movimientos milenaristas violentos
- Guiberto de Nogent, crónica contemporánea sobre Thomas de Marle y la violencia de la Primera Cruzada
- Historiografía moderna sobre la retórica providencialista en los discursos públicos de Hitler, 1930-1945
En este artículo NO hay ficción
Emicho de Renania, las masacres de Espira, Worms, Maguncia, Colonia y Praga, la señal que el conde reclamaba llevar marcada a fuego en su pecho, y la derrota y huida en Moson en 1096 están documentados en crónicas contemporáneas y aceptados por la historiografía moderna. La comparación con los hechos del siglo XX es una lectura interpretativa y razonada del autor de este artículo, David S. Matrecano, apoyada en los hechos y en la historiografía académica seria (Cohn), pero no es un hecho histórico confirmado en sí mismo —y, como se explica arriba, el artículo entero es solo una comparación de patrones de comportamiento, no de magnitud.
Ibiza, agosto de 2026

