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Las Cruzadas

Pedro el Ermitaño: el místico monje predicador que arrastró media Europa a la Tierra Santa

Un monje flaco y desaliñado, de ojos profundos y atormentados, barba blanca y voz atronadora, que iba de aldea en aldea montado en un burro diminuto y viejísimo, encendió, solo con sus apocalípticas palabras, el mayor movimiento de masas de la Edad Media: las cruzadas.

9 Jun 2026 · 12 min
Pedro el Ermitaño predica la cruzada al pueblo, montado en su viejo burro, bajo un cielo tormentoso

Europa Occidental, año 1095. Cerrad los ojos, solo por un momento, e imaginad a un hombrecillo humilde y flaquísimo, vestido con un hábito eclesiástico de lana gruesa marrón sujetado por un cinturón de cuerda, a los pies calza unas viejas sandalias de cuero consumidas de tanto andar, y colgando del cuello lleva un gran crucifijo de madera; el hombre, montado en un humilde burro, lleva semanas sin lavarse recorriendo incansablemente los caminos más recónditos y peligrosos de Europa para difundir el verbo de Cristo y las palabras del papa. Y ahora imaginad que ese mismo hombrecillo, solo con la fuerza de esas palabras, fue capaz de poner en marcha un movimiento de decenas de miles de personas, de arrancarlas de sus casas, chozas, castillos y fincas para lanzarlas a un viaje a pie de miles de kilómetros (4500 para ser precisos) hacia Jerusalén. Pues, amigos lectores, ese hombre existió de verdad y se llamaba Pedro de Amiens, más conocido en los libros de historia como Pedro el Ermitaño. Uno de los personajes más fascinantes y desconcertantes del arranque de las cruzadas, y su historia merece ser contada.

El papa enciende la mecha

El papa Urbano II proclama la cruzada ante la multitud en el concilio de Clermont, 1095
El papa Urbano II proclama la cruzada ante la multitud en el concilio de Clermont, 1095

Para entenderlo, hay que retroceder al año 1095. Ese año, en el concilio ecuménico de Clermont, una gran reunión de curas, cardenales y obispos, el papa Urbano II pronunció uno de los discursos más influyentes de la historia europea. Llamó a todos los caballeros cristianos de Europa a tomar las armas para ir a Oriente Medio y liberar Jerusalén y los Santos Lugares del cristianismo del sofocante dominio musulmán; pues en ese momento la Tierra Santa estaba en manos islámicas, y estos, como os podréis imaginar, no eran nada tiernos con los cristianos que todavía vivían por allí. A cambio, ese listillo del papa, les prometía el perdón total de todos sus crímenes y pecados en la tierra y, ya en el cielo, les aseguraba un puesto privilegiado sentados a la derecha de nuestro señor Jesucristo. La respuesta a su llamamiento fue un inmenso clamor a nivel continental que se cuajó bajo un lema que pasaría a la historia: «¡Deus lo Vult, Dios lo quiere!».

Pero el propio papa, en ese momento, fue pillado completamente a contrapié… Pues el pontífice pensaba más en enviar una expedición militar ordenada de caballeros y nobles, organizada y comandada por la flor y nata de la aristocracia europea. Esa sería, idealmente, la Primera Cruzada «oficial» que partiría más tarde, de allí a un año, en 1096. Lo que nadie se esperaba es que, de allí a pocas semanas, mucho antes de que los nobles, los caballeros y los militares de profesión estuvieran listos, se pusiera en marcha rumbo a Jerusalén otra cosa muy distinta, más popular y muchísimo más caótica: «La Cruzada de los Pobres». Y el responsable de ello fue precisamente nuestro Pedro ermitaño.

El poder hipnótico de un hombre humilde

Pedro el Ermitaño fue un monje predicador del norte de Francia, muy popular durante la Edad Media, pues había nacido en 1050 en Amiens, una bellísima ciudad ubicada 120 kilómetros al norte de París, en el actual departamento del Somme, una región francesa que antiguamente se conocía como Picardía. Las crónicas nos lo describen como un hombre de aspecto ascético e impresionante, demacrado y de ojos profundos, vestido siempre con extrema humildad para mantenerse fiel al voto de pobreza. Se movía de aldea en aldea montado en un asno viejísimo que desde hacía más de una década era su fiel compañero de viaje. Pero nuestro Pedro tenía un don descomunal: su oratoria mística y explosiva, pues, le hablaba al pueblo llano con una pasión y una elocuencia que magnetizaban y electrizaban a las multitudes.

Mientras los nobles se organizaban con calma, Pedro recorría incansablemente aldeas y ciudades predicando la cruzada al pueblo común: campesinos, artesanos, pobres, siervos de la gleba (campesinos esclavos atados de por vida a una parcela de tierra), mujeres, ancianos, niños. Gente sin formación militar, sin armas decentes, sin dinero ni provisiones. Y los encendía con sus palabras. Allí donde pasaba, multitudes enteras lo dejaban todo y se unían a él para marchar hacia Jerusalén. La crónica cuenta que la gente común ya lo veneraba como a un santo de tal modo que llegaban a arrancarle los pelos a su burro para guardarlos como reliquias. Imaginad el nivel de fervor y misticismo que era capaz de generar ese hombrecillo.

La Cruzada Popular: el desastre anunciado

Así nació lo que se conoce como la Cruzada Popular o Cruzada de los Pobres: una masa inmensa y desorganizada de miles y miles de personas que, bajo el liderazgo de Pedro el Ermitaño y de un caballero originario de Boissy-Sans-Avoir, llamado Gauthier, también conocido como Walter Sans-Avoir, Gualtiero Sin Dinero o Gualterio Sin Haberes, se lanzó a los caminos hacia Oriente en la primavera de 1096, muchos meses antes que los varios ejércitos profesionales reunidos por los principales nobles europeos.

Y fue, hay que decirlo claramente, una catástrofe de principio a fin. Aquella muchedumbre, sin disciplina ni suministros, fue dejando un reguero de problemas, conflictos y muerte a su paso por Europa oriental: violencias y saqueos para alimentarse, choques con las poblaciones locales y, en uno de los episodios más vergonzosos, las terribles matanzas de comunidades judías, con entre 12.000 y 15.000 judíos de todas las edades asesinados en varias ciudades del Rin, en Praga y en Hungría, perpetradas por grupos sueltos de cruzados alemanes —mira qué casualidad— de alguna manera asociados, pero no parte oficial, de este movimiento liderado por el Ermitaño. Es decir que la misión de Pedro y los suyos era alcanzar y liberar Jerusalén, no matar a pobres judíos en todo el medio de Europa. Sea como sea, este fue un comienzo bastante siniestro y trágico para una empresa que se presentaba a sí misma como sagrada y bendecida por Dios todopoderoso.

El final en Asia Menor

La Cruzada Popular es aniquilada por los turcos selyúcidas en la emboscada de Civetot, 1096
La Cruzada Popular es aniquilada por los turcos selyúcidas en la emboscada de Civetot, 1096

Contra todo pronóstico, una buena parte de aquella masa humana consiguió bajar por toda Europa oriental y llegar hasta las puertas de Constantinopla. El emperador bizantino Alejo I Comneno, que se esperaba la llegada de miles de caballeros y soldados profesionales disciplinados prometidos por el papa para luchar contra los invasores musulmanes turcos, se encontró con aquella marea de pobres europeos famélicos, conflictivos y militarmente inexpertos, y de buenas a primeras, no supo muy bien qué hacer con ellos. Para quitárselos de encima y evitar males mayores a su ciudad, el 6 de agosto de 1096, siguiendo un consejo de su Gran Primicerios, el general Tatikios, quien era una especie de consejero privado de confianza, los hizo cruzar a toda prisa al otro lado del estrecho del Bósforo, ya Asia Menor, y ya en plena zona de guerra en manos de los despiadados turcos selyúcidas del sultán Kilij Arslan (que se pronuncia «Kilish» y significa, literalmente, «la Espada del León»).

Y allí, sin Pedro presente en el momento clave (había vuelto a Constantinopla a pedir ayuda), la masa desorganizada e indisciplinada se adentró en territorio enemigo buscando botín. Los turcos selyúcidas, guerreros expertos, los emboscaron y los aniquilaron casi por completo en una matanza terrible. Decenas de miles de aquellos pobres ilusionados murieron sin haber visto siquiera Jerusalén. La Cruzada Popular había terminado en desastre absoluto.

El superviviente que sí vio Jerusalén

Y aquí viene el giro final, lo que hace de Pedro un personaje tan novelesco. Porque él sobrevivió. Cuando meses después llegó por fin el gran ejército de la Primera Cruzada «oficial», el de los nobles y caballeros bien armados, Pedro el Ermitaño se unió a él, ahora en un papel mucho más modesto y secundario. Y, con esa expedición, el viejo predicador acompañó la marcha a través de Asia Menor. Pero antes de Jerusalén, todavía le esperaba el infierno de Antioquía.

Antioquía: cuando hasta el profeta flaqueó

Porque el durísimo y larguísimo asedio de Antioquía (1097-1098) fue un infierno de hambre, frío, enfermedad y desesperación que se alargó mes tras mes sin un solo atisbo de esperanza. El ejército cruzado se desangraba, y las deserciones se volvieron una hemorragia imparable: soldados que se fugaban de noche, a docenas, a cientos, jugándose la horca con tal de escapar de aquella ratonera. Y aquí viene uno de los episodios más humanos y menos conocidos de nuestro personaje. Porque, amigos lectores, en la madrugada del 7 de enero de 1098, el propio Pedro el Ermitaño —el hombre que había encendido toda aquella locura, amigo personal del papa Urbano II— se quebró. Y huyó. Desertó del campamento a escondidas, en compañía de un noble franco, Guillermo de Melun, apodado «el Carpintero», nada menos que primo del rey de Francia. Pero los dos fugitivos no llegaron lejos: el implacable Tancredo de Altavilla, que tenía un don natural para cazar hombres, les dio alcance a pocos kilómetros del puerto de San Simeón, cuando ya buscaban un barco que los devolviera a casa. «Dios nos ha abandonado, Tancredo, ¡asúmelo!», le gritó Pedro en su defensa. No coló. Fueron devueltos al campamento entre la vergüenza y el escándalo general. A Guillermo el Carpintero, el príncipe Bohemundo de Tarento lo molió a palos y lo humilló hasta rebautizarlo «Guillermo el Cobarde». A Pedro, en cambio, su viejo amigo el legado pontificio Adémaro de Monteil lo perdonó con una simple penitencia. Ya se sabe: la ley, con los enemigos se aplica con dureza, y con los amigos se interpreta con suavidad.

La traición que estuvo a punto de cancelarlo todo

Y por si la deserción del propio Pedro fuera poco, en aquellos mismos días se produjo el episodio más grave de toda la campaña, uno que estuvo a punto de cancelar la cruzada entera mucho antes de llegar a Jerusalén. Otro de los grandes señores, el conde Esteban de Blois —que, todo sea dicho, solo estaba allí porque su esposa Adela lo había obligado prácticamente a empujones a alistarse—, también desertó del asedio. Pero Esteban hizo algo infinitamente peor que limitarse a huir. En su fuga hacia la costa, junto a otro desertor, Guillermo de Grandmesnil, se topó de bruces con el ejército imperial del emperador bizantino Alejo I Comneno, que marchaba precisamente a socorrer a los cruzados asediados en Antioquía. Y Esteban, gran amigo y admirador del emperador, convencido de que la ciudad ya había caído y de que todos sus excompañeros estaban muertos, cabalgó hasta Filomelion para convencer a Alejo de que diera media vuelta. Lo consiguió. El 16 de junio de 1098, el emperador ordenó la retirada y abandonó a los cruzados a su suerte. Aquel ejército de socorro, esperado como agua de mayo, jamás llegaría. La noticia cayó como una bomba sobre Antioquía: los cruzados, hambrientos y encerrados, se sintieron definitivamente abandonados por Dios y por los hombres. Probablemente no hubo mala fe en aquellos dos cobardes —creían sinceramente que todo estaba perdido—, pero su «putada» monumental no solo dejó tirados a ochenta mil cristianos en el peor momento imaginable, sino que además le serviría más tarde a Bohemundo de Tarento como coartada perfecta para quedarse Antioquía y no devolvérsela jamás al Imperio bizantino, tal y como había jurado. La Historia se escribe, muchas veces, con estas miserias.

La embajada más absurda de la historia

Y fue precisamente en ese clima de desesperación absoluta, abandonados por el emperador y con el colosal ejército del emir turco de Mosul, Kerbogha —doscientos mil hombres—, ya a las puertas, cuando a Pedro le quedaba todavía un as en la manga para redimirse, y vaya as. Los cruzados, contra toda lógica, decidieron intentar una negociación desesperada. ¿Y a quién eligieron como embajador para la misión más peligrosa imaginable? Pues al pequeño, sucio y andrajoso fraile del burro, precisamente para que lavara su nombre manchado. Así, Pedro el Ermitaño, acompañado de un intérprete llamado Erluino y enarbolando una enorme bandera blanca, se plantó en la lujosa tienda del emir —cojines de seda, alfombras persas de Tabriz y, en pleno junio a cuarenta grados, una jarra de agua con cubitos de hielo, no me preguntéis cómo—. Y allí, ante Kerbogha y todos sus generales, que lo miraban con asco indisimulado, el humilde monje soltó, con una flema casi británica y un punto de guasa, el ultimátum más descarado de toda la historia militar: exigió que se rindiera Kerbogha. Que el ejército musulmán de doscientos mil hombres depusiera las armas y se retirara «para salvar la vida». Imaginad la escena: el bando sitiado, hambriento y aterrorizado, exigiéndole al bando vencedor su rendición incondicional. Kerbogha casi se atraganta con el té de la risa, y le señaló, divertido, las miles de cadenas y grilletes que había hecho traer desde Bagdad para esclavizarlos a todos. Pero Pedro, sin inmutarse lo más mínimo, redobló la apuesta: les anunció muy serio que los cristianos habían encontrado un objeto mágico y milagroso, enterrado durante mil años, que los haría invencibles: la Sagrada Lanza de Cristo. Las carcajadas turcas fueron entonces atronadoras. La negociación, como era de esperar, terminó en un fracaso absoluto, con Kerbogha jurando que decapitaría a Pedro con sus propias manos. Y sin embargo, al día siguiente, el 28 de junio de 1098, los cruzados —fanatizados precisamente por la fe ciega en aquella Lanza— salieron de Antioquía y derrotaron, contra todo pronóstico, al inmenso ejército de Kerbogha. La Historia, a veces, escribe los guiones más inverosímiles.

Es decir: el hombre que había encendido la mecha de todo aquel movimiento, cuyo primer intento había terminado en masacre, vivió lo suficiente para ver cumplido, al menos en parte, el sueño que había predicado. Pudo entrar en la Ciudad Santa por la que tantos de sus seguidores habían muerto. Después regresó a Europa, fundó un monasterio y murió, ya anciano, en relativa paz.

La figura de Pedro el Ermitaño resume como ninguna la doble cara de las cruzadas: el fervor sincero y el desastre sangriento, la fe que mueve montañas y el fanatismo que arrasa, el idealismo más puro y la tragedia más absurda. Un hombrecillo en un burro que, solo con sus palabras, cambió el rumbo de la historia. Para bien y para mal.

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Per Aspera, Ad Astra.

✠ David S. Matrecano

Ibiza, mayo 2026

Fuentes y referencias

En este artículo NO hay ficción

Los hechos —la predicación de Pedro el Ermitaño, la Cruzada Popular de 1096, los disturbios y las matanzas de comunidades judías en el Rin asociadas al movimiento, la llegada a Constantinopla, el paso a Asia Menor, la aniquilación de la masa popular por los turcos, la supervivencia de Pedro, que se unió luego a la cruzada de los nobles, su intento de deserción durante el asedio de Antioquía junto a Guillermo de Melun «el Carpintero», la deserción del conde Esteban de Blois y el consiguiente repliegue del ejército bizantino de Alejo I Comneno desde Filomelion, su embajada ante el emir Kerbogha de Mosul y su llegada final a Jerusalén— están documentados en las crónicas de la época citadas. Las matanzas de judíos se mencionan como el hecho histórico documentado que fueron. Los comentarios y apreciaciones del narrador son parte de la voz literaria personal del autor David S. Matrecano.

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✠ David S. Matrecano
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