De casi todos los asesinatos de la Antigüedad casi siempre solo tenemos rumores. De este tenemos documentación de todo el juicio con el sumario, nombres, apellidos, cargos, cómo se organizó, quién delató a quién, qué pena le cayó a cada uno y —esto es lo increíble— sabemos también qué les pasó a algunos jueces corruptos que se dejaron sobornar y durante el juicio intentaron ayudar a los culpables. Se conserva en el Museo Egipcio de Turín, Italia, escrito en caracteres jeroglíficos hieráticos sobre un papiro, y es el documento judicial más completo que nos ha llegado del Antiguo Egipto. Cuenta cómo una esposa secundaria organizó el asesinato del faraón más poderoso de su siglo para hacer ascender a su hijo al trono, y cómo el Estado egipcio la persiguió después hasta el último cómplice, cómplice a cómplice. Os adelanto que hay un detalle final, descubierto en Egipto tan solo en el año 2012, que pone la piel de gallina a cualquiera.
El escenario: un imperio que brillaba desde fuera y se agrietaba por dentro
Ramsés III fue el segundo faraón de la XX dinastía y el último rey verdaderamente poderoso del Imperio Nuevo. Reinó unos treinta y dos años, entre 1186 y 1155 a.C. Frenó a los salvajes y sanguinarios Pueblos del Mar —entre ellos a los peleset, los futuros filisteos— que ya habían arrasado con su furia destructiva todo el mundo micénico e hitita, y dejó constancia de sus victorias en los muros de Medinet Habu, que todavía hoy se pueden recorrer y ver. O sea que el tío ese, Ramsés III, era un gran faraón en todos los sentidos.
Pero pongamos esto en perspectiva, porque el fondo del cuadro importa. Bajo aquel monumental esplendor de piedra, esquisto, lapislázuli y mármol, el Egipto crujía. En el año veintinueve de su reinado, por ejemplo, los obreros de la necrópolis de Deir el-Medina —los hombres que excavaban las tumbas reales— dejaron de recibir sus salarios y raciones y se declararon en huelga. La primera huelga documentada de la historia de la humanidad ocurrió bajo el reinado de este hombre. Un Estado que no puede pagar a quienes construyen la tumba del rey es un Estado fallido, o como mínimo un Estado con problemas serios. Aunque también cabe la posibilidad de que esos fondos y raciones existieran, pero que fuesen desviados por algún administrador o político corrupto a sus bolsillos, sin que el rey lo supiera. Quién sabe…
Sea como fuere, en ese clima de caos, malcontento y confusión, alguien en el palacio calculó que con un rey en ese momento tan débil e impopular, el trono estaba al alcance de la mano para quien tuviese el valor de sublevarse y cogerlo.
La conjura: una esposa, un hijo no destinado a reinar y un mayordomo
La cabeza del golpe fue Tiy, una esposa secundaria del faraón. Su objetivo era sencillo y viejo como el mundo: apartar al heredero legítimo designado —el futuro Ramsés IV, hijo de otra mujer, Tyti, la esposa principal— y sentar en el trono a su propio hijo, Pentaur.
El cerebro operativo fue un funcionario llamado Pebekkamen, jefe de despensa. Fijaos en el cargo, porque explica el complot entero: el hombre que controla todo lo que entra y sale de la cocina del rey también controla el palacio. Con él, un elenco que parece sacado de una novela de intriga palaciega renacentista de la Florencia de los Médicis: Mastesuria, copero. Panhaiboni, supervisor del ganado. Panuk, supervisor del harén real. Pendua, escriba del harén.
El plan tenía dos capas. La primera, el golpe de Estado con el asesinato del faraón. La segunda —y esta es la que revela el nivel de ambición— fomentar una insurrección popular que lo respaldara. Las actas recogen la consigna que Pebekkamen hizo circular hacia el exterior, dirigida a sus cómplices agitadores, y que es tan actual que asusta: «Sublevad a la gente. Encended la enemistad en todas partes para hacer una rebelión contra su señor.»
Y hubo una tercera capa que los egiptólogos discuten todavía, pero que yo, personalmente, doy como muy probable que haya ocurrido: los papiros Rollin y Lee mencionan la magia. Figuras de cera atravesadas por alfileres, fórmulas mágicas, objetos rituales usados para paralizar de forma exotérica a la guardia del rey. Que funcionara o no es irrelevante; lo interesante es que los conspiradores creían que sí, y que el tribunal lo consideró un cargo añadido a castigar con dureza.

El golpe: la Bella Fiesta del Valle
Los conjurados eligieron el mejor día posible: la Bella Fiesta del Valle, la gran celebración tebana —la ciudad egipcia que hoy se llama Luxor— en la que la corte entera del faraón cruzaba el Nilo hacia la orilla oeste, la misma por donde se ponía el sol y que se consideraba consagrada a los muertos, para visitar las tumbas familiares. Un día de multitudes que debía de ser muy similar al "día de los muertos" que se celebra en México, con procesiones, cánticos, vino, alegría y desorden. Un día en el que nadie, y menos aún los guardias, cuenta y controla a los que entran y salen.
Y salió bien. Ramsés III murió en ese día.

¿Cómo sabemos exactamente lo que le hicieron al rey?
Durante más de un siglo, los egiptólogos discutieron si el atentado había triunfado o solo había sido intentado, porque las actas hablan de conspiración pero no describen el crimen en sí, ni dicen si la víctima sucumbió en el acto o tiempo después. La momia del propio Ramsés III no ayudaba: estaba envuelta hasta el cuello en vendas gruesas que nadie se atrevía a retirar por temor a desintegrarla.
Sin embargo, en 2012, un equipo dirigido por Albert Zink y Zahi Hawass —sí, aquel profesor que veis en todos los documentales sobre Egipto con su sombrero estilo Indiana Jones— pasó la momia por un escáner de tomografía axial computarizada, una TAC. Y ahí estaba, bajo el vendaje del cuello: un corte de más de siete centímetros, profundo hasta las vértebras, que le seccionó tráquea, esófago y grandes vasos, es decir, arterias y venas. Un tajo único. Mortal. Desangrado en cuestión de un minuto y medio, como mucho.
Los embalsamadores lo taparon, le colocaron un amuleto de Horus justo dentro de la herida para que sanara en el más allá, y vendaron generosamente el cuello. Tres mil ciento setenta años después, una máquina del siglo XXI levantó ese vendaje sin tocarlo.
El juicio: veintiocho ejecutados y diez suicidios inducidos
Aquí es donde el complot fracasa. Porque el faraón murió, sí, pero Pentaur no llegó al trono. El heredero legítimo se coronó a toda prisa como Ramsés IV, tomando el control de la administración y del ejército con decisión y férrea voluntad, amparado por su derecho legal y divino de heredero designado, y su primer acto de gobierno fue montar el mayor proceso criminal público del que tenemos noticia en Egipto.
El Papiro Judicial de Turín recoge cinco vistas del tribunal. Los nombres de los acusados aparecen a menudo cambiados por seudónimos infamantes —a uno lo llaman «Mesedsure», que significa "Ra lo aborrece"; a otro lo llaman «Binemwese», es decir "el mal en Tebas"—, y así con todos los demás, porque en la mentalidad egipcia dejar por escrito el nombre verdadero de un criminal era como regalarle el premio de la existencia eterna.
Los números: veintiocho personas ejecutadas. Diez más, entre ellas el propio hijo, Pentaur, «autorizadas» a quitarse la vida, que era la fórmula piadosa para la sentencia de muerte de un príncipe. Las actas lo despachan con una frialdad que hiela: lo dejaron allí donde estaba, y él se quitó la vida.
De Tiy, la instigadora, el papiro no dice qué fue de ella. Ni una línea. Pero, visto lo que les ocurrió a los demás, la conclusión sobre su final no requiere mucha imaginación.
Y también fueron procesados quienes sabían y callaron. En Egipto, el silencio ante un magnicidio era delito.
El detalle que convierte el sumario procesal en literatura
Las vistas cuarta y quinta ya no juzgan a los conspiradores. Juzgan al propio tribunal.
Durante el proceso, varios miembros de la corte —entre ellos dos importantes jueces, Paibes y Mai, y el capitán de la policía— fueron sorprendidos de fiesta con las mujeres acusadas a las que estaban juzgando. Cenas, vino, bailes y todo lo que ustedes se imaginen.

La sentencia contra esos corruptos fue egipcia hasta la médula: les cortaron la nariz y las orejas. A un cuarto implicado, un alto personaje de gran resonancia en la corte, le bastó con recibir una reprimenda verbal, lo que dice bastante sobre su categoría social. Y de un quinto, un tal Hori, el papiro de Turín no anota la pena.
Ahí lo tenéis, queridos lectores: en el juicio por el asesinato del rey más grande e importante del mundo entonces conocido, hubo que abrir una pieza separada porque los jueces se estaban emborrachando y probablemente fornicando con las procesadas. La naturaleza humana no ha cambiado ni un milímetro en los últimos tres mil años.
La momia que grita
Y ahora el final, que es de los que no se olvidan.
En el escondrijo real ("cachette") de Deir el-Bahari, donde el gran sacerdote Pinedjem, muchos siglos después, escondió las momias reales para salvarlas de los saqueadores de tumbas, junto a las momias de los grandes faraones apareció un cuerpo catalogado como «Hombre Desconocido E». El cuerpo del desconocido no tenía nombre, no tenía inscripción, no tenía un ataúd digno y estaba además envuelto en una piel de cabra, un material ritualmente impuro que ningún egipcio de bien habría tolerado sobre su cadáver. No lo habían momificado: lo habían cubierto de natrón sin extraerle los órganos. Y su rostro estaba congelado en una mueca abierta que le valió el apodo con el que se le conoce: la momia que grita. Y sin embargo, ese supuesto don nadie estaba allí, en medio de medio centenar de reyes y reinas perfectamente momificados y cargados de joyas.
El análisis de ADN, también efectuado en el año 2012, estableció que aquel hombre era, sin lugar a duda, un hijo de Ramsés III. Y la posición de la piel del cuello indicaba una gran compresión en el momento de la muerte: la de una cuerda o una tela que el difunto habría utilizado para ahorcarse.
Es, casi con total certeza, Pentaur. Al príncipe que quiso ser faraón lo enterraron sin nombre, sin ritos y envuelto en cuero de cabra, para asegurarse de que no existiera en la otra vida. En la teología egipcia, eso no es solo un entierro humilde para un ser malvado: es una segunda pena de muerte, la eterna y definitiva.
Ramsés III no fue el primero: el harén real como punto débil del poder faraónico
Este complot no salió de la nada, y aquí está lo que casi nadie te cuenta.
Ochocientos años antes, bajo la VI dinastía, en el siglo XXIV a. C., otro gran faraón, Pepi I, que tuvo un largo reinado de cincuenta años, ya había sobrevivido a una conjura muy parecida urdida dentro de su propio harén: Uni, un funcionario de su total confianza que años más tarde se convertiría en Gran Visir de otro faraón, investigó el caso en el más absoluto secreto, y su relato sobre los hechos, escrito en su totalidad en las paredes de su tumba, calla deliberadamente el desenlace. Esa historia, con su final desconocido, es harina de otro costal —y de otro artículo.
Y en medio, en la XII dinastía, hacia 1991-1802 a. C., el faraón Amenemhat I fue asesinado de noche, en su alcoba, después de cenar. Lo sabemos porque su hijo Sesostris I mandó componer un texto extraordinario, la Enseñanza de Amenemhat, en el que el rey muerto habla en primera persona y describe su propio asesinato para advertir a su heredero sobre los riesgos de gobernar. El Cuento de Sinuhé, la joya de la literatura egipcia, arranca precisamente con el pánico que corre por la corte esa noche, y que lleva al humilde Sinuhé a huir de Egipto.
Tres faraones, ochocientos años de distancia, y siempre el mismo punto ciego. El poder egipcio era prácticamente inexpugnable de frente: ningún ejército extranjero se coló en el valle del Nilo durante decenas de siglos. Pero la puerta de servicio siempre estuvo abierta, y por ahí entraron el jefe de despensa, el copero, el escriba del harén y una esposa segundona con un hijo y un plan malvado.
Fuentes y referencias
- Papiro Judicial de Turín (Museo Egizio), con los papiros Rollin, Lee, Varzy y Rifaud — actas de los cinco procesos.
- Zink, Hawass et al., «Revisiting the harem conspiracy and death of Ramesses III» (British Medical Journal, 2012) — TAC de la momia y ADN del Hombre Desconocido E.
- Enseñanza de Amenemhat I y Cuento de Sinuhé — el asesinato de Amenemhat I.
En este artículo NO hay ficción
Los nombres, los cargos, la consigna de sublevación, las cinco vistas, los veintiocho ejecutados, los diez suicidios forzados y la mutilación de los jueces Paibes y Mai por confraternizar con las acusadas están todos en el Papiro Judicial de Turín. El corte en el cuello de Ramsés III y el parentesco del Hombre Desconocido E se establecieron por escáner y ADN en 2012 y se publicaron en el British Medical Journal. Lo que no consta en ninguna parte es la suerte de la reina Tiy: el papiro calla, y cuando digo que su destino «no requiere imaginación» estoy razonando, no citando. La identificación del Hombre Desconocido E con Pentaur es altamente probable pero no está probada: el ADN dice que era hijo de Ramsés III, no cómo se llamaba. La voz literaria es de David S. Matrecano.
Ibiza, agosto de 2026

