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Heródoto · Lidia y Persia

Creso de Lidia: el rey más rico y caprichoso del mundo antiguo (y su caída en la hoguera)

De «rico como Creso» a prisionero de los persas sobre una pira: la historia del hombre que se creyó el más feliz de la tierra

30 may 2026 · 14 min
Creso, rey de Lidia, atado sobre una gran pira en Sardes en llamas, mira al cielo con los brazos abiertos mientras los soldados persas sostienen antorchas

Sardes, la Nueva York del año 550 a.C.

Atentos, queridos lectores, lectoras y lectoros, porque hoy hablamos de un tío cuyo nombre ha llegado hasta nosotros 2.500 años después de su muerte, convertido en una expresión que todos (o muchos de nosotros) todavía usamos: «ser más rico que Creso». Y os aseguro que ese título, el hombre, se lo había ganado a pulso. Creso, rey de Lidia, una región en el actual oeste de Turquía, con capital en la opulenta ciudad de Sardes, fue durante el siglo VI antes de Cristo el monarca más rico, poderoso y envidiado del mundo conocido. Una especie de multi billonario de la antigüedad, muy caprichoso, capaz de gastarse una millonada para celebrar su cumple o esos veinte o treinta milloncetes para reformar su humilde morada (un palacio inmenso donde necesitabas GPS para orientarte) una vez al año... El fulano ese tenía oro hasta en las cejas, ¡literalmente! Pues, resulta que las arenas del río Pactolo, el que cruzaba su reino, arrastraban consigo una cantidad anual muy consistente de pepitas de oro, y Creso fue, según la tradición, el primer rey de la historia en acuñar monedas de oro y plata.

Pero esta historia, como casi todas las que merece la pena contar, no va de lo riquísimo que era ni de lo alto que llegó, sino de lo bajo que cayó. Porque Creso es el protagonista de una de las más grandes parábolas morales de Heródoto: la del hombre que lo tuvo todo y se creyó intocable, hasta que la rueda de la fortuna giró y lo dejó, en cuestión de catorce días, derrotado, humillado y atado sobre una hoguera a punto de ser quemado vivo. Vamos al lío.

La advertencia del sabio griego Solón (que Creso ignoró)

Entre los muchos visitantes ilustres que pasaron por Sardes, el más célebre fue el legislador ateniense Solón, uno de los famosos Siete Sabios de Grecia, el hombre que había redactado la primera gran constitución de leyes de Atenas. Creso, conociendo la gran importancia del hombre, lo hospedó por todo lo alto y tras pasearlo por sus tesoros para impresionarlo, le hizo finalmente la gran pregunta que le ardía por dentro: «Dime, sabio Solón, de todos los hombres que has conocido en tus viajes, ¿cuál es según tú el más feliz?» Esperaba, naturalmente, que Solón le contestara: «Pues tú, majestad, está a la vista de todos y claro está.»

Pero Solón, que no era de los que hacen la pelota a los poderosos, le respondió que el hombre más feliz que había conocido era un humilde y anónimo campesino ateniense ya fallecido llamado Tello, un don nadie total al que casi no lo conocía ni su madre. A Creso, al ser paragonado a un campesino harapiento, casi le da un ataque de apoplejía isquémica, y sin embargo, Creso lo intenta otras dos veces preguntando al sabio quien era según él el segundo y el tercero más feliz (creyendo poder ser él uno de ellos), y el sabio griego hijoputa y tocapelotas le responde que no, que según él en segunda y tercera posición iban sin duda los hermanos griegos, también fallecidos, Cleobis y Bitón, y que sea caso, en cuarta posición iba un porquero griego que estaba muerto también…

Pero, «wattafac», pensó entre sí Creso, «¿Este puto griego ha venido a Sardes para humillarme, o qué? Encima que come por tres, pues, ya ha devorado media despensa del palacio y se ha bebido tres cuartas partes del mejor vino de mis bodegas, ¡joder!»

El resumen de esa penosa conversación es que Solón le dijo a Creso que, en su opinión, a ningún hombre se le puede llamar feliz hasta que no se ve cómo termina su vida, porque la fortuna, todos lo sabemos, es una diosa muy caprichosa y variable que puede arrebatarte todo lo que te ha concedido en un solo instante.

Creso, ofendidísimo, despachó a Solón tomándolo por un provocador desagradecido y siguió con su vida de rey feliz. Craso error. Porque, como veremos, las palabras de aquel «maldito griego sabelotodo» acabarían persiguiéndolo hasta lo alto de una pira.

El oráculo más tramposo de la historia

Pasados algunos años —y tras enterrar a su hijo y heredero al trono, Atis, perecido en una tragedia que también os cuento aparte en mi artículo sobre el gafe Adrasto—, Creso puso los ojos en un nuevo peligro que crecía con fuerza al este de su reino: el Imperio Persa del joven rey Ciro II, que acababa de derrotar y derrocar en batalla a su propio abuelo, el rey Astiages de Media. Creso, viendo crecer a esos persas a los que consideraba unos salvajes sin educación, decidió atacarlos antes de que estos se hicieran demasiado fuertes.

Pero antes de lanzarse a la guerra, Creso hizo lo que hacía todo gobernante prudente de la época: consultar al famoso Oráculo de Apolo en Delfos inundando ese templo griego con toneladas de oro en regalos y ofrendas. Y el oráculo de Delfos, por boca de una joven sacerdotisa, supuestamente virgen, llamada la Pitia (que en boca latina sonaría «Pitsia»), la cual estaba ya en trance, drogada hasta el culo por causa de unos vapores sulfúreos volcánicos que salían de un agujero en la tierra en la sala de audiencias, le dio una respuesta que pasaría a la historia como el ejemplo perfecto de trampa oracular:

«Si Creso mañana cruza el río Halis, frontera entre Lidia y Persia, y les declara guerra a los persas, destruirá un gran imperio.»

Creso leyó y creyó todo lo que quería leer y creer: «esa sacerdotisa (que estaba buenísima, por cierto) me ha dicho claramente que destruiré el imperio persa; pues voy a ganar seguro». Y se lanzó a la guerra eufórico. Lo que no se le pasó por la cabeza —porque la soberbia muy a menudo nos ciega— fue de preguntar lo obvio: «Oye, tú, sacerdotisa, ¿qué gran imperio voy a destruir, el de Ciro… o el mío?» Spoiler: era el suyo.

De camino a la guerra, por cierto, ocurrió un episodio delicioso de ingeniería antigua: al llegar al caudaloso río Halis y no saber cómo cruzarlo (no había puentes), cuenta la tradición que el sabio Thales de Mileto —el mismo que predijo un eclipse de sol con grande antelación y supo medir por medio de las sombras la altura exacta de las pirámides de Giza— diseñó para Creso una obra hidráulica genial: excavó un canal en semicírculo por detrás del campamento y desvió parte del río, partiéndolo en dos corrientes mucho menos profundas y perfectamente vadeables. Un verdadero MacGyver del siglo VI a.C.

La Pitia, sacerdotisa de Apolo en Delfos, en trance sobre un trípode entre los vapores volcánicos que brotan de la grieta del templo
La Pitia en trance entre los vapores de Delfos: «drogada hasta el culo», y aun así infalible

El error fatal: despedir al ejército

Tras una primera batalla algo rara, indecisa y terminada en tablas contra el ejército de Ciro en la Capadocia, Creso cometió el gran error que lo perdió: creyendo que la campaña había terminado por aquel año y que los dos contrincantes retomarían la guerra en la siguiente primavera, se volvió a Sardes y licenció a todas sus tropas mercenarias, el ochenta por ciento de su ejército. Mandó a casa los soldados y se quedó así, tranquilo y con la guardia baja.

Ciro, en cambio, era un gran genio militar y cuando se enteró por sus espías de que Creso, increíblemente, ya había despedido al grueso del ejército, no podía creerse la suerte que le había tocado. Rápidamente reunió a sus generales y les dijo, más o menos: «Señores, este pavo real, este payaso presumido vestido con plumas de colorines, acaba de mandar todo su ejército a casa. Tenemos delante de nuestras narices una ocasión única e irrepetible de hacernos con su reino. Marchemos a Sardes a toda velocidad antes de que esta marioneta disfrazada de rey pueda reaccionar.» Y así fue como el ejército persa recorrió en seis o siete días los 250 kilómetros hasta Sardes a marchas forzadas, presentándose como un muro compacto de hombres bajo las indefensas murallas de la ciudad, justo cuando Creso aún creía estar de vacaciones.

Imaginad la cara de Creso al asomarse de las murallas y ver aquel gran ejército persa acampado debajo de sus ventanas. En mi libro le pongo en la boca un lamento que resume perfectamente la situación:

«Me cago en Ciro, en el oráculo de Delfos y en todos mis muertos. Mira tú cuantos cientos de miles de hombres tengo bajo la ventana. ¡Estoy perdido y jodido, no, que digo jodido, decir jodido es poco: estoy recontrajodido! Pero esto es rarísimo… El putísimo Oráculo de Delfos por boca de esa golfa drogada me garantizó que destruiría un gran imperio… ¡Coño! ¡Espera un momento! ¿No será que el gran imperio que iba a destruir es el MÍO?»

Touché querido Creso, has adivinado, pero tarde. Demasiado tarde.

Creso asomado a la muralla de Sardes contempla, paralizado, el inmenso ejército persa que cubre toda la llanura hasta el horizonte
Creso ve el ejército persa bajo sus murallas: «¿No será que el gran imperio que iba a destruir es el MÍO?»

La batalla de los camellos

Creso, desesperado, reunió a los pocos soldados que le quedaban disponibles en la ciudad y, vistiendo él mismo su mejor armadura ceremonial bordada en oro y plata, salió a presentar batalla a los persas en la gran llanura ante Sardes. Su arma estrella era una temible caballería de jabalineros, famosa y temida en toda Asia.

Pero Ciro tenía un as en la manga, un truco que le sugirió su consejero Harpago (un personaje fascinante del que os hablaré en otro artículo, porque su historia, en la que tuvo que comerse a su propio hijo por culpa de la venganza de un rey, es de las más brutales de Heródoto). El truco fue genial: Ciro reunió a todos los camellos de carga del ejército, les quitó el equipaje y los puso en primera línea, montados por soldados. ¿Por qué? Porque al parecer los caballos no soportan el olor ni la visión de los camellos: si es la primera vez que los ven, se asustan ante ellos, se encabritan y huyen. Y así fue: en cuanto la caballería lidia se topó con la masa de camellos, los caballos enloquecieron, desmontaron a sus jinetes y se desbandaron. La famosa caballería de Creso quedó inutilizada en minutos. Y Sardes cayó tras solo catorce días de asedio.

«¡Oh, Solón!»: la pira y la lluvia milagrosa

Capturado Creso, Ciro decidió darle una muerte ejemplar: mandó levantar una gran pira en la plaza central de Sardes, ordenó atar al rey lidio encima de ella —junto a catorce jóvenes nobles lidios— y prepararse para quemarlos vivos a todos. Y aquí llega el momento cumbre de toda la historia.

Subido a la pira, viéndose a punto de arder como un pollo al horno, Creso recordó de golpe las palabras de aquel «maldito griego arrogante» que años atrás le había advertido que ningún hombre puede llamarse feliz hasta ver el final de su vida. Y, mirando al cielo con un profundo suspiro, exclamó tres veces:

«¡Oh, Solón! ¡Solón! ¡Solón! Cuánta razón tenías, maldito tocapelotas griego…»

Ciro, intrigado, mandó preguntarle que quién era ese «Solón» que invocaba en el momento de morir. Y cuando los intérpretes le tradujeron la historia —la advertencia del sabio sobre lo efímero de la fortuna humana—, Ciro se quedó pensativo. Reflexionó que él también era un hombre mortal, que la rueda de la fortuna gira para todos, y que no estaba bien quemar vivo a un hombre que pocas horas antes había sido tan grande y poderoso como él mismo. Conmovido y temeroso de la venganza de los dioses, Ciro ordenó apagar el fuego de inmediato.

Pero el fuego, avivado por un fuerte viento, ya ardía con fuerza y no había manera de sofocarlo. Y entonces —según la tradición— ocurrió el milagro: del cielo despejado se desató de repente una impresionante lluvia torrencial que apagó la pira y salvó a Creso de las llamas. El dios Apolo, decían, había recompensado finalmente las toneladas de oro que el lidio le había ofrendado en Delfos (para nada).

La culpa heredada: el pecado del tatarabuelo

Salvado de la hoguera, Creso se convirtió en consejero político y gran amigo de Ciro. Pero seguía muy dolido con el Oráculo de Delfos, al que culpaba de haberlo engañado. Así que, no pudiendo moverse él de Sardes, pues Ciro se lo había prohibido, mandó a sus enviados a Delfos a reclamar, poniendo sus cadenas a las puertas del templo y preguntando si los dioses griegos «tenían por costumbre ser tan desagradecidos con quienes los veneraban con toneladas de oro».

La respuesta de la Pitia esta vez fue demoledora y reveladora. Le dijo, en esencia: primero, que ni los propios dioses pueden escapar al destino; segundo, que Creso pagaba un crimen cometido cinco generaciones atrás por su tatarabuelo Giges, que había asesinado a su rey para robarle el trono (otra historia jugosísima que encontrareis en este blog); tercero, que Apolo había logrado retrasar tres años la caída de Sardes y había enviado la lluvia que lo salvó de las llamas; y cuarto —y esto es genial— que el oráculo había sido perfectamente claro: predijo que destruiría un gran imperio, y cualquier persona sensata habría preguntado de cuál de los dos imperios se trataba. La culpa de la mala interpretación era solo de Creso.

Touché. Aquí ya no hay nada más que rebatir. Solo cabe callarse la boquita y aceptar supinamente todo lo que diga esa víbora de la Pitia. Total, pá que discutir, si al final la mujer siempre está colocada hasta las cejas y siempre tiene razón ella.

La moraleja del rey más rico

La historia de Creso es, en el fondo, la gran lección de Heródoto sobre la condición humana: la fortuna es una rueda que gira y gira sin parar, y nadie, por muy poderoso y rico que sea, está a salvo de caer. El hombre más rico del mundo antiguo terminó atado a una pira, salvado por los pelos, convertido en consejero de su propio conquistador. «Rico como Creso», sí. Pero también «caído como Creso».

Y lo más bonito es que esta parábola sigue siendo válida hoy, exactamente igual que hace 2.500 años. ¿Cuántos hombres riquísimos y poderosos hemos visto desplomarse desde lo más alto? La rueda no ha parado de girar. Y Solón, aunque por momentos daban ganas de matarle, tenía mucha razón.

Si os ha gustado la caída del rey más rico de la antigüedad, encontraréis su historia completa —y la de su corte, sus guerras, el oráculo tramposo y el ascenso del gran Ciro de Persia— en mi libro «El Libro de la Musa Clío», primer volumen de la saga «Heródoto: Historias Reloaded 2.0». Allí están también Solón, Adrasto, Tomiris, Arión y todo el reparto de esta época fascinante.

✠ Lectura recomendada ✠

El Libro de la Musa Clío

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✠ David S. Matrecano
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