Tras la conquista de Jerusalén el 15 de julio de 1099, Tierra Santa no encontró la paz. Intrigas, luchas de poder y caminos plagados de peligros amenazaron desde el primer día el frágil Reino Latino. Mientras Godofredo de Bouillon —elegido Advocatus Sancti Sepulchri— moría apenas un año después, su hermano Balduino tuvo que enfrentarse a la ambición desmedida del patriarca Dagoberto de Pisa, que pretendía ni más ni menos que el control teocrático de Jerusalén.
En ese escenario convulso aparece Hugo de Payens, noble francés, viudo, hombre de fe y de espada, que llega a Tierra Santa en 1104 buscando sentido espiritual… y encuentra una misión. El contacto con la brutal realidad de Palestina —las emboscadas, la fragilidad del Reino, la falta de escolta para los peregrinos indefensos masacrados a pocos kilómetros de la Ciudad Santa— siembra en su mente una idea revolucionaria: crear una hermandad de monjes guerreros que consagren su vida a proteger los caminos sagrados.
Con ocho compañeros, todos nobles franceses, Hugo se presenta ante el rey Balduino II y le propone la fórmula: pobreza, castidad, obediencia, y la espada al servicio del peregrino. El rey les concede como cuartel parte del Templo de Salomón —el actual Domo de la Roca— y de ahí toman el nombre con el que pasarán a la historia: los Caballeros del Temple. Es 1119. Han nacido los Templarios.
El libro reconstruye con minucioso detalle las décadas siguientes: la consolidación de la Orden gracias al patrocinio de San Bernardo de Claraval, su Regla aprobada en el Concilio de Troyes (1129), el espectacular crecimiento militar y financiero, y los grandes hitos militares como la batalla de Montgisard (1177), donde el rey leproso Balduino IV y los Templarios humillaron a Saladino, o la batalla de la Fuente de Cresson (1187), donde Gerardo de Ridefort llevó a la Orden al desastre.
Pero el sueño termina en los Cuernos de Hattin el 4 de julio de 1187: Saladino aniquila al ejército cruzado, decapita personalmente al traidor Reinaldo de Châtillon y dos meses después reconquista Jerusalén. El primer Reino Latino se desmorona. Pero la leyenda de los Templarios apenas comienza. Aquí no hay mito todavía. Solo el amanecer. Y como todo amanecer, lleva en su luz la semilla de su futura grandeza… y también de su caída.