Cuando pensamos en la lucha cósmica entre el Bien y el Mal, en un dios de la luz enfrentado a un espíritu de las tinieblas, en el juicio de las almas tras la muerte y en un paraíso para los justos, solemos pensar en el cristianismo o en el islam. Pues bien, queridos lectores: varios siglos antes de que existiera ninguno de esos dos credos, una religión nacida en la antigua Persia ya predicaba todo eso. Era el zoroastrismo, la fe de Ciro, Cambises, Darío y Jerjes, entre otros, los grandes reyes persas que se enfrentaron a Grecia y al Egipto de los faraones. Y su influencia en todo lo que vino después es tan enorme como desconocida. Acompañadme a conocer una de las religiones más fascinantes y antiguas de la humanidad, (de las más venerables que existen, comparable en antigüedad a las raíces del judaísmo).
Un profeta envuelto en niebla
Empecemos por el fundador: Zoroastro. También llamado Zaratustra (sí, el mismo personaje del libro «Así habló Zaratustra» de Nietzsche, y el del poema sinfónico que suena en la película 2001 Odisea en el Espacio de Stanley Kubrick; el personaje es ese, aunque Nietzsche lo usara para propagar sus propias ideas). Zoroastro fue un profeta y reformador religioso de la antigua Persia.
¿Cuándo vivió exactamente? Pues aquí empiezan los problemas, y conviene que el divulgador honrado os lo advierta: no se sabe con certeza. Las estimaciones de los estudiosos bailan muchísimo, desde más de mil años antes de Cristo hasta fechas más cercanas al nacimiento de Jesús. Su figura está envuelta en las impenetrables nieblas del tiempo y arraigada en la leyenda. Lo que sí parece claro es que fue un personaje real que reformó las antiguas creencias de los pueblos iranios, predicando una visión nueva y revolucionaria de lo divino.
Un solo dios bueno contra un espíritu malo
La gran novedad de Zoroastro fue plantear el universo como un campo de batalla entre dos fuerzas cósmicas opuestas. Por un lado, Ahura Mazda (el «Señor Sabio»), el dios supremo, creador, fuente de toda luz, verdad y bondad. Por el otro, Angra Mainyu (el «Señor Malvado», también llamado Ahrimán), el espíritu destructor, fuente de toda mentira, oscuridad y mal.
Toda la existencia del ser humano, según esta fe, está basada en la lucha constante entre esos dos principios: la Verdad contra la Mentira, la Luz contra las Tinieblas, el bien contra el mal. Y aquí está lo importante: el ser humano, todos los seres humanos, desde el rey hasta el último campesino, no son solo meros espectadores de estos acontecimientos. Cada persona, con sus actos y palabras en esta vida, elige bando. El zoroastrismo se resume en una de las máximas morales más bonitas y sencillas de la historia de las religiones: los buenos pensamientos, las buenas palabras y las buenas acciones que hacemos en el arco de nuestras vidas nos llevan directos a la salvación y al paraíso, y quienes viven según ese lema combaten del lado de la luz. Obviamente, quienes no lo hacen se llevarán ajo y agua, castigos y las llamas eternas…
Esto era revolucionario. Frente a los panteones de dioses caprichosos, celosos, vengativos y peleones de otras culturas antiguas, (los griegos por ejemplo y sin ir más lejos, tenían un Monte Olimpo lleno de divinidades locas que se comportaban como una panda de tarados mentales necesitada de un psiquiatra… Y cuanto antes, mejor), Zoroastro proponía algo mucho más ordenado y moral: un dios bueno, un principio malo, y el deber de cada uno de elegir el bien.
El fuego como símbolo de la luz, fuerza y pureza
A los zoroastristas o zoroastrianos se les ha llamado a veces «adoradores del fuego», y conviene aclarar este punto porque es un malentendido clásico. No adoran al fuego en sí. El fuego es para ellos un símbolo, el símbolo visible de la luz y la pureza de Ahura Mazda. En sus templos mantenían (y mantienen, porque todavía hay practicantes clandestinos del zoroastrismo en Irán) un fuego sagrado siempre encendido, como representación de la presencia divina y de la verdad que nunca se apaga.
De ahí vienen los famosos «magos» persas, los sacerdotes de esta religión, encargados de los ritos y del cuidado del fuego sagrado. Y de esa palabra, «mago», derivan nuestra palabra «magia» y nuestros «Reyes Magos» (los mismos que un 25 de diciembre, en la Biblia, vienen a Belén a honrar al niño Jesús recién nacido, precisamente desde Oriente, desde la tierra de Persia, siguiendo la estela de una estrella cometa. La conexión estrecha entre judaísmo, cristianismo y zoroastrismo no es nada casual).
La religión de los reyes que combatieron a Grecia
Y aquí es donde el zoroastrismo se cruza con la gran historia que nos cuenta Heródoto. Porque esta era la religión del Imperio Persa. La fe de Ciro II el Grande, de Darío y de Jerjes, los reyes que protagonizaron las Guerras Médicas, el monumental choque militar que hubo entre Persia y Grecia, y que Heródoto dedicó su vida entera a narrar para que nosotros pudiéramos saber qué pasó realmente.
Cuando los persas invadieron Grecia, no traían solo un ejército descomunal y las primeras gallinas y pollos, aves comestibles jamás vistas antes en nuestra parte de Europa: traían también una visión única del mundo, una religión organizada y moralmente sofisticada, frente al politeísmo más anárquico de los dioses griegos. Heródoto, con su curiosidad insaciable, observó y describió las costumbres religiosas persas: cómo no levantaban estatuas ni templos a sus dioses como hacían los griegos, sino que los adoraban en lo alto de las montañas y rendían culto al sol, a la luna, al fuego, al agua y a los vientos. Para un griego acostumbrado a sus dioses con forma humana y templos de tamaño XL plagados de columnas y estatuas de mármol, aquello era exótico, raro y fascinante.
Una herencia religiosa y cultural inmensa (hoy casi olvidada)
Lo más alucinante del zoroastrismo es la huella que dejó detrás de sí. Muchos estudiosos sostienen que varias de sus ideas influyeron profundamente en las grandes religiones que vinieron después. El concepto de una lucha cósmica entre el bien y el mal, la figura de un espíritu maligno (algo parecido a lo que después sería el demonio Ha-Shatán de los judíos, el Satán de los cristianos y el Sheitan de los musulmanes. Nombres casi idénticos, como se ve), el juicio de las almas tras la muerte, la resurrección de los muertos, un paraíso para los justos y un castigo eterno para los malvados, e incluso el concepto bíblico cristiano de la «Parusía», es decir, la segunda llegada futura a la Tierra de un nuevo salvador… todos estos elementos, que nos suenan tantísimo, ya estaban presentes en la fe persa muchos siglos antes.
No es solo que todas las religiones monoteístas posteriores se copiaran las unas a las otras sin más, (que lo hicieron, y descaradamente), sino que todos estos asuntos sagrados son muy complejos y todavía hoy despiertan muchas pasiones y peligrosos fanatismos.
Los estudiosos de historia de las religiones todavía debaten mucho sobre quién influyó en quién y hasta qué punto. Aunque este humilde autor, con el calendario histórico de los hechos y los últimos descubrimientos arqueológicos a la mano, lo tiene clarísimo. Pero la coincidencia es tan llamativa que resulta imposible ignorarla. El zoroastrismo fue, en muchos sentidos, un puente extendido entre las viejas religiones centradas en las manifestaciones de la naturaleza y las grandes religiones monoteístas centradas más en la esfera moral y espiritual del ser humano, y que dominarían el mundo después.
Hoy el zoroastrismo sobrevive, reducido a algunas comunidades pequeñas, pero sigue vivo, casi tres mil años después. Los parsis de la India por ejemplo, (descendientes de persas que se trasladaron allí escapando de las persecuciones religiosas posteriores) son las comunidades religiosas zoroastrianas más conocidas, pero en Irán e Iraq, al parecer, todavía hay algunos que, en el secreto más estricto y por miedo a la persecución religiosa, todavía la practican.
Y una nota final muy interesante: resulta que hoy muchos jóvenes kurdos de Siria, Irán, Iraq y Turquía se han alejado del islam y han abrazado en gran número el zoroastrismo, empujados por la guerra feroz y sangrienta que los enfrenta a los grupos islamistas más radicales, como el ISIS —los mismos que los persiguen sin piedad, matando a sus hombres y abusando de sus mujeres—, y por considerar que esa antigua religión persa fue su religión originaria, antes de la conquista y la sumisión al islam.
Una de las religiones más antiguas de la humanidad, la que quizá inventó la idea misma del bien contra el mal, todavía mantiene encendido su fuego sagrado.
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Per Aspera, Ad Astra.
✠ David S. Matrecano
Ibiza, junio 2026
Fuentes y referencias
- Heródoto de Halicarnaso, Historias, Libro I (descripción de las costumbres religiosas persas: caps. 131-132, culto en las alturas, al sol, la luna, el fuego, el agua y los vientos; los magos).
- Tradición zoroástrica: Ahura Mazda, Angra Mainyu, la máxima «buenos pensamientos, buenas palabras, buenas obras», el fuego sagrado.
- Estudios sobre la influencia del zoroastrismo en las religiones posteriores (dualismo, escatología, juicio de las almas) — tema de debate académico.
En este artículo NO hay ficción
La descripción de las costumbres religiosas persas durante la etapa zoroastriana (como el culto practicado en lo alto de las montañas, el culto al fuego y al sol, la falta de estatuas y templos, los magos de Media) procede directamente de las historias de Heródoto, Libro I. Los conceptos doctrinales del zoroastrismo (Ahura Mazda, Angra Mainyu, el dualismo bien/mal, el fuego como símbolo de luz y fuerza, la máxima moral) son la doctrina histórica documentada de esta antigua religión. El artículo señala explícitamente que la influencia del zoroastrismo en las religiones posteriores es todavía tema de debate académico, sin afirmarlo como un hecho cerrado. La incertidumbre sobre las fechas reales de nacimiento y muerte del profeta Zoroastro se advierte y se avisa expresamente. Las referencias culturales (Nietzsche, Kubrick, los Reyes Magos) son contexto real y documentado. La arquitectura lexical y la estructura estética de este artículo, así como los comentarios y las apreciaciones del narrador, forman parte integrante de la voz literaria personal y la creatividad del autor David S. Matrecano.