Eres un apasionado del antiguo Egipto y crees saber más cosas que la media sobre Tutankamón y la dinastía XVIII porque las pirámides, el Nilo, los dioses y los cocodrilos te han enganchado desde pequeño... Y un día, mientras estás leyendo el segundo libro de las Historias, de pronto te aparece un tal faraón Rampsinito (¿Quién?). Y luego un Ferón. Un Proteo y un Asiquis. Y salvo que seáis egiptólogos titulados por la Universidad del Cairo, no tenéis la menor idea de quiénes coño son esos señores, ni si de verdad existieron. No os sintáis mal: a los propios sacerdotes egipcios que se lo contaron a Heródoto allá por el siglo V antes de Cristo, ya se les había borrado media lista por culpa del tiempo transcurrido. Aquí tenéis, pues, el descodificador completo de quien es quien, con una regla de oro que voy a cumplir sin trampas: lo que es seguro lo marco como seguro, y lo que es conjetura (aunque plausible) lo marco como conjetura. Sin rellenos.
Por qué los llama así

Antes de la tabla conviene entender el mecanismo, porque explica claramente todas las deformaciones ocurridas con esos nombres con el paso de los siglos.
Heródoto visita Egipto, por entonces bajo dominio persa —la dinastía aqueménida XXVII, la «Primera Satrapía», gobernada primero por Cambises II y luego por Darío I y Artajerjes I—, hacia el año 450 a.C., y les pregunta cosas a sacerdotes de Menfis, Heliópolis y Tebas. Esos sacerdotes hablaban un idioma egipcio muy tardío; y él, el griego jonio. En medio del proceso hay, como no podía ser de otra manera, intérpretes de griego y egipcio. Y los nombres verdaderos de los reyes, que en los muros están escritos correctamente en jeroglífico, llegan a sus oídos por vía oral, erosionados y distorsionados por siglos de pronunciación popular.
Resultado: Khufu, acrónimo de Khnum-Khuefui que significa: el dios Khnum me protege, se queda acortado en Keops. Khafra, acrónimo de Kha-ef-Ra, aparece como Ra, se queda en Kefrén. Y Menkaura, acrónimo de Men-Ka-u-Ra, estables son los Ka de Ra, se queda en Micerino. Y esto solo por citar a los faraones dueños de las tres pirámides más famosas, las de Guiza.
Porque a estos hay que añadirles, como mínimo, gente tan importante como fueron Senusret, Sesostris. Psamtik, Psamético. Ahmose, Amasis. Ninguna de esas deformaciones es un error voluntario, ni un deseo de engañar intencionadamente a su público: solo son transcripciones fonéticas honradas de lo que un viajero griego del siglo V oía decir por las calles de Menfis o Tebas.
Y ahora, pongamos esto en perspectiva de verdad, porque este dato es de los que te dejan clavado en la silla. Cuando Heródoto visita Egipto y pregunta por Keops, la Gran Pirámide llevaba ya unos dos mil cien años en pie en la llanura de Guiza. Y nosotros, hoy, estamos a dos mil cuatrocientos de Heródoto. Un total de más de cuatro mil quinientos años - 4586 para ser precisos.
Leedlo otra vez: Heródoto cuando viajó por Egipto, estaba ya a más 2100 años de distancia de Keops. Es decir que cuando le hablaban de las pirámides, le hablaban de un pasado ultra remoto cubierto por las nieblas del tiempo. No es raro que las listas Reales que él leyó vinieran con agujeros, omisiones y errores. Lo raro aquí es que a él todavía le llegara algo. Y que además nos llegara algo también a nosotros, pues, allí ni te cuento.
Los diez seguros
Estos faraones de aquí abajo no admiten discusión. La equivalencia está claramente establecida por fonética, por cronología, por construcciones, citaciones en documentos, obras y guerras llevadas a cabo y por posición dinástica de cada uno de ellos. Esta lista, hoy, no la discute nadie.
- Keops = Khufu, IV dinastía
- Kefrén = Khafra, IV dinastía
- Micerino = Menkaura, IV dinastía
- Sabacón = Shabaka, XXV dinastía, nubia
- Psamético = Psamtik I, XXVI dinastía
- Necos = Necao II, XXVI dinastía
- Psamis = Psamtik II, XXVI dinastía
- Apries = Uahibra Apries, XXVI dinastía
- Amasis = Ahmose II, XXVI dinastía
- Psamenito = Psamtik III, XXVI dinastía, el último
Fijaos en el patrón, porque dice mucho: cuanto más cerca de su época, más fiable es Heródoto. Toda la dinastía XXVI por ejemplo, la de los reyes saítas, que gobernaron el siglo anterior a su visita, está impecable, en orden y con los nombres reconocibles. Ahí no hay leyenda: hay memoria viva de gente cuyos abuelos vivieron aquello y conocieron a esos faraones casi en persona.
Los plausibles: encajan, pero no están probados

Aquí entramos en el terreno donde la egiptología propone respuestas pero nadie puede cerrar el asunto.
Rampsinito es Ramsés III de la XX dinastía, el faraón que fue asesinado por una de sus esposas, hecho del cual hablo en otro artículo de este blog. El nombre griego es una fusión de «Ramsés» con el nombre de la diosa Neit. Encaja además con algo que Heródoto nos dice de pasada: que sus sucesores fueron mucho más pobres y menos poderosos. Y es exactamente lo que ocurrió: los ramésidas posteriores gobernaron un Egipto en decadencia acelerada y empobrecimiento progresivo.
Meris es Amenemhat III de la XII dinastía. El «gran lago Meris» de Heródoto, por este faraón mandado a construir, es en realidad el hodierno lago Qarun del oasis del Fayum, y todas las grandes obras hidráulicas ejecutadas en el Fayum son de Amenemhat III. La identificación por tanto viene por la obra, no por el nombre.
Ferón es Merenptah de la XIX dinastía. Aquí hay que decirlo claro: «Ferón» en si no es un nombre, es la distorsión griega del vocablo egipcio "per-aa", «la gran casa», que es literalmente la palabra de la que sale nuestro término «faraón». Heródoto está contando la historia de un rey llamado Rey. La identificación con Merenptah se sostiene solo por posición: es el hijo y sucesor de Ramsés II, que es a quien Heródoto llama erróneamente Sesostris.
Menes, identificado por la tradición posterior con Narmer o con Hor-Aha —padre e hijo, primer y segundo faraón de la I dinastía—. Fueron los primeros unificadores del Alto y Bajo Egipto en una única corona. Sin embargo, todavía no está del todo claro si realmente fueron dos personas distintas, o solo fue una con nombre de coronación distinto. Cuál de los dos reyes arcaicos fue exactamente el «Min» del que habla Heródoto sigue en disputa desde hace un siglo.
Proteo, con toda probabilidad, no perteneció a la misma dinastía que Sesostris y Ferón, sino que fundó una nueva: el candidato que mejor encaja es Setnakht, fundador de la XX dinastía. Heródoto dice explícitamente que Proteo llegó al trono viniendo de Menfis, algo que la egiptología interpreta como la señal de una ruptura dinástica. Y la identificación cobra fuerza por un detalle precioso: el rey que Heródoto sitúa justo después de Proteo es Rampsinito —a quien ya hemos identificado como Ramsés III— y Ramsés III fue, en la realidad histórica, el hijo de Setnakht. Por una vez, la secuencia de Heródoto y la genealogía egipcia real coinciden. Sea como sea, este faraón fue, según Heródoto, el que acogió a Helena de Troya cuando esta, por causa de una tormenta que desvió su barco, llegó a Egipto después de fugarse de Esparta con su amante Paris. Causando con esto el estallido de la famosa guerra de Troya.
El caso Sesostris: un faraón que en realidad son tres

Este merece sección propia porque es el más instructivo de todos.
Heródoto dedica nueve capítulos a un rey llamado Sesostris que conquista Asia, llega hasta Escitia y Tracia, deja colonos junto al río Fasis en la actual Georgia, siembra el mundo conocido de estelas conmemorativas en piedra —algunas, según cuenta con fruición, grabadas con hombres con genitales femeninos allí donde el pueblo sometido se había rendido a él sin luchar, humillación pública tallada en roca para la posteridad—, vuelve cargado de botín, sobrevive a un intento de asesinato de su propio hermano y organiza el primer catastro de Egipto.
El problema es que un solo hombre que hiciera todas esas cosas juntas no existió. Y el problema es todavía mayor de lo que parece a primera vista: no son dos faraones fundidos en uno, aquí son al menos tres, repartidos en tres dinastías distintas y con casi mil años de diferencia.
El nombre es real: «Sesostris» es la transcripción griega exacta de Senusret, y hubo un Senusret III, quinto rey de la XII dinastía, unos ochocientos años antes de Heródoto. De él sí son las estelas: las auténticas, las que mandó levantar en Semna, junto a la segunda catarata, con una inscripción que advertía a sus sucesores que quien no defendiera con su vida esa frontera «no era su hijo». Eso todavía existe, se puede visitar hoy, y es exactamente el tipo de gesto que Heródoto convirtió en leyenda.
Lo que a fecha de hoy no existe, porque puede que posteriormente esos pueblos vencidos las hayan destruido, o todavía no se hayan hallado en ningún yacimiento, son estelas de hombres con genitales femeninos grabados para humillar a los vencidos: ese detalle tan gráfico de momento no tiene confirmación, aunque este autor no descarta que tarde o temprano aparezca alguna prueba que lo confirme, como ha ocurrido ya con otras afirmaciones de Heródoto que en su día parecían pura fantasía.
La campaña militar que de verdad llegó muy lejos por Oriente Medio y Asia no es la de Senusret/Sesostris III —el suyo fue un amago menor, apenas una incursión justo hasta Siquem, en la actual Cisjordania— sino del llamado "faraón guerrero" Tutmosis III, dos dinastías y varios siglos después: un total de diecisiete campañas militares, el cruce del río Éufrates cerca de Karkemish, en la actual Siria, y una humillante incursión en el propio territorio del potente reino enemigo de Mitani. Él es, con diferencia, el conquistador más grande que tuvo jamás Egipto, y sin embargo su nombre desapareció casi por completo de la memoria popular en favor de Sesostris.
Escitia y Tracia, regiones ubicadas un poco más arriba, por lo que sabemos hasta la fecha, no las pisó nadie procedente de Egipto: ese tramo final del relato de Heródoto, el que lleva la conquista de los faraones hasta el actual Kazajistán, es (al menos de momento) pura fantasía griega sin ningún ejército egipcio real detrás. Al menos hasta que algún arqueólogo no saque de esas tierras alguna estela de piedra, un papiro, un yelmo, una espada o un sepelio que prueben la presencia egipcia en esos lugares.
Y luego está la piedra. La obra monumental que hizo sembrar el valle entero del Nilo de templos, palacios y estatuas colosales como las de Abu Simbel, la propaganda política grabada en paredes y columnas y repetida —el mismo relato de la misma batalla de Kadesh esculpido media docena de veces en media docena de templos— a una escala que ningún faraón anterior había siquiera imaginado: eso sí es, sin ninguna duda, obra de Ramsés II. Un reinado de sesenta y siete años da para mucho mármol.
Del intento de asesinato a manos del hermano, y de quien inventó el primer catastro de Egipto, no hay ni rastro en la historia de ningún faraón conocido. Ahí Heródoto —o quien le contó la historia— proporciona una información todavía imposible de contrastar.
O sea que el Egipto del siglo V a.C., estando ya bajo dominio persa desde hacía un siglo y necesitado de un pasado glorioso al que agarrarse, no cogió a un rey y lo infló: cogió a los tres mejores —el fundador de la frontera, el gran conquistador olvidado y el gran constructor— repartidos a lo largo de mil años, y los fundió en un solo héroe nacional, añadiendo de su cosecha lo que hiciera falta para redondear y agrandar la leyenda. Y eso, queridos lectores, no es un error de Heródoto: es un dato etnográfico de primera. Nos está diciendo de qué manera se recordaban los egipcios a sí mismos.
Los que siguen sin nombre
Y quedan los huérfanos, sobre los que no hay ningún consenso ni nada parecido.
Asiquis, al que Heródoto atribuye una ley sobre como poder empeñar el cadáver de tu propio padre como garantía de un préstamo —el detalle más siniestro de todo el libro— y una pirámide de ladrillo ahora desaparecida. Se ha propuesto como candidato a Shepseskaf, pero es un tiro al aire.
Anisis, el rey ciego que huyó a los pantanos ante la invasión nubia y recuperó la vista gracias a la orina de una mujer fiel que jamás hubiera traicionado a su esposo. Sin identificar.
Setos, sacerdote de Ptah convertido en rey, en cuyo reinado unos ratones roen de noche las cuerdas de los arcos asirios y salvan a Egipto sin tener que presentar batalla. Sin identificar, aunque la historia tiene un aire inconfundible al relato bíblico del ejército de Senaquerib.
Nitocris, la reina que supuestamente ahogó en una sala a los asesinos de su hermano invitándolos a un banquete celebrado en una gran sala subterránea y abriendo las esclusas de un canal cercano. Algunos egiptólogos sospechan que ni siquiera fue mujer: podría ser la deformación del nombre de un rey varón de la VI dinastía cuyo nombre acabó feminizado por el camino.
Por qué esto importa más de lo que parece

Es tentador leer esta tabla como una lista de fallos de Heródoto. Sería un error, y de los gordos.
Un cronista que solo hubiera copiado listas reales exactas nos habría dejado un documento correcto y muerto: nombres, órdenes, años. Heródoto hizo otra cosa. Anotó lo que los egipcios contaban de sus propios reyes en el siglo V a.C., con los nombres tal como sonaban en la calle, las hazañas mezcladas, los reyes fundidos y las leyendas pegadas a los monumentos que aún se veían.
Gracias a eso sabemos qué pasado se habían construido a sí mismos. Sabemos que a Keops lo recordaban como un tirano odiado —dos mil años después—, mientras los monumentos oficiales solo dicen de él cosas amables. Sabemos que habían olvidado a casi toda la XVIII dinastía, la de Hatshepsut y Tutankamón, como si nunca hubiera existido —el propio Tutmosis III incluido, absorbido sin nombre dentro de la leyenda de Sesostris—. Y sabemos que se habían inventado un superhéroe llamado Sesostris con piezas de tres reyes distintos.
Los muros nos dan la versión oficial. Heródoto nos da el rumor. Y para entender a un pueblo, el rumor vale tanto como la piedra.
Todo esto —los nombres reales, las deformaciones, lo que se sostiene y lo que no— lo trabajé faraón por faraón al traducir y reescribir el Libro II en El Libro de la Musa Euterpe, porque no hay manera de disfrutar de Heródoto si cada tres páginas te tropiezas con un rey del que no sabes ni si existió.
Per Aspera, Ad Astra.
Ibiza, septiembre 2026

