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Las Cruzadas

Después de Balduino IV: el niño rey que heredó Jerusalén y murió a los nueve años

Acre, verano de 1186. Un niño de nueve años muere en un castillo junto al mar, y con él muere la última oportunidad del reino cruzado de Jerusalén. Esta es la historia de Balduino V, el rey que nunca llegó a reinar.

11 jul 2026 · 22 min
Un niño coronado se pierde en un trono demasiado grande para él, en un salón sombrío de la Jerusalén cruzada

Acompañadme, queridos lectores, porque hoy vamos a responder con precisión y exactitud a la pregunta que medio internet le hace a Google cada día: ¿quién demonios reinó en Jerusalén después de la temprana, aunque largamente previsible muerte de Balduino IV, el famoso Rey Leproso de la máscara de plata?

Y os advierto ya que la respuesta no es, como muchos creen después de haber visto la bonita película de Ridley Scott, ese presumido de Guy de Lusignan, ni tampoco su esposa Sibila, ni Balián de Ibelín, ni el sultán Saladino, que ya os veo venir con esas respuestas, panda de listillos.

La respuesta correcta es: un niño. Pero no uno cualquiera, sino un niño de tan solo ocho años que nunca eligió nada, que no ganó ni perdió batalla alguna, que probablemente no llegó a entender qué era ese aro de metal dorado tan pesado y frío que le ponían en la cabeza. Un niño al que la Historia conoce como Balduino V de Jerusalén y al que sus contemporáneos llamaban, con una ternura que hiela la sangre sabiendo cómo acaba todo esto, Baudouinet: Balduinito.

Reinó en solitario poco más de un año. Murió en Acre en el verano de 1186, con nueve años recién cumplidos. Y su pequeño cadáver, amigos míos, fue la chispa que encendió el golpe de estado más rocambolesco de la Edad Media, con escenas de película como las llaves de una caja fuerte arrojadas por la ventana, una ciudad santa completamente sellada y vigilada por los templarios, una bella reina que engañó (y jodió) a todo el reino con un truco digno de un trilero de feria, y un Gran Maestre del Temple movido por un viejo rencor amoroso sacado de una novela barata.

Y tan solo un año después de su muerte, Jerusalén y todo el reino cristiano habían caído para siempre en manos islámicas (bueno, \"para siempre, siempre\" técnicamente no, el emperador Federico II recuperaría la ciudad con un contrato de alquiler durante quince años en 1229, pero no me estropeéis el drama, que estamos en 1186).

¿Queréis que os cuente cómo se destruye un reino en menos de veinticuatro meses? Pues seguidme, que vamos allá; os aseguro que la historia es real y no tiene desperdicio ninguno.

Huérfano antes de nacer

Para entender a Balduinito hay que retroceder a 1176, cuando el reino de Jerusalén tenía un problema matemático muy simple, de primero de dinastía por así decirlo: su rey, Balduino IV, era leproso desde los nueve años. Y un leproso con el cuerpo y el schwanzstucker ya medio destruidos por la enfermedad ni se casa ni puede engendrar herederos. Y más aún en el siglo XII, cuando se pensaba que todo aquello, la lepra, era un castigo divino. A ver qué chavala medieval aceptaría alegremente meterse en la cama con el pobre rey ese que estaba hecho un Cristo y lleno de costras en fase activa\... Todos sabían que las riendas del trono pasarían tarde o temprano a su hermana mayor, la bella Sibila, así que urgía casarla con alguien de categoría.

Y vaya si encontraron un galán de 1ª categoría. Su nombre era Guillermo de Montferrato, apodado Longa-espada, porque era guapo y debía de tener algún tipo de arma secreta muy larga escondida en los pantalones. GdM era probablemente el soltero más cotizado que jamás pisó Tierra Santa: hijo de un poderoso marqués del norte de Italia, primo directo del emperador Federico Barbarroja de Alemania, el de la dinastía Hohenstaufen, nada menos, y también primo del rey de Francia. Un yerno de esos que tu propia suegra, una vez sabido por su hija lo de la longa-espada y los muchos millones que se traía entre manos, enmarcaría y mimaría sin parar preparándole la lasaña, el café con brandy y su dulce favorito, el Tiramisú, todos los domingos.

Y no como nos pasa a ti y a mí, que todos los domingos la suegra nos da pienso del perro para comer, cianuro potásico para beber y un yogur Danone de esos del hospital\...

El gran hombre de larga espada llegó al Levante (es decir, a Oriente Medio) en el mes de octubre de 1176, se casó con la fogosa princesa Sibila casi antes de deshacer las maletas y en junio de 1177 ya estaba muerto. Malaria, en Ascalón, se dijo. Veneno, en un plato, sospecho. Ni un año duró el matrimonio del siglo.

Pero dejó algo: Sibila estaba embarazada. Y a finales de ese mismo año de 1177 nació un niño que jamás conocería a su padre. Le pusieron por nombre Balduino, como el tío leproso. Huérfano antes de nacer, heredero al trono antes de hablar y ---lo verdaderamente cruel--- arma política antes de saber caminar.

Porque en Jerusalén, queridos amigos míos, un bebé con sangre real no era solo un simple bebé. Era una ficha más en el tablero de ajedrez político; y la más importante: el Rey. Y todos obviamente querían controlarla y moverla a su antojo.

La corona usada como arma arrojadiza

Sibila, viuda joven y guapa, heredera de un reino entero, volvía de nuevo a estar disponible en Tind... ehhh... digo en el mercado matrimonial, y ya os podéis imaginar la cola de pretendientes que había y que daba dos veces la vuelta a la muralla. En 1180 finalmente se casó ---esta vez por amor dicen las crónicas, y ya solo eso debería haber hecho saltar todas las alarmas del reino porque una reina debe casarse con el guerrero más capaz o el político más sagaz, no con el más guapo.--- El elegido por Sibila fue Guy de Lusignan, un caballero francés recién desembarcado en Tierra Santa procedente de la región del Poitou, en Francia: alto, guapo y encantador, simpático, educado y con una melena estupenda. Y todo ello montado sobre una cabeza equipada de serie con la inteligencia de una sardina, la astucia de una anchoa y el talento militar de Bob Esponja.

El pobre de Guy, recién llegado de Europa, se pensaba que gobernar en Oriente Medio, una región desde siempre sangrienta y violentísima, habitada por los zorros más astutos, más traicioneros y más hijos de puta que jamás hayan existido (como por ejemplo el gran sultán musulmán Saladino o el emperador cristiano bizantino Andrónico Comneno, un encanto de hombre que estranguló a su sobrino de trece años para robarle el trono), sería como gobernar en Fondo de Bikini junto a Calamardo y Patricio Estrella... Pero no.

Balduino IV, ya medio moribundo, le dio una oportunidad a su cuñado. Y se la dio de verdad: en 1183, medio ciego y ya sin poder montar a caballo, lo nombró regente del reino, que es algo así como dejarle las llaves del Ferrari a ese bobo de tu cuñado, solo para ver cómo este se estampa en la primera rotonda. Guy la desaprovechó con una eficacia asombrosa: se insubordinó, tomó decisiones políticas y económicas catastróficas, y remató la faena masacrando a unos beduinos árabes que estaban bajo protección real y que, pequeño detalle, hacían de espías en favor del reino de Jerusalén contra su mayor enemigo en ese momento: el Egipto gobernado por Saladino. Es decir: el hombre se cargó, él solito, a su propio servicio secreto exterior y cuyas informaciones eran vitales para saber qué coño tramaba ese cabronazo del sultán allí en El Cairo. Vamos, que era un verdadero fenómeno el puto Guy.

El Rey Leproso, que podía estar pudriéndose por fuera pero todavía conservaba la cabeza más lúcida y lista de todo el Oriente latino, tomó entonces una decisión brutal: con un edicto real desheredó a Guy por decreto. Y para que no quedara ni la sombra de la duda de que su inútil cuñado jamás llevaría esa corona, hizo algo sin precedentes en el joven reino de Jerusalén: coronó a su sobrino estando él todavía en vida. Que es más o menos como cambiar de repente el testamento para dejarle todo a un desconocido, y hacerlo además en plena cena de Navidad delante de toda tu familia reunida... Y dándote encima el inmenso gustito de mirarlos a todos a los ojos mientras trinchas el pavo. No sé si me entendéis.

El 20 de noviembre de 1183, en la iglesia del Santo Sepulcro, es decir, el lugar donde supuestamente yace y descansa el cuerpo santo de Jesús, un niño de seis años fue aclamado, coronado y ungido como rey de Jerusalén junto a su tío leproso. Todos los barones del reino le rindieron homenaje, uno por uno, rodilla en tierra.

Todos menos uno. Adivinad quién. Exacto: el padrastro del nene, Guy de Lusignan, que se quedó encerrado en su feudo de Ascalón rumiando su humillación y tramando venganza como quien incuba un huevo de serpiente.

Fijaos bien en la escena, porque es puro siglo XII: un rey de veintidós años que se cae a pedazos, literalmente, poniéndole la corona a un crío de seis para bloquear a su propio cuñado. Eso no es una sucesión, amigos míos. Eso es una declaración de guerra familiar con incienso de fondo y coro gregoriano.

Un moribundo, un niño y el pacto de los cuatro tronos

A comienzos de 1185, Balduino IV ya no podía más: ciego, sin manos, sin pies, transportado en litera de batalla en batalla como una reliquia viviente. Convocó a la Alta Corte alrededor de su lecho de muerte y dictó sus últimas voluntades, que son de una lucidez escalofriante para un hombre de veintitrés años devorado por la lepra. Yo, a los veintitrés, no sabía planificarme la semana, ni tener una novia que me durase más de una semana.

Primero: el regente del reino sería Raimundo III, conde de Trípoli y descendiente directo de Raimundo de Saint-Gilles, uno de los primeros cruzados en llegar a Tierra Santa en 1099, en ese momento el político más experimentado del Oriente latino, veterano de mil intrigas palaciegas y curtido por nueve largos años de durísimo cautiverio en manos de los musulmanes, cosa que en aquella tierra venía a ser como tener un máster universitario en geopolítica aplicada.

Segundo, y aquí viene un detalle que a mí personalmente me fascina: Raimundo aceptó gobernar el reino, pero rechazó la custodia personal del niño. ¿Por qué? Porque de tonto no tenía ni un pelo. Balduinito era una criatura enfermiza, de esas que cualquier invierno frío se las lleva por delante. Y si el niño moría en sus brazos y en su feudo, ¿quién creéis que cargaría con la acusación de asesinato? Así que el conde vino a decir: el reino sí voy a administrarlo, pero el niño ni tocarlo. Como esos tíos que adoran al sobrino, pero jamás se ofrecen a cambiarle el pañal. La tutela física del pequeño rey fue a parar a su tío abuelo el conde Joscelino III de Courtenay, que no tenía derechos al trono y, por tanto, ningún motivo aparente para querer acelerar el último viaje de Balduinito.

Un hombre que se pelea por gobernar un reino entero, pero se niega siquiera a ver o tocar al rey. Si eso no nos retrata la desconfianza extrema que se respiraba en aquella corte, pues, nada lo hará.

Y tercero, el pacto más extraordinario de todos: si Balduino V moría antes de la mayoría de edad, la sucesión no la decidiría nadie en Jerusalén. La decidirían, escuchad bien, el Papa de Roma, el emperador del Sacro Romano Imperio de Alemania y los reyes de Francia e Inglaterra (que, para quien tenga curiosidad, a la muerte del niño eran: Urbano III, Federico I Barbarroja, Felipe II Augusto y Enrique II Plantagenet). Los cuatro tronos más poderosos de la cristiandad como árbitros, para que ninguna facción local pudiera dar un zarpazo a la corona. Sobre el papel, un cortafuegos institucional impecable. En la práctica, una verdadera cagada con C mayúscula, porque venía a ser confiar tu testamento a cuatro señores que vivían a cuatro mil quinientos kilómetros de distancia, se odiaban cordialmente entre ellos y tardaban ocho meses en contestar a una carta tuya (pues en invierno, cuando había mala mar, se iban cuatro meses de viaje para que ellos recibieran tu misiva y otros cuatro para que te llegara su respuesta... si es que llegaba y la nave que la transportaba no se hundía o era atacada por piratas moros).

Este era el servicio de atención al cliente del siglo XII ---una respuesta cada ocho meses---, así que por favor no os quejéis más de la lentitud en responder de vuestra compañía del gas o de internet.

Balduino IV finalmente murió, con veintitrés años, en la primavera de 1185, se dice que entre el 16 de marzo y el 16 de mayo, y os juro que su historia se merece capítulo aparte (y, de hecho, ya se lo dediqué: lo tenéis aquí mismo, pinchando en este enlace del blog). Poco antes de su final ordenó una última ceremonia pública para su sobrino en el Santo Sepulcro, y de aquella jornada nos ha llegado una imagen que vale más que diez crónicas: el pequeño rey fue llevado al banquete a hombros de Balián de Ibelín ---sí, el mismo de la película, solo que el de verdad no se parecía en nada a Orlando Bloom---, uno de los barones más altos y respetados del reino. En parte porque el niño no estaba para grandes caminatas. Y en parte como mensaje político: hasta la familia de la otra pretendiente a heredera, la princesa Isabel, sostenía ---literalmente--- al niño rey sobre sus hombros.

Un reino entero cabalgando sobre los hombros de un niño de siete años. Los cronistas medievales no necesitaban inventar metáforas: las tenían delante, vestidas de seda y muertas de miedo.

El reinado que no existió

¿Y qué hizo el rey Balduino V durante su reinado? Pues, nada. No hizo absolutamente nada que no fuera jugar despreocupado en el patio del castillo con sus amiguitos, como haría cualquier chiquitín de ocho años. Y esto, como padre de dos criaturas que soy, os lo digo con el mayor cariño hacia él y como el mayor de los elogios: Baudouinet fue el único gobernante de la Historia con cero errores en su mandato.

Tenía ocho años. Vivía en San Juan de Acre, en un castillo junto al mar, al cuidado de su tío abuelo Joscelino, presumiblemente jugando a los caballeros con espadas de madera mientras medio reino conspiraba en su nombre. Las decisiones importantes las tomaba Raimundo III de Trípoli, y hay que reconocerle al conde que lo hizo francamente bien: negoció con Saladino una tregua de cuatro años que le dio al reino exhausto ese respiro que llevaba una década suplicando de rodillas.

Ironía suprema: el reinado del rey más débil de toda la historia de Jerusalén coincidió con uno de sus períodos más tranquilos. Ni una invasión, ni una batalla, ni un mísero asedio. Saladino, pacientísimo, afilaba la cimitarra mirando el calendario, porque las noticias de la corte franca le llegaban puntualmente cada semana y sabía perfectamente que aquello ya se desmoronaba solito, sin necesidad de gastar ni una sola flecha.

Mientras tanto, el patriarca cristiano católico Heraclio había recorrido, en compañía de su amante, toda Europa en 1184 mendigando ayuda de corte en corte, llegando a ofrecer las llaves del reino, las de verdad, a Felipe de Francia y Enrique de Inglaterra. ¿Sabéis cuántos reyes, príncipes y grandes señores de Occidente acudieron para sostener el tambaleante trono del niño rey? Cero.

Bueno, miento. Vino uno: el marqués Guillermo V de Montferrato, el abuelo paterno, un viejo cruzado que cruzó el Mediterráneo con sus más de sesenta años a cuestas para velar por la seguridad y los derechos de su nieto. El único que se presentó no venía a por la corona: venía por el niño. Guardad a este anciano en la memoria, que en la feroz batalla de los Cuernos de Hattin volveremos a encontrárnoslo, yelmo en la cabeza, escudo y espada en mano, listo para hacer su deber de soldado una última vez.

Acre, agosto de 1186: muere Balduinito

Los templarios escoltan el pequeño féretro de Balduino V desde Acre hasta Jerusalén, verano de 1186
Los templarios escoltan el pequeño féretro de Balduino V desde Acre hasta Jerusalén, verano de 1186

Y entonces, un día, en pleno verano de 1186, en Acre, el pequeño rey murió.

Así, sin más. Las crónicas de testigos e historiadores no nos dan la causa exacta: solo nos dicen que siempre fue un niño frágil y enfermizo, de salud tan precaria que su muerte, más que temerse, ya se esperaba. Tenía nueve años, o quizás aún ocho. Había sido rey toda su corta vida y no había reinado ni un solo día.

¿Fue envenenado? ¿Pudo ser víctima de una perversa conspiración palaciega o de la temible secta de los Asesinos que por aquel entonces ya estaba activa? Ah, amigos, sabía que lo preguntaríais, porque yo también me pregunté exactamente lo mismo. Un cronista inglés, un tal Guillermo de Newburgh, escribió que Raimundo III de Trípoli lo había envenenado para quedarse con el trono. Suena de maravilla, lo admito: puro Juego de Tronos. Solo tiene tres problemas que no cuadran: 1) que Newburgh escribía desde Inglaterra, a cuatro mil kilómetros de los hechos y sin haber pisado jamás la Tierra Santa en su puta vida, lo que viene a ser el equivalente medieval de opinar sobre una persona o un país entero por los comentarios leídos en X, Insta, TikTok o Facebook; 2) que por motivos personales suyos ya detestaba de antemano al conde Raimundo; y 3) que el niño no estaba bajo custodia de Raimundo, sino de Joscelino, hombre de confianza de la facción rival. Es decir: si alguien tuvo acceso al plato o al vaso del niño para echar veneno, fue precisamente el bando que más ganaba con su muerte, y no Raimundo. Los historiadores modernos lo tienen más o menos claro: murió de lo que morían tantos niños medievales, incluso los que dormían en palacios. De la falta de higiene y conocimientos médicos, la falta de medicinas eficaces y de ser un niño ya de por sí enfermizo en el siglo XII.

Los templarios escoltaron el pequeño féretro desde Acre hasta Jerusalén y lo enterraron en el Santo Sepulcro, junto a Jesucristo y a los reyes que lo precedieron. Su madre, Sibila, le encargó una tumba espléndida, esculpida por los mejores talleres del reino y que sobrevivió seiscientos años\... hasta que un gran incendio la destruyó en 1808. Hoy de ella solo nos quedan algunos dibujos antiguos y fragmentos dispersos. Ni la tumba le dejaron al pobre crío.

Y con el niño muerto, el pacto de los cuatro tronos ---Papa, Emperador, Francia, Inglaterra--- entró inmediatamente en vigor, ¿verdad? Los grandes de la cristiandad decidirían serena y solemnemente la sucesión, ¿verdad? -- Pues no, ¡ni de coña!

El golpe: un funeral, dos llaves y un truco de trilero

Roger de Moulins, maestre del Hospital, arroja su llave por la ventana antes que entregarla a los golpistas, Jerusalén 1186
Roger de Moulins, maestre del Hospital, arroja su llave por la ventana antes que entregarla a los golpistas, Jerusalén 1186

Lo que sucedió en septiembre de 1186 es tan novelesco que si yo lo escribiera tal cual en una de mis novelas, vosotros me acusaríais de exagerar y me plantaríais dos estrellas en Amazon.

Mientras el cuerpo de Balduinito viajaba hacia Jerusalén, las dos facciones rivales movieron ficha a la vez. Raimundo de Trípoli convocó a los barones del reino en Nablus, feudo de los Ibelín, para decidir la sucesión conforme al pacto, con sus actas, sus juramentos y todo el papeleo. Casi toda la alta nobleza acudió. Craso error de manual porque resulta que mientras los barones deliberaban en Nablus, Sibila estaba en el funeral de su hijo. En Jerusalén. Con su marido Guy. Con el patriarca Heraclio, un santo varón que mantenía (en el lujo más extremo) a una fulana que era su amante oficial, y a la que el pueblo llano llamaba con picardía «la Patriarquesa». Con Reinaldo de Châtillon, el psicópata asesino oficial del reino. Con el Gran Maestre de los Templarios, Gerardo de Ridefort. Y con las tropas de su tío Joscelino, que ya habían tomado Acre y Beirut «para garantizar el orden», que es como se han llamado siempre estas cosas desde que el mundo es mundo.

Los barones reunidos en Nablus tenían de su parte la ley, los códigos y toda la razón jurídica. Pero Sibila ya tenía en sus manos toda la ciudad, las espadas para defenderla y el cadáver caliente de su hijo el rey. Adivinad qué pesó más.

Pero quedaba un último obstáculo: las coronas del reino se guardaban en un cofre cerrado con tres llaves separadas ---la caja fuerte que os decía al principio---, repartidas entre el patriarca y los maestres del Temple y del Hospital, precisamente para que a nadie le diera por coronarse por su cuenta un viernes cualquiera por la tarde. El patriarca Heraclio ya estaba metido en el ajo. El maestre templario de Ridefort también, y con qué entusiasmo. Pero el Gran Maestre del Hospital, Roger de Moulins, hombre íntegro, fiel al dictado de la ley y aliado de los barones, se negó en redondo a entregar la suya.

Le insistieron, le presionaron y le acosaron durante horas. Y el buen Roger, harto y exasperado, acabó arrojando su llave ---hay quien dice que por una ventana--- para no mancharse las manos entregándola a los conjurados. Imaginaos la estampa: los conjurados correteando por el jardín del patio de abajo, arremangados y buscando entre los arbustos la diminuta llavecita que abría la caja con la corona de Jerusalén. La geopolítica del reino más sagrado de la Tierra, peleándose a gatas por el suelo. Y al final la encontraron.

La coronación se celebró en el Santo Sepulcro, con las puertas de Jerusalén cerradas a cal y canto y vigiladas por templarios para que ningún barón de Nablus viniera a aguar la fiesta, y ---detalle que escandalizó a los cronistas de la época--- en viernes, día de ayuno, de modo que en el banquete real solo pudo servirse comida de vigilia. Ni el golpe de estado les salió con catering decente: usurparon un trono a base de lentejas y pescado en salazón.

Pero atención ahora, porque llega la jugada maestra de la reina. Los propios partidarios de Sibila detestaban a Guy y desconfiaban de él ---pues, hasta sus aliados lo veían venir y sabían que les arruinaría---, así que le pusieron a ella una condición: te coronamos, sí, pero anulas tu matrimonio. Sibila aceptó el trato, pero con tres condiciones aparentemente inocentes: que sus hijas con Guy fueran consideradas legítimas, que Guy conservara todos sus feudos y posesiones\... y que ella pudiera elegir libremente a su próximo marido.

Todos firmaron encantados. Y nadie leyó entre las líneas de esa última inocente petición.

El Patriarca Heraclio la coronó reina. Luego le entregó la segunda corona y la invitó a designar un nuevo consorte ipso facto. Y Sibila, delante de todo el reino y con la mejor cara de póquer de toda la Edad Media, llamó en voz alta a Guy de Lusignan, su marido recién repudiado, y le puso la corona en la cabeza con sus propias manos.

Jaque mate a todo el mundo. Le habían exigido divorciarse y le habían garantizado libre elección de esposo: ella eligió al mismo. Legalmente intachable, moralmente escandaloso, políticamente suicida. Podéis odiarla, pero concededle esto: en un reino de guerreros con espadas de metro y medio, la jugada más audaz de 1186 la hizo una mujer armada únicamente con dos coronas y una sonrisa.

En Nablus, los barones intentaron un contragolpe coronando a la otra heredera, Isabel, con su marido Onfredo de Torón. Pero Onfredo, un muchacho asustado al que la perspectiva de una guerra civil le venía tan grande como el apellido que portaba, se escapó de Nablus de noche, saltando prácticamente por la ventana, cabalgó hasta Jerusalén y les juró fidelidad a Sibila y a Guy. El contragolpe murió de vergüenza ajena incluso antes de nacer. Raimundo III se marchó de vuelta a su Trípoli escupiendo bilis por el camino y el reino quedó en manos de Guy de Lusignan: el hombre al que un rey leproso y moribundo había gastado sus últimas fuerzas en intentar apartar del trono.

El rencor que valía una corona

Sibila de Jerusalén corona a su esposo Guy de Lusignan en el Santo Sepulcro ante el patriarca Heraclio, 1186
Sibila de Jerusalén corona a su esposo Guy de Lusignan en el Santo Sepulcro ante el patriarca Heraclio, 1186

Y ahora dejadme presentaros al personaje que hace de bisagra en toda esta tragedia, porque sin él quizá nada de esto habría funcionado: Gerard de Ridefort, Gran Maestre del Temple y doctorado cum laude en rencor.

Años atrás, cuando Ridefort todavía era un caballero flamenco al servicio de Raimundo III de Trípoli, el conde le había prometido la mano de una rica heredera: la señora de Botrun. Pero cuando la dama quedó libre, Raimundo la casó con otro: un mercader pisano llamado Plivano que, según la tradición recogida en las crónicas, puso literalmente en una balanza el peso de la novia en oro. Una heredera noble vendida al peso, como un atún en la lonja. Y Ridefort, caballero arruinado que despreciaba a los mercaderes con toda su alma feudal, no lo perdonó jamás.

Despechado, colgó todas sus ilusiones matrimoniales e ingresó en la Orden Templaria ---donde el voto de castidad, visto lo visto, le venía ya de fábrica---, escaló todos los peldaños hasta convertirse en Gran Maestre en 1185, y cuando en 1186 tuvo en su mano las llaves del golpe de estado de Sibila, las literales y las figuradas, las usó todas contra ese hijoputa de Raimundo de Trípoli. La tradición cuenta que viendo coronar a Guy, el templario saboreó su venganza declarando que "aquella corona bien valía el matrimonio con madame de Botrun que el conde de Trípoli le había robado". Me recuerda un poco a Enrique IV de Navarra cuando, para poder ser coronado rey de Francia en la catedral de Chartres en 1594, se convirtió al catolicismo y dijo aquello de: "París bien vale una misa..."

No sabemos si la frase de Ridefort es literal o se la puso en la boca un cronista con talento. Pero da igual: resume la catástrofe mejor que cualquier tratado. El destino del reino de Jerusalén se jugó, en parte, por el despecho amoroso de un caballero humillado años antes. Guardaos esta escena para la próxima vez que alguien os diga que la Historia la mueven las grandes ideas.

Y después, el abismo

Lo que vino después lo conocéis, y si no, os lo resumo con el corazón encogido.

Guy, ya rey, gobernó exactamente como todos temían. En mayo de 1187, el mismo Ridefort forzó una carga suicida de 140 caballeros templarios y hospitalarios contra miles de jinetes de Saladino en los manantiales de Cresson, porque al Gran Maestre las matemáticas se le daban todavía peor que los amores: masacre total, y entre los muertos, ironía cruel, estaba Roger de Moulins, el hombre honrado de las llaves. Dos meses después, el 4 de julio de 1187, el propio Guy condujo al ejército entero del reino a morir de sed y de flechas en los Cuernos de Hattin, en buena parte por seguir otra vez los descabellados consejos de Ridefort. Allí cayó prisionero el rey, cayó la reliquia de la Vera Cruz y cayó luchando, por cierto, el viejo Guillermo de Montferrato, el abuelo que había cruzado el mar por su nieto muerto. Os dije que lo guardarais en la memoria.

Y el 2 de octubre de 1187, Saladino finalmente entró en Jerusalén.

Del Balduinito coronado en 1183 a la pérdida de la Ciudad Santa pasaron cuatro años. De su muerte en Acre a la catástrofe: solo catorce meses. Hay yogures que duran más de lo que duró aquel reino sin su niño.

Y un último apunte antes de mi teoría, porque la Historia tiene carambolas que ningún novelista se atrevería a firmar. De las dos órdenes religiosas que se jugaron el reino con aquellas tres llaves, la Templaria del rencoroso Ridefort, acabó su camino ciento veinte años después aniquilada por un rey de Francia un viernes 13, y lo hizo entre torturas, hogueras, lágrimas, sangre y confesiones arrancadas a la fuerza con tenazas. La orden de Roger de Moulins, en cambio, el hombre honrado que tiró su llave por la ventana, sobrevivió a todo y a todos: pues, una vez expulsados de Jerusalén, los caballeros hospitalarios se replegaron primero a Acre ---sí, justo la ciudad donde murió Balduinito---, y de allí se pasaron a Chipre, a Rodas, a Mesina y finalmente a Malta, donde en 1565 le pararon los pies a todo el imperio otomano de Solimán el Magnífico en el asedio más salvaje del siglo XVI. Hoy los conocéis como los Caballeros de Malta, tienen su sede en Roma y son la única orden militar de las Cruzadas que todavía sigue viva, nueve siglos después. El destino, al parecer, sabe elegir: de los del golpe de estado no queda ni el polvo; del que tiró la llave por la ventana, todo.

Mi teoría, queridos lectores

Y aquí viene mi reflexión final, la que me ronda desde que empecé a estudiar a este niño al que la Historia despacha en dos líneas.

Todos los focos se los lleva Balduino IV, el Rey Leproso, y es justo: pocas figuras de la Edad Media aguantan su comparación. Pero yo os propongo mirar un momento al sobrino. Porque Balduino V es algo más incómodo que un héroe: es un espejo. Un reino que corona a un niño de seis años no está eligiendo un rey: está confesando que ya no confía en ninguno de sus adultos. El pacto de los cuatro tronos no era prudencia: era el testamento de una clase dirigente que se sabía incapaz de no devorarse a sí misma en cuanto el leproso cerrara los ojos.

Y tengo para mí que Saladino entendió esto mejor que nadie. No atacó durante el reinado del niño. No le hizo falta. Firmó su tregua, se sentó y dejó que los francos hicieran su trabajo destruyéndose a sí mismos: Nablus contra Jerusalén, la llave por la ventana, la corona del trilero, el rencor de Ridefort por Raimundo y la señora de Botrun. Y cuando en la batalla de los Cuernos de Hattin Saladino desenvainó la espada de verdad, en 1187, no derrotó a un reino: simplemente recogió sus escombros.

Balduinito no perdió Jerusalén. La perdieron todos los que se pelearon por sostener su corona, empezando la misma tarde de su funeral, con el cuerpo del pequeño aún caliente en el Santo Sepulcro. Y quizá esa sea la verdadera lápida de este niño rey al que nadie preguntó nunca nada: no fue el último rey de la Jerusalén cruzada, pero sí fue el último rey inocente que tuvo.

Nos vemos en el próximo artículo, queridos lectores. Y ya sabéis: a veces, la Historia no la escriben los vencedores, sino aquellos que buscan pequeñas llaves perdidas entre la maleza.

Preguntas frecuentes

¿Quién fue el rey de Jerusalén después de Balduino IV?

Su sobrino Balduino V, un niño de siete años, hijo de su hermana Sibila y de Guillermo de Montferrato. Reinó en solitario desde 1185 bajo la regencia de Raimundo III de Trípoli y murió en Acre en agosto de 1186, con solo nueve años. Tras él usurparon el trono su madre Sibila y Guy de Lusignan.

¿De qué murió Balduino V?

Se desconoce la causa exacta. Fue un niño enfermizo toda su corta vida y las fuentes contemporáneas no describen violencia alguna. El cronista Guillermo de Newburgh acusó al regente Raimundo de Trípoli de envenenarlo, pero los historiadores modernos lo descartan: el niño estaba bajo custodia de Joscelino de Courtenay, de la facción rival.

¿Dónde está enterrado Balduino V?

En la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén, junto a sus predecesores. Su elaborada tumba esculpida, probablemente encargada por su madre Sibila, sobrevivió hasta 1808, cuando un incendio la destruyó. Solo se conservan dibujos antiguos y fragmentos.

¿Por qué la muerte de Balduino V provocó la caída de Jerusalén?

Porque desató la guerra entre facciones: Sibila y Guy de Lusignan usurparon la corona ignorando el pacto sucesorio, el reino quedó dividido, y apenas un año después Saladino aniquiló al ejército cruzado en Hattin (julio de 1187) y tomó Jerusalén (octubre de 1187).

✠ Lectura recomendada ✠

La Sangre de Jerusalén · Parte 2

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✠ David S. Matrecano
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LA VERDAD DETRÁS DE LA HISTORIA

Queridos lectores: todo lo que acabáis de leer es rigurosamente real y comprobable en sus fuentes históricas originales. Los personajes que aquí habéis conocido hoy fueron tan reales como vosotros mismos: existieron, lucharon, amaron y a veces murieron tal y como os los he descrito — y todo está documentado en fuentes que cualquier curioso puede consultar (las tenéis aquí abajo si os apetece). Lo único distinto es mi manera novelada de contároslo: he revestido los hechos reales de tensión, aventura, humorismo y pasión para haceróslos más amenos, más divertidos y muchísimo menos aburridos. Porque la Historia, esa que siempre va con H mayúscula, nunca fue aburrida… solo nos la contaron mal desde que éramos pequeños. Si os ha gustado, ponedme un pequeño «me gusta» y un comentario en la casilla de aquí abajo; y si NO os ha gustado, podéis también dejarme un «no me gusta» explicándome el motivo. Estoy aquí para mejorar, y todas las críticas son bienvenidas.

✠ David S. Matrecano
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